jueves, 20 de mayo de 2010

Tardes de Invierno

Cuando anochece a las seis y media, en una tierra tan compañera del sol como es Fuerteventura, se apagan unas lucesitas en el corazón. Y se encienden otras, melancólicas, de añoranza, como las que nuestros padres le ponían al árbol de Navidad.
Los colores ocres de esta tierra pelada se pierden en la luz de una tarde que cae rápida y triste como una mala noticia. Nos quedamos paralizados, mustios.
Yolanda ya no llama para sacar a pasear a sus perros. Ahora sale más temprano para que no les coja la noche. Nos recogemos, como las gallinas, al ritmo de la luz. Y ese ritmo tan natural nos hace reflexionar que aquí, lejos de las farolas, los ruidos, las calles y la vida de las avenidas de las grandes ciudades, estamos sometidos a ritmos ancestrales, marcados por fuerzas superiores como la gran bola alrededor de la cual bailamos. No podemos darle la espalda. Seguimos siendo humanos e insignificantes.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La Inmortalidad

En la cara externa del dique, que suponía maniobras más complicadas para el atraque y desatraque, se iban amontonando barcos y lanchones muy viejos y herrumbrosos que aunque su capitán tenía el supuesto ánimo de repararlos y volver a hacerlos a la mar, ya se sabía que esa vuelta era más que improbable. Dependía de armadores en la ruina, de negocios poco rentables, de tejemanejes turbios. Se rumoreaba que el armador del "G. D´Annunzio" estaba preso. Unos decían que en Estambul, otros que en Trípoli . En cualquier caso el capitán Gonzaga Monagas no sabía nada de él desde el otoño pasado. Un número de móvil parecía ya no existir, como tampoco el fax de la compañía, con una supuesta sede social en Panamá, pero con una oficina real en Nápoles. La tripulación exigió sus sueldos al capitán durante los primeros meses pero como vieron que su situación era tan lamentable como la de ellos, e iba a peor, lo consideraron una víctima más de la ruina del "G. D´Annunzio". Fueron desapareciendo poco a poco, engullidos por la ciudad. Sus orígenes eran diversos, sus papeles confusos, pero aún así la ciudad portuaria, como todas, se los fue tragando hasta quedar sólo tres hombres a bordo: el capitán Gonzaga Monagas, el maquinista Funché (así sonaba su nombre oriental en boca de todos) y el piloto Elías Panzón.
El "G. D´Annunzio" era viejísimo, pero por cuestiones difíciles de explicar había sido remozado varias veces, la última a mediados de los setenta, con lo cual se había mantenido operativo. Fue un barco mercante pequeño pero rápido para su tiempo, que era utilizado para llevar mercancías urgentes entre puertos cercanos del Mediterráneo. Después de la guerra la urgencia de los transportes pasó a segundo plano y se le siguió utilizando con una rentabilidad mucho más baja. En la actualidad, con más de 40 años sin haber sufrido modificaciones importantes, era pura chatarra. Se mantenía gracias a las reparaciones habilidosas sobre una mecánica tan primitiva y sencilla que Funché lograba resucitarla con de piezas de desguace que conseguía en otros barcos también moribundos.
En algún puerto del levante español se supone que esperaba la familia del capitán Gonzaga. Tenía mujer y cuatro hijos, el último notablemente engendrado mientras él se desesperaba en el mar de Liguria por una reparación que había dejado al barco exangüe durante un mes. No le importaba. No sabía qué hacer. Simular que se molestaba. O no. No era un hombre para andar disimulando así que le preguntó a la mujer de quién era el hijo. De un tipo que no le puede dar de comer. Espero que puedas apañarte con lo que te mando. ¿Cómo están los niños? ¿Y tu madre? Quería a sus hijos, aunque a veces le costara mucho recordar sus caras y tuviera que tirar de las fotos sobadas que guardaba en la cartera. Uno de ellos, Manuel, escribía cosas desde muy pequeñito, que iba sacando de su propia imaginación. Eso le contaba su madre.
Una tarde regresaba el capitán Gonzaga al barco y en la borda, despatarrado, Funché fumaba, con uno de los pies colgando y balanceándose delante de las letras que conformaban el nombre del barco. El capitán avanzaba por la pasarela. Había conseguido cebollas, tomates y arroz. Gracias a la pasta y el arroz sobrevivían. Tampoco tenían grandes problemas para mendigar pescado congelado. Elías Panzón casi siempre volvía con las manos vacías pero cuando traía algo era carne y tabaco. Se sospechaba que lo robaba, al menos el tabaco, o que se hacía algún negocio inconfesable. El pie balanceante ocultaba la G, luego la D y así sucesivamente, de tal manera que Gonzaga, con el juego de letras delante de sus ojos, se planteó por primera vez de qué sería aquella G. y quién sería el tal G. D´Annunzio. Superando un pequeño sentimiento de vergüenza le preguntó a Elías Panzón cuando estaban en el cuchitril hediondo que llamaban cocina. Elías Panzón, visiblemente emocionado por la cebolla, le contestó que creía que la G era de Giuseppe y que era el nombre de un rebelde que había luchado contra Mussolini. Después se limpió la cara con un trapo que olía a calamares.

martes, 11 de mayo de 2010

Eça de Queiroz


Leí "Cuentos Completos" (Ediciones Siruela, traducción de María Tecla Portela Carreiro) de José Maria Eça de Queirós (1845-1900). Esta edición tiene en su portada una caricatura del autor, por Rafael Bordalo Pinheiro. Aparece vestido como se puede esperar de un cónsul (que lo fue) pero con la sonrisa y la postura de todo un vividor. Al margen de las consideraciones sobre esta imagen, los cuentos me parecen escritos con una tremenda seriedad. Entiéndaseme, el autor empeñó en su escritura todo el arte de que disponía, con voluntad y cordura. Estos cuentos están plenos de narrativa, en el sentido de que son auténticas historias donde "pasan cosas"; plenos de ambiente en tanto que las descripciones son precisas, utilizando un vocabulario riquísimo; plenos de personajes puesto que están ahí, respirando con nosotros; plenos de emoción (recuerdo especialmente ese evangelio apócrifo que es La Muerte de Jesús); de conocimientos culturales (en casi todos ellos); de conocimiento de lo humano (Excentricidades de una chica rubia); plenos de humor (en casi todos los cuentos, resalto el desenlace de Fray Ginebro); plenos de cintura para adaptarse a estilos y temas. Ataca tanto el estilo romántico (magnífico El difunto) hasta temas mitológicos (La perfección) y la crítica social (muy interesante La catástrofe aunque no fue terminado, y quizá el autor no hubiera consentido en publicarlo inacabado como está).
Sin embargo, leerlo no ha sido un camino de rosas. La prosa de Queirós, que nació en el siglo que nació, no es espuma. La densidad y longitud de los cuentos es decimonónica. No así el tono. Me parecería un error encuadrarlo, por estos cuentos, en la órbita de los escritores sesudos (es decir, pesados) dispuestos a echar páginas y páginas para exponer "su tema". Cierto es, que salvo "Alves y compañía", novela deliciosa y corta y "Las Cartas de Fadrique Mendes", que apenas recuerdo, no he leído más de José Maria Eça de Queirós. Es difícil disfrutar estas lecturas interrumpiéndolas constantemente, a lo que suele obligarnos el ritmo de nuestras vidas, dedicándoles los poquitos minutos que nos da el día desde que entramos en la cama hasta que nos quedamos dormidos. He tenido que esperar a las vacaciones, pero en verdad les digo que ha valido la pena.

martes, 4 de mayo de 2010

Ignacio Aldecoa

Ayer me pasaba un amigo los comentarios del editor Constantino Bértolo en una entrevista. Se quejaba del estado de la narrativa actual española. Se quejaba de que es floja y mortecina, de que está (así lo entendí yo) rendida a una feligresía de lectores pacatos entre los que no puedo dejar de contarme. Una colección de burgueses que no quieren ser despertados de su sueño del bienestar, sordos a la algarabía de los que tienen que buscarse la vida cada día. Y a éstos, se les ha dado la televisión para reducirlos a masa semoviente, y a los jóvenes una falta de educación encaminada a hacer de ellos masa de obra, piezas útiles de la maquinaria, ladrillos en la muralla...que dirían los viejos rockeros, a los que todavía se oye pero sin escucharlos. Así interpreto yo lo que decía el editor, al que pienso, le importaba "la utilidad" de la novela, su realismo entendido como reflejo de la sociedad que la hace; y la novela como denuncia de las consecuencias (en este caso, según él, dicho literalmente) del "capitalismo". Les invito a que lo lean directamente, que debe andar por la red, como casi todo. Puestas así las cosas y considerando, muy capitalísticamente, el mundo literario como un mercado, los lectores son los que hay, y para ellos habrá que escribir, habrán pensado quienes editan. Y no nos engañemos, los que leemos y los que escriben, somos poco más o menos, siervos de la misma gleba.


Es discutible ese solo papel de la narrativa. Hay novelas "interiores" que cuentan la vida de un hombre y lo que le pasa y lo que siente. Hay novelas sobre barcos amotinados hace dos siglos que nos cuentan, junto a otras muchas cosas, lo penoso de la esclavitud de los senegaleses, sin que ese sea "el tema". O la vida de un fantasma que trabaja en unas oficinas de un abogado de Wall Street. La denuncia de las cosas que pasan no es requisito imprescindible para darle valor a un libro. Hay libros cuyo mérito consiste en inventar un mundo que sólo tiene sentido en el sonido de las palabras que lo van contando y en las imágenes que evoca. Libros que hacen que sus traductores suden tinta.
Pero uno anda reflexionando sobre estas cuestiones y sopesando lo que decía el editor, cuando cojo en las manos un libro de cuentos de Ignacio Aldecoa, y todo cambia. Viene a caer como un cubo de agua de pozo sobre la comodidad de sofá, bien instalada. Realismo, sí. Tocamos la vida, después de la guerra, o de las guerras; de los campesinos, de los pescadores, de los vagabundos, de las familias burguesas con tiendita en ciudad de provincias. A los personajes los sentimos ya no reales sino hiperreales, porque nos sentamos con ellos a comer puchero el domingo, en familia. Oímos sus conversaciones mezquinas, sus reproches y sus cariños fraternales y sus esperanzas vanas. Acompañamos a un boxeador de gimnasio de barrio hasta partirse la crisma por una ilusión sin futuro, en una España donde el triunfo era sobrevivir y ver un poco de luz entre tanta grisura. Nos obliga en buen tino a compararla con la España actual y descubrir que no es oro todo lo que reluce, o relucía antes de la crisis. Esta literatura es quizá la que reclamaba el editor en su entrevista. Frente a esta literatura, toda la demás parece disparates de diletantes o garabatos de gente aburrida, juegos de burgueses que aprendieron ortografía. Esa es su tremenda potencia, descomunal. La de meternos en el mundo de Ignacio Aldecoa, el que sentía. Ni más ni menos que porque fue un escritor como la copa de un pino y escribía con honradez, siempre extraña al ego histriónico y gigantuno de su gremio.
Otras literaturas son posibles, valiosas y probables, aunque no frecuentes hoy en día. En general, no puedo estar de acuerdo con el editor. Creo que lo que debemos exigir como lectores es que las novelas, sencillamente, sean buenas. Fácil, ¿verdad? ¿Y si dejáramos de editar durante un par de años? Como un barbecho o una purga. Hay tanto escrito, que editar y publicar es una necesidad "de mercado". Como lector, no me preocupa demasiado, para entretenerme tengo el fútbol.

lunes, 3 de mayo de 2010

Apunte sobre la Hipocondría Proyectiva Diferencial (HPD).

El síndrome de Hipocondría Proyectiva Diferencial (en adelante HPD) fue esbozado ya en los años 70 por los doctores Costello y Abott de la Universidad de Princedown (Frank Costello, Jerry Abott, 1973 "Diferencial Projected Hypochondria is arriving"). Después de la publicación de algunos otros artículos cruzados entre defensores y detractores de la HPD como una nueva enfermedad mental, el por entonces estimadísimo Dr. Andrew Stinkker publicó un vasto artículo en la prestigiosa revista Madness Today, en el mes de octubre de 1975 de nada menos que 321 páginas. Dicho artículo "Only a half what science can explain on an illness doesn´t exist" zanjó el asunto de la HPD enterrándola, aparentemente para siempre. Sin embargo, la muerte del Dr. Andrew Stinkker en accidente de tráfico el pasado mes de noviembre ha supuesto toda una revolución no sólo para esta enfermedad sino para la psicología toda. Su viuda, después de una breve pugna en los tribunales, fue reconocida como heredera universal del doctor Andrew Stinkker, incluido su patrimonio intelectual. Los manuscritos que ella encontró los entregó sin más a la editorial Nosense, competidora de facto con la que publicó el doctor durante los últimos 30 años. Desgraciadamente al doctor Dr. Stinkker ya se le conoce por el apelativo de Mr. Hyde. En letra manuscrita, pequeñísima y abigarrada había acumulado cientos de cuadernillos en los que, con una lucidez y una argumentación incontrovertible, rebatió el 90% de las conclusiones a las que él mismo había llegado en sus estudios publicados. Especialmente doloroso resulta comprobar cómo desmanteló la teoría de Marco Giuseppe Archimboldo en una serie de artículos corrosivos publicados en Madness Today a lo largo de 1992 a sabiendas de que toda la teoría expuesta por el italiano era más que estimable en aquel estado del arte. Como sabemos, Marco Giuseppe Archimboldo se suicidó en el Hotel Lahore la noche anterior a la defensa de sus teorías en el simposio de aquella ciudad, rodeado de papeles revueltos, libros abiertos, anotaciones en rojo en los artículos del Dr. Andrew...
Así pues, muchas ideas desechadas por la autoridad que entre todos, negligentemente, concedimos al doctor, están siendo revitalizadas gracias a las verdaderas opiniones, ahora descubiertas, que el mismo que las vituperó, tenía sobre ellas. De este modo vuelve a ponerse sobre la mesa la vigencia de las ideas de Frank Costello y Jerry Abott sobre la Hipocondría Proyectiva Diferencial. Estos doctores descubrieron la enfermedad porque uno de ellos la padeció. En el transcurso de su larga amistad Frank Costello comprobaba cómo cualquier dolor o síntoma que expresara, por leve que fuera, era atribuido por Jerry Abott a una terrible enfermedad, que aunque también él mismo reconocía padecer, no lo era en el grado extremo en el que lo hacía su compañero. El impulso definitivo a la descripción de la enfermedad sucedió una noche en la que ambos cenaban tranquilamente. Frank Costello comentó que le dolía el antebrazo derecho, con el que manejaba los cubiertos. Jerry Abott, inmediatamente lo atribuyó a un infarto en ciernes. El mismo padecía una leve afección cardiaca, a la que dedicaba una revisión mensual aunque los médico lo consideraban innecesario. Frank lo tranquilizó describiéndolo como un dolor muy ligero, no en el hombro izquierdo, y de origen, seguramente, muscular. No le pareció adecuado revelar que su joven y hermosa esposa, que había conocido como alumna en la asignatura de prácticas de anatomía, llevaba fuera dos semanas, de viaje por Europa. La cena continuó. Más adelante, al estirar el brazo hacia unos gambones, el doctor Frank Costello no pudo evitar una mueca de dolor que no podía pasar desapercibida a un hipocondríaco proyectivo. Jerry Abott se levantó muy nervioso, con la excusa de que tenía que ir al baño. Regresó al rato, y al cabo de unos minutos, cuando la tranquilidad de la sobremesa transitaba de puntillas sobre la medianoche, unos camilleros uniformados de blanco entraron precipitadamente en el restaurante. Alguien había llamado a urgencias solicitando una ambulancia para una persona que estaba sufriendo un infarto. Jerry Abott, desconcertado, explicó que los infartos, silentes en principio, son devastadores en su desarrollo. Al mes salía publicado el artículo en Madness Today. A pesar de ser un primer intento de descripción de la enfermedad las principales cuestiones estaban claras: hipocondría porque tiene que ver con la fabulación de enfermedades que no existen a partir de síntomas también fabulados o reales, pero muy leves; proyectiva porque el sujeto al que se atribuyen las enfermedades es "el otro"; diferencial porque aunque el propio paciente pone en sí mismo la enfermedad fabulada es el otro "el que está mucho peor, a las puertas de la muerte".