miércoles, 30 de marzo de 2011

Si pudiera

Si pudiera decirte que soy nada

y al mismo tiempo

sobrevivas

te diría

que soy nada

y al mismo tiempo sobrevivas

Y si pudiera decirte que soy nada

y al mismo tiempo

sobreviva

te diría

que soy nada

y al mismo tiempo sobreviva

Si pudiera decirte que sólo vivo

en el reflejo de tus ojos

pendiente de la luz que tú ves

al margen de una nada que soy

aliento en tu suspiro

idea en tu cabeza

forma entre tus manos

Una nada sin tus dedos soy

una sombra sin lo que tus ojos ven

un cadáver

una mueca

no aspiro

eructo

una mancha verde a la altura de la boca del estómago

eso soy

fuera de tus sueños


Omnes generationes

Sí. Te oigo. Y oigo llover. Y he oído llover mil días antes que éste en el que el sol ha lucido, y mil días antes que los mil días en los que se oyó llover antes que éste. Y sé que has dicho algo de los diálogos de alguien que oyó la lluvia de hace veintisiete siglos caer. Todo eso lo sé y te sigo la corriente. Para ti la corriente de tu Heráclito. Todo eso lo sé. Pero antes que eso sé que mi hija que es tu mujer y la yerna de tus padres tiene el vientre lleno. Explotará la próxima semana. ¡Veintisiete siglos dichosos! Llorará ese vientre antes de que puedas hilvanar una hermenéutica entre tus amigos dipsómanos. ¿Qué buscas entre estrellas? ¿Qué oído tienes que oye antes las música de las esferas que no existe que el lloriqueo de un niño que busca su pezón! ¡Eres varón y nada entiendes!

Tagoror

Tagoror vino a ser para los guanches el lugar de reunión para la toma de decisiones que afectaban a la comunidad. Un punto singular de la vida social, circular, delimitado por grandes piedras, provisto de otras que eran asiento para sus miembros. Este centro sigue existiendo en Fuerteventura con ese nombre. Es punto de convergencia de la literatura, los libros, lo libresco. En Puerto del Rosario, en la calle Virgen de la Peña está la librería Tagoror. Allí voy a parar como si me atrajera el poder de un maelstrom cada vez que paso por la isla. Y ustedes saben que hay librerías y librerías, y además, almacenes de libros. Allí, aunque no busques, encuentras. Es el lugar agradable de copas adonde vas a dejarte ver, a empezar a reconocer caras amables que te miran y manos que se van extiendo para saludarte. Con una pregunta rutinaria se inicia una conversación que deriva a los temas de los que sólo hablas con esos amigos entrañables de intereses comunes y tan poco comunes. En Tagoror, esos últimos amigos a los que saludé esta misma semana fueron Julio Cortázar, Sócrates a través de Platón, a su vez a través de Emilio Lledó, Mario Benedetti, Alberto Durero y Miguel Angel Buonarrotti. No hace falta que vayas a buscar a nadie a Tagoror. La literatura te encuentra y te aborda, y ten cuidado, quizás te arruine lo que queda de tu sueldo.


Es una gran librería grande. En cuanto al librero. Sé que hay unas chicas que te pueden ayudar y a las que recurría antiguamente. Ahora prefiero no molestar. Unas cuantas terminarles dispersas por la planta te ayudan en las búsquedas o a leer el código de marras de lo que hayas encontrado. Si buscas libros para tus hijos, hay de texto y juvenil; si buscas para tu amigo, hay novedades; para tu ligue, hay libros de portadas en relieve con parejas que se besan; para esa afición que inicias y pronto abandonarás, libros técnicos hay; pero por encima de lo que tiene que haber está lo que debe haber en una librería que se precie: un diario o libro mayor de la literatura universal que uno se va llevando poco a poco, con cada visita, como una hormiga. Sales de Tagoror sabiendo que te llevas en una bolsita cuarenta o cincuenta veces tu propio peso.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Las mañanas de los gatos

Tres gatos negros duermen siempre en el portal o en el jardín.

Paso y me dirigen tres miradas cansadas de gatos viejos que

están de vuelta de ovillos y ratones.

Quisiera quedarme con ellos a haraganear la mañana en el jardín, al sol,

viendo pasar a los trabajadores del bloque con sus bolsas de bocadillos,

a esperar los olores de las cocinas a la una.

A ver cómo bajan al mercado las vecinas, vuelven los estudiantes,

cómo los repartidores suben las botellas.

Cómo las vuelven vacías a bajar.


Me han robado las mañanas.

Eso que los gatos tienen gratis.

A fuerza de hacer fuerza

A fuerza de hacer fuerza para no echar de menos ni un beso, ni un abrazo,

a fuerza de hacer con mi semen un escupitajo más en los bajantes,

con mi cabeza el soporte de un sombrero,

con mis pies rellenos para calcetín,

con mi corazón una víscera sola,

con mi sonrisa una mueca falsa,

con mis brazos una cruz,

con mi piel una coraza,

con mi luz una sombra,

a fuerza de hacer fuerza en simular que me interesa el vuelo de las moscas,

a fuerza de hacer fuerza

me he herniado.