martes, 16 de diciembre de 2008

Paseo de Invierno

En invierno, y sólo en invierno, y no me pregunten por qué, me da por pasear por los barrios antiguos de mi ciudad, con un abrigo negro, cuando empieza a caer la noche, con la certeza de encontrarme en cualquier esquina con otro yo, que se ha bifurcado en un momento del tiempo y anda por ahí viviendo una vida paralela a la mía y siempre peor.

Imagino que al cruzarse conmigo, tan absorto va en las cosas que pienso, tan con la cabeza gacha y el cuello buscando la protección de las solapas levantadas, que no me ve. No se percata de que lo sigo por los bares a donde voy. Que me acodo no lejos de su trozo de barra y escucho lo que habla a los camareros habituales y que incluso le ofrezco fuego, cuando le veo sacar el último cigarro de su profundo bolsillo. Me gusta verle fumar. Yo no lo soporto, ni soporto el olor del tabaco, pero su imagen, tras la tenue cortina de humo, y los gestos lentos manipulando el pitillo, me resultan de una estética fascinante.

Estos bares de barrio que frecuenta están llenos de clientes habituales, adictos cada uno a su rutina de café, cerveza o ron y a las conversaciones trilladas, llenas de frases hechas que se repiten entre ellos como un rito, configurando una comunidad de perdidos. Esperan en los bares a que cambie la suerte y a que les ingresen el paro. Sin embargo, percibo que no acaba de creer que pertenece a esta cuadrilla porque le enseñaron a escribir sin muchas faltas de ortografía. Le miro. No habla demasiado. Casi siempre sólo cuando le preguntan. Y voy descubriendo que vive de alquiler, cruzando el Guiniguada, en una casa vieja de techos altos con humedad.

Sé que lleva todavía la foto de la chica en la cartera porque yo la llevé también. Mi copia se perdió, la suya sigue donde siempre. Averiguo que vive de alquiler porque ya no se habla con la familia, con la que yo convivo a diario. Sé que vendrá a mi oficina a solicitar un préstamo que será imposible conceder. Y también sé que teniéndome delante mismo es incapaz de identificarme porque cuando el camino se bifurcó la ruptura alteró sus córneas y su oído: no se reconoce en mi imagen ni en mi voz. Además, pierde peso de la misma manera que yo lo acumulo.

Cada vez más, me doy cuenta de que esto se parece a un cuento de Navidad. O más bien de fin de año. Y esto ha hecho que se me ocurra la idea peregrina de que otro yo, que vuelve de Barcelona por estas fechas, se dedica a seguirme por las calles de Vegueta. A observarme con curiosidad para saber qué hubiera sido de él si no hubiera dejado la maldita oficina del banco. Se me va entonces todo en mirar a todas partes y pierdo el sosiego. Me miro las córneas en el espejo del baño del bar. Parecen sanas y cristalinas. Detrás, el iris responde perfectamente a la abundancia de luz. Pero al salir sé, porque se me mueven solas las orejas, porque se me eriza el pelo del cogote, porque un escalofrío me recorre, que somos tres. Uno de aquellos clientes que disimula, también soy yo. No es difícil adivinar quién es. El único que lleva la camisa bien planchada, los zapatos brillantes y que está acompañado por una chica. No puedo continuar un minuto más allí. Pongo un billete de cinco sobre la barra y salgo sin esperar la vuelta. Giro rápidamente la primera esquina y miro hacia atrás. Estoy cansado. Imagino cosas que me aturden. Las vidas ni son ramas ni son ríos.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Escribir. Escribiendo. Escrito

Tiene más de siete primeros capítulos, tres segundos capítulos y cinco terceros capítulos, muchos de ellos intercambiables, es decir, usando las permutaciones conciliables, ha escrito mucho más que algunos autores publicados.

Todo el mundo está escribiendo una novela, porque amigo, no se es escritor hasta que no se escribe una novela. No valen cuentos, canciones, poemas, ensayos ni milongas. Una novela es un texto continuo, de un montón de páginas con un tema homogéneo, lo que hace sospechar que tiene una estructura, donde matan a alguien y otro averigua quién y lo más importante, por qué. Hay autores que sostienen que existen los escritores que no escriben pero es una artimaña para escribir, precisamente acerca de esto, miles de páginas, con lo cual caen en una contradicción. Esta contradicción es una coña, un guiño al lector y el pilar humorístico de esa imposibilidad: el escritor que no escribe.

Por otro lado los escritores no tienen escuela, ni pueden seguir un desarrollo curricular, ni asistir a otra cosa que no sean dudosos talleres de literatura. Tampoco se puede decir que sean autodidactos. En realidad en pocas actividades aprenden tanto unos de los otros llegando a la copia, muchas veces inconsciente. No es la primera vez que a un cualquiera, intentando escribir una nota de solapilla, le salen citas de Faulkner. Sin saberlo los escritores tienen oraciones concretas y literales que ni siquiera saben que recuerdan y que se les escapan cuando menos se lo esperan. Y no hablemos de situaciones, personajes, etc. En la combinación de palabras lo más importante es caer en la cuenta de que todas están ya explotadas. La originalidad recae ya sólo en el tono del lector. Cada lector tiene un timbre de voz peculiar y único. Esta huella personal es el fin del texto.

Hay presuntos escritores que se meten en una universidad y estudian alguna filología ¿No es cómo si alguien que quisiera ser puta estudiara sexología? ¿Y poner una tienda de libros? Tampoco es solución.

El escritor abusa siempre de sus amistades, a las que obliga a leer sus chorradas y a las que, mediante un método u otro, intenta sonsacarles una opinión. Una opinión que alimente su ego mastodóntico ¿Escribir? Escribir como si alguien tuviera tiempo para leer. Durante páginas y páginas, muchas veces cientos. ¿Y cuándo se ve el partido de fútbol o se saca a pasear al perro? ¿Para cuándo dejamos la visita al dentista, o la charla de cerveza con un amigo si nos dedicamos a leer? ¿Cómo demonios puede pretender nadie nuestra atención durante tanto tiempo? Todos tenemos una novela que estamos escribiendo pero, amigo, yo no sé quién demonios va a leer tantas palabras vanas, puestas en fila una detrás de otra.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Un Encargo

A alguna distancia de las ventanas del bar está mi mesa. Fuera, llueve. Por lo visto lleva todo el otoño lloviendo sobre esta condenada ciudad. Una capa de nubes grises la cubre desde que llegué y ya va para un mes. Me desespero y el arma se oxida. Limpio el alma del cañón cada día, repaso el percutor y engraso ligeramente el eje del tambor pero las armas son como los órganos de los seres vivos, si no se usan, se atrofian.

Esto no deja de ser un barrio de tercera categoría en una ciudad de segunda y la gente se hace preguntas: quién soy, de dónde vengo, de qué vivo…El tipo del bar no se cansa de servirme platos combinados y cervezas. Debe estar contento de tener un cliente nuevo, fiel como una esposa fea. Sin embargo yo me estoy empezando a hartar del bigote de este tipo y de sus preguntas. Me invento todo lo que le digo, así que tarde o temprano caeré en una contradicción, si no lo he hecho ya. A veces pienso que debería cargármelo a él. Si el tipo que me han encargado no llega con alguien tendré que entretenerme.

El tipo del bar me preguntó ayer si no me parecía que el pulpo está caro. Lo miré con una mueca hasta que recordé que le había dicho que me dedicaba a la importación de pescado de Mauritania, hasta que el chiringo se me vino abajo y que ahora ando esperando a un nuevo socio con el que he quedado en la ciudad. No debería anclarme de esta manera a ningún bar, ni hotel, ni restaurante, pero me va dando todo igual. Esta gente tan calva y tan ramplona me está quitando las ganas de todo.

…………………….

He decidido irme. Por fin ha llegado mi encargo y le he visto, el perfil tipo de mis víctimas: varón de mediana edad, casado, infiel, con dos hijos, un par de casas enormes con empleados también infieles, tres o cuatro lujosos coches sin blindar, una carrera fulgurante a costa de mi cliente y la confianza absoluta de que nada de lo que ha hecho es tan grave como para merecer un tiro en la frente. Pero me voy y lo dejo en paz. Lo he seguido hasta una cafetería del barrio dónde tiene sus negocios, y le he invitado a un café. Se ha sorprendido de que un desconocido con tan mala pinta lo haya invitado, pero lo ha aceptado y hemos hablado de gilipolleces. Un poco del tiempo y de fútbol. Por hablar de algo. No es tonto, bastante simpático y además guapo. Estoy seguro de que se le dan muy bien las mujeres. De hecho me ha dejado, disculpándose educadamente, cuando le ha reclamado una pava impresionante que estaba sentada en una mesa del fondo. He seguido con mi café observándolos. Que haya decidido irme sin acabar con él no supone demasiado. Como mucho un par de meses más de vida. Detrás de mi vendrá otro que haga mi trabajo. Todos los obreros tenemos sustituto, nadie es imprescindible.

Sucede que estoy cansado de cazar corderos y de las ciudades con caspa. No voy a devolver un duro de lo que ya he cobrado así que los hermanos Barrerini me mandarán un perro con un recado claro en el hocico. No va a ser cualquier cosa, será un dóberman o un rottweiler, con los dientes afilados y el olfato fino. Me esconderé en París o en Rávena. O en Getafe. Lo cierto es que cuando un plato combinado puede ser tu última comida, sabe mejor.

viernes, 14 de noviembre de 2008

La Impericia de Bulm

Demasiadas coincidencias. La chica de la guagua va leyéndolo y no me resulta difícil ver el título. En la radio alguien nombra lateralmente al autor mientras hablan de otra cosa y finalmente lo veo, lejos de los estantes de novedades, pero en un lugar bien visible de la librería: “La Impericia de Bulm”. He robado el libro. Me estoy acostumbrando a hacerlo. Me han vuelto a cortar la luz por falta de pago y me he adaptado a leer con la llama de una vela. Leo en la cama, algún día podría haber un incendio, como sucedía hace dos siglos. Por otro lado mi gato me mira con pena. Creo que se ha dado cuenta de que las cosas han cambiado, ya no tenemos qué comer. Le dejo la ventana abierta para que entre y salga y se busque la vida. A veces le leo a mi gato. Se sube a la cama y se enrosca por ahí. Le leo sabiendo que no me entiende pero creo notar que mi voz es un murmullo que lo adormila y proporciona compañía. No tengo una voz fea y me esfuerzo por darle cierta entonación a la lectura. A Bulm le iba todo bien hasta que perdió el don de adivinar cómo evolucionaban los valores de la bolsa. Es un libro estúpido, pero usa muchas palabras con b y uve y al leerlo suena bien. Nadie se puede creer que un tipo sepa analizar la bolsa durante años sin tener un método sino un don y que ese don, además, se pierda de la noche a la mañana y Bulm se convierta en un don nadie que pierde su trabajo. Que al perder su trabajo pierda a sus amigos y a su novia, y a su gato, que se va y no regresa más. Por supuesto a raíz de esto Bulm se descubre a sí mismo debajo de la falsa capa de relumbre social, pero esto tampoco hay quien se lo crea. El tipo recobra la conciencia y emprende un viaje al pueblo dónde nació, y se encuentra con los amigos de la infancia. Gente que ahora está media calva, con dos o tres hijos y que sigue hablando de lo mismo que hace quince años. Pero Bulm empieza a recordar las cosas que vivieron juntos y a quererlos y a olvidarse de su novia y del glamour de su antiguo trabajo. Sale a pescar al lago en una barcucha de su padre y vuelve con las manos absolutamente vacías. Ha pasado mucho frío para al final comer un plato de papas sancochadas con una lata de sardinas que le ha preparado su padre. Su dormitorio está igual que hace trece años. El papel pintado de las paredes se conserva estremecedoramente bien. Su padre está terriblemente viejo, y mantiene una dignidad y un orden y una limpieza en la casa que a Bulm le dan ganas de echarse a llorar. Hay una foto suya en blanco y negro, en brazos de su padre que sigue estando exactamente en el mismo sitio. La foto le encanta por un detalle maravilloso. Al fondo, sin que el fotográfo, que debió ser la madre, se lo hubiera propuesto, se ve aparcado el coche familiar, un SIMCA blanco. Aquel modesto vehículo era un Rocinante de la infancia.

Mi gato se ha dormido. Mi madre me ha invitado a comer mañana y aprovecho este tipo de economías que antes me parecían insignificantes, hasta que vuelva a encontrar trabajo. Me gusta el olor que deja la vela al apagarse.

martes, 21 de octubre de 2008

El Jardín de Mirto

Se desconoce, o desconoce la Historia, el momento exacto en que el profesor Moriarty fue visto por primera vez en Florencia. Se especula, a tenor de las investigaciones sobre las fichas aeroportuarias, con la fecha del 23 de Mayo de 2000. Las cancillerías europeas manejaban informes lustrosos sobre sus intenciones nefandas, si bien eran incapaces de determinar sin vaguedad sus siniestras intenciones. Yo tuve la ¿suerte? de visitarlo con Svetlana Gorodovnova en junio de ese mismo año. Se trataba de una entre un conjunto de entrevistas pergeñadas por la malforme imaginación de nuestro redactor jefe. Malforme porque los personajes de la lista no parecían tener entre sí demasiados aspectos comunes, si bien para mi compañera y para mí, supuso la excusa perfecta para vagar por medio mundo detrás de aquellos individuos, escapar de la rutina y convivir felizmente por hoteles como turistas de élite, gozando de aquella tan particular relación nuestra de la que nunca querremos saber que tal hubiera fermentado en un rutinario barril de roble.
Lo cierto es que el profesor Moriarty nos recibió en un palacete alquilado a no sé qué conde, a las afueras de la ciudad; alto sobre una colina, donde hasta los desconchados resultaban de un encanto absoluto. Disponía de una muralla mitad de piedra, mitad de hierro oscuro, que con la pereza de algunos pequeños derribos rodeaba un jardín algo descuidado, que transitaba un jardinero viejo, encorvado y lento, que unas cuantas veces vimos pasar de aquí para allá. Entre hierbas altas y cientos de mirtos apareció alguna que otra figura en mármol que uno pensaba que pudiera ser de unas décadas atrás o quizá de diez siglos atrás, y haberse oxidado con la respiración de Vespasiano.
Moriarty nos recibió con una espeluznante sonrisa debajo de su bigote. Yo no lo conocía más que de algunas fotos en blanco y negro y me sería imposible determinar su edad. Cierto que no era grueso, pero tampoco delgado. De estatura normal, sus rasgos verdaderamente característicos eran el oscuro profundo de sus ojos, las pobladas cejas y una nariz y unas orejas enormes. Recordé los rumores que lo relacionaron en un tiempo con el Conde de Saint Germain, con quien se dijo, o dijo él, medio en broma o quizás en serio, compartió los secretos de la inmortalidad. Algunos aventuraron que él mismo era el conde, que mudaba el nombre para ocultar su longevidad. Yo no lo creo. En todo momento me sentí en presencia de un mortal. Nos agasajó con un té con pastas que nos sirvieron en una mesa del jardín mientras él se cambiaba de traje a ropa de tomar té. En apenas tres minutos apareció de nuevo con una bata china de seda, de preciosísimos y vivos colores, donde dragones de impresionantes narices se escurrían por las mangas o flotaban por su pecho.
"Siento que debo dar a cada ocasión el atuendo que merece, sin que me tenga por un hombre afeminado, y mucho menos superficial o meramente interesado en la imagen..."
Ciertamente no era afeminado, pronto sentimos el interés que las formas de Svetlana despertaron en él. Ella, impertérrita y sonriente, preparaba la cámara y pronto empezaría su hermoso baile alrededor de nosotros disparando fotos, agachándose, levantándose, rodeándonos y pidiéndonos de vez en cuando alguna sonrisa o alguna postura intelectual, con la cabeza pesadamente repleta de ideas y de dudas, apoyada en una mano, a su vez acodada en el sillón de mimbre.
Comencé preguntándole que por qué creía que le entrevistábamos. Que por qué creía que despertaba el interés de tantas personas. Me contestó que a fuerza de comportarse con su natural excentricidad, había "caído a ser" el centro de unos focos que sin molestarle demasiado tampoco le eran cómodos. Y que, modestamente, sus paseos por el mundo y sus relaciones, no le eran desagradables a nadie puesto que se tenía por un hombre interesante, de agradable y completa conversación. No mencionó el crimen y tuve que hacerlo yo. "Me tiñe una fama criminal que soporto con educación. Sin que nunca se haya probado nada, se me relaciona con hechos luctuosos especialmente refinados. Sé que me espían las policías de varios estados, algunos servicios secretos y que cada uno piensa que vivo como mercenario de su opuesto, y que esto es lo que me permite llevar una vida tan desahogada sin que se me conozca ninguna actividad lucrativa, por lo que también llevo con paciencia, las inspecciones fiscales. Algunos han dicho incluso que falsifico moneda, que conozco las fórmulas de la transmutación del plomo en oro y mil sandeces más. En los aeropuertos controlan mi equipaje queriendo descubrir en él explosivos o cánulas capaces de atravesar sádicamente el pecho en busca de arterias o corazones"
"Acerca de Florencia he venido a lo que todos, téngame por un hombre cualquiera, a visitar esta ciudad, especialmente la catedral de Santa Maria del Fiore. Otras veces que estuve no pude disfrutarla." "¿Quizás las prisas?" pregunté. Sonrió adoptando una de aquellas posturas con la mano a medio tapar la boca que Svetlana aprovechó para fotografiar. "¿Quizás no estaba ella...?".
Apareció una chica desnuda entre las cortinas. Cogió una de ellas para taparse el pubis al saludarnos con una sonrisa y un gesto. Moriarty le cogió la mano y le comunicó que tardaría aún un buen rato, que si deseaba bajar a la ciudad no era necesario que esperara por él. Moriarty se levantó y nos invitó a pasear por el jardín, para lo cual volvería en unos minutos, después de cambiarse. Svetlana y yo nos sentamos en los escalones del pórtico, salpicada la piedra de musgo, que ya empezaba a secarse víctima del verano. Moriarty apareció de nuevo vestido enteramente con un traje blanco, de lino, y pertrechado con un cazamariposas. Svetlana se sonrió al verlo y Moriarty le dio un cariñoso toque en la espalda con el cazamariposas. "Ya sé, jovencita, que debo parecerle una pieza de museo, pero exhibo dotes de buen cazador cuando la pieza es bella". Y agitó el cazamariposas. Continuamos hablando mientras yo le daba la vuelta a la cinta de cassette. "Elegí esta casa”, nos explicaba,”no por lo aceptable de su conservación para lo que suele darse en este tipo de edificios olvidados, ni por la situación, que sin duda es envidiable, sino por el jardín de mirto. ¿Saben ustedes que es símbolo del amor eterno? Cuando lo supe averigüé el porqué de mi gusto por la planta. Y cuando supe que un viejo jardinero se ocupaba, aunque fuera tediosamente, del jardín de mirto de esta casa, le dije al administrador del conde, del duque o de lo que fuera que me lo quedaba. Que lo adecentara cuanto pudiera en tres días porque me venía a vivir por unas seis semanas, quizá alguna más" He tratado de recordar luego cual fue el motivo por el que la conversación volvió a Santa Maria del Fiore, y no he podido. No sé si fue él o yo o quizá Svetlana. La cinta al interrumpirse no registró nuestras voces. Lo cierto es que deambulamos por unos vericuetos arquitectónicos que nos llevaron a especular con un estudio macabro que nombró Moriarty. "Hay escritos sorprendentes sobre la catedral, incluidos los de las proporciones aúreas, los que la refieren hija del tratado de Vitrubio, pero este es mucho más reciente. Difundido clandestinamente, especula con la destrucción absoluta de la catedral. Resume en un par de planos la ubicación precisa de una carga explosiva que siendo pequeña no dejaría piedra sobre piedra, y lo complementa con un estudio estadístico de las visitas que recibe, para ubicar el momento de máximo apogeo de la muerte, en el mes de junio de un verano tan caluroso como éste, de un auge mundial como el de estos años." Apareció, detrás de un mirto, una columna erosionada de mármol, inclinada y revoloteada de dos mariposas enormes que encendieron la sonrisa de Moriarty. De un salto portentoso, con un meneo impresionante de la muñeca que me recordó los jugadores orientales de badmigton, el profesor atrapó a ambas mariposas en la red. Las observó cuidadosamente y elogió sus colores, determinando con precisión el nombre que tenían y valorando ampliamente el encontrar dos juntas. Mirando a Svetlana, a la que supongo que consideró preocupada por el destino de los insectos, los dejó marchar. "El mejor cazador de mariposas es el que nunca lleva una mariposa a casa. Y no es este precisamente el atuendo de cazar mariposas, pero por respeto a la señorita..." El sol se ponía, volvimos a la mesa del pórtico y nos temimos que se cambiara de nuevo. Nos invitó a cenar, para ello llamó primero, casi sin alzar la voz a un “metre”, que se llamaba Mateo, gordo, moreno y sudoroso, con un hermoso bigote, nos describió con un gracioso acento italiano el menú. Rechazamos la invitación, nos apetecía descansar en el hotel, repasar el material y despacharlo a ser posible ese mismo día, tomándonos unas cervezas.

Se publicó la entrevista aquel mismo fin de semana, en Crimen Perfecto. Desapercibida, suponemos, para el lector arquetípico de nuestra revista, y marchamos el lunes a Praga. Justo un mes después, de madrugada, hojeando las pruebas del suplemento en la redacción, leí la referencia minúscula a un crimen en Florencia. Un individuo pelirrojo, de origen desconocido había aparecido muerto en un piso de alquiler donde había unos pocos kilos de explosivos, en las cercanías del aereopuerto. Su corazón había sido atravesado por una cánula y su sangre contenía varios tipos de ponzoñas. Me fui a pedir permiso para viajar inmediatamente a Florencia. Mi jefe me miró como a un loco y por supuesto me lo negó. Salí desanimado, no por la negativa, sino por la seguridad de que si volviera al palacete de Moriarty lo encontraría solitario y vacío, otra vez olvidado. No sé por qué, me imaginé los mirtos arrancados del jardín y en su lugar sólo tristes hoyuelos.

viernes, 29 de agosto de 2008

Vagabundeces

Me he hecho vagabundo. La frase es tan corta que tiene una falsa apariencia de sencillez. Mi vagabundez tiene una complejidad polimórfica en sus consecuencias. Quizá pueda expresarme mejor si digo que de la sencillez de mi nueva vida se han derivado unas consecuencias inesperadas.

Trabajaba en un banco, usaba camisas de Pedro del Hierro y en verano, cuando iba a casa de mis suegros, llevaba unos náuticos sin calcetines que me hacían gallinas. Las facturas de móvil de mi mujer sumaban mensualmente más de 350 €; he llegado a pasear con ella durante más una hora sin que mediara palabra entre nosotros, y manteniendo ella conversaciones con alguien mediante el móvil. El golpe definitivo fue la ropa que le pusieron a mi hijo el día de su primera comunión. Sólo quedaba estallar. Alguno se hubiera divorciado, quizá un enérgico; otro hubiera entrado de lleno en el padecimiento de una depresión o un infarto, quizá un histérico; otro se hubiera suicidado, una forma más de histeria; otro hubiera matado a su mujer; otro hubiera huido con una amante al quinto pino, quizá un iluso; yo, me he hecho vagabundo. Renuncié a mis bienes, a mi vida anterior, a mi trabajo, a mis amistades y sólo me llevé de casa mi biblioteca. Tardé tres meses en llevar mis libros de los preciosos estantes dónde estaban en mi antigua casa a una cueva oscura de las que todavía quedan en esta ciudad, vestigio de la pasada guerra civil, que uno de los bandos usó como polvorín. Mi mujer, en todo ese tiempo, no los echó en falta. Fui rellenando los huecos con falsos libros de los que se usan en las tiendas de muebles y que me proporcionó un conocido.

Lo increíble es lo siguiente: primero, la adaptación a mi nueva vida, que ha resultado en lo operativo más fácil de lo que esperaba. Una casa religiosa de acogida me proporciona un desayuno exiguo pero suficiente (creo que suma más calorías que los que me estaba cobrando el Nature House) y la ducha matinal y diaria. Eso sí, no me afeito, por el deseo de anonimato y por respeto a mi nuevo estatus. Un vagabundo es un vagabundo, aquí y en Pekín. La ropa me la proporciona también una de estas instituciones y he de decir que la calidad es excelente, si bien terriblemente pasada de moda. Si a esto unimos mi esfuerzo de selección para que no combinen las piezas de ninguna manera, tenemos como resultado un tipo que externamente no se parece en nada a ese que fui.

¿Estoy en alguna lista de desaparecidos? ¿Ha habido alguna difusión de mi foto en un intento por localizarme? Pues no. No he visto mi foto en ninguna parte y no he sabido que mi familia (y estoy sólo pensando en la rama política, la de de mi mujer) haya difundido la noticia de mi desaparición en busca de ayuda. Quizá les importe un bledo que no esté, quizás sean pudorosos, quizá sufran en silencio, como dicen que se sufren las almorranas. Hasta aquí, todo anormal. Pero el colmo es lo que descubrí hace un par de meses. En mi vida anterior frecuentaba las terrazas del barrio antiguo, por donde vivía. Disfrutaba de buenos vinos (y no tan buenos, en esto, las pocas veces que iba sólo, no era muy exigente) y aceitunas en compañía de mi mujer y mis hijos, el más pequeño en su carrito. Muchas veces se nos añadían familiares suyos, normalmente mis suegros o alguno de mis cuñados, ocasión que yo siempre agradecía porque me dispensaba del trabajo de oírla o darle conversación, con lo que podía leer el libro que siempre llevaba en alguna parte. Esas terrazas son frecuentadas por vagabundos, normalmente adictos a alguna droga, que pasan pidiendo limosna. Yo soy un vagabundo en ciernes, pero no un drogadicto, y en cualquier caso soy “en cierres”, o bisoño, porque aún estoy tomando carrerilla para vagar por el mundo. Llevo unos tres meses de mi nueva vida y continúo en la misma ciudad, sin emprender aún el viaje infinito, el que me llevará mediante un desplazamiento físico al fin último, los confines de mí, el abismo de mi ser, un estatus flujo que hará ridícula mi biblioteca en una cueva, el más absurdo almacenaje de libros posible para un vagante como pretendo ser. Pero he interrumpido lo que venía a decir con respecto a las terrazas donde esta gente prueba fortuna. Lo digo así porque ciertamente es una cuestión de azar: pasan varias veces al día y de mil requieren limosna, sólo unos pocos la conceden. Entre estos, los que acceden, nunca estuve, ni estuvieron mis suegros, ni mi cuñados, y mucho menos mi mujer que siempre me discutió las propinas que daba a los camareros. Pero mi sorpresa estuvo cuando hace unos meses, como digo, pasaba por la Plaza de Cairrasco y vi a mi mujer y su madre. Me acerqué con cautela procurando no ser visto, oculto tras una de las palmeras. Quería oír la conversación que mantenían. Descubrí en mí una curiosidad que me sorprendió. Mi atuendo era espantoso, incluyendo una censurable gorra con la visera echada hacia atrás. Mi barba era larga y cana. De repente, mi suegro, que debía venir de mear, me sorprendió por la espalda y me miró fijamente. Me quedé helado. Me sentí descubierto y quedé tan paralizado que no supe decir nada.

- ¿Una ayudita? Por lo menos para que te afeites- Me dijo mi suegro.

Me quedé pensando ¿me lo dice porque me conoce o porque no me reconoce?

- Toma un euro y desaparece. Pero no te vayas lejos que mañana puede haber más…- me dijo mientras alargaba la moneda hasta mi mano, que le extendí.

- Gracias.- Balbuceé, y la alegría de no haberme sentido descubierto, provocó en mí un agradecimiento miserable y sumiso que se manifestó en una sonrisa idiota. A la limosna supe pagar con un gesto que denotaba el conocimiento exacto del orden social.

martes, 19 de agosto de 2008

Vida y Muerte en la Carretera

Ya no hay noches solitarias desde que enfrento la posibilidad real de no volver a despertar. Me acompañan en los sueños amigos perdidos, compañeros olvidados… Todos a los que nunca nos sobró tiempo que dedicarnos. ¿Quién ha ganado? Sudo en mi cama, padezco la fiebre y un dolor soportable. Me lamento de la vida que tuve en la oficina, del encierro sufrido. De lo que podía haber sido y no fue. Fuimos supermanes trabajando de administrativos o archiveros. Nuestro destino, quizás sea que con nuestro cráneo se haga un pisapapeles, con nuestra inteligencia una campaña de marketing y con nuestra vida toda, una pieza ramplona en una máquina rutinaria.

Las enfermeras van y vienen y yo veo la vida que me queda con el sosiego que gané desde que sé que no voy a ganar nada más, y de eso hace ya bastante tiempo. Por las ventanas entra la luz tenue de la luna llena. Veo pasar por lo alto de un muro la silueta de un gato, y recuerdo a mi amigo Riforfo, un gran forzudo de circo y amaestrador de leones que se quedó en profesor universitario; Baldomero, pintor surrealista, nacido con medio siglo de retraso, o Bernardo, Gran Inquisidor, nacido después del entierro de Dios. La historia no ha esperado por ninguno de nosotros. Nos ha pasado de largo y dejado tirados en la carretera polvorienta y soleada, con el pulgar estirado señalando a donde quisiéramos haber querido ir.

Un día decidimos que no había meta, que debíamos hacer vida en la carretera, disfrutar las pequeñas cosas y dormir al raso. Nos ayudó ver cómo los que nos adelantaban en flamantes coches eran los mismos cuyos cadáveres resecos veíamos meses después estrellados en las curvas de la carretera, más adelante. Descubrimos que llegamos todos más o menos al mismo sitio y más o menos de la misma manera.

miércoles, 16 de julio de 2008

El Verano

Kodinski se hubiera conformado con sacar de la caja de las letras, como él decía, un buen cuento en el verano. Sólo pedía uno para todo un verano, pero la inspiración no llegaba. ¿A qué se debía?

En Teror crecían lechugas hermosas en el huerto de mi padre. Las moscas proliferaban en las paredes frescas del cuarto de aperos. Los días tórridos habían llegado. El gato, negro, pasaba la tarde entera tirado a la sombra. Un abejorro había caído en el agua de la piscina hinchable de mis sobrinos. Los mimos languidecían al sol, esperando que cayera la noche.

En Las Canteras la tarde se prolongaba y enlazaba amorosamente con la noche. Eramos chiquillos y no sabíamos lo que era la fatiga. La playa era enorme como el día. Jugábamos a las palas, nadábamos, nos enamorábamos, comíamos barquillos y polos de agua. ¿Libertad?, no sabíamos lo que significaba esa palabra. Nuestras energías eran infinitas. Al acostarme recuerdo que sentía cómo la cama se movía mecida por las olas.

Llegará un verano en que sentiré que me agoto para siempre. En verano nací y los ciclos se cierran. Kodinski encontrará su musa. El invierno en Teror traerá lluvia y frío, desaparecerán las moscas y los abejorros. En Las Canteras se hará de noche a las siete, cuando los niños hacen sus deberes de clase.

lunes, 30 de junio de 2008

Los Orígenes de la Alteridad

La alteridad de Pessoa comenzó quizás con los juegos literarios del cenáculo de Queiroz. Este último y sus amigos inventaron al menos un ego literario, Fradique Mendes, precursor de Ricardo Reis o Alvaro de Campos. Un hermano mayor y radicalmente decimonónico.

El carácter sensible de Pessoa encontró en esta idea un medio para expresarse por boca de otros y al mismo tiempo desaparecer, disolverse o difuminarse entre las personas ficticias en las que se reencarnó en vida. En la foto junto a sus compañeros de oficina, la del patrón Vasques, ¡qué poca cosa se ve! ¿Pessoa? No, se nos ha escurrido y transformado en Bernardo Soares.

Pero, al mismo tiempo que se disolvía, también se recomponía, se fortalecía y se afianzaba, en otro que nunca fue, en cada uno de esas otras personas que eligieron la sensibilidad del poeta portugués para salir de un mundo de sueños y plasmarse en el papel. Ese aparente letargo soñoliento fue un arrebato creativo tan poderoso que la vida diaria no pudo ver, pero que el paso de las décadas ha mostrado, sacando con paciencia páginas polvorientas del fondo de un arca. El arca de un tipo solitario, de gafas redondas y frágiles, que creía estar garabateando letras para sí, y estaba inventando parte de la literatura del siglo XX.

martes, 20 de mayo de 2008

Pájaros en Aguas Verdes

De las asombrosas criaturas de la tierra de Fuerteventura no se ha escrito lo suficiente. Una de ellas es el pájaro burpegui, un ave del tamaño aproximado del mirlo y la esbeltez del vencejo. Este pájaro migra diariamente desde el lugar donde pasa la tarde, la noche y las primeras horas del día, en el sitio de Aguas Verdes, a la isla de Almácigo, distante unos 100 Km., donde se alimenta y pasa el resto del día.

Aguas Verdes, en la cara oriental de la isla de Fuerteventura, es un reducto de tranquilidad, poco frecuentado por los turistas, por varios motivos: la carretera está mal señalizada, es poco conocida, sinuosa, de firme muy deteriorado y peligrosísima, pues corre sobre despeñaderos elevados sin protecciones para los automovilistas. Tan poco transitada es que difícilmente se encontrará a otro coche en el recorrido por sus sesenta y pico kilómetros. El viento golpeará nuestro vehículo mientras avanza y al fondo del Desfiladero de las Cabras encontraremos restos de tres coches que en una espantosa curva corrieron la peor suerte. El paisaje desolado y árido, da cobijo a lagartos, ardillas, que en este caso no podremos asociar a los árboles, y las pequeñas cabras de la isla, que sin dejar de mascar las duras y escasas plantas que encuentran, levantarán la mirada a nuestro paso. Y es que las cabras tienen una curiosidad innata a su carácter.

Otro de los motivos de la soledad en la carretera es que en Aguas Verdes no hay más que unas doce casas y un complejo fantasmagórico de apartamentos que parece abandonado, pero que a poco que nos fijemos dará signos de vida cotidiana, nunca directos, pues no veremos figuras humanas, pero sí los indicios de que alguien lo habita. Quizá, entiendo yo, jubilados nórdicos que buscan el mayor aislamiento, paz y tranquilidad.

En Aguas Verdes no hay playa de arena, sí de piedras y se conforman unas piscinas naturales de diferentes formas y dimensiones según suben y bajan las mareas. Estas apacibles piscinas con marea baja se van transformando en arrebatados mares en la pleamar, con olas, corrientes y hasta un pequeño maelstrón. Las lapas se aferran a la roca en cuanto oyen al desconocido, como se ponen tiesas las orejas del perro alerta ante el peligro.

Otra extraña cosa en Aguas Verdes es que, antes de llegar a la costa por la carretera espantosa que antes describía, hay una loma extensa trazada por innumerables tramos de carretera de tierra que se entrecruzan formando un laberinto sin objeto. Es decir, la apenas docena de casas no parece merecer tan intrincado trazado. Tales calles de tierra están hechas apartando la tierra a los lados, dando lugar a camellones que nos impiden la toma de perspectiva y por tanto la orientación. Muchas de las ramas acaban abruptamente al borde de un acantilado sin que ninguna señal nos prevenga. Aguas Verdes es un paraíso apartado, tanto que quizá el demonio haya podido encontrar allí un lugar de descanso. Todas las precauciones son pocas.

Si estamos perdidos en el laberinto y es la hora de la tarde o la primera de la mañana sabremos el camino de la costa o el interior sin más que deducirlo de la diaria migración en bandadas del pájaro burpegui, que a esas horas nos sobrevolará.

Es mágico el producto de sus regurgitaciones. En la singular isla de Almácigo crece una planta tan parecida a la vid que la llaman bid, y que produce una suerte de baya tan parecida a la uva que la llaman uba, y de la que se alimenta el pájaro burpegui. Almácigo es una isla privada perteneciente al Conde de la Grande Vega que tiene destacado allí a un viejo guardabosques que no tiene bosque que guardar, sino las tales bides.

La isla es una torta de tierra acantilada donde crecen estas plantas silvestres sin más cuidado que las escasas lluvias y el abono que viene con la visita diaria del pájaro burpegui.

El Conde mantiene este patrimonio insular desde la distancia espacial y temporal. Nadie de la familia ha pisado la isla en tres generaciones.

Al empezar a caer la noche, el pájaro burpegui vuelve de Almácigo a Aguas Verdes y al cabo de estar posado un rato en su nido (localizado en las oquedades de las paredes naturales) regurgita de su buche un excelentísimo vino. El pájaro, tras esta maniobra queda extenuado, como una recién parida. Aquí los humanos tomamos provecho de todas estas singulares disposiciones de la naturaleza: de los misterios de Aguas Verdes, de la enigmática Isla de Almácigo, de la migración diaria del pájaro burpegui.

Ya entrada la noche, con una copa de vino en la mano, no podremos ni pretenderemos entender la naturaleza. El laberinto y la carretera acechan nuestra vuelta. Otros no han podido contarlo.

sábado, 12 de abril de 2008

Lisboa es un Confín

Lisboa es un confín. A Lisboa uno vuelve al cabo de los años y se da cuenta de que la ciudad es la misma, la misma de Pessoa, de Pereira y de Cardoso Pires. Que lo único que ha cambiado es uno mismo, y por eso nos entra un ataque de nostalgia y acabamos llorando por las esquinas mientras vemos transitar los mismos tranvías de madera de toda la vida, y observamos los reposapiés de los limpiabotas en los zaguanes. Descubrimos que somos nosotros quienes estamos más viejos, más arrugados y más desencantados y ni siquiera tenemos, como en Venecia, la musiquilla de Vivaldi en las plazas, para turistas, vivificando las piedras más viejas de Europa. En Lisboa el Imperio perdió las ganas de seguir expandiéndose porque se topó con la vastedad de un océano como Dios manda. Lisboa, por eso mismo, es el fin de la vanidad y la plenitud del ciudadano. Allí sólo cabía esperar que todo fuera a peor y se nos echaran encima los bárbaros. La palabra ciudad y la palabra ciudadano suenan en Lisboa a la consagración de una civilización. En posición excéntrica del imperio, el de siempre y el de ahora, que vienen siendo el mismo, se salva de la prisa diaria en persecución de ese magma indefinible y banal que nos espolea a todos cada día. Ojalá no nos la cambien. Si Lisboa cambiara, ya no se me ocurriría a dónde huir, o en dónde buscar refugio, habría que reunirse con Mário de Sá Carneiro .

Una Mirada al Puerto

Hay barcos flamantes que entran a diario en nuestro puerto. Ayer me llamó la atención uno realmente cochambroso. Viejo y oxidado, pequeño, debía tener como mucho treinta y cinco metros de eslora. Y no sabría decir qué era. No parecía un pesquero, ni un petrolero, ni un portacontenedores, ni un ferry…La cubierta estaba despejada desde la proa hasta el puente, situado en popa, ni demasiado grande ni demasiado elevado. Iba decidido hacia dentro del puerto levantando espuma en la proa mientras avanzaba. Y yo, pegado a la ventana de la guagua que me llevaba por la avenida de la ciudad, me preguntaba quién capitaneaba aquel barco, quiénes lo llevaban de un lado al otro del mundo llevando qué o haciendo qué. No se me ocurría que dentro de la cáscara de chatarra pudiera haber algo útil, algo por lo que alguien pagara un porte, tuviera interés, esperara al otro lado del mundo…Sé que las compañías navieras agotan al límite la vida de las naves. Ese límite, finalmente, se establece en la diferencia de flujo entre el agua que las bombas son capaces de achicar y la que entra por las vías abiertas en la agonía final, que puede producirse en cualquier confín del océano. Si la resta es desfavorable, se calcula el tiempo que durará a flote el navío, se avisa por radio y se espera. La tripulación se asignará completa o por parte a otros barcos y la chatarra se columpiará descendiendo hasta el fondo en un vaivén. Habrá una pequeña tragedia ecológica. El plomo de las baterías, el combustible…y un festín para los peces que se comerán todo lo orgánico, las provisiones, la pesca (si fuera un pesquero) como carroñeros del mar. Dependiendo de la profundidad donde al fin el pecio descanse, unas especies u otras harán nido en él y lo incorporarán a una vida nueva, esta vez, sedentaria y calmada. No sabrán más de él en Barcelona ni Estambul.