domingo, 22 de abril de 2012

La estación de las nalgas (versión audio)

Antonio Lino Rivero me ha leído el texto de la entrada anterior.
¡Le doy las gracias y lo publico!
Aquí debajo lo tienen.




Para ir a su BLOG usen este link :http://elparaisorecobrado.blogspot.com.es/

domingo, 15 de abril de 2012

¿Bolaño?


Me siento en las inmediaciones de una historia de Bolaño. A mi alrededor suceden cosas a la distancia que padece un lector poco atento. Leo sobre personajes enamorados, quizá de la misma mujer. O quizá de mujeres distintas pero que pertenecen a la misma estirpe realvisceralista. La barbarie que me forma me impide apreciar los matices de una lengua que no puedo del todo conocer. Quisiera que fuera mi patria y sin embargo es una herramienta robusta y oxidable. Mi duro oído no alcanza a reconocer tonos sutiles. Me siento padecer una alfabetización parcial de palabras castradas y miradas perdidas que no se encuentran en mí. Intuiciones vagas por las que sospecho que hay pasajes hermosos que se me esconden. O quizá esa misma vaguedad sea la que hace que mi imaginación trabaje sobre sombras y luces, como trabaja sobre las manchas de una acuarela. Quizá no esté tan mal que entre escaque y escaque, bajo la mecánica dura de unas formas pautadas, vaya mi imaginación sobreviviente insidiosamente deshaciendo nudos y atando cabos.

Imagino que las paradas de autobús en el México profundo están desoladas y al mismo tiempo expuestas al sol. Última parada antes de adentrarse en el desierto a la busca de una mujer que es el inicio y el fin. Y el autobús pasará de largo y nunca conoceré a Cesárea Tinajero.

Siento una dolorosa falta de dolor.

viernes, 13 de abril de 2012

jueves, 5 de abril de 2012

Tres cosas de pueblo

Hubo un tiempo, más o menos remoto, donde sucedieron tres cosas que mi abuelo nunca me contó:

Uno. Un ángel negro apareció varado en una playa, con las alas mojadas, inconsciente, zarandeado por las suaves olas que parecían querer despertarlo. Dos pescadores lo recogieron y se lo llevaron al pueblo en una carreta. El cura y el médico lo estuvieron cuidando y cuando se recuperó se le desprendieron las alas y quedó como un hombre normal, negro y sin alas. 

Dos. La lotería cayó en el pueblo en la Navidad del 51. El cráter que todavía hoy se contempla, si bien que medio relleno de escombros y basuras, por la puerta de las Nereidas, fue el que provocó la caída de aquella lotería. Debajo de los escombros dicen que hay tres hombres y dos mujeres con camisas rojas que tuvieron la mala suerte de que les tocara la lotería. “Para una vez que cae es de las malas. En este pueblo estamos tocados por una maldición. Mi tío Sebastián, que siempre anda revolviendo papeles viejos del archivo parroquial, dice que todo viene del tiempo en que no nos resistimos a los romanos, que eran unos herejes, sino que les dejamos hacer. Nos pusieron un puente en ruinas, un teatro sin techo, un acueducto que le da sabor a piedras a las aguas y una maldición que nos joderá toda la vida. Cuando entra un invasor hay que pensarse las cosas y no hacer como si no pasara nada, porque al final, lo barato sale caro.”

Tres. Las putas del pueblo no son tan putas. Para empezar son sólo dos, porque dicho así “las putas del pueblo” parece que fueran cienes. Lo que pasa es que si se saca la proporción, para un pueblo tan chico, dos son muchas, pero una sola es muy poca y no se pueden partir, son indivisas, que se dice en derecho. Podría una ser santa tantos días al año y otros tantos una puta redomada, pero vendría a ser un artificio que complica las cosas. Mejor que sobren a que falten y como además decía, no son tan putas. Mi abuelo no me lo dijo pero hubo una que no quiso acostarse con él ni por todo el oro del mundo. No era oro lo que traía, pero si un buen puño de pesetas amasado en Venezuela. La puta no quiso porque mi abuelo era guapo, alto, fuerte y tenía los ojos claros como Atenea. Y decía ella que un hombre así no tenía que pagar por una mujer, sino decirle cuatro palabras bonitas y ya con eso bastaba. Pero mi abuelo todo lo que tenía de guapo lo tenía de bruto y entre lo que le costaba aprender palabras bonitas y lo que le costaba decirlas y menos a una mujer, y menos aún a una mujer que estaba deseando oírlas, se iba haciendo el remolón. Y al final se quedaron con las ganas la puta y él.