sábado, 19 de octubre de 2013

La poética del ajedrez


Hay noches en que todo sale bien, otras en que todo sale mal, y una mayoría en que unas salen bien y otras mal. 

Empezar un texto con una frase así, estúpida y con empaque, me habilita para continuar contándoles cualquier cosa. Y es que anoche estábamos celebrando, como de vez en cuando hacemos, a la Diosa Amistad y se nos acabó la tónica. Teníamos ginebra, cosas de esas como semillas que se les echa, hielo, copas, pero se nos acabó la tónica. Era tarde, quizá la una de la mañana o más. Así que decidimos que había que ir a una gasolinera cercana a buscarla. Fuimos todos, los cinco, y así aprovechamos para dar un paseo, coger fresco y estirar las piernas.

Rubén, Antonio y yo quedamos rezagados. Y no sé si fue por mi confianza infinita en aquella diosa por lo que saqué el tema del ajedrez. Nombré a Fisher y Spassky, pero también a José Raúl Capablanca y Alekhine, y la final de 1927 en Buenos Aires. Habíamos bebido bastante y en ese estado uno no se plantea mucho lo que dice. También conté que de joven había reconstruido todas las partidas de un libro dedicado al gambito de rey. Una mala apertura, ya entonces desechada, que no se usa nunca porque es darle a las negras ventajas de entrada. Una manera muy rara de perder el tiempo. Y hablé de la poética del ajedrez o más bien, no sé si llegué a expresarme bien, de la poética en torno a las disputas, vidas, amistades y enemistades de los jugadores de ajedrez. A cómo se reflejan sus caracteres en la manera en que mueven las piezas sobre el tablero. Se rieron y me llamaron friqui. La diosa amistad había perdido un brazo de mármol, que al caer me había dado un golpe en la cabezota, dura y algo plana por el totizo. Insistí. Insistí porque la bebida me daba excusas para insistir. Estaba, supongo, decidido a caer pesado mientras continuábamos nuestro camino a la gasolinera. Me invitaron a escribir sobre lo que les contaba, lo que me dejó perplejo. ¿Estaban dispuesto a leer lo que no soportaban oír? ¿O solamente era una maniobra dilatoria para despacharme rumbo al silencio? No puedo recordarlo bien, pero imagino que seguí hablando y caminando a su lado, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. A pesar del calor, sentí una corriente de aire frío de soledad en las orejas. Pensé en apuntarme en un club de ajedrez y poder así hablar de Tal y Petrosian a mis anchas y sin cortapisas. Pero sería inútil. Como también me gusta la literatura, la historia, el fútbol, la aviación... cualquier día me iría de la lengua y le hablaría a mis compañeros del A350. Gente a la que les importa un huevo si van en Airbus o Boeing, para los que los aviones son como una guagua que llevan unos secadores de pelo debajo de las alas que los impulsan de aquí para allá. Acabaría jugando con ese tipo rarísimo para los ya raros tipos de los clubes de ajedrez, que apenas habla y que se viste todavía con la ropa que le compra su madre. Que en siete movimientos te mete en la mierda y te deja pensando en qué coño es la inteligencia y con ganas de mandar al carajo al club y no volver más.

Llegamos al minimarquet de la gasolinera y yo seguía con las manos en los bolsillos y supongo que hablando. Había muchas bebidas, muchas neveras llenas de puertas y no atinábamos con la tónica. Cinco tipos rebuscando sin encontrar. La chica de la gasolinera, uniformada, altísima, delgada, fea (¿por qué no decirlo?) nos informó con una simpatía contundente de donde estaban las tónicas y que a aquella hora, por una ley del noventa, no podía vendernos bebidas alcohólicas. Del noventa, pensé ¿1890, 1790? ¡Qué ley más estúpida! No sé muy bien por qué, le pregunté o le dije, o le mencioné, que si fuéramos menores no podría vendernos alcohol. Bromeó con pedirnos el carnet y aprovechó para tontear con Antonio. Me sentí ignorado o transparente. Como al parecer no había agotado mi repertorio de gilipolleces por aquella noche y como no le veía las manos a Antonio le pregunté si estaba fumando. ¿Fumando? ¿En el interior de un minimarquet y encima, del minimarquet de una gasolinera? Creo que me traicionó el subconsciente. Posiblemente lo que quería era que la gasolinera, la tónica y la chica ardieran a lo bestia entre grandes llamaradas.

viernes, 11 de octubre de 2013

Fragmento de entrevista a Darío Flo


“El editor Jorge Junco desapareció para siempre en Transilvania. Un hecho desgraciado y verídico que, sin embargo, tiene tintes literarios. Editorial Perihelio, desde entonces, había quedado huérfana. El mundo literario le echaba en falta. Sus títulos, basados apenas en la producción de cinco o seis autores, se destilaban lentamente al paso de los años. Sabíamos que no podíamos esperar  de ella una producción abundante, pero sí cuidada e independiente.

A Jorge Junco nunca le interesaron las listas de ventas. Se movía entre sombras, discreto, hasta que sacaba a la luz un libro contundente y bien hecho que no pasaba desapercibido a los que saben apreciar el sabor de la buena literatura. Se cuentan en su nómina poetas como Darío Flo, Pedro de Palos y José Pérez (pseudónimo de Horace Wallace Jung).

Cuando la editorial parecía en vía muerta se produjo, mediante el inhabitual proceso de subasta, su adjudicación al editor Luís Fernando Pompeu, que conservará la política y nombre del sello, añadiéndolo a los que ya dirige. Hemos querido acercarnos a la poesía de Editorial Perihelio a través de Darío Flo en esta entrevista que realizamos el pasado once de octubre en el Huerto de las Flores de Agaete. El sol de un magnífico día de otoño fue tamizado por la frondosa vegetación del Huerto mientras charlábamos con el poeta.

(La entrevista verdaderamente se realizó en un bar de León y Castillo. El periodista apenas tenía tiempo y quedamos de mala manera en el baretejo. Las mesas estaban pringosas y la cerveza, imperdonable, apenas fría.)

Pregunta: ¿Cómo conoció a Jorge Junco y cómo empezaron su camino literario?
Respuesta de Darío Flo: Junco era un hombre entrañable. Amaba la literatura como otros al dinero. Se relacionaba conmigo con naturalidad y admiración, como un amigo. No como con alguien con el que uno tiene firmado un contrato. El había intentado escribir y le salió en su día Cuentos repletos, una cosa rara que nadie supo apreciar. Yo tampoco, dejemos de lado cualquier hipocresía. ¿Repletos de qué?, le preguntaban. Se lo dejó a huevo a un montón de gente malintencionada. Repleto de lugares comunes, de resabios de lector analítico. Jorge, sin embargo, no fue nunca resabido. Sí prudente, atento, discreto. Y se quedó ahí. Que yo sepa nunca intentó nada más. A partir de entonces, te estoy hablando de 1990, más o menos, decidió montar Editorial Perihelio y llamar a unos cuantos escritores que conocía de oídas o a través de Raimundo Soplano, en el que tenía mucha confianza. Raimundo me llamó un día y me lo presentó. Le pasé unos poemas. Los cogí a manojos de un cajón. Desordenados, revueltos. Algunos los había escrito a mano, otros a máquina, otros a ordenador, unos borracho, otros sobrio. Había manchas, mocos, cenizas y quemaduras en los papeles. No tenía ninguna fe en que a nadie le interesara aquello. Al par de días me llamó y fui a su casa. Era un piso muy modesto en Schamann, del patronato. Me dejó en el salón un momento mientras fue a la cocina a buscar dos cervezas. Allí no cabían muchas cosas pero donde todo el mundo tiene un mueble con un televisor había una estantería hasta el techo llena de libros desordenados. Pude ver lomos con los nombres de Roberto Arlt, Raymond Carver, Cortázar, Gelman, Galdós, Juarroz, Caldwell...De todo. Y abierto, una Crónica Bizantina de Pérez Colm.

Todas las casas tienen un olor peculiar que es inherente a sus habitantes. De pequeño somos capaces de distinguir la cercanía de un primo o un amigo por el olor que desprende su ropa. Con el tiempo perdemos ese olfato, por la edad, o la porquería de aire que respiramos. Los libros y el olor del piso me hicieron saber inmediatamente que aquel hombre y yo seríamos amigos hasta la llamada de la parca. Así fue. Es difícil que converses sobre libros y autores con alguien y se hagan las tantas, con una copa delante y algo de picar, y no se fragüe una relación que llega fácilmente a la amistad. No entran ahí nada más que las tardes de personas que recorrieron con fervor las mismas palabras, cada uno por su lado, y que se encuentran. No se siente uno tan solo, sabe, cuando le hablas a alguien del Hombre que vio a la partera, y te comprende.

martes, 1 de octubre de 2013

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell



Los barriles de tabaco que durante decenas de años rodaron sobre un camino en los campos de Georgia le hizo adquirir la firmeza del asfalto. Con los años, desaparecerá el cultivo del tabaco, y también el del algodón que le sucedió, y llegará el tiempo de las hilanderías en las ciudades. Pero el camino del tabaco sigue allí, junto a familias de agricultores ancladas a la tierra, que se resisten a separarse de ella y quedan expuestas a la pobreza, el hambre y la enfermedad. Estamos a principios del siglo XX en un estado del Sur de Estados Unidos.

El escritor Erskine Caldwell sufrió el secuestro de sus libros y la censura, y por otro lado, paradójicamente, un gran éxito de ventas.

La historia de El camino del tabaco es simple, como sus personajes, que a la vista del lector podrían padecer cierto retraso mental. Este maltrato a sus personajes fue reprochado también a Caldwell.

La novela recuerda la ambientación de Las uvas de la ira. Tiempos en que una gran población campesina en Estados Unidos padeció un capitalismo salvaje en desarrollo que fue abandonando el campo. Los campesinos de Caldwell tienen que elegir entre quedarse donde siempre o emigrar a las hilanderías de la ciudad. Y eligen quedarse junto a la tierra.

De los muchos hijos de Jeeter Lester, los que han tenido un poco de luces han abandonado el hogar sin querer volver a saber nada de él. Han quedado junto al padre, su mujer, la abuela, la hija imposible de casar debido a su feísimo labio leporino y el varón más pequeño. A la hija más pequeña, de doce años, se la acaban de quitar de encima casándola con un vecino, con el que se niega a acostarse. Y el varón más pequeño se casa durante la novela con una dudosa predicadora mucho mayor que él, seducido no por ella, sino por el flamante automóvil que acaba de comprar con todos los ahorros que ha recibido en herencia de su difunto esposo.

Sin que el autor haga ningún tipo de valoración, presenta un panorama desolador. Los personajes rayan la animalidad, movidos por instintos básicos y mínimos, sin capacidad de decisión, ni de planificación. Pero, ¿tienen en sus manos algún hilo de su destino? Quiero creer que sí, pero señalemos que ni siquiera tienen los alimentos necesarios para desarrollarse. Son víctimas de la pelagra, por ejemplo, una enfermedad producida por la falta de vitamina B3.

Caldwell recurre al diálogo y la descripción de comportamientos y situaciones sin entrar en ningún tipo de valoración. Un estilo que se emparenta con el cine. Ricardo (enlace a su blog Sufro de Sueños) había llamado nuestra atención hace meses sobre una obra de Caldwell atípica, vanguardista, quizá experimental, que extrema esta reducción: El sacrilegio de Alan Kent

Como lector, no puedo acabar de entender, la “intención” de El camino del tabaco, sin considerar algunos datos biográficos del autor. Esto presupone demasiados puntos de partida: que una novela no es independiente de su autor, y que éste tiene una intención. ¿Demasiadas premisas? Quizá la cuestión es simplemente leer.