domingo, 19 de diciembre de 2010

Galdós y los extraterrestres



El pasado jueves tuvimos el placer de compartir un par de horas entretenidísimas en la Casa Museo Pérez Galdós. Una delegación extraterrestre de cuatro miembros partía al día siguiente para su planeta sin que hubieran decidido en aquella fecha cuál de las obras de Galdós llevarían consigo. Allí estuvieron cuatro escritores canarios defendiendo y debatiendo cuál debía ser el título escogido. Angeles Jurado postulaba a favor de La Fontana de Oro, Antonio Becerra defendió Trafalgar, Santiago Gil apostaba fuertemente por El doctor Centeno y Alexis Ravelo pretendía que eligieran Misericordia. Con la imparcialidad del tiempo medido, un reloj dio a cada uno de ellos cinco minutos para explicar sus argumentos. Posteriormente se entabló una amable disputa donde hubo un claro ganador: Benito Pérez Galdós. Lo importante es que nadie que estuviera presente pudo salir de la sala sin la convicción de que las cuatro obras merecen ser leídas y que la obra completa de Benito Pérez Galdós tiene que tener un peso indiscutible en el bagaje literario de cualquiera de nosotros. Fue un espectáculo de la palabra escuchar a cuatro escritores canarios actuales, que no pudieron disimular la amistad que les une, defender la obra de don Benito en la misma casa donde éste nació hace ya siglo y medio.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Idea para un cuento


El cuento comienza con la recepción de una cena. De momento, tiene un desarrollo público, social. Todo se encuentra a la vista. Las dos viejas hermanas van recibiendo a los diferentes invitados. En la calle hace muchísimo frío. Eso justifica que uno de los invitados, sobrino de las anfitrionas, haya elegido pasar la noche en un hotel con su mujer, al acabar la cena, pues su casa se encuentra demasiado lejos. La camaradería y amabilidad se puede tocar, como el frío físico exterior. El baile se desarrolla con alegría. El sobrino debe trinchar el ganso. Sabe hacerlo y disfruta haciéndolo, ante el público. Ha preparado unas palabras en las que ensalza el papel de sus dos tías. El auditorio le aplaude.

El meollo interior se desvela al acabarse la cena. El sobrino, sinceramente enamorado de su mujer, no ve la hora de verse a solas con ella en el hotel. El amor y el deseo le dominan. Ya sabemos que la familia no había estado demasiado conforme con la elección de la esposa por considerarla de inferior categoría.


Ya marchándose, su marido la descubre emocionada, llorando porque la canción que ha entonado en solitario uno de los invitados le ha traído un recuerdo doloroso. Suben al salón del piano. El cantante se niega a continuar, se encuentra mal de la voz. Había cantado cuando se encontraba casi solo, con los demás invitados en la puerta.

El matrimonio se despide de sus tías y se va al hotel. Éste resulta frío y mal iluminado. Se despliega el mundo íntimo de la pareja. Él desea y ama a su mujer pero, ya en el cuarto y dadas las circunstancias, teme ser demasiado brusco. Indaga para saber qué recuerdo era el que le había devuelto a su esposa aquella canción. Ella le cuenta que antes de venir a casarse con él daba paseos con un joven que la adoraba. Era de naturaleza enfermiza. Una noche la sorprendió un ruido en la ventana. El joven, enfermo, en una noche endiabladamente fría estaba tirando piedrecitas a los cristales. Si ella se marchaba, moriría. Su marido quería saber si ella le correspondía y si su amigo había muerto finalmente.

Efectivamente, había muerto.

El marido se percibe a sí mismo como un idiota, capaz de trinchar gansos, de dirigir palabras a un concurrido comedor, de ser el brillante sobrino, de ocupar la cabecera de la mesa mientras su esposa y muchos de los demás invitados pasan desapercibidos. Pero un idiota, al fin. Ha perdido la escala en su vida íntima. En referencia a su mujer no sabe qué lugar ocupa. Quizá no sepa siquiera quién es.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Rimas III


Dejaste un hondo vacío.
A la sombra, la tristeza.
Ya sé con clara certeza
que bajo el sol siento frío
¿Con quién vas, amigo mío?
¿Sabe de dolor quién llama?
Si lo sabe y te reclama
¡¿podría dar un sólo año
que demore y aplace el daño
de quién bien te llora y te ama?!

Rimas II


Hago aguas. Ahora lloro más que río
Más días en el dique que en la mar
Hago aguas y tú aquí sigues conmigo
Viento en las velas. De nuevo a zarpar

sábado, 20 de noviembre de 2010

Rimas I


La vida está agazapada
atada por la corbata
a la espera de una espada
que corte el nudo que la ata

viernes, 12 de noviembre de 2010

Así nos va



Suerte que estamos ungidos de gloria
,hermanos en la muerte.
Y por suerte,
muchos cubiertos de pelo.
¡Nuestras barbas!
¡Nuestras voces!
¡Nuestras calvas!
¡Nuestras pieles!
Hemos pasado juntos
un par o más de glaciaciones,
hambrunas, guerras.
Gloriosas fornicaciones
han ampliado nuestra raza.

A la deriva en el océano del tiempo.
Si Dios existe que contemple,
lo brutos que fuimos,
lo brutos que seguimos.
Y se avergüence de que comimos sin servilleta
la pierna cruda de un rival.

Fundamos pueblos con el derecho de pernada.
Cavamos pozos que agotamos.
Buscando agua encontramos huesos.
Datando huesos nos retomamos.
Ruinas de ciudades.
Letras perdidas y vueltas a tomar,
para nunca más siempre todavía.
En la grupa de la bestia sopla el viento.
No hay fin de la Historia.
Ni principio del abismo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La guitarra de papá

El patio interior estaba techado con uralita, más o menos, hasta la mitad. Allí mi padre colgaba su guitarra. Mi madre tenía el patio lleno de plantas. Los helechos colgaban de las vigas y los regaba subiéndose a una silla vieja que se cimbreaba que daba miedo. Las noches de lluvia papá no salía. Cogía la guitarra y tocaba cosas que mamá le iba pidiendo. Ella cantaba muy bien. Nos reuníamos en torno a la guitarra. Miguel ya tenía como catorce años y se sentaba en la mesa de los pequeños, con María y conmigo. Papá siempre llegaba tarde de la fábrica. A María y a mí a veces nos traía botellas que salían mal y cogían formas muy raras que a nosotros nos parecían bonitas. Abultadas o con el cuello muy estirado. El abuelo era muy callado, pero cuando papá sacaba la guitarra se levantaba con mucho trabajo y volvía con una botella de anís. La frotaba con una cuchara haciendo el acompañamiento. Entre canción y canción el abuelo iba tomando anís porque decía que mientras más vacía se quedaba la botella más agudo era el sonido, y mientras más agudo, más alegre. Las manos de mi padre parecían palomas sobre la guitarra. Eran muy blancas, con los dedos muy finos y rápidos. Flotaban como volando sobre las cuerdas y los trastes. Y el abuelo se iba entusiasmando hasta que arrancaba a cantar. No sabíamos cómo decirle que se callara, que lo único que hacía era tapar la voz de mamá.

Papá llegaba a veces muy tarde de la fábrica. Venía con papeles grandes enrollados debajo del brazo. Entonces pasaba deprisa hasta su alcoba y los dejaba allí sin saludar. Luego volvía al patio o la cocina y nos daba un beso a todos. Miguel ya iba a la Escuela de Perfeccionamiento y le habían dado un uniforme gris con gorra y todo. Yo, desde el primer día que lo vi, quería cumplir años deprisa para ir también a la Escuela de Perfeccionamiento y que me dieran un traje gris y una gorra como aquella. Miguel, sin embargo, se lo ponía a disgusto porque prefería ir como antes, con una ropa muy vieja y un poco sucia. Con el uniforme no podía jugar, ni correr, ni trepar, ni nada. Tenía que cuidar mucho el uniforme porque era una parte de la Patria. Miguel no venía siempre a cantar al patio. Se quedaba a veces en la habitación, yo creo que pensando en alguna chica. Pero cuando le dieron el uniforme empezó a no faltar. Se ponía su ropa de diario y empezó a intentar aprenderse las letras y hacerle a mamá una segunda voz que a veces le salía bonita. Otras veces se entusiasmaba y gritaba demasiado y mamá tenía que hacerle un gesto con la mano para que fuera cogiendo camino junto a su voz, más templada.

Más o menos por entonces, papá empezó a llegar más temprano porque la policía había dado una orden por la que no se podía estar en la calle más tarde de las diez y media. Había ladrones y enemigos de la Patria que podían aprovechar la noche para hacer sus fechorías. No había ni la mitad de las farolas que hay hoy en día.

Una noche, muy tarde, nos despertaron unos ruidos. Alguien había entrado en casa. María y yo nos acercamos a la puerta de nuestra alcoba a mirar, muy asustados. Estaba todo muy oscuro. Enseguida vino el abuelo y nos metió para el cuarto. Cerró la puerta por dentro y nos obligó a acostarnos. Nos dijo que no pasaba nada, pero María se puso a llorar. Y yo, de verla llorar a ella, también lloré, sin saber muy bien por qué.

Al día siguiente había mucho sol. Mamá nos dio el desayuno y habló muy poco. Dejó las escudillas sobre la mesa y se fue a ponerle alpiste a Fermín. No se quedó vigilando a ver si nos lo comíamos todo. Nos fuimos para el colegio. María me preguntó quién había tocado en casa de noche. Yo siempre la llevaba cogida de la mano, para que no se fuera hacia la carretera. La mano me sudaba y tuve que soltarla un momento para secármela en el pantalón. Yo sabía que había mucha policía haciendo rondas porque mamá me había dicho que de noche había ladrones por las calles, así que le dije que no sabía bien, que seguro que había sido la policía buscando ladrones. María no me volvió a preguntar. Yo creo que los niños tan pequeños se olvidan enseguida de las cosas.

Papa no volvió por la noche. Mamá nos acostó más pronto que nunca. El abuelo la ayudó, renqueando con su bastón. Se quedó después con nosotros hasta que nos quedamos dormidos. En todo ese tiempo no oímos llegar a papá. Era mucho más tarde de las diez y media.

A la tarde siguiente mamá nos sentó en el patio, muy seria, y nos trajo unas galletas de limón que sólo comíamos por Navidad. Estaban un poco blandas pero buenas. Hizo que María y yo nos sentáramos juntos en las sillas pequeñas. Miguel estaba detrás de nosotros. No lo veíamos pero sabíamos que estaba detrás, apoyado en la puerta. Mamá lo miraba de vez en cuando. Ella nos contó que papá tenía una enfermedad. Una enfermedad que avanzó muy rápido y que le estaba empezando a afectar a los brazos cuando se lo llevaron urgente para operarlo. Que aunque todas las operaciones son peligrosas, gracias a Dios, estaba bien, porque sólo le había llegado hasta las manos. Mamá tenía los ojos rojos, pero estaba muy seria y no nos dejaba preguntar. Papá está muy triste porque aunque se ha salvado no sabe si podrá volver a tocar, nos dijo. María y yo miramos para la guitarra, brillante, colgando de la pared donde la había dejado.

Pasaron varios días antes de que papá volviera del hospital con un vendaje sucio en la mano derecha. Lo vimos pasar por el patio, muy flaco. Venía encorvado y con la misma ropa de la fábrica. También le había crecido el pelo, o lo tenía más canoso. Vimos por la rendija de la puerta cómo mamá lo afeitaba en el patio. Ella le acariciaba el pelo como a veces hacía conmigo. Después se fueron para el baño. Por la noche nos llamaron y papá nos saludó sonriente. Los ojos le brillaban. Nos dijo que gracias a la operación habían parado la enfermedad en las manos. Miguel estaba detrás de nosotros, en silencio. Desde la enfermedad de papá, se volvió muy callado y empezó a sacar muy malas notas, pero nunca le decían nada, y a mí me parecía injusto, porque a María y a mí nos exigían mucho más en el colegio. Miguel se empeñó en aprender a tocar la guitarra y no había día que no se pasara menos de dos horas con ella. Acabó en la azotea, donde menos molestaba.

Recuerdo que papá, a partir de entonces, siempre llevaba un guante, pero un día María y yo le vimos la mano derecha. Le faltaba el pulgar y yo creo que las uñas de dos dedos. Fue fugaz, una cosa de visto y no visto. Yo sentí alivio porque pensaba que la mano de mi padre era como la garra de un bicho, o como la pinza que usaban en la tienda para bajar las cosas de las estanterías altas. Le habían quitado el pulgar de la mano derecha. Nunca más tocó la guitarra.

Miguel tendría 17 años y había pasado mucho tiempo desde la última vez que habíamos cantado cuando cogió la guitarra y nos dijo a todos que nos sentáramos en el patio. Debido a su timidez empezó tocando despacio y con torpeza, pero fue cogiendo confianza y haciéndolo cada vez mejor. Mamá empezó a cantar con una sonrisa. Miguel tocaba muy bien, aunque no como papá. Papá estaba sentado un poco triste por su mano, pero a la vez yo creo que miraba con orgullo a Miguel. Se fue para el cuarto del abuelo. El pobre se había muerto en el invierno. Volvió con la botella de anís. La hizo sonar, aunque no es lo mismo el sonido de la guitarra que el de una botella de anís. Entonces mi padre decía también que el sonido de la botella cuanto más vacía más agudo, y cuanto más agudo más alegre.

martes, 2 de noviembre de 2010

Señoritas que Fuman

El hombre pesca palabras en un río.
Las colecciona enhebradas en sedales.
Las cuelga a secar en la azotea.
A las tres semanas o cuatro,
invita a las señoritas que fuman a oír recitarlas.
Él mismo las va leyendo, con el delantal puesto.
Según las lee las va poniendo en la parrilla.
Su sabor es mudable. Su sonido no.
La palabra Amor se deshizo en grasa y avivó una llama
incómoda que perjudicó el asado.
La palabra amor hubo que despegarla con cuidado de dos o
tres otras que la rodeaban y la abrazaban.
Tardó más que ninguna en hacerse bien, por dentro y por fuera.
De su gusto nadie disfrutó, excepto un vagabundo que escuchaba.
Se inundó, sabe él, de la palabra y cruzado de brazos,
con el brillo de las llamas reflejado en su mirada,
escuchó durante toda la noche la voz hermosa del pescador de palabras,
y miró los cuerpos felices de las señoritas que fuman.

lunes, 1 de noviembre de 2010

El cuarto ojo


Los escritores deben tener un cuarto ojo y una segunda lengua prensil, capaz de sujetar un lápiz. Mirar a través de las rendijas de las puertas. Leer entre líneas. Escuchar entre bocas. Captar los gestos. Rascar la pintura para ver el óxido. Rascar el óxido en busca del metal. Correr cortinas y capas de rímel. Usar el cuarto ojo. Relacionarlo todo. Los objetos que son símbolos, pistas. Objetos que se tocan, que los toca alguien como la patas de unas gafas que se chupan. No puedes hacer otra cosa que mirar con ese ojo, y darle curso a la mirada a través del pálpito de unas manos que dejan de obedecerte, que bailan solas. No eres tú. Es un espíritu que te habita. Al que te abandonas. Sólo es papel, tinta, carbón. Ensucias unas resmas. Las trituras, las arrugas. Un gato se sube a la mesa donde escribes, a buscar una caricia. Tus manos se distraen. El ronroneo te despista pero el cuarto ojo no tiene párpado. Nunca descansa y nunca duerme.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Conservas Ojeda


Allí, por donde está ahora el Auditorio, estaba la fábrica de Ojeda. Mi padre llevaba un camión con el pescado para las latas. Y por allí vivíamos nosotros. La playa no era así. Ahora está todo más agobiante y parece que no hay sitio para nada. Antes, entre las casas y el mar, había más espacio para los niños. Había menos gente pero también las carreteras eran pocas y malas. Con decirte que el Corredera, que era de Telde, estuvo escondido trabajando en la fábrica donde mismo mi padre sin que nadie se enterara. Lo cogieron porque volvió a Telde si no...

Siete éramos en casa y yo gemela con mi hermana María. Yo era mala. No pasaba un día sin que le robara a mi padre una lata de atún. ¡Qué bonitas eran! ¡Ese color amarillo! Una vez conseguí un sombrero negro precioso. Yo era muy pequeña, ni me acuerdo la edad que tenía pero me pavoneaba con el sombrero delante de mis hermanos y mi hermano Juan quería quitármelo con un palo. Y yo corría y huía y me dejaba estar hasta que se acercaba y en una de estas el palo acertó pero la cabeza estaba debajo. Ésta sobre el ojo es la cicatriz que me dejó. Volvimos para la casa. Yo lloraba como una loca y seguía saliendo sangre y mi hermano estaba asustado como un conejo. Cuando mi padre llegó y se enteró, ¡para qué fue aquello! Cogió un palo y se fue a buscar a Juan. Mi madre me había mandado para la habitación y me desalé. Yo no sé por qué lloraba, si por la herida, si por mi hermano Juan, si por la cara de mi padre que daba miedo.

Mi padre no es que fuera malo pero tenía un carácter... No sé cómo explicártelo. Iba con el camión y lo aparcaba en el Parque Santa Catalina, lleno de pescado. Dejaba las puertas abiertas. Se iba caminando para Guanarteme y la gente ya sabía que tenía un rato bueno para coger pescado. Pero las cosas no eran como ahora que se hubieran llevado hasta el volante. Cada cual, toda gente del barrio, cogía lo que necesitaba para la casa. Había uno que le decían Juan “el Pequín” que le tenía inquina a mi padre por cosas de la guerra que ya estaban pasadas. “El Pequín” estaba pasando más hambre que el perro de un ciego pero se acercaba al camión y no cogía nada porque así era el coraje que le tenía a mi padre. Y se fue con el cuento a don Miguel para que echara a mi padre del trabajo. Don Miguel llamó a mi padre al despacho y dice mi padre que le preguntó chupando un purazo que le traían de La Palma:

-¿Pedro, ahora mismo dónde tienes el camión?
-Está en El Parque. Me vine andando para ir pasando por las tiendas cogiendo los pedidos -dijo mi padre.
-¿Lo dejaste abierto?
-La gente del barrio es toda buena -contestó mi padre.
-Toda no. Hay un tal Juan “el Pequín” que sé bien yo que es un cabrón. No dejes siempre abierto el camión. Pon tú que un par de veces por semana. Y vete con cuidado con ese “Pequín”. Anda para el camión que llevas media mañana perdida.

Mi padre decía que sólo una vez había entrado en el despacho de don Miguel y que sólo había hablado estas cuatro palabras porque a él las órdenes se las daba un encargado que se llamaba Celestino, pero que cuando dos hombres se hablan serio y mirándose a los ojos, con cuatro palabras es mejor que si se dijeran mil.

viernes, 15 de octubre de 2010

Primeros Tropiezos


Yo, de lo que primero me enamoré fue de una bicicleta. Por aquel entonces no me fijaba aún en las niñas. Es más, una mayor que yo me había dicho que me abriría la cabeza y revolvería lo de dentro con gofio para comérselo. No quiero con esto justificar los ataques de misoginia que todavía padezco de vez en cuando. No dejó trauma, me encanta el gofio. Pero mi primer amor no fue una chica sino una Torrot. Yo me ensimismaba en clase pensando que pronto volvería a mi casa a disfrutar de mi bicicleta. Era de un precioso color azul, creo que metalizado, aunque reflexiono ahora que en aquella época las pinturas metalizadas no eran frecuentes. Mi bici no era grande. Yo me distraía en clase: se estancaba mi ortografía, confundía el Sistema Bético con el Penibético, hacía trasvases cambiando afluentes de ríos que mezclé, y fui perdiendo puestos en la fila de mi curso hasta convertirme en el farolillo rojo. El miedo a la amenazadora regla era compensado por mi amor a mi bicicleta.

Sin embargo, yo crecía más rápido que ella, y pronto descubrí que estaba incómodo y que el manillar tenía una rosca que permitía alargarlo. Pero el tubo tenía un corte biselado que si se ajustaba muy al límite podía hacer que te quedaras con el manillar suelto entre las manos, como un imbécil. Jugaba hasta el extremo con aquella pieza. Amaba igual a mi bicicleta, no me importaba este defecto. Era un niño. ¿Qué significaba la palabra peligro?

Mis padres llevaron mi bicicleta y la de mi hermano a la casa del campo. Ellas nos dieron la libertad. Ibamos y veníamos por las carreteras de tierra. Llegamos más lejos de donde nunca habíamos llegado a pie. Nos unimos a bandas de otros niños que nos descubrieron un mundo cada vez más y más amplio. Mi bici respondía con algún que otro pinchazo. O se le salía la cadena. No me importaba. Quizá ya no pensara en ella cuando estaba en clase pero era mi compañera. Los frenos no respondían y no tenía contrapedal. La solución fue desgastar muchas suelas de zapato.

En los inviernos llovía, en aquellos inviernos de hace más de veinte años llovía mucho. Se formaban charcos, que en las carreteras de tierra, ahora asfaltadas, se volvían zanjas por el paso de los coches. El niño que fui pedaleaba con todas sus fuerzas cuesta arriba y se dejaba caer pendiente abajo sin pensar dónde acababan. Con la rueda metida en una zanja forcé el manillar y se salió. Giró loco. Mi bici se fue por su cuenta. Se despidió de mí en un momento inoportuno y cuesta abajo. La seguí amando, pero de otra manera.

jueves, 7 de octubre de 2010

Calumniótica

La poesía es una cosa calumniótica.
En cuanto te despistas te malretrata.
Te desamorfa y te deja a expensas de tus enemigos.
Luego te arrepientes.
Quisieras desmadejar el tiempo
hacia atrás hasta jamás haberlo dicho, pero ya nada se puede hacer.
Has quedado retratado en ámbar.
El ámbar color del tiempo pretérito: has quedado
atrapado como un insecto de otro tiempo.

No es infrecuente el dolor de tripa después de haber escrito un poema.
Mi médico de cabecera me pregunta cuando voy a su consulta con dolor de tripa:
“¿No habrá usted escrito un poema?¿Y ahora qué quiere?
A usted le dolerán las tripas y a los demás los oídos: Buscapina cada cinco horas y a esperar. Agárrese el lápiz. Tírelo a la basura.
Úselo sólo para la lista de la compra.”

Atesora una sabiduría transgeneracional este doctor jubilable pero no prescindible.
Acaba siempre mandándome a correr a la avenida,
por no mandarme a la mierda.

Sin que sirva de precedente

Soledades que se miran,
y no se tocan.
Está feo decirlo,
[dilo]
con desprecio.
No te esperan a ti.
Sino a un aladino de MTV.
[van listas]
Tú no eres mejor.
Cierto.
No soy mejor.
Ya ni espero.
Desespero.

martes, 5 de octubre de 2010

La amistad perdida


Perdí a un amigo. Está recluido en un territorio limitado y lejano. Hablamos por teléfono pero las tardes de invierno que pasamos juntos, las sobremesas del verano, los paseos de primavera...no volverán. Está preso de fuerzas mágicas y poderosas: la de sus miedos y sus manías. Por un lado, es tremendamente antifrancés. No admite pisar aquella tierra. La palabra gabacho lleva a su boca un sabor amargo, de hiel. No puede pronunciarla sin escupir. Por otro lado, no admite volar. Un miedo atroz le impide subirse a una avión, mucho menos a un helicóptero. Le hemos propuesto, sin éxito, el globo. Por último detesta la bebida o cualquier forma de anulación de la conciencia, o adormecimiento del cabal entendimiento. Sólo se emborrachó una vez, precisamente, aquella noche de excesos en la que acabó en Llivia, de donde no puede volver. Allí anda, aburrido de los ganados y los campos. Errabundo. Soñando urbes. Pastando sueños de avenidas bulliciosas. Echando cartas a amigos de antaño, entre los que me cuento, que más que saltar mares saltan siglos. Inquebrantable a sus miedos, amante de sus manías, orgulloso de sus prejuicios, y preso en Llivia.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Grandes Pequeñeces


Los minifundistas de la literatura nos sentimos una clase baja frente a los escritores de novelas. ¡Quién pudiera extenderse durante páginas y páginas y páginas hasta dejar frito al lector más contumaz! Pero te sientas y te salen cuatro cosas y en cuatro cosas cuentas lo que querías contar y sólo te queda ir a la nevera a buscar otra cerveza y releer el texto y corregir ese error que no viste y pasar por alto el que verás en la próxima lectura. Y así siempre. Escritor de pequeñeces. Nos queda el consuelo de los grandes cuentistas, pero pocos fueron únicamente grandes cuentistas. Borges. Tenemos a Borges en un pedestal y le besamos los pies todos los días. ¿Alguien se acordaría de Cortázar si no hubiera escrito Rayuela? ¡Yo que sé! ¡Cómo envidio a los latifundistas literarios! ¡John Steinbeck, por Dios! ¿Cómo puedes mantenerme atento durante 720 páginas! ¡Y Perec!

Pero quiero defender a los pequeños grandes textos desde este modesto blog. Hay obras pequeñitas y fabulosas, completas, redondas, totales e inextensibles. No les falta nada. Entre los “Algunos Textículos” de Alexis Ravelo encontramos esos bonsais, creciendo no ya en minifundio sino en pequeña maceta de un balcón de apartamento que ahora llaman loft y antes celda de castigo. Pequeño pero bello. Destaco “Imposturas”, pero hay otros. Varios. Buenos. Defiendo a los que tienen una literatura corta. Levanto el brazo y grito que el tamaño no importa.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Rebelión en la Granja


En el taller de literatura conocí la expresión “narrador eficaz”. Me chocó el maridaje entre estas dos palabras porque en mi mente situaba yo al narrador en una especie de Olimpo y la eficacia al ras del suelo de lo material. Hace muchos años leí 1984 de George Orwell. Quizá se puso de moda en 1984, precisamente, y mi lectura es de aquel tiempo. No recuerdo mucho. Pero no se trata de 1984 sino de Rebelión en la granja, que leí ayer. La prologuista destaca (edición de Austral, de Espasa) no pocas buenas cualidades de George Orwell y después de leerlo destacaría sobre todas ellas la “eficacia narrativa”. Revitaliza la fábula. Los personajes, animales, muy esquemáticos, tienen sin embargo una concordancia directa con lo humano, y el desarrollo de la trama simplifica años de historia de una manera ejemplar. Por cierto que la prologuista no le va a la zaga a George Orwell en redacción impecable y claridad expositiva. Pues bien, la obra no se completa, a mi manera de ver, sin un “prólogo póstumo” que figura como texto complementario en la edición de Austral. Al parecer lo encontraron en 1971 (Orwell murió en 1950) y reflexiona sobre la libertad de prensa. Impecable. Pleno de la honradez de un británico de izquierdas que denuncia la falta de crítica por parte de la intelectualidad, el Gobierno y los medios de su país contra un régimen soviético que ya se había convertido en monstruo no sólo para los invasores de Stalingrado sino para los propios rusos. Considerar las palabras de Orwell como la crítica a un régimen que ya no existe es lo que quisieran los dictadores actuales. Los totalitarismos no han muerto, se han vestido de seda. Enseñan sus dientes sólo después de comprobar que no han podido comprarnos con licores de tercera y ropa de marca. Orwell define la libertad, y no puedo ser literal, como “poder decirle a alguien lo que no quiere oír”. Félix de Azúa (otro buen texto complementario de la edición) distingue entre la palabra usada por Orwell: liberty, frente a freedom. Yo relaciono esa concepción de libertad con la “corrección política” que usamos hoy en día para no decir esas cosas que sabemos que los demás no quieren oír, y lo que es peor, que esperamos que los demás no digan para no tener que oír.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Bar de Barrio

Ayer hacía calor, como antes de ayer y el otro, pero anoche no pude más y me fui a un bar de mala muerte que está cerca de casa, al que nunca me había atrevido a entrar. Bar de barrio donde recalan borrachos fieles. Es una parroquia y el tipo que echa las copas, ni siquiera las sirve, como un cura con mala leche: tripón, calvo, parco en palabras, seco como un tollo. ¿Y para que más? Va repartiendo el agua bendita. Sacudiendo la botella de ron. Cobrando de más al que se deja. Administrando, harto de todo, criando varices en unas piernas que no se ven, pero que deben ser como patas de cochino, gordas y blancas.

Los de este bar son borrachos de los que me gustan, taciturnos y calladitos. Los borrachos parlanchines son insoportables. Un borracho de estos sabe lo que es, un cero a la izquierda, un tipo que espera de la manera más atolondrada posible a que le llegue la hora. Los locuaces creen tener algún tipo de existencia concreta, como una individualidad.

Este tío reparte ron a las figuras apoyadas en la barra con tal de que se callen y sigan allí sin dar mucho la lata, hasta la una, que es la hora a la que cierra y todos para casa. Yo entré y pensé: me van a freír a preguntas. Ningunos de estos me conoce. Con cualquier excusa aprovecharán para enterarse de dónde vengo, si soy el barrio y patatán. Pero nada. Paco, que se llama el del bar, no me preguntó nada. Se plantó delante mío y me miró.

-Una cerveza-dije

Trajo una Tropical pilsen. No sé si tenía otras marcas. Me trajo eso.

Bebí. Un tipo que estaba al lado mío se tambaleaba. Se apuntaló con un taburete e hizo un esfuerzo para hablar. Abrió la boca, estiró el tórax y sopló. Se articuló un sonido interpretable como: “Paco, ponme otro”.

Paco le sirvió de nuevo, con desprecio. Creo que nos hubiera escupido a todos a la cara. ¡Vaya hombre! Quien sabe, pensé, si éste sabe arameo y las cosas de la vida lo han llevado detrás de una barra mugrienta a aguantarnos a todos nosotros, miserables bebedores irredentos. Me estaba adaptando al entorno rápidamente. Dos moscas vinieron del fondo hacia mí y comenzaron a revolotearme. Me sentí parte de aquella camarilla silenciosa. Y contento, de alguna manera satisfecho, a pesar de las cosquillas de las moscas en las orejas. Me las sacudía, pero en el fondo, sabía que su compañía era necesaria. La primera botella la bebí a morro pero sentí la necesidad de pedir un vaso y, tal como esperaba, estaba mugriento y rayado.

Ya con total familiaridad, alcé la mano y con un tono sumiso dije.

-¿Le queda ensaladilla, Paco?

No me contestó. Se fue y vino al poco con una ensaladilla sospechosa. La capa de mayonesa amarilleaba y el pan que la acompañaba, duro y seco. Comí, con esa ferocidad con la que como después de un par de cervezas. Me sentía tan bien que pedí un botellín. Quería forzar a Paco a hablar, pero tenía botellines y trajo uno sin decir nada. Toqué en el brazo del tipo de al lado.

-¿Usted es de por aquí? No le había visto nunca.

domingo, 29 de agosto de 2010

Página cincuenta y dos

Lo compré por un precio excesivo. Supe, desde que lo tomé en las manos, que ya lo habían leído y tocado. No obstante, el color amarillo de las páginas podía haber sido debido al mero paso del tiempo o a una descuidada exposición al sol.

Ya en casa, cuando me había acomodado, es decir: en el sillón de lectura descansaba mi cuerpo laxo; junto a él una mesilla donde humeaba una gran taza de té; en mis pies unas pantuflas viejas; del techo, colgando, una bombilla justa, ni escasa ni deslumbrante; una ventana algo abierta por donde fluía un caudal de aire suficiente para no mover las páginas del libro que sostenía con una sola mano y, sin embargo, mantener razonablemente aireada la estancia; un viejo equipo Denon de música sosteniendo el volumen constante de unas piezas barrocas que nunca me distrajeron la concentración, descubrí una mancha de sangre en la página cincuenta y dos. Era sangre, reseca, oscura, escasa, pero sangre. Podía imaginar los glóbulos rojos y blancos como las hojas que dejábamos secar entre las páginas de los libros más gruesos que teníamos a mano. Alguien había estado repasando aquellas letras que recorrían mis ojos y pasando las páginas que pasaban mis dedos y había tenido o provocado una pérdida de sangre que había ido a parar, ya fuera tan escasamente, a la esquina izquierda de la página cincuenta y dos. El título, ¿casualmente?, aludía a las hemorragias: El contenido de una botella de tinta. Quizá todo aquello tuviera un hondo significado. Quizá aquella mancha no estaba casualmente allí. Pero la comodidad era tal que el sueño se apoderaba de mí, que el libro se me caía de las manos abierto por la página cincuenta y dos. Podría descubrir, al despertar, si alguna vez llegaba a despertar, que pudo haber caído sobre la taza de té y mancharse por la página cincuenta y dos o por cualquier otra que fuera.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cumpleaños




Poema de Ángel González. Regalo para mi cumpleaños.

"Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mi, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho."

sábado, 14 de agosto de 2010

Religiones Alternativas

Texto de alguna manera relacionado con las entradas de El Gen Calamardo (ver enlaces a otros blogs).

Llamar al ateísmo una religión me parece una reacción (fuerza contraria de sentido opuesto) a tanto cura molesto de los últimos varios siglos. Con lo de molesto quizá me quede corto: debe molestar bastante, y no sólo el humo en los ojos, que a uno le quemen en una hoguera, o le tiren piedras hasta matarlo. En fin. Yo no sé bien si Dios existe, pero bastante claro parece que los de uso común están hechos a imagen y semejanza del hombre, justo lo contrario de lo que muchos proclaman. Mi madre, que se tiene por religiosa, reza para que gane España, sin tener en cuenta que los holandeses también son criaturas del señor. Eso sí, vista la entrada de De Jong, serán devotos de dioses paganos que se relamen con sacrificios humanos.

No veo por qué Dios tiene que evitar una riada donde perezcan cientos de personas si con su muerte alimentarán a bacterias que continuarán el ciclo de la vida o de la materia. Un estado de cosas del que formamos parte pero del que no veo que seamos protagonistas. Maravillarnos de esta organización de la materia que llamamos vida, tanto nuestra, como de otros animales o palntas, me parece también la consecuencia de un fuerte ombligismo. Si no se hubiera desarrolado la “vida inteligente” no estaríamos aquí para maravillarnos de su existencia (creo que esto se llama principio antrópico o así, o que tiene alguna relación). Una cosa es tan necesaria a la otra que no puede maravillar de ninguna manera.

La observación directa de Dios no creo que sea posible, así que habrá que mirarlo en el reflejo que ha provocado en el hombre. ¿Si tantos han creído en Dios o en dioses a lo largo del tiempo tendrá que existir? Lo que es evidente es la necesidad de creer que Dios existe, pero yo no aventuraría mucho más. ¿Qué revela esta creencia común y pancultural? El absoluto sentimiento de desvalimiento del hombre en el mundo y la dificultad de tragar y digerir esto sin bicarbonato. Y como con cada necesidad, y como con cada miedo, no falta quien los use en su beneficio. Y hace gracia lo multiforme de la carnavalería que se monta: las máscaras de los hechiceros, los gorros del papa, las chilabas negras...un espectáculo que si Dios lo viera no apagaría el televisor.

sábado, 7 de agosto de 2010

Posturas e Imposturas


Me he ido escondiendo entre excusas. Hoy voy a agotar la última que espero que mañana no se convierta en la penúltima. No escribía porque no tenía una habitación adecuada. La tengo ya. Ni una mesa adecuada. Que tengo ya. Ni un ordenador adecuado, que ya tengo. Ahora me falta una silla en condiciones. Ajustable. La silla de madera que uso tiene una altura impropia, una respaldo demasiado recto, una incomodidad manifiesta. Roberto Bolaño he visto que escribía a mano y más tarde en un ordenador desfasado en una casa sin calefacción ni televisor. Ayer vi el reportaje y es el primer autor en el que pienso pero ¿cuántos serían los que escribieron dejándose la vista con la luz de una vela, en papel de tercera, aprovechado al máximo, en rincones húmedos de casas heladas? Sin embargo, mi gran obstáculo para romper a escribir son las condiciones físicas, meramente pragmáticas. Quizá la silla regulable no sirva de nada. Estoy pensando que en un jacuzzi sí podría escribir por fin en las condiciones adecuadas.

Coincidencias

El único libro que he maltratado por accidente fue Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. No sé si Calamardo (que fue quien me lo prestó) sabe que el libro que le devolví no era el mismo. Lo conseguí idéntico, de Anagrama, porque el original lo mojó una ola de la playa de Las Canteras y no podía devolvérselo así. Además, el agua afectó al pegamento y se le iban saliendo las hojas. El ejemplar herido tampoco lo tengo en estos momentos, se lo presté a mi hermano y no sé dónde anda. Pues bien, viendo el documental sobre Roberto Bolaño ( http://www.rtve.es/mediateca/videos/20100724/imprescindibles-24-07-2010-roberto-bolano/837975.shtml ) veo que incluye fragmentos de una entrevista donde nombra a su gran amigo, el poeta Mario Santiago Papasquiaro y donde nada menos que relata cómo se asombró de tanto que leía que fue el único hombre que vio leer en la ducha. Al parecer se duchaba con un brazo estirado sujetando un libro. Lo peor dice Bolaño es que eran sus libros, e inmediatamente me acordé del ejemplar de Los detectives salvajes mojado en la playa. Es imposible no establecer una conexión. Parece que de una manera u otra, en un continente u otro, en unas manos u otras, los libros de Bolaño están expuestos al riesgo por agua.

domingo, 1 de agosto de 2010

Toros en Perpiñán

Si el carácter empresarial tiene una característica paradigmática es la iniciativa pronta, rápida, ágil, adaptable a las circunstancias de cada instante. La joint venture entre el empresario francés Aníbal Peres y el español Hundryed Cuarted ha empezado desde el miércoles pasado a hacer acopio de capital mediante la emisión de acciones para la sociedad Torito Bravo,S.A. La iniciativa pretende la construcción de una plaza de toros en Perpiñán que reúna los valores arquitectónicos del hormigón visto con toques de titanio y la cultura ancestral de la tauromaquia. Los estudios de mercado pronostican un público diverso atraído los unos por la arquitectura vanguardista, los otros por el fuerte sabor hispano de la fiesta nacional del país limítrofe. Además habrá no pocos nostálgicos, se lee en el informe, que querrán rememorar viejos tiempos en los que disfrutaban de frutos prohibidos en países más libres.

Podemos seguir presumiendo en nuestro país de unos políticos que dejando a un lado mezquinos intereses anteponen el bienestar de los animales en sus decisiones. Al mismo tiempo podemos presumir de empresarios dinámicos dispuestos a satisfacer las necesidades de una demanda legítima tal como modelan las teorías económicas del mercado. Es decir, cada cual en su papel para que el sistema, contemplado como una máquina, siga funcionando, bien engrasada y a ritmo.

domingo, 25 de julio de 2010

Madrigal de las Altas Torres

La tendencia a arracimarnos en busca del ruido y a vivir cerca de los centros de esclavitud es racionalmente inexplicable. En Madrigal de las Altas Torres apenas hay 1.700 habitantes que nos molesten, está bien defendido por sus murallas, las casas son baratas, aunque necesitan reformas y podemos presumir de vivir en donde nació nada menos que Isabel la Católica. Pues bien, casi nadie quiere estar allí. Prefieren un apartamento de cuarenta metros por el que les sacan un ojo pero está a sólo dos kilómetros de un centro comercial. Aunque resulte que se tarda media hora en recorrer esos dos kilómetros.

Soy grancanario y el arremolinamiento de habitantes en esta tarta de tierra de 50 Km de diámetro me agobia. Y no encontrar un sitio donde apartar la vista y descansarla de cualquier signo de ocupación humana: un coche, una casa, un “cuarto de aperos”, una torreta eléctrica, una carretera asfaltada, etc. Esta isla es tan maravillosa que no para de llegar gente a quedarse y por eso ha dejado de serlo. Pero lo que sucede en la Península es inconcebible. Será que no soporto las multitudes pero ¿cómo es posible que los poderes públicos no promuevan que la gente se disperse? Creo que hay dos motivos fundamentales: uno el propio instinto gregario y de manada del ser humano. Es curioso cómo al entrar en un aparcamiento de un centro comercial los conductores esperan a que salga otro que ocupa una plaza para aparcar allí. Se sabe que la planta de abajo está casi desierta, o el otro extremo del aparcamiento, pero la gente quiere estar donde está el otro. No conozco la explicación. ¿Instinto competitivo? ¿Deseo de tener lo que tiene el otro?; el segundo motivo para las grandes aglomeraciones es que son propias de nuestro sistema capitalista que las promueve. Sin las grandes urbes no existiría el capitalismo. Son necesarias al sistema, al tratamiento del hombre como masa, como un magma estadísticamente modelable (en el sentido de anticipar su comportamiento con un modelo que lo explique), controlable, informable (de poder darle la información adecuada) e integrable (como piezas de una máquina, cada cual en su papel, incluso hay piezas destinadas a ser piezas con mal funcionamiento, pero piezas al fin de la máquina). Un tipo que viviera en una casa de piedra a las afueras de Madrigal de las Altas Torres, que lavara a mano su poca ropa (unas camisetas viejas, unos viejos abrigos, unos vaqueros de más de seis años), que bebiera vino artesanal comprado a un vecino, que comiera principalmente productos de la tierra, que no tuviera televisión, sería, sin saberlo, un elemento subversivo de primer orden contra el sistema. Pero, precisamente por su comportamiento y carácter, no practicará ninguna clase de proselistismo y no será tratado como amenaza por el sistema.

viernes, 9 de julio de 2010

Medio Capítulo Suelto de la Historia que Pudiera Ser

Las monjas se habían hecho fuertes en el asilo. Habían trancado todas las puertas y ventanas de la planta baja haciéndolo inexpugnable. La hermana Virtudes se había hecho colocar una mecedora en la ventana central de la planta alta, de tal manera que controlaba los movimientos de la calle. Además la señora de López, el registrador, le había dado unos pequeños prismáticos de teatro. Los viejos, muertos de frío, esperaban una noche larga y triste. Alguno recibiría la visita de un familiar, pero en su mayoría se sabían completamente olvidados y sin cena de Navidad por culpa de la pertinaz sequía de la que hablaban los nodos. El país no estaba para lujos ni alegrías. La madre superiora temía que las chicas de madame Solange intentaran acercarse al asilo con la cena. Cena preparada por manos mancilladas, con ingredientes sufragados con el pecado y la abyección. Lo último que haría uno de sus ancianos sería ensuciarse la boca con la vergüenza, llenarse el estómago con las ofensas a Dios.

Mientras tanto, las putas habían convertido su cocina en la de un restaurante de primera. Organizadas, unas ejercían de pinches, otras de fregaplatos, marmitones, cocineras y madame Solange, vestida de blanco, con un gorro alto, dirigía traduciendo del francés las recetas que llevaba en la mano. Era un francés inventado, intuido. La alta cocina y la alta prostitución debían manar de la misma fuente. Los ingredientes eran de primera. La mayoría tan buenos que sólo los habían podido conseguir de estraperlo. Otros eran de la huerta fresca de los agricultores del pueblo, que habían pagado en especie sin saber el destino de los productos. Se acercaba la hora en que los calderos y las sartenes humearan definitivamente. Así que madame Solange subió a su cuarto y se cambió. Abandonó el traje de cocina y se vistió con la sobria elegancia de una señora de la caridad. Sin embargo, ni la ropa más austera podía ocultar su belleza, como no lo habían hecho los años, que no velaban la voluptuosidad de las curvas de su cuerpo y de la mirada de sus ojos verdes. Sus oscuras cejas eran el asombroso marco de una mirada profunda y serena, a la que quizás se le ocultaran muchas debilidades humanas, pero nunca el deseo. Al mismo tiempo que lo provocaba lo descubría indefectiblemente. Los hombres se sentían totalmente al descubierto cuando madame Solange los miraba. Terminó de prepararse y se dirigió al asilo con Mónica y Naná. Disponían de unos tres cuartos de hora antes de que la cena estuviera lista y comenzara a enfriarse. El asilo estaba a tres manzanas. Una dura distancia en el frío de la noche. No llovía, pero un viento helado había recogido al pueblo en sus casas desde las seis. El viento furioso azotaba los rincones. Llevaba y traía restos de hierbas por las callejas del pueblo, enredándolas en esquinas, bajantes y farolas. Madame Solange andaba decidida contra el viento, flanqueada por sus dos chicas. Tocaron en la enorme puerta del asilo. Se abrió un palmo, sujeta por una cadena. Al otro lado, entre sombras, apareció la cara arrugada de una monja vieja y delgada. Le pidieron hablar con la superiora. Preguntó el asunto.

-La superiora ya lo sabe -contestó madame Solange-, traemos a los viejos su cena de Navidad.

La puerta se cerró dejando a las tres mujeres al viento de la calle. Varios minutos después se abrió de nuevo la puerta y la misma monja les dijo que no era hora de recibir a nadie. Que volviesen de día, después de Navidad. Que Sor Virtudes estaba recogida como debían hacer los buenos cristianos. Madame Solange insistió, con firmeza. La monja repitió exactamente el mismo mensaje y cerró la puerta dando las buenas noches. Naná y Mónica miraban descorazonadas a madame Solange.

-¿Qué vamos a hacer con tanta cena, madame? Necesitamos que nos abran y que nos ayuden a traerla... Esos pobres viejos... ¿Por qué no quieren nuestra comida?-preguntó Naná.
-Hoy vais a tener que dejar de llamarme madame Solange. Podeis llamarme Pilar-habló más para sí que para Naná.

Sin darse cuenta, las chicas la seguían, y no volvían al asilo. Se dirigían a la iglesia de San Toribio, que estaba abierta y a media luz. Por fin pudieron refugiarse del viento. Se mezclaba en el aire frío el olor de las maderas viejas y de los cirios. Uno de los acólitos rondaba el altar repasando el polvo del sagrario y colocando el manto de una virgen. Le preguntaron por mosén Martín, el cura. El acólito reconoció a Mónica y contestó titubeando que estaba en la sacristía preparando la misa del Gallo. Madame Solange le dijo que necesitaba hablar con él.

-¿Y quién le digo, señora, que quiere verle?-preguntó el joven.

Madame Solange, dudó un momento. Apartó la mirada y vino a ver su propia imagen reflejada en el cristal inmaculado de la hornacina de San Toribio.

-Dígale que Pilar, Pilar Martín.

El acólito, agachó la cabeza y traspuso la puerta de la sacristía. Las dos muchachas miraban asombradas los lujos de la iglesia, las platas y los oros, la custodia reluciente, la ropa perfecta de San Toribio y Santa Marta, las enormes lámparas...

El joven volvió al poco.

-Pasen, señoritas. Mosén Martín les espera.
-Ellas se quedan por aquí -Y madame Solange les hizo un gesto señalando un banco lateral.

Las chicas se desesperaban pensando en el trabajo que les había supuesto preparar la cena. Y apenas tenían cuerpo para sentarse a esperar.

Madame Solange afirmó el paso hacia la sacristía. Mosén Martín la esperaba en pie. Vestía la sotana, algo descolorida pero limpia. Estaba mucho más delgado de como Pilar lo recordaba. También algo ojeroso. Pilar lo había visto, sin que él lo supiera, el día de su ordenación, y era esa la mejor imagen que guardaba de él.

Mosén Martín permanecía en pie en las sombras de la sacristía. No sabía cómo dirigirse a la mujer que tenía enfrente, apenas a medio metro, y al mismo tiempo, a una distancia que podía imaginar infinita. Un cura y una puta. Un cura cansado, un manso esperando la recompensa de la buenaventura; una puta orgullosa de haber tomado su propio camino lleno de espinas.

Al fin, las primeras palabras las dijo Pilar, sin saludar, como si se hubieran visto la tarde anterior. Su tono era tranquilo y humilde.

-Horacio, la cena de los viejos se está terminando de hacer en mi cocina. Las monjas no nos quieren dejar pasar. Todo está listo.

La palabra Horacio le sonó como el crujido de una viga. Preámbulo de un techo que se desploma. Y vuelta otra vez como si nada hubiera pasado. La carne abierta. Sin cicatrizar. Pustulosa y rodeada de moscas.

-¿Has venido a pedirme que te ayude con las monjas? La madre Virtudes es muy firme. Si ha decidido no dejarlas pasar yo no puedo hacer nada... Es lógico, al fin y al cabo ustedes...
-Al fin y al cabo, nosotras sólo somos las únicas que nos hemos ocupado de los viejos. Todos se han olvidado de ellos: el alcalde, las damas de la caridad, la parroquia... No importa de donde venga la comida. Lo importante es hacer el bien...
-Yo no puedo hacer nada. El alcalde tampoco quiere que se organice la cena. Date cuenta que si el Ayuntamiento no ha podido ayudar y quedaría muy mal si lo hace otro cualquiera.

-Horacio, no puedes seguir huyendo. Hay quien te necesita. Los viejos te necesitan.
-Los viejos tienen a las monjas.
-Te necesito yo, entonces. Las monjas deben dejarnos el paso libre -Le clavó los ojos al cura.

En una iglesia los segundos de silencio son reposo. Los olores se condensan. Las miradas se clavan. Los santos de escayola esperan.

-Tenía que irme. Apenas hubiera aprendido a escribir. No hubiera sido nada con la compañía diaria de las gallinas, ordeñando las vacas, soportando siempre los mismos dichos de tío Salvador, las mismos insultos, los mismos refranes -dijo Horacio de repente con otro tono.
-Yo estoy hablando de ahora de los viejos. No me importa lo que ya pasó.
-A mi sí me importa. No te expliqué por qué me fui.
-Ya no tienes que explicarme nada. Pero si no haces algo ahora tendrás que explicarle a los viejos por qué no tienen su fiesta de Navidad. Ya sé qué piensa el alcalde y la hermana Virtudes, pero ¿qué piensas tú, Horacio? ¿Qué se te pasa por la cabeza? ¿Hiciste voto de obediencia a Dios, a la Iglesia, a tu conciencia?-le preguntó Pilar en voz muy baja, como en un confesionario.
-Has vivido mucho. Yo sólo soy un cura de pueblo. Habrás olvidado tantas cosas sin importancia, pero yo... recuerdo cuando paseábamos por la Ladera Alta y nos cogió la lluvia. Creo que la única vez que me sentí un verdadero hombre fue cuando te vi temblar y me quité la gabardina para ti.
-La casa vieja en la Ladera Alta. Había una vaca casi de parto. Tenías el pelo revuelto y goteabas como un pescador... sí que me acuerdo.

sábado, 3 de julio de 2010

Hombre con Gafas

Me estoy conformando. No cambio, sino que me completo, como si de un inicio aparentemente estéril, con una música de fiesta, llegara a mí la alegría del crecimiento. Se me adhirieren partes que siendo consustanciales a mí, siempre me faltaron. El otro día fue un sombrero comprado en Triana. Hoy, unas gafas. Mañana -ya lo sé- será un bigote. Pasado, una corbata de pajarita.

Las gafas, redondas, de pasta, las compré (fueron compradas) en Mesa y López, en el comercio más extraño que la suerte puso a mano. Unas escaleras bajaban en un sólo tramo contínuo y oscuro al sótano profundísimo. La señorita que me precedía desapareció en la oscuridad durante el largo trayecto... El hueco se fue estrechando y el techo bajando hasta tal punto que hube de encorvarme para continuar el descenso sin estropear mi sombrero. Sólo a la llegada volví a verla. En la sala profunda, la tenue luz de dos bombillas desnudas dejaban ver una colección desordenadas de monturas, cristales... La chica me situó en el extremo de un tubo donde apoyé cada uno de mis ojos. Mi ojo veía al fondo del tubo a su ojo, aumentado por una lente. Su pestañear me pareció procaz. El azul tenue del iris era el del cielo de una tarde triste de invierno. "No tiene usted falta de
vista alguna". Me dijo así, que no tenía falta de vista ninguna. "Da igual, quiero unas gafas. Sin cristales o con cristales neutros". "Tenemos unas gafas sin cristal de las que cuelga un bonito reflejo". Y se puso a rebuscar en una montaña de trastos revueltos sobre una mesa. Algunos rebasaban el borde y caían al suelo. Mientras buscaba pensé en cómo podría aquella chica llenar su vacío: comiendo chocolate con churros, estudiando francés, hablando con su novio durante horas, esperando el cumplimiento de un sueño, comprando o vendiendo unas gafas...

Aparecieron unas, redondas, absurdas, como las de Himmler. Me encantaron. Me las tendió y las probé. No podía ver con ellas. Machaqué sus inútiles cristales contra la esquina de la mesa. Se deformó la montura ligeramente pero combinaban extraordinariamente bien con mi sombrero.

-Señorita me las llevo puestas. ¿Cuánto le debo?
-Me pagará usted de la siguiente manera-Sonrió-. Se parece usted a un tío mío, hermano de mi madre, muy estúpido, que ya murió. A mi madre le encantaría volver a verlo después de muerto. Sólo le hace falta un bigote. Déjese usted crecer el bigote y vuelva por aquí. Si me lo promete, no le cobraré las gafas.
-Delo por hecho. ¿Cómo era su tío?
-Ya le digo, completamente imbécil.
-No me será difícil suplantarle.
-Muy bien. Salgamos por esta puerta.

Daba a un probador del Corte Inglés, afortunadamente vacío. Así que de pronto nos vimos en una planta muy concurrida, repleta de espejos multiplicadores. Me despedí de mi sobrina con un abrazo y una frase tremendamente cursi dicha con un hilito de voz. Una estúpida alegría me invadía. Unas ganas tontas de reír y de dejarme crecer el bigote. La idea de ser otro me confundía, y a la vez, me hacía abrigar grandes esperanzas.

domingo, 27 de junio de 2010

Despertar

Al alborear el día me desperté. La luz del sol había alcanzado la rendija abierta de la ventana y me había dado en plena cara. Boca reseca, olor a tabaco, ligero dolor de cabeza: me había vuelto a pasar con el vino, la cerveza y la cazalla. El peso que notaba sobre mi pecho era el del brazo cariñoso de una mujer dormida. No alcanzaba a ver su cara, que estaba vuelta hacia la pared, a medio tapar por una colcha de motivos abigarrados. Tenía tatuado un texto que pude reconocer como una cita del Martín Fierro:

"Para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol.

Nací como nace el peje,
En el fondo de la mar;
Naides me puede quitar
Aquello que Dios me dio:
Lo que al mundo truge yo
Del mundo lo he de llevar."

Las noches, cada vez más frecuentes, en las que me dejaba llevar por la bebida y las compañías las acababa despertando en un laberinto del que escapaba de mala manera, casi siempre poco airoso. Alguna vez, con el culo en riesgo. No quería despertarla. Busqué en los versos, inmóvil, cualquier matiz o pista que me permitiera averiguar detalles. Era del Sur. Tapé mis ojos con la almohada y disfruté la presión del brazo desconocido sobre mi pecho.

miércoles, 23 de junio de 2010

El Efecto Mariposa


El funcionario, a raíz del menoscabo de su salario en un cinco por ciento, había constatado que no podía cumplir con su mujer, ya de por sí siempre insatisfecha. Dudaba en emprender acciones legales contra la Administración, porque aunque el abogado le había dicho que el pleito se podía ganar y la indemnización ser considerable, temía no poder mantenerse en el anonimato y que su falta de vigor sexual se hiciera de dominio público. Ante la duda, que le carcomía en noches de insomnio junto a su insatisfecha mujer, decidió consultar a una vieja, una pitonisa que leía el porvenir en las rayas de las manos y en el fondo de los ojos. Su amigo Juan, al que confiaba todos sus secretos, se la había recomendado. Pero el funcionario no quería ser reconocido. Juan le dijo: lleva gafas de sol, que te lea sólo las manos y no el fondo de los ojos. Le pediremos prestado el perro lazarillo y el bastón a ese vendedor tan afable de mi esquina. Te harás pasar por ciego y sólo le daremos tu nombre de pila a la vieja. Lleva los 250 € y deja todo lo demás de mi mano.

La vieja era parsimoniosa en extremo. Después de recibir a los dos hombres y acomodarlos al otro lado de una mesa modesta, con un mantel de hule, un pequeño martillo parecido al de un juez y la figura desportillada de una virgen de escayola, se fue a la cocina de la que regresó al rato con una enorme cafetera y tres tazas. Después fue a buscar un azucarero de alpaca ante la desesperación del falso ciego y su amigo. El funcionario no paraba de estirar el cuello como una tortuga. Así creía que debía hacer un ciego en su situación. Por fin la vieja se sentó y pidió la mano del "paciente". El funcionario aprovechó para dispararla hacia la cara de la vieja que acertó atraparla en el aire y evitar lo que hubiera sido una especie de bofetón momio. Después de una hora de soportar el aliento imposible de la vieja ésta concluyó satisfecha que tenía una sola pero muy buena noticia que darle: en muy poco tiempo recuperaría la vista. El funcionario perdió los nervios y agarró la cafetera. En un segundo el octógono metálico había roto el cráneo de la vieja. Al despatarrarse al suelo sus arrugadas manos se aferraron al mantel y la virgen también cayó juntamente multiplicándose por mil. Los dos hombres y el perro quedaron perplejos. Sus vidas acababan de cambiar en un instante de perdición. El perro, un labrador impasible, miraba a los hombres como preguntando qué significado tenía todo aquello. La vieja estaba bien muerta. Limpiaron la cafetera repleta de huellas, y el mantel y la parte por donde habían asido las sillas. Cogieron el monedero que llevaba la vieja, lo abrieron y sacaron todo el dinero para simular un robo. Lo dejaron abierto y tirado en el suelo. Salieron de la casa procurando no ser vistos. Caminaron manzanas y manzanas, sudando, sin hablar, a un paso incierto, quizás sospechoso a ratos por demasiado rápido, quizás sospechoso por demasiado lento. Devolvieron el perro y el bastón al ciego, sin decir casi una palabra.

El funcionario impotente pasó toda la noche en el sillón. Enfrente estaba el teléfono, sobre una mesa camilla. Algo le decía que la desgracia daría su próximo paso por su hilo. Casi la podía ver moverse por la espiral del cordón. Amaneció. Era domingo y las horas pasaban lentas en el sillón. La mujer del funcionario entraba en la sala de vez en cuando a hacer algún reproche. El la despachaba con una mirada desquiciada y un exabrupto. Por fin sonó el teléfono a eso de las diez. Era Juan contándole que el vendedor ciego se había presentado en su casa para devolverle un martillo pequeño, como de juez, que el perro llevaba en el hocico cuando se lo devolvieron. El funcionario impotente y Juan se reunieron por la tarde en un parque a llorar con el martillo entre las manos.

jueves, 20 de mayo de 2010

Tardes de Invierno

Cuando anochece a las seis y media, en una tierra tan compañera del sol como es Fuerteventura, se apagan unas lucesitas en el corazón. Y se encienden otras, melancólicas, de añoranza, como las que nuestros padres le ponían al árbol de Navidad.
Los colores ocres de esta tierra pelada se pierden en la luz de una tarde que cae rápida y triste como una mala noticia. Nos quedamos paralizados, mustios.
Yolanda ya no llama para sacar a pasear a sus perros. Ahora sale más temprano para que no les coja la noche. Nos recogemos, como las gallinas, al ritmo de la luz. Y ese ritmo tan natural nos hace reflexionar que aquí, lejos de las farolas, los ruidos, las calles y la vida de las avenidas de las grandes ciudades, estamos sometidos a ritmos ancestrales, marcados por fuerzas superiores como la gran bola alrededor de la cual bailamos. No podemos darle la espalda. Seguimos siendo humanos e insignificantes.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La Inmortalidad

En la cara externa del dique, que suponía maniobras más complicadas para el atraque y desatraque, se iban amontonando barcos y lanchones muy viejos y herrumbrosos que aunque su capitán tenía el supuesto ánimo de repararlos y volver a hacerlos a la mar, ya se sabía que esa vuelta era más que improbable. Dependía de armadores en la ruina, de negocios poco rentables, de tejemanejes turbios. Se rumoreaba que el armador del "G. D´Annunzio" estaba preso. Unos decían que en Estambul, otros que en Trípoli . En cualquier caso el capitán Gonzaga Monagas no sabía nada de él desde el otoño pasado. Un número de móvil parecía ya no existir, como tampoco el fax de la compañía, con una supuesta sede social en Panamá, pero con una oficina real en Nápoles. La tripulación exigió sus sueldos al capitán durante los primeros meses pero como vieron que su situación era tan lamentable como la de ellos, e iba a peor, lo consideraron una víctima más de la ruina del "G. D´Annunzio". Fueron desapareciendo poco a poco, engullidos por la ciudad. Sus orígenes eran diversos, sus papeles confusos, pero aún así la ciudad portuaria, como todas, se los fue tragando hasta quedar sólo tres hombres a bordo: el capitán Gonzaga Monagas, el maquinista Funché (así sonaba su nombre oriental en boca de todos) y el piloto Elías Panzón.
El "G. D´Annunzio" era viejísimo, pero por cuestiones difíciles de explicar había sido remozado varias veces, la última a mediados de los setenta, con lo cual se había mantenido operativo. Fue un barco mercante pequeño pero rápido para su tiempo, que era utilizado para llevar mercancías urgentes entre puertos cercanos del Mediterráneo. Después de la guerra la urgencia de los transportes pasó a segundo plano y se le siguió utilizando con una rentabilidad mucho más baja. En la actualidad, con más de 40 años sin haber sufrido modificaciones importantes, era pura chatarra. Se mantenía gracias a las reparaciones habilidosas sobre una mecánica tan primitiva y sencilla que Funché lograba resucitarla con de piezas de desguace que conseguía en otros barcos también moribundos.
En algún puerto del levante español se supone que esperaba la familia del capitán Gonzaga. Tenía mujer y cuatro hijos, el último notablemente engendrado mientras él se desesperaba en el mar de Liguria por una reparación que había dejado al barco exangüe durante un mes. No le importaba. No sabía qué hacer. Simular que se molestaba. O no. No era un hombre para andar disimulando así que le preguntó a la mujer de quién era el hijo. De un tipo que no le puede dar de comer. Espero que puedas apañarte con lo que te mando. ¿Cómo están los niños? ¿Y tu madre? Quería a sus hijos, aunque a veces le costara mucho recordar sus caras y tuviera que tirar de las fotos sobadas que guardaba en la cartera. Uno de ellos, Manuel, escribía cosas desde muy pequeñito, que iba sacando de su propia imaginación. Eso le contaba su madre.
Una tarde regresaba el capitán Gonzaga al barco y en la borda, despatarrado, Funché fumaba, con uno de los pies colgando y balanceándose delante de las letras que conformaban el nombre del barco. El capitán avanzaba por la pasarela. Había conseguido cebollas, tomates y arroz. Gracias a la pasta y el arroz sobrevivían. Tampoco tenían grandes problemas para mendigar pescado congelado. Elías Panzón casi siempre volvía con las manos vacías pero cuando traía algo era carne y tabaco. Se sospechaba que lo robaba, al menos el tabaco, o que se hacía algún negocio inconfesable. El pie balanceante ocultaba la G, luego la D y así sucesivamente, de tal manera que Gonzaga, con el juego de letras delante de sus ojos, se planteó por primera vez de qué sería aquella G. y quién sería el tal G. D´Annunzio. Superando un pequeño sentimiento de vergüenza le preguntó a Elías Panzón cuando estaban en el cuchitril hediondo que llamaban cocina. Elías Panzón, visiblemente emocionado por la cebolla, le contestó que creía que la G era de Giuseppe y que era el nombre de un rebelde que había luchado contra Mussolini. Después se limpió la cara con un trapo que olía a calamares.

martes, 11 de mayo de 2010

Eça de Queiroz


Leí "Cuentos Completos" (Ediciones Siruela, traducción de María Tecla Portela Carreiro) de José Maria Eça de Queirós (1845-1900). Esta edición tiene en su portada una caricatura del autor, por Rafael Bordalo Pinheiro. Aparece vestido como se puede esperar de un cónsul (que lo fue) pero con la sonrisa y la postura de todo un vividor. Al margen de las consideraciones sobre esta imagen, los cuentos me parecen escritos con una tremenda seriedad. Entiéndaseme, el autor empeñó en su escritura todo el arte de que disponía, con voluntad y cordura. Estos cuentos están plenos de narrativa, en el sentido de que son auténticas historias donde "pasan cosas"; plenos de ambiente en tanto que las descripciones son precisas, utilizando un vocabulario riquísimo; plenos de personajes puesto que están ahí, respirando con nosotros; plenos de emoción (recuerdo especialmente ese evangelio apócrifo que es La Muerte de Jesús); de conocimientos culturales (en casi todos ellos); de conocimiento de lo humano (Excentricidades de una chica rubia); plenos de humor (en casi todos los cuentos, resalto el desenlace de Fray Ginebro); plenos de cintura para adaptarse a estilos y temas. Ataca tanto el estilo romántico (magnífico El difunto) hasta temas mitológicos (La perfección) y la crítica social (muy interesante La catástrofe aunque no fue terminado, y quizá el autor no hubiera consentido en publicarlo inacabado como está).
Sin embargo, leerlo no ha sido un camino de rosas. La prosa de Queirós, que nació en el siglo que nació, no es espuma. La densidad y longitud de los cuentos es decimonónica. No así el tono. Me parecería un error encuadrarlo, por estos cuentos, en la órbita de los escritores sesudos (es decir, pesados) dispuestos a echar páginas y páginas para exponer "su tema". Cierto es, que salvo "Alves y compañía", novela deliciosa y corta y "Las Cartas de Fadrique Mendes", que apenas recuerdo, no he leído más de José Maria Eça de Queirós. Es difícil disfrutar estas lecturas interrumpiéndolas constantemente, a lo que suele obligarnos el ritmo de nuestras vidas, dedicándoles los poquitos minutos que nos da el día desde que entramos en la cama hasta que nos quedamos dormidos. He tenido que esperar a las vacaciones, pero en verdad les digo que ha valido la pena.

martes, 4 de mayo de 2010

Ignacio Aldecoa

Ayer me pasaba un amigo los comentarios del editor Constantino Bértolo en una entrevista. Se quejaba del estado de la narrativa actual española. Se quejaba de que es floja y mortecina, de que está (así lo entendí yo) rendida a una feligresía de lectores pacatos entre los que no puedo dejar de contarme. Una colección de burgueses que no quieren ser despertados de su sueño del bienestar, sordos a la algarabía de los que tienen que buscarse la vida cada día. Y a éstos, se les ha dado la televisión para reducirlos a masa semoviente, y a los jóvenes una falta de educación encaminada a hacer de ellos masa de obra, piezas útiles de la maquinaria, ladrillos en la muralla...que dirían los viejos rockeros, a los que todavía se oye pero sin escucharlos. Así interpreto yo lo que decía el editor, al que pienso, le importaba "la utilidad" de la novela, su realismo entendido como reflejo de la sociedad que la hace; y la novela como denuncia de las consecuencias (en este caso, según él, dicho literalmente) del "capitalismo". Les invito a que lo lean directamente, que debe andar por la red, como casi todo. Puestas así las cosas y considerando, muy capitalísticamente, el mundo literario como un mercado, los lectores son los que hay, y para ellos habrá que escribir, habrán pensado quienes editan. Y no nos engañemos, los que leemos y los que escriben, somos poco más o menos, siervos de la misma gleba.


Es discutible ese solo papel de la narrativa. Hay novelas "interiores" que cuentan la vida de un hombre y lo que le pasa y lo que siente. Hay novelas sobre barcos amotinados hace dos siglos que nos cuentan, junto a otras muchas cosas, lo penoso de la esclavitud de los senegaleses, sin que ese sea "el tema". O la vida de un fantasma que trabaja en unas oficinas de un abogado de Wall Street. La denuncia de las cosas que pasan no es requisito imprescindible para darle valor a un libro. Hay libros cuyo mérito consiste en inventar un mundo que sólo tiene sentido en el sonido de las palabras que lo van contando y en las imágenes que evoca. Libros que hacen que sus traductores suden tinta.
Pero uno anda reflexionando sobre estas cuestiones y sopesando lo que decía el editor, cuando cojo en las manos un libro de cuentos de Ignacio Aldecoa, y todo cambia. Viene a caer como un cubo de agua de pozo sobre la comodidad de sofá, bien instalada. Realismo, sí. Tocamos la vida, después de la guerra, o de las guerras; de los campesinos, de los pescadores, de los vagabundos, de las familias burguesas con tiendita en ciudad de provincias. A los personajes los sentimos ya no reales sino hiperreales, porque nos sentamos con ellos a comer puchero el domingo, en familia. Oímos sus conversaciones mezquinas, sus reproches y sus cariños fraternales y sus esperanzas vanas. Acompañamos a un boxeador de gimnasio de barrio hasta partirse la crisma por una ilusión sin futuro, en una España donde el triunfo era sobrevivir y ver un poco de luz entre tanta grisura. Nos obliga en buen tino a compararla con la España actual y descubrir que no es oro todo lo que reluce, o relucía antes de la crisis. Esta literatura es quizá la que reclamaba el editor en su entrevista. Frente a esta literatura, toda la demás parece disparates de diletantes o garabatos de gente aburrida, juegos de burgueses que aprendieron ortografía. Esa es su tremenda potencia, descomunal. La de meternos en el mundo de Ignacio Aldecoa, el que sentía. Ni más ni menos que porque fue un escritor como la copa de un pino y escribía con honradez, siempre extraña al ego histriónico y gigantuno de su gremio.
Otras literaturas son posibles, valiosas y probables, aunque no frecuentes hoy en día. En general, no puedo estar de acuerdo con el editor. Creo que lo que debemos exigir como lectores es que las novelas, sencillamente, sean buenas. Fácil, ¿verdad? ¿Y si dejáramos de editar durante un par de años? Como un barbecho o una purga. Hay tanto escrito, que editar y publicar es una necesidad "de mercado". Como lector, no me preocupa demasiado, para entretenerme tengo el fútbol.

lunes, 3 de mayo de 2010

Apunte sobre la Hipocondría Proyectiva Diferencial (HPD).

El síndrome de Hipocondría Proyectiva Diferencial (en adelante HPD) fue esbozado ya en los años 70 por los doctores Costello y Abott de la Universidad de Princedown (Frank Costello, Jerry Abott, 1973 "Diferencial Projected Hypochondria is arriving"). Después de la publicación de algunos otros artículos cruzados entre defensores y detractores de la HPD como una nueva enfermedad mental, el por entonces estimadísimo Dr. Andrew Stinkker publicó un vasto artículo en la prestigiosa revista Madness Today, en el mes de octubre de 1975 de nada menos que 321 páginas. Dicho artículo "Only a half what science can explain on an illness doesn´t exist" zanjó el asunto de la HPD enterrándola, aparentemente para siempre. Sin embargo, la muerte del Dr. Andrew Stinkker en accidente de tráfico el pasado mes de noviembre ha supuesto toda una revolución no sólo para esta enfermedad sino para la psicología toda. Su viuda, después de una breve pugna en los tribunales, fue reconocida como heredera universal del doctor Andrew Stinkker, incluido su patrimonio intelectual. Los manuscritos que ella encontró los entregó sin más a la editorial Nosense, competidora de facto con la que publicó el doctor durante los últimos 30 años. Desgraciadamente al doctor Dr. Stinkker ya se le conoce por el apelativo de Mr. Hyde. En letra manuscrita, pequeñísima y abigarrada había acumulado cientos de cuadernillos en los que, con una lucidez y una argumentación incontrovertible, rebatió el 90% de las conclusiones a las que él mismo había llegado en sus estudios publicados. Especialmente doloroso resulta comprobar cómo desmanteló la teoría de Marco Giuseppe Archimboldo en una serie de artículos corrosivos publicados en Madness Today a lo largo de 1992 a sabiendas de que toda la teoría expuesta por el italiano era más que estimable en aquel estado del arte. Como sabemos, Marco Giuseppe Archimboldo se suicidó en el Hotel Lahore la noche anterior a la defensa de sus teorías en el simposio de aquella ciudad, rodeado de papeles revueltos, libros abiertos, anotaciones en rojo en los artículos del Dr. Andrew...
Así pues, muchas ideas desechadas por la autoridad que entre todos, negligentemente, concedimos al doctor, están siendo revitalizadas gracias a las verdaderas opiniones, ahora descubiertas, que el mismo que las vituperó, tenía sobre ellas. De este modo vuelve a ponerse sobre la mesa la vigencia de las ideas de Frank Costello y Jerry Abott sobre la Hipocondría Proyectiva Diferencial. Estos doctores descubrieron la enfermedad porque uno de ellos la padeció. En el transcurso de su larga amistad Frank Costello comprobaba cómo cualquier dolor o síntoma que expresara, por leve que fuera, era atribuido por Jerry Abott a una terrible enfermedad, que aunque también él mismo reconocía padecer, no lo era en el grado extremo en el que lo hacía su compañero. El impulso definitivo a la descripción de la enfermedad sucedió una noche en la que ambos cenaban tranquilamente. Frank Costello comentó que le dolía el antebrazo derecho, con el que manejaba los cubiertos. Jerry Abott, inmediatamente lo atribuyó a un infarto en ciernes. El mismo padecía una leve afección cardiaca, a la que dedicaba una revisión mensual aunque los médico lo consideraban innecesario. Frank lo tranquilizó describiéndolo como un dolor muy ligero, no en el hombro izquierdo, y de origen, seguramente, muscular. No le pareció adecuado revelar que su joven y hermosa esposa, que había conocido como alumna en la asignatura de prácticas de anatomía, llevaba fuera dos semanas, de viaje por Europa. La cena continuó. Más adelante, al estirar el brazo hacia unos gambones, el doctor Frank Costello no pudo evitar una mueca de dolor que no podía pasar desapercibida a un hipocondríaco proyectivo. Jerry Abott se levantó muy nervioso, con la excusa de que tenía que ir al baño. Regresó al rato, y al cabo de unos minutos, cuando la tranquilidad de la sobremesa transitaba de puntillas sobre la medianoche, unos camilleros uniformados de blanco entraron precipitadamente en el restaurante. Alguien había llamado a urgencias solicitando una ambulancia para una persona que estaba sufriendo un infarto. Jerry Abott, desconcertado, explicó que los infartos, silentes en principio, son devastadores en su desarrollo. Al mes salía publicado el artículo en Madness Today. A pesar de ser un primer intento de descripción de la enfermedad las principales cuestiones estaban claras: hipocondría porque tiene que ver con la fabulación de enfermedades que no existen a partir de síntomas también fabulados o reales, pero muy leves; proyectiva porque el sujeto al que se atribuyen las enfermedades es "el otro"; diferencial porque aunque el propio paciente pone en sí mismo la enfermedad fabulada es el otro "el que está mucho peor, a las puertas de la muerte".

viernes, 30 de abril de 2010

Urogallo en Pepitoria, receta de mal gusto

Efectivamente, reconozco que mis recetas adolecen del uso excesivo de productos "de bote", frente a los de huerto y corral. Hoy cambio la tendencia, es decir, rompo una lanza, doy un giro copernicano o establezco un punto de inflexión. Presento, nada más y nada menos, que la receta del urogallo en pepitoria.
Como bien saben es imposible conseguirse una de estas aves en el Mercadona de la esquina, ni siquiera en el Mercado de la Boquería. Sorpréndanse, no se consiguen en internet ni se subastan en ebai. En Canarias decimos que quien quiere lapas tiene que mojarse el culo. Quien quiera un urogallo debe ir de cazador furtivo a los Picos de Europa. No son pocos los riesgos. Si somos sorprendidos por la Guardia Civil seremos multados, si no encarcelados, y muy probablemente nos quiten el urogallo capturado. Si nos sorprende algún ecologista, más nos vale que corramos a la Guardia Civil en busca de socorro. Es una aventura de la que se regresa con el ave, o no se regresa.
El método de captura que recomendamos es el versificado en "La Venganza de D. Mendo" que recojo bajo estas líneas. Este método antiquísimo, ya aparece en la Cantiga septuagésimosegunda bis de D. Enrique Fález, autor apócrifo de D. Alfonso X "El Sabio". Su posterior transmisión a lo largo de los siglos lo llevó hasta el texto de la obra teatral de Pedro Muñoz Seca. Recomiendo este método porque a la par de ser discreto (no produce ruido de fusilería) conserva en buen estado el cuerpo del animal, incluso su plumaje, por si lo queremos usar para rellenar cojines.
"MONCADA.– Ha de antiguo la costumbre
mi padre, el barón de Mies,
de descender de su cumbre
y cazar aves con lumbre:
ya sabéis vos cómo es.
En la noche más cerrada
se toma un farol de hierro
que tenga la luz tapada,
se coge una espada
y una esquila o un cencerro,
a fin de que al avanzar
el cazador importuno
las aves oigan sonar
la esquila y puedan pensar
que es un animal vacuno;
y en medio de la penumbra
cuando al cabo se columbra
que está cerca el verderol,
se alumbra, se le deslumbra
con la lumbre del farol,
queda el ave temblorosa,
cautelosa, recelosa,
y entonces, sin embarazo,
se le atiza un estacazo,
se le mata y a otra cosa."
Ya en la tranquilidad de nuestra cocina nos ponemos manos a la obra.
Se sala el urogallo, se fríe con el aceite hasta que esté dorado y se pasa a una cazuela. Se pica bien la cebolla y los ajos, sofriéndolos a fuego lento en el aceite sobrante de freír el urogallo, hasta que la cebolla se ponga transparente. Incorporar a esto vino blanco, almendra picada, azafrán, un poco de pimienta y un vaso de agua. Se deja que hierva unos 10 minutos y se echa por encima del urogallo. Se echa el perejil y los huevos duros picados y se remueve. Se dejar cocer a fuego lento durante 1 hora aproximadamente, añadiendo agua si fuese necesario (estará hecho cuando se separe bien del hueso).

¿A qué sabe? A crimen.

jueves, 29 de abril de 2010

Garbanzos a la Ligera. Nota de Cata

Comestibles sin alharaca, pero mucho mejor de lo que preveía. Imperio de dos sabores, el chorizo y el garbanzo. El caldo muy desapercibido y las papas una mera comparsa.

miércoles, 28 de abril de 2010

Un Hombre en el Hogar

Pretendo inaugurar una sección con este nombre porque he vuelto a vivir solo y por tanto a enfrentarme, con un espíritu mucho más creativo que la otra vez, a los problemas de intendencia en el hogar, mi nuevo hogar, en el que vivo con una planta, cuyo bienestar es, por cierto, uno de mis asuntos pendientes.
Aún con miedo de ser políticamente incorrecto, diré que pienso que las chicas llevan una carga de prejuicios y de experiencias transmitidas a través de sus madres acerca de cómo se organiza una casa que suponen una pesada carga y un obstáculo. Los "nuevos marujos" podemos aportar una visión fresca, no anclada en las tradiciones y "científica", aplicando las tecnologías y los productos de nuestro tiempo. Sirva de ejemplo: la mopa. Ya he encontrado varias chicas que al mismo tiempo que reconocen sus virtudes...¡se niegan a utilizarla! Otro error de fundamento: "Hay que limpiar al menos una vez a la semana". Este aserto es falso. Lo he comprobado científicamente. Si no se limpia una semana, no pasa nada. No he observado ningún fenómeno que me haga pensar que se va desplomar el techo o algo por el estilo, sólo ciertos malos olores a partir de la cuarta semana.
Para empezar les ofrezco la receta de los "Garbanzos a la Ligera", que preparé ayer. La ligereza no viene por el lado de los garbanzos, obviamente, sino porque me lo inventé todo sobre la marcha. Cogí caldo de pollo de tetrabrick y lo puse en el único caldero de que dispongo, el mismo en el que caliento la leche y el agua para el té y el arroz. ¿Cuánto? Un chorro. Observo con preocupación que en los supermercados se consiguen las cosas en tamaño familiar antiguo, basados en un concepto a veces casi romano de la familia. Los fabricantes deberían comprender que la nueva familia es también el solterón/a empedernido/a (ahora llamado singuel) o cada uno de los cónyuges separados con su régimen de visitas. En cualquier caso, lo que sobra, al congelador si no lo vamos a gastar en unos días. Seguimos. En ese caldo puse un tomate pequeño a trozos y tres dientes de ajo escachados (los escaché porque pensé que así soltarían mejor su sabor). Probé el caldo y sabía un poco a ajo y nada a tomate por lo que no sé si decirles que le pongan más tomate o ninguno en absoluto. Lo tuve un tiempo al fuego. ¿Cuánto? Un rato. Como los pellejos del tomate no se desprendían como tenía previsto lo colé y me deshice tanto de lo grueso del tomate como de los dientes de ajo, que ya habían cumplido su función. Luego cogí chorizo troceado, del que viene para estas cosas, y lo añadí al caldo. El calor hizo que enseguida se propagara su potente sabor. Después se cogen garbanzos de bote, que se enjuagan tal como ponen las instrucciones, y se añaden al caldo. No hace falta dejarlos mucho más en el fuego porque ya vienen guisados. Por cierto, que había uno negro. Yo pensaba que esas cosas ya no pasaban.
Se me criticará que uso demasiados productos "de bote". Que los productos naturales son mucho más sanos y bla, bla, bla... Cierto, la cocina con buenos ingredientes es mucho más sabrosa, pero en mi defensa diré (uno) que para hacer estas chapuzas es una pena usar buenos ingredientes. (Dos) ¿de qué sirve comer más sano y vivir más tiempo si lo tiene uno que perder pendiente de que se guisen unos garbanzos o revolviendo un caldo para que coja buen cuerpo? Sumen y resten. Sean científicos, lo que multiplica arriba se va con lo que divide abajo y nos quedamos igual que estábamos.
Esto ya está listo. ¿Queda bien? ¿A qué sabe? No lo sé. Lo tengo en la nevera para comerlo hoy en el almuerzo. Pienso añadirle unas papas no exactamente fritas sino hechas con poco fuego y que se queden como sancochadas pero con aceite. El aspecto, seamos sinceros, no es bueno. Se ha formado una capa superficial con el pimentón del chorizo y otra más profunda con el caldo. Al calentarlo espero que vuelvan a unirse. Me temo, además, que me entusiasmé con el chorizo. Sin embargo, a priori me parece un plato recomendable para una cena romántica, por dos cuestiones, primero porque a la luz de las velas, el aspecto va importar poco, y segundo, porque si bien es difícil que un plato con garbanzos resulte fino, sí que es muy viril. No deja lugar a dudas sobre por qué estamos allí, que no es para cenar, precisamente.

martes, 27 de abril de 2010

Otro Enlace

Añado un enlace al Gen Calamardo, lo tienen más abajo. Pasen y vean.

Fusilando

Fusilando las noticias de hoy en El País, acerca de las propuestas de reforma de Obama del sistema financiero americano.

TITULAR: "Los demócratas pierden una primera votación sobre la reforma financiera". Pero es que previamente, Obama había dicho en el mismísmo púlpito de Wall Street, y fusilo también el texto "A menos que su modelo de negocio sea estafar a la gente, no hay nada que temer de estas nuevas normas". ¿Qué esperaba de la votación?

Ojalá el fin de este hombre sea sólo político. Y me persigno, aunque ustedes no lo vean y yo no crea mucho en esas cosas.

Escribir por Escribir

Esta entrada puede ser un comentario a otra anterior en este blog, concretamente a la del día 13 de abril (Nuestro Sino). Moderándola, matizándola o rebatiéndola. ¿Escribir por escribir? Tampoco es eso.
En los últimos años he tenido que defenderme de los antivilamatasianos. El más feroz es uno que no ha necesitado leerlo para saber que no necesita leerlo, lo cual tiene sentido, porque sigue vivo. Con lo que ha leído sobre Vila-Matas en los blogs tiene argumentos suficiente para despreciarlo. Pero, yo lo sé, el principal motivo por el que lo detesta es porque yo lo elogio. La amistad tiene misterios insondables. Y con los años se puede convertir en una especie de matrimonio, con reproches. A lo que íbamos. Yo me defendía, entre otras formas, llevando El Viento Ligero en Parma de paseo por la ciudad, sin ningún recato (por cierto que éste lo perdí en un avión y lo recuperé en el Aeropuerto de Fuerteventura. Gracias Aena, que tan poco te quieren). O intercambiando con otro amigo "insurgente" Hijos sin Hijos por Doctor Pasavento a la vista de todos.
Pero, ¿qué quieren que les diga? Me he tropezado con la Dublinesca. Y a punto ha estado de hacerme caer. Hay que escribir, repito, como en mi entrada anterior, pero no escribir por escribir. Vila-Matas tiene arte sobrado para sacar literatura de su chistera con un chasquido de los dedos, pero esta vez se ha pasado. Con una frase suelta escuchada en una guagua inventa un cuento. Y si baraja ases del tipo de Walser, Gombrowicz y compañía acaba adivinando el naipe de Musil, pero esta vez se ha pasado. Con Riba no vamos a ninguna parte. Me recuerda al protagonista de El Viaje Vertical, pero no al de la novela, sino al de la película, que es lo peor. Quizá sea la naturaleza de Riba el no ir a ninguna parte porque ya está en la hoja roja. Esta sería una defensa de la Dublinesca. Hay unas cuantas (pero cuantas, cuantas) páginas centrales donde se siente un estancamiento desesperante. Después se pierde la esperanza de que pase nada y se acostumbra uno al ritmo divagante hasta que la novela se va extinguiendo y, por fin, se acaba.

lunes, 26 de abril de 2010

La Espuma de los Días

Boris Vian (1920-1959). Si restan ambas cifras se darán cuenta de la prisa que tenía que darse. Tanto que hacer antes de que le creciera un nenúfar en el pulmón, o le disparara la policía fiscal a los intestinos o se quemara en el incendio, provocado por el mismo, de una librería. Que son tres formas de morir como hay infinitas. Si seguimos haciendo números y multiplicamos las horas que trabajamos diariamente por los días y lo expresamos en años resulta una cifra horrorosa. Después de trabajar, dormir, cagar y mear, queda poco tiempo para ejercer nuestra supuesta "libertad".
Podríamos vivir sólo la adolescencia y un poco de juventud, el tiempo de la plenitud energética, la belleza física y el amor puro. El tiempo de la levedad. Disfrutar una vida de dibujos animados, con sus vivos colores, sus golpes y muertes que no duelen, sus imposibilidades físicas y sus ratoncitos y todo, y después extinguirnos rápidamente bajo el peso, la gravedad, de la realidad.
Boris Vian escribió La Espuma de los Días con unos 26 años.

jueves, 22 de abril de 2010

Eyjafjallajokull

... o sea, el volcán islandés que ha traído de cabeza a más de media Europa. Ese de ahí arriba es su nombre que todo el mundo resume como "el volcán islandés" con una falta completa de respeto porque seguro que en Islandia hay más de un volcán y referirse a él sin su nombre propio es ningunearlo. Pues bien, así se ha cabreado, y nos ha tenido bloqueados los cielos durante una semana, días más, días menos. Todo por no hacer un esfuerzo de lectura por una palabra que a nuestros ojos es rara o rarísima y que parece que se nos va enredar la lengua en un nudo sin solución si intentamos pronunciarla. La consecuencia de esa simplificación tan vaga ha sido el cabreo continuo del volcán, que si lo huebieramos llamado por su nombre, seguro que se hubiera conformado con un fumarola discreta y un poco de escoria y de lava lanzada con discreción.

Los canarios no deberíamos jugar con estas cosas y advertir al resto de los habitante del planeta de que deben estar bien avenidos con las fuerzas telúricas. Fuerteventura parece dormida después del castigo de miles de años de erosión, viento y sol. Duerme, yerma. Pero en La Palma hace tres días (1971) en la longevidad de la tierra, que el Teneguía eructó y un poco antes (1949) Hoyo Negro y compañía. Lanzarote, antes de 1730 era de otra forma, pero después de seis años de erupciones en Timanfaya, quedó, poco más o menos, como la conocemos hoy , quitando claro está, las aportaciones humanas a su paisaje.

A mi, que no he tenido que pasar ninguna noche en el aeropuerto, me hace una gracia tremenda que un volcán con un nombre tan bonito, en un país del que nadie se acuerda sino para poner de ejemplo su bancarrota, haya dejado colapsada a Europa, sin causar más desastre que el económico. Nada que ver con la furia desatada del Vesubio, que dejó hechos piedra a las gentes de Pompeya, Herculano, etc.

La moraleja que saco de todo esto es que hay que evitar eufemismos, elipsis y diplomacias y llamar a las cosas por su nombre.

Las Secciones de este Blog

Cuatro son las secciones:

El histórico de entradas natural en cada blog.
Los enlaces a otros blogs recomendados.
Mis últimas lecturas.
Mis dibujos.

Y pasa desapercibido el fondo del blog, donde añado párrafos que he leído, normalmente relacionados con la literatura, y que por algún motivo he seleccionado. Añado esta entrada para llamar la atención sobre ellos porque me temo que pasan desapercibidos. Están los autores pero no las obras en donde se encuentran. La columna de mis últimas lecturas le puede servir de pista a quien esté interesado en el acertijo.

martes, 13 de abril de 2010

Nuestro Sino

Escribir mal, o bien, o regular. Hay que escribir, aunque sea sólo para leerse, o para que te lean tus amigos, o tus enemigos, de madrugada, con la luz apagada y el cigarrillo encendido, la cara iluminada por la luz tenue del monitor, con respiración asmática y ruidosa. Hay que escribir porque escribiendo se activa una parte de nuestra mente que de otra manera permanecería dormida, que no conoceríamos de otra forma. La vida cotidiana, el perfume de las alcantarillas, las delicatesen con alioli, las bellezas con celulitis y el espejo que nos devuelve nuestro propio aliento multiplicado por el ajo, nos aturdirían hasta dejarnos inermes frente a los monstruos de la simple realidad. Unas cuantas gotas de tinta, unos pocos gramos de toner, y se opera un milagro que pasma. Se desata un torrente interior que sólo nuestras amantes conocían de viejo. Amigos, hay que hacer un esfuerzo y revelarse, tal cual uno es, con toda la prosopopeya y el ornato, con todos los almíbares y las fanfarrias. Y que se jodan. No podemos seguir simulando que somos imbéciles. La literatura se nos escapa hasta por el culo. Es que cuando andamos hay trozos que van regándose por el camino, y cuando hablamos, gotas que salpican sin que queramos. Es nuestro sino, no podemos hacer otra cosa que seguir escribiendo.

martes, 23 de marzo de 2010

André, una bolsa y un coletero

He tenido que leer El Inmoralista de André Gide, para poder volver mi mirada al espejo sin vergüenza.

El domingo secaba mi flamante nuevo cuchillo de cocina en mi piso de alquiler. La hoja se deslizó por accidente más allá del paño de cocina con el que lo secaba y cortó buena parte de la yema de uno de mis dedos de la mano derecha, mi mano útil. Un corte no demasiado grande, pero causante de una hemorragia incontenible. Después de luchar un rato con un rollo de papel higiénico me acerqué al centro de salud para que me lo vendaran y contuvieran la sangre. Volví a casa más inútil, con menos fuerzas y ganas para luchar contra el polvo y la calima que la había dejado tan sucia, y con el aparatoso vendaje que me impedía tantas cosas. Miré a mi mano izquierda como se mira a un hijo poco dotado, con pena casi. Me sirve en la medida de sus pobres posibilidades.

Me quería duchar pero sin mojar el vendaje. Pensé. Me acabo de mudar al piso y he ido consiguiendo las cosas más necesarias a medida que los usos cotidianos me revelaban su falta. De momento no tenía gasas, ni esparadrapo, ni guantes de fregar. Tenía unas bolsas de Hiperdino, con la imagen del dinosaurio tontorrón. En alguna parte había visto un coletero. Hice memoria. En el picaporte de la puerta de la solana, efectivamente, había un coletero, supongo que de alguna antigua inquilina del piso. Me desnudé, metí la mano en la bolsa de Hiperdino y ajusté el coletero a la muñeca. Fui para el baño, tan contento con la solución, y al pasar por el pasillo, me vi reflejado en el espejo. Me dio una mezcla de pena de mí mismo y vergüenza.

Me duché, apartando la mano herida, por desconfianza en la impermeabilización que había ideado. Y apartando también la mirada de cualquier espejo. Resultó más o menos. Entró algo de agua pero no llegó al vendaje.

Después de secarme con mi mano izquierda, mucho más lentamente que siempre, me senté a leer a André Gide. El norte de Africa se paseaba por mis ojos, y las alusiones a sus niños morenos y al amor demasiado tierno por Marcelina. Me estaba envolviendo un aire no intelectual, yo diría que intelectualista, y fui pasando páginas esperando qué era lo que Miguel tan necesitado estaba de contar a sus amigos. No parecía nada y era todo. No contaba nada al final, sino todo, mientras tanto. Pero de esa manera tan sordamente velada que hizo que André se tuviera que disculpar y explicar para evitar la confusión con Miguel. La lectura me recompuso. Me reconcilió conmigo mismo y pude recordar que unas cuantas horas antes me había descubierto en el espejo, tripón, desnudo, desconfiado de mi ingenio, con una bolsa de Hiperdino en la mano, sujeta por un coletero.