lunes, 19 de noviembre de 2007

Hombre con Gafas

Me estoy conformando. No cambio, sino que me completo, como si de un inicio aparentemente estéril, con una música de fiesta, llegara a mí la alegría del crecimiento. Se me adhirieren partes que siendo consustanciales a mí, siempre me faltaron. El otro día fue un sombrero comprado en Triana. Hoy, unas gafas. Mañana -ya lo sé- será un bigote. Pasado, una corbata de pajarita. Las gafas, redondas, de pasta las compré (fueron compradas) en Mesa y López, en el comercio más extraño que la suerte me puso a mano. Unas escaleras plomizas bajaban en un sólo tramo continuo y oscuro a un sótano profundísimo. La señorita que me precedía desapareció en la oscuridad durante el largo trayecto. El hueco se fue estrechando y el techo bajando hasta tal punto que hube de encorvarme para continuar el descenso sin estropear mi sombrero. Sólo a la llegada volví a verla. En la sala profunda, la tenue luz de dos bombillas desnudas, dejaba entrever una colección desordenada de monturas, cristales...

La chica me situó en el extremo de un tubo donde apoyé cada uno de mis ojos. Mi ojo veía en el fondo del tubo a su ojo, aumentado por una lente. Su pestañear me pareció procaz. El azul tenue del iris era el del cielo de una tarde triste de invierno. "No tiene usted falta de vista alguna". Me dijo así, que no tenía falta de vista ninguna. "Da igual, quiero unas gafas. Sin cristales o con cristales neutros". "Tenemos unas gafas sin cristal de las que cuelga un bonito reflejo". Y se puso a rebuscar en una montaña de trastos revueltos sobre una mesa. Algunos rebasaban el borde y caían al suelo. Mientras buscaba pensé cómo podría aquella chica llenar su vacío: comiendo chocolate con churros, estudiando francés, hablando a solas durante horas, esperando el cumplimiento de un sueño, comprando gafas... Aparecieron unas redondas, absurdas. Me encantaron. Me las tendió y las probé. No podía ver con ellas. Machaqué sus inútiles cristales contra la esquina de la mesa. Se deformó la montura ligeramente pero combinaban extraordinariamente bien con mi sombrero. - Señorita me las llevo puestas. ¿Cuánto le debo?- Me pagará usted de la siguiente manera.- Sonrió – Se parece usted a un tío mío, hermano de mi madre, muy estúpido, que ya murió. A mi madre le encantaría volver a verlo después de muerto. Sólo le hace falta un bigote. Déjese usted crecer el bigote y vuelva por aquí. Si me lo promete, no le cobraré las gafas. - Delo por hecho. ¿Cómo era su tío?- Ya le digo, completamente imbécil.- No me será difícil suplantarle.- Muy bien, salgamos por esta puerta. Daba a un probador de El Corte Inglés, afortunadamente vacío. Así que de pronto nos vimos en una planta muy concurrida, repleta de espejos multiplicadores. Me despedí de mi sobrina con un abrazo y una frase tremendamente cursi dicha con un hilito de voz. Una estúpida alegría me confundía, unas ganas tontas de reír y de dejarme crecer el bigote. La idea de ser otro me confundía, y a la vez, me hacía abrigar grandes esperanzas.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Café en Lisboa







He vuelto a Lisboa. Lo había evitado por miedo al dolor, húmedo como esta lluvia de diciembre y la brisa suave que trae los olores del Tajo.




Suelo salir por las mañanas a desayunar al Nicola, y después me recojo en el hotel leyendo hasta la tarde. Salgo, entonces sí, a pasear. Ayer alquilé un coche y recorrí (lo que nunca hicimos) el 25 de Abril. Me siento un fugitivo del tiempo que corre, un paseante de las nostalgias y un coleccionista de recuerdos.




Recupero el pasado cada día con más fuerza, y el presente parece cada vez más vulgar, carente de interés, soso, inocuo...




Con cada amigo que pierdo (la última Laura Maqroll) menos ganas tengo de emprender el esfuerzo de conocer a nadie. Y huyo de los que me conocieron y ya no quiero ver. Es Lisboa, en parte, esta huída. Aquí no tengo que usar ni adobes ni trucos para disimular mi edad. Eso creía. La compañía tiene aquí una sucursal y entré por curiosidad el pasado jueves. Cuando hojeaba los catálogos en portugués quedé paralizado al ver que Jeremías Umpiérrez me observaba estupefacto desde el extremo de la oficina. Desvié la mirada y aún sin verlo supe que emprendía el camino hacia mi. Cogí precipitadamente dos o tres catálogos y me giré saliendo rápidamente de la oficina. Apenas creí que ya no podía verme corrí hasta una esquina. Paré el paso y seguía sintiéndome inseguro así que corrí a un ritmo constante y no muy elevado. No pude mantener la respiración por la nariz y empecé a respirar por la boca. El aire entraba a borbotones en los pulmones. Oí mi corazón entusiasmado y experimenté una inmensa y estúpida alegría. Las piernas funcionaban con una liviandad maquinal hasta que resbalé sobre ese mosaico paciente que es la acera de Lisboa. Había estado lloviendo toda la noche y el calzado no era el apropiado. Caí casi entre risas, de bruces al suelo. Una chica tan dulce como las que había visto azocarse en sus novios en los tranvías se interesó por mi. Umpiérrez apareció detrás de una parada de guagua y me oculté con la chica, abrazándola. Le expliqué que me había doblado un tobillo. Me apoyé en su brazo al caminar. Le hablé en español y creo que apenas me entendió. Logré que Umpiérrez por fin creyera que había un portugués que se parecía a un compañero suyo de muchos años atrás. Invité a la chica a desayunar. En principio no quiso. Tuve que bromear un poco e insistir para que accediera. Me pareció natural convencerla. Me pareció natural que una chica tan joven estuviera desayunado conmigo, y lógico que un corazón capaz de bombear como el mío y que unas piernas capaces de correr como las mías estuvieran tan cerca de su corazón y sus piernas. De su abrigo negro y largo. Y pude mantener momentos de silencio, de ninguna manera incómodos en que la miraba, mientras ella simulaba observar con interés a otra gente de la cafetería, entre trozo y trozo de una conversación luso-castellana más complicada siempre de lo que esperamos los nietos de los viejos romanos.




Al mediodía subíamos juntos al Castillo de San Jorge. Habíamos decidido comer allí, costase lo que costase, después de una conversación muy realista sobre los efectos del euro. Y cuando casi más distraído estaba contemplando Lisboa me cogió la mano como si pasear supusiera tal cosa de la misma manera que supone poner un pie delante de otro. Apreté un poco su mano mientras contenía la emoción en el silencio: pasaron por mi mente los amigos con los que antes estuve allí. Sólo conservo las conversaciones telefónicas con uno. Me resulta imposible verle, y verme. Esta mano, que también se irá, es el asidero. Creo haber acertado. Me conviene creerlo.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Palabras

El hombre pesca palabras en un río. Luego las colecciona enhebradas en sedales, las cuelga a secar en la azotea y en tres semanas o cuatro, invita a las señoritas del pueblo que fuman a oír recitarlas. Él mismo las va leyendo, con el delantal puesto, y según las lee las va poniendo en la parrilla. El sabor de estas palabras es mudable. Su sonido no. La palabra Amor se deshizo en grasa y avivó una llama incómoda que perjudicó el asado de las demás. La palabra amor hubo que despegarla con cuidado de dos o tres otras que la rodeaban y la abrazaban. Tardó más que ninguna en hacerse bien, por dentro y por fuera. De su gusto nadie disfrutó, excepto un vagabundo que escuchaba. Se inundó, sabe él, de la palabra y cruzado de brazos, con el brillo de las llamas reflejado en su mirada, escuchó durante toda la noche la voz hermosa del pescador de palabras y miró los cuerpos felices de las señoritas que fuman.

Comer y Beber con Manuel Vicent

Manuel Vicent. “Comer y beber a mi manera” publicado en 2006.

Si uno quiere comer bien y de la propia mano se agencia un libro de recetas. Si además quiere aderezarlo con literatura tiene éste de Manuel Vicent. Las recetas vienen envueltas con la nostalgia de la niñez en el Mediterráneo y con pinceladas de otros tiempo pasados del autor con sus amigos, gente hoy de renombre, que publica artículos o viñetas en El País o similar. Recetas, algunas dudosas, pero como no las he puesto en práctica no puedo opinar con conocimiento de causa.Por si los méritos del libro fueran pocos, nos puede valer como guía de restaurantes (alguno puede que ya esté cerrado, traspasado u olvidado) y también como guía gastronómica de ingredientes que por ser locales son desconocidos por los bisoños de la cocina (como yo, sin ir más lejos).La loa principal va para la palabra. ¡Cómo fluye! Una prosa como un río manso y ancho, sin encontrar piedras, ni bravuras, ni espumas blancas. La combinación es rara y además de proporcionar unas horas de agradable lectura, podremos disfrutarla desde el paladar y el estómago. Somos lo que comemos, y quizás también, lo que leemos.