lunes, 24 de diciembre de 2007

El Limbo de las Letras

El crítico literario Richard Gross sorprende por el preliminar y riguroso análisis físico de los libros que estudia. Somete a su mirada crítica la calidad de la encuadernación, lo apropiado del material de las cubiertas, la ideonidad del cosido o pegado de las resmas, la legibilidad de los tipos, la textura del papel y su olor, su fotodegradación, la resistencia a la humedad… Estudia las dimensiones del libro con el pié de rey en la mano y lo somete a pruebas de resistencia mecánica ante golpes y sacudidas, elasticidad ante torsiones... Finalmente, lo lee, y si es de su agrado, se lo fuma. Prepara un cilindro con las hojas, que va rellenando de picadura de tabaco. En todas las fotos, Richard Gross aparece con un cigarrillo entres sus dedos huesudos y enjutos, con la piel amarilleada por el tabaco y envuelto en una perenne nube de humo. Concede entrevistas únicamente en lugares donde se pueda fumar a destajo y no duda en saborear su pitillo durante minutos mientras parece pensar su siguiente respuesta. No lejos estará un ancho vaso de “whisky” mezclado con un poco de agua. Por lo tanto no atesora libros que sean dignos de volver a leerse, práctica que considera de “personas maniáticas”. Sin embargo tiene una biblioteca de títulos literalmente infumables que no duda en mostrar a sus amigos y que apilados en las enormes estanterías de su casa constituyen un auténtico muro de la vergüenza. Me confesaba Armand Nosel, autor amigo de Gross, que cuando se reúnen en casa del crítico pasa casi a hurtadillas delante de las librerías intentando no fijar la mirada en ningún lomo por temor a descubrirse allí. Armand lo llama el “extraño limbo”. Esta definición proviene de la siguiente explicación de Gross en donde muchos ven benevolencia y otros simplemente tibieza: “Hay libros buenos que no me gustan por algo tan simple como que no son de mi gusto, pero los leo y cumplo con el diario que me paga entregando mi informe en tiempo y forma, a éstos me los fumo; hay otros, también buenos, con los que disfruto enormemente y son de mi gusto, son objetivamente buenos y acaban ardiendo también; sin embargo, hay un tercer grupo, que de alguna manera he considerado malos libros y que ni siquiera he podido acabar de leer, por tanto, no ha terminado mi trabajo con ellos. Los amontono, por si alguna vez me sobra tiempo, o me cambia el carácter de viejo cascarrabias, o me vuelvo idiota. A éstos no me los fumo y pasan a formar parte de una especie de limbo de las letras.”

domingo, 9 de diciembre de 2007

El Mundo de Juan José Millás


Se llama Juan José, como yo. Mi amiga Yolanda me envió un mensajito de móvil, recomendándome el libro porque “le recordaba a mi” y yo no conocía a Juan José Millás (quiero decir que nunca lo había leído aunque sabía que existía) y, aunque en los últimos años recelaba del Premio Planeta, me acerqué a una librería y me hice con El Mundo.

Es una autobiografía (?), pregunto. Después de las primeras 80 páginas todo me perecía muy triste, con la transparencia lechosa, la opacidad de los tiempos de Franco y el sin futuro de un tiempo parado. Una infancia paralizada así que llamé a Yolanda y le pregunté por qué el libro le recordaba a mí. “Por el humor con que se toma cosas dramáticas, tienes que seguir leyendo”. Y seguí leyendo y encontré el capítulo de la academia, con el cura y la doña, y me partí de risa con una sola frase, la del compañero que reconoce que se le pone dura cuando le pega la doña. Supongo que son cosas así a las que se refiere Yolanda.

Repito: es una autobiografía (?), pregunto. Lo pregunto porque Juan José no se encumbra ni en una sola frase, más bien se muestra sin pudor como un hombre corriente que acaba siendo novelista como podía haber seguido siendo un chupatintas en Iberia o Caja Postal. Un niño de barrio pobre, en familia humilde, mal estudiante, amigo de otro niño enfermo que no podía llegar a viejo. Enamorado de una chica que hacía ejercicios espirituales cuando él no parece que pudiera creer en Dios. Ella fue después líder estudiantil y marxista. El no pudo sino participar en alguna manifestación sin que le llegaran ni a detener. Otra vez sin llegar a “estar”. Tuvo habilidad y tiempo para huir. ¿Cuál era su mundo? ¿Habría sido secuestrado de sus auténticos padres? Con los años ella acaba desdibujada y él la ayuda a “colocarse” para sobrevivir ¿Quién se venga de quién? ¿La novela entera no es una venganza contra María José? Seguramente no. Seguramente la vida es una carrera de fondo. Un barrio es la metáfora del Mundo y sus habitantes la humanidad entera, y nos dice Millás que nada ha sido puesto expresamente para fastidiarlo a uno, y que no resulta nada fácil deshacerse de las cenizas de tus padres.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Juan Ceballos

Le expliqué a mis hombres cómo Juan Ceballos bajó del cerro por la zona más difícil. Por donde nadie le esperaba. Encabezó a su gente en pleno invierno. Las patas de los caballos se enterraban en la nieve y de vez en cuando se levantaba un viento que acumulaba hielo en las puntas del cabello. Los soldados le esperaban, medio dormidos. Unos desarrapados que obedecían órdenes sólo para evitarse una patada en el culo. Eran las ocho de la noche y el pueblo estaba recogido en su casa, alrededor de la chimenea. Pronto los cascos de los caballos chapoteaban en los sucios charcos de las calles. Pronto salieron de Ia comisaría los pocos soldados que habían dejado de retén y el alcalde. Éste recibió un certero balazo en la frente. Los otros ni se sabe cómo murieron. Se quedaron en los charcos, unos panza arriba y otros panza abajo.

Juan Ceballos entró en el salón, con dos o tres de los suyos y las armas al cinto. Seguros de que no corrían peligro. Respiraron el ambiente cargado de tabaco, miraron los escotes de las putas y buscaron, fieros, a los adinerados del pueblo que venían a dejarse los cuartos con las putas, la ruleta o el whisky. Se encaminaron a un caballero mayor, calvo y bien vestido que retozaba, hasta entonces alegre, en un banco acolchado, adosado a la pared. Le pidieron la cartera. La sacó lentamente del bolsillo de la chaqueta y la entregó.

Juan Ceballos se la dio a una de las putas y la cogió del brazo.

- j Vamos arriba, desgraciada!

Los otros se quedaron abajo. Saquearon a dos o tres y pidieron unas copas. Abofetearon a uno que gimoteaba en una esquina. Era joven, posiblemente no había visto nunca tipos tan mal encarados. Para los que la vida de cualquiera vale lo que el plomo de una bala.

Juan Ceballos bajó al rato, arrastrando a la mujer por la escalera. La empujó al banco y estuvo a punto de caer. Súbitamente, entró un joven en el salón. Los muchachos de Ceballos sacaron las armas y lo encañonaron. Llevaba un tembloroso revólver en la mano. No estaba acostumbrado a su peso. Ceballos le preguntó quién era, qué quería, por qué se jugaba la vida de aquella manera. El chico le preguntó a su padre, que era el señor del banco, si se encontraba bien. No le dio tiempo a responder, Ceballos le disparó al pecho. La detonación, seca, llenó el salón de miedo. El uchacho sintió que el tiempo se detenía, que se quebraba una línea profunda, de vida, en el tiempo del pálpito salvaje que dio su corazón. Una segunda detonación impulsó una bala hacia Ceballos. Errada, fue a dar en un espejo.
Después del estrépito de los cristales se produjo un silencio que cualquiera allí presente describiría como eterno. El reloj apenas marcó unas décimas de segundo hasta el comienzo de los disparos que acribillaron al muchacho. Cuando los de Ceballos salían, el humo continuaba en el aire. El chico, con la mirada perdida, boqueaba como un pescado.
Se habla de Juan Ceballos, que volvió a subir al cerro. Que bajará de nuevo, un invierno o un verano. Yo he oído esta historia y se la cuento así a los muchachos. Los del pueblo, sin embargo, la lujean omitiendo la bisoñez del contrincante, exagerando su destreza con el revólver, añadiendo coraje a su carácter… De boca en boca, Ceballos crece. Del muchacho, se omite el nombre, si es que alguien lo recuerda. Yo mismo, cuento a mis muchachos esta historia, y nunca he sabido su nombre. Cuesta amar a este pueblo, con su miedo, sus fangosas o polvorientas calles según la estación, y sus putas tan vistas y sobadas.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Hombre con Gafas

Me estoy conformando. No cambio, sino que me completo, como si de un inicio aparentemente estéril, con una música de fiesta, llegara a mí la alegría del crecimiento. Se me adhirieren partes que siendo consustanciales a mí, siempre me faltaron. El otro día fue un sombrero comprado en Triana. Hoy, unas gafas. Mañana -ya lo sé- será un bigote. Pasado, una corbata de pajarita. Las gafas, redondas, de pasta las compré (fueron compradas) en Mesa y López, en el comercio más extraño que la suerte me puso a mano. Unas escaleras plomizas bajaban en un sólo tramo continuo y oscuro a un sótano profundísimo. La señorita que me precedía desapareció en la oscuridad durante el largo trayecto. El hueco se fue estrechando y el techo bajando hasta tal punto que hube de encorvarme para continuar el descenso sin estropear mi sombrero. Sólo a la llegada volví a verla. En la sala profunda, la tenue luz de dos bombillas desnudas, dejaba entrever una colección desordenada de monturas, cristales...

La chica me situó en el extremo de un tubo donde apoyé cada uno de mis ojos. Mi ojo veía en el fondo del tubo a su ojo, aumentado por una lente. Su pestañear me pareció procaz. El azul tenue del iris era el del cielo de una tarde triste de invierno. "No tiene usted falta de vista alguna". Me dijo así, que no tenía falta de vista ninguna. "Da igual, quiero unas gafas. Sin cristales o con cristales neutros". "Tenemos unas gafas sin cristal de las que cuelga un bonito reflejo". Y se puso a rebuscar en una montaña de trastos revueltos sobre una mesa. Algunos rebasaban el borde y caían al suelo. Mientras buscaba pensé cómo podría aquella chica llenar su vacío: comiendo chocolate con churros, estudiando francés, hablando a solas durante horas, esperando el cumplimiento de un sueño, comprando gafas... Aparecieron unas redondas, absurdas. Me encantaron. Me las tendió y las probé. No podía ver con ellas. Machaqué sus inútiles cristales contra la esquina de la mesa. Se deformó la montura ligeramente pero combinaban extraordinariamente bien con mi sombrero. - Señorita me las llevo puestas. ¿Cuánto le debo?- Me pagará usted de la siguiente manera.- Sonrió – Se parece usted a un tío mío, hermano de mi madre, muy estúpido, que ya murió. A mi madre le encantaría volver a verlo después de muerto. Sólo le hace falta un bigote. Déjese usted crecer el bigote y vuelva por aquí. Si me lo promete, no le cobraré las gafas. - Delo por hecho. ¿Cómo era su tío?- Ya le digo, completamente imbécil.- No me será difícil suplantarle.- Muy bien, salgamos por esta puerta. Daba a un probador de El Corte Inglés, afortunadamente vacío. Así que de pronto nos vimos en una planta muy concurrida, repleta de espejos multiplicadores. Me despedí de mi sobrina con un abrazo y una frase tremendamente cursi dicha con un hilito de voz. Una estúpida alegría me confundía, unas ganas tontas de reír y de dejarme crecer el bigote. La idea de ser otro me confundía, y a la vez, me hacía abrigar grandes esperanzas.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Café en Lisboa







He vuelto a Lisboa. Lo había evitado por miedo al dolor, húmedo como esta lluvia de diciembre y la brisa suave que trae los olores del Tajo.




Suelo salir por las mañanas a desayunar al Nicola, y después me recojo en el hotel leyendo hasta la tarde. Salgo, entonces sí, a pasear. Ayer alquilé un coche y recorrí (lo que nunca hicimos) el 25 de Abril. Me siento un fugitivo del tiempo que corre, un paseante de las nostalgias y un coleccionista de recuerdos.




Recupero el pasado cada día con más fuerza, y el presente parece cada vez más vulgar, carente de interés, soso, inocuo...




Con cada amigo que pierdo (la última Laura Maqroll) menos ganas tengo de emprender el esfuerzo de conocer a nadie. Y huyo de los que me conocieron y ya no quiero ver. Es Lisboa, en parte, esta huída. Aquí no tengo que usar ni adobes ni trucos para disimular mi edad. Eso creía. La compañía tiene aquí una sucursal y entré por curiosidad el pasado jueves. Cuando hojeaba los catálogos en portugués quedé paralizado al ver que Jeremías Umpiérrez me observaba estupefacto desde el extremo de la oficina. Desvié la mirada y aún sin verlo supe que emprendía el camino hacia mi. Cogí precipitadamente dos o tres catálogos y me giré saliendo rápidamente de la oficina. Apenas creí que ya no podía verme corrí hasta una esquina. Paré el paso y seguía sintiéndome inseguro así que corrí a un ritmo constante y no muy elevado. No pude mantener la respiración por la nariz y empecé a respirar por la boca. El aire entraba a borbotones en los pulmones. Oí mi corazón entusiasmado y experimenté una inmensa y estúpida alegría. Las piernas funcionaban con una liviandad maquinal hasta que resbalé sobre ese mosaico paciente que es la acera de Lisboa. Había estado lloviendo toda la noche y el calzado no era el apropiado. Caí casi entre risas, de bruces al suelo. Una chica tan dulce como las que había visto azocarse en sus novios en los tranvías se interesó por mi. Umpiérrez apareció detrás de una parada de guagua y me oculté con la chica, abrazándola. Le expliqué que me había doblado un tobillo. Me apoyé en su brazo al caminar. Le hablé en español y creo que apenas me entendió. Logré que Umpiérrez por fin creyera que había un portugués que se parecía a un compañero suyo de muchos años atrás. Invité a la chica a desayunar. En principio no quiso. Tuve que bromear un poco e insistir para que accediera. Me pareció natural convencerla. Me pareció natural que una chica tan joven estuviera desayunado conmigo, y lógico que un corazón capaz de bombear como el mío y que unas piernas capaces de correr como las mías estuvieran tan cerca de su corazón y sus piernas. De su abrigo negro y largo. Y pude mantener momentos de silencio, de ninguna manera incómodos en que la miraba, mientras ella simulaba observar con interés a otra gente de la cafetería, entre trozo y trozo de una conversación luso-castellana más complicada siempre de lo que esperamos los nietos de los viejos romanos.




Al mediodía subíamos juntos al Castillo de San Jorge. Habíamos decidido comer allí, costase lo que costase, después de una conversación muy realista sobre los efectos del euro. Y cuando casi más distraído estaba contemplando Lisboa me cogió la mano como si pasear supusiera tal cosa de la misma manera que supone poner un pie delante de otro. Apreté un poco su mano mientras contenía la emoción en el silencio: pasaron por mi mente los amigos con los que antes estuve allí. Sólo conservo las conversaciones telefónicas con uno. Me resulta imposible verle, y verme. Esta mano, que también se irá, es el asidero. Creo haber acertado. Me conviene creerlo.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Palabras

El hombre pesca palabras en un río. Luego las colecciona enhebradas en sedales, las cuelga a secar en la azotea y en tres semanas o cuatro, invita a las señoritas del pueblo que fuman a oír recitarlas. Él mismo las va leyendo, con el delantal puesto, y según las lee las va poniendo en la parrilla. El sabor de estas palabras es mudable. Su sonido no. La palabra Amor se deshizo en grasa y avivó una llama incómoda que perjudicó el asado de las demás. La palabra amor hubo que despegarla con cuidado de dos o tres otras que la rodeaban y la abrazaban. Tardó más que ninguna en hacerse bien, por dentro y por fuera. De su gusto nadie disfrutó, excepto un vagabundo que escuchaba. Se inundó, sabe él, de la palabra y cruzado de brazos, con el brillo de las llamas reflejado en su mirada, escuchó durante toda la noche la voz hermosa del pescador de palabras y miró los cuerpos felices de las señoritas que fuman.

Comer y Beber con Manuel Vicent

Manuel Vicent. “Comer y beber a mi manera” publicado en 2006.

Si uno quiere comer bien y de la propia mano se agencia un libro de recetas. Si además quiere aderezarlo con literatura tiene éste de Manuel Vicent. Las recetas vienen envueltas con la nostalgia de la niñez en el Mediterráneo y con pinceladas de otros tiempo pasados del autor con sus amigos, gente hoy de renombre, que publica artículos o viñetas en El País o similar. Recetas, algunas dudosas, pero como no las he puesto en práctica no puedo opinar con conocimiento de causa.Por si los méritos del libro fueran pocos, nos puede valer como guía de restaurantes (alguno puede que ya esté cerrado, traspasado u olvidado) y también como guía gastronómica de ingredientes que por ser locales son desconocidos por los bisoños de la cocina (como yo, sin ir más lejos).La loa principal va para la palabra. ¡Cómo fluye! Una prosa como un río manso y ancho, sin encontrar piedras, ni bravuras, ni espumas blancas. La combinación es rara y además de proporcionar unas horas de agradable lectura, podremos disfrutarla desde el paladar y el estómago. Somos lo que comemos, y quizás también, lo que leemos.