viernes, 20 de noviembre de 2009

A la Mar fui a por Peces

La huella capital de la sequía que había asolado el valle era el Acorazado varado en el fondo del lago, sobre uno de sus costados, malherido. La tripulación, eximida de sus tareas por la Armada, que se encontraba en la ruina, había abandonado el barco y se había echado a las montañas en busca de oro. El capitán Goncálvez, sin embargo, permanecía en el acorazado, llevando una vida inclinada a babor. Había ideado métodos para cocinar y lavarse. Se iba adaptando al horizonte girado. Llamaba por la radio a su mujer todas las noches y mantenía conversaciones sobre la educación de los niños. Esperaban la lluvia. Si llovía, las montañas se volverían inhóspitas para la tripulación y las correntías llenarían el lago. El acorazado volvería a la vida. Toda su pesadez de acero se volvería levedad. Y aunque encerrado en un lago luciría de nuevo como buque insignia de la Armada de un país sin mar pero con tantas ganas de tenerlo y de navegar.

El Cuervo

A la entrada de la casa, lo primero que uno se encontraba, después del zaguán desnudo y la puerta de cristales era el jaulón de mimbre con el pájaro negro. La vieja era la única que lo llamaba por su nombre, Morraco, y la que se ocupaba diariamente de él. Todos los demás que vivían en la casa: la hija Luisa, su marido Juan y los nietos Andrés y Luis, lo llamaban el cuervo, aunque no lo era. Se trataba de una clase de loro, de gran tamaño, ojos oscuros y plumaje negro y brillante, a pesar de la edad. Andrés recordaba haberlo visto siempre en la casa, desde que él era pequeño, y ahora tenía quince años. La jaula del cuervo iniciaba la entrada a un salón enorme, siempre en penumbra, repleto de muebles antiguos y recuerdos. Había turbias fotos en blanco y negro de personas que se perdían en la memoria genealógica de la familia. Andrés no sabía realmente quiénes eran, pero intuía que la familia había sido grande y que el carácter de la vieja había dejado su rama en un otoño perpetuo, con sólo cuatro hojas: sus padres, su hermano y él mismo.
De los muebles del salón destacaba el sillón de orejas de la abuela, de color vino, con motas negras, dónde pasaba la mayor parte del día leyendo a duras penas, debido a la falta de luz, un librito religioso. Siempre el mismo.
Desde pequeños Andrés y Luis temían al pájaro. Cuando hacían algo que disgustaba a la abuela, ella los llevaba delante de la jaula y los obligaba a mirarlo a los ojos. Les decía que Morraco estaba enfadado por lo que habían hecho, y el animal, de una manera que Andrés pasado incluso el tiempo, no acertaba a comprender, comenzaba a aletear y chillar. Sólo paraba con un gesto de la abuela, que metía su índice reseco entre dos mimbres. El animal acercaba la cabeza sumisamente. Después la vieja encerraba con llave a los niños en sus cuartos un par de horas. Sólo entraba un poco de claridad por los postigos.
A estos castigos, los padres no tenían nada que decir. Luisa sintió pena por los niños alguna vez, pero nunca llegó a expresarlo. Juan, el padre, estaba ausente, incluso estando en la casa. Las horas libres que le dejaba su trabajo en la tienda de libros los empleaba en pasear solo por la ciudad. Andrés recordaba haberlo encontrado por la acera contraria, a la vuelta del colegio y simular que no se habían visto, o saludarse dándose un beso con la formalidad de dos conocidos. En casa, el padre se encerraba en su alcoba, con periódicos y libros, fatigando el tapizado de un sillón mucho más modesto que el de la vieja.
Andrés y Luis tenían la luz del sol en la azotea. Allí jugaban y tenían sus cosas. Luis tenía un carácter algo rebelde y a escondidas de la vieja le decía a Andrés cuánto odiaba al cuervo. No se atrevía a usar esa palabra para la vieja, pero intentaba que su hermano le confesara que él tampoco la soportaba. Andrés la respetaba demasiado. Cambiaba de tema cuando Luis hablaba de ella.
Una mañana, unos días antes de que Andrés cumpliera quince años, la abuela no se levantó a su hora. Se había puesto mala del estómago. A trancas y barrancas, llegaba al sillón y no tenía fuerzas suficientes para andar con su librito. Sólo una cosa seguía haciendo, dando de comer al pájaro, que también empezaba a parecer enfermo. Un médico del barrio aconsejó que la llevaran al hospital pero ella no quiso. Por fin, días más tarde una ambulancia se la llevó.
Luisa se ocupaba durante casi todo el día de su madre y también pasaba las noches con ella en el hospital. Andrés recordaba aquellos días como los más felices junto a su padre que, torpemente, preparaba la comida para los tres y se ocupaba de las otras tareas de la casa. Nunca lo había hecho y esto daba lugar a torpezas graciosas. Con el ajetreo nadie, excepto Luis, se acordaba del cuervo. Cada día estaba más apagado porque no le estaban dando de comer.
Luisa llegaba por las mañanas con las noticias: la abuela empeoraba cada día. Los médicos habían diagnosticado una enfermedad no demasiado grave, pero su viejo cuerpo no era capaz de aprovechar el tratamiento.

A la noche, mientras cenaban, Luis les recordó que desde la marcha de la abuela no le habían dado de comer al cuervo. Rieron juntos. Rieron cruel y mezquinamente, inclinados sobre los platos de fabada de lata. Parecía la sentencia al puto cuervo.
Pero Luisa se dio cuenta y le puso de nuevo sus semillas, ante el fastidio disimulado de los tres. Entonces, justo al día siguiente, Luisa llegó muy contenta del hospital contando que la abuela estaba mejorando.
Esa tarde los chicos se quedaron solos en casa. Juan estaba en el trabajo y Luisa en el hospital. Andrés bajó corriendo de la azotea cuando oyó los gritos desesperados del cuervo, estridentes, agudos, insoportables. Luis estaba luchando con el animal en medio del pasillo. Este aleteaba, le destrozaba la ropa a picotazos y le clavaba las garras donde podía. Hasta que por fin Luis le sujetó la cabeza con una mano y atenazó el cuerpo del pájaro con el otro brazo. Le giró la cabeza varias vueltas y el animal continuó unos segundos aleteando sin control, ya mudo. Los hermanos, asustados, sin decirse nada, recogieron el desorden. Había plumas negras por todas partes, algunas gotas de sangre en el suelo y varios adornos de loza destrozados por el piso. Andrés ayudó a su hermano a quitarse la camiseta rota y limpiarse las heridas de los picotazos.
Al rato sonó el teléfono gris. Los dos chicos se acercaron y Luis lo cogió. Al otro lado Luisa preguntó por papá. Le contestó que todavía no había llegado del trabajo. Luisa no pudo aguantar más y se echó a llorar. Luis agarró el teléfono con las dos manos, sin saber qué decir. Andrés pensó que ya nunca volvería a jugar con su hermano porque había dejado de ser un niño.

martes, 17 de noviembre de 2009

El Sombrero

Si la eminencia de un acontecimiento nos convence de la necesidad de otro, concluiremos que la compra de mi sombrero es un punto y aparte en el transcurso de mi vida, una señal, alta y clara, como la voz tronante de un profeta, como la llama en la noche fría, sin motivo, sin leña ni candela. Es, un enorme monstruo, que al principio se dibuja sólo entre la niebla y se torna al poco fiera dentada que nos aterroriza, que latiga el corazón al ritmo frenético del susto, de la adrenalina desatada. Que proclama un fin inevitable. La ruina de una vida.

Así, consciente de la severidad de un acto aparentemente trivial me dirigí a la sombrerería de Triana, con el paso suelto, la mirada adusta, el cuerpo tenso.

Me recibió un señor de avanzada edad a la puerta del comercio, que mantenía la misma fachada, decoración y aspecto que hace un siglo, y en perfecto estado de conservación. El señor, así encontrado, parecía esperarme como si algún desconocido informante le hubiera anunciado mi llegada, pues me llamó por mi nombre. Ante mi asombro dio una explicación vaga en la que mi padre, al parecer conocido suyo, servía de nexo entre ambos, el sombrerero y yo.

En el escaparate lucían varios tocados de diferentes estilos y materiales, unos de paja, otros de fieltro, lana incluso...sin embargo, en el interior sólo había un sombrero: el mío. Era de mi talla, del color que mejor me sentaba y del estilo un tanto dandy trasnochado que al parecer me convenía. Era, como digo, el único en la tienda y descansaba sobre una especie de perchero pequeño metálico, a su vez, encerrado bajo llave entre los cristales gruesos de una vitrina.

El señor sacó de su bolsillo la llave. Era dorada y demasiado grande para tan pequeña cerradura, sin embargo encajó exactamente y dejó el paso expedito de las arrugadas manos hacia el sombrero dichoso. Un olor a naftalina añeja se extendió por la tienda a la apertura de la vitrina. Me lo probé. Me quedaba francamente bien. Tanto recto como de medio lado. El señor, abusando quizá de mi confianza, se permitió el ir ladeándolo progresivamente. Me miraba al espejo y sorprendí una mirada de sus ojos directa a los míos. Un halo de homosexualidad que habíame pasado desapercibida al contacto directo quedó al descubierto, sin embargo, en el juego de los espejos.

Pedí la cuenta. Se acercó primero a quitarme el sombrero, supuse que para envolverlo. Me aparté espetando un "me lo llevo puesto". Insistió en retirar entonces una etiqueta interior que me había pasado desapercibida. Sus manos tiritantes mantuvieron una lucha con su propio pulso y el sombrero hasta retirar de su interior una pequeña nota manuscrita, más que una etiqueta, que un imperdible mantenía fija al interior de la copa. Me lo entregó de nuevo y me lo puse. Le pedí la cuenta. Se fue tras un mostrador de madera y cristal y garabateó números en unos papeles cuidadosamente dispuestos, que se apreciaba claramente que habían pertenecido a amplias resmas y habían sido cortados y ordenados con el esmero que el tiempo lento de la tienda le permitía. Me entregó la nota y 12 con 25 euros. Le pregunté si me daba la vuelta antes de cobrar. Me explicó que era un "precio al revés", como un antiprecio o un precio negativo, conjeturé.

Salí de la tienda, despidiéndome con toda la distancia y educación que me fue posible y sólo llegando al Parque San Telmo caí en la cuenta de que todas las cosas que me habían sucedido desde que vi la tienda hasta que salí de ella se salían de lo normal, tanto como mi actitud de aceptar los extraños hechos como naturales, quiero decir, que yo mismo había pertenecido a un mundo anormal durante minutos. Quien sabe si durante todas las horas desde que había concebido la idea terrible de comprarme un sombrero. Recuerdo que mi padre, aquel hombre frío, que en verdad nunca llegué a conocer, decía que "un hombre con sombrero siempre tiene razón, y además es más viril". Sin duda las chicas me miraban en mis nuevos andares por Triana. Cierto que un pedigüeño habitual intentó contarme su tragedia personal y lo despedí con un gesto de singular desprecio. Cierto que empezó a parecerme que me parecía, el sombrero, la capa protectora ante la caída de cualquier grave, ya fueran incluso piezas del firmamento. Cierto que empezó a parecerme que me parecía cada vez a mi padre o a alguna clase de poeta antiguo que paseara por Lisboa.

Vi a mi amiga. La luz de mi vida no me pareció más que una vela, romántica, en una habitación íntima. Ese sentimiento que la vergüenza a la vergüenza se resiste a llamar miedo, asiduo a mi corazón a su sola vista, me asombró por su ausencia. Me parecía leer un libro del revés, como el precio del sombrero, con la seguridad de conocer el final, el "terminó de imprimirse", el todo. Supe que era el fin, la desgracia. El corazón me latía despacio como si durmiera plácidamente en mi cama solitaria. El brazo articuló un movimiento natural, como el ala del ave que vuela, tomándola de la cintura y acompañándola junto a mí mientras conversaba de una trivialidad tan naturalmente que no recuerdo cual fuera. Era el fin, la caída a un abismo. El brutal golpe, tan claro en mi mente, no me producía ninguna angustia ni desesperación. Estaba escrito, no sé dónde, ni en qué idioma, pero lo había leído. Un final fatídico quizá, inevitable seguro.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Entrada al Diccionario de Psicología

Fobia de Icaro: Miedo a acercarse al sol por miedo a que a uno se le derritan las alas y se pegue un batacazo.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Una Pica en Flandes


Los dos perros se movían inquietos por el piso. Marta se había quedado sola. Su pareja se había ido hacía ya dos semanas. No había manera de que hilara una frase que arrancara el texto y tampoco de dormir una noche completa y sin sobresaltos. Las fechas se le echaban encima y la maldita inspiración no llegaba. Fumaba y se estimulaba con sorbos de vino. Llovía, para colmo. La ciudad llevaba varios días bajo una capa triste de nubes que parecía imposible que no se hubiera deshecho ya en la lluvia que no paraba de caer.

Marta veía cómo el pintor flamenco, Van Theyck, era enviado por su mecenas a Portugal, a retratar a la que podría convertirse en su esposa. Lo veía, pero no podía escribirlo. Una angustia que le nacía desde el nudo que le ataba la boca del estómago la inmovilizaba frente al portátil. Los perros le daban una excusa para tener que bajar al parque y llevaba, en realidad sin ninguna esperanza, un pequeño block y un bolígrafo por si la inspiración le asaltaba. Ver a los perros correr la relajaba. Sabían que algo pasaba, Miguel ya no aparecía por el piso. Pero al bajar al parque los perros renacían. Marta le daba vueltas a la posibilidad de irse por las ramas. De Flandes a Lisboa el veterano pintor podía enredarse. Recorrer esa distancia en la Europa de 1400 sería una aventura. Lo haría con algunos de sus secretos a cuestas, como el polvo que mezclado con aceite le daba los tonos inimitables de sus carnaciones. Y con sus pinceles imprescindibles. Sometido a las preguntas de la gente ¿Quién sería ese tipo tan extraño, de lengua confusa y con un equipaje tan inusual? Su destino era Lisboa. Su objetivo era pintar dos cuadros encargados por el ilustre personaje que mantenía, con sus encargos, el taller. Uno de los cuadros, lisonjero y falso, debía ser pintado delante de la futura esposa. Ante ella tendría que pintar su idealización. Por la noche y en secreto, valiéndose de la memoria y de las velas, debía pintarla tal cual era. El verdadero retrato debía volver a Flandes con Van Theyck. El falso debía ser regalado a la novia.

Marta tenía en su cabeza los fundamentos de la historia, pero eso no bastaba. Sabía que había momentos mágicos en los que las palabras fluían, se encadenaban unas a otras y el texto se deslizaba con naturalidad hacia su final. Desde la marcha de Miguel no había tenido ni uno solo de esos momentos. La historia le bullía en la cabeza pero las manos estaban impedidas para escribirla. Sus dedos servían ahora para consumir un cigarrillo detrás de otro. El tiempo de la entrega, miércoles catorce, se acercaba y quedaba todo el trabajo por hacer.

Falú, que era de los dos “el perro de Miguel”, se estaba metiendo en líos con un gran danés que estaba a punto de perder la paciencia. Su dueño tenía problemas para sujetarlo. Marta apagó el cigarro y salió al rescate de Falú. Acabado el paseo, secó a los perros en el portal con una toalla vieja y subieron los tres.

El pintor era un sesentón ya, al que Dios había dado el don de saber mirar. Con los años había adquirido también la habilidad de escuchar, y la de callar. En la misma recepción en la casa de D. Joao, pudo percatarse del ambiente angustioso de la corte portuguesa. La infanta María y todos los demás miembros de la familia estaban sometidos a un padre tiránico y caprichoso. Marta ideaba todo esto pero no alcanzaba a describirlo. En el primer contacto del pintor con la infanta una cosa era evidente, no era bella, sin ser tampoco fea. Un retrato riguroso no podía disimular el tamaño excesivo de la nariz, un párpado notoriamente más caído que el otro y los pómulos demasiado salientes. Tenía un bonito cabello rubio y unos hombros perfectos. ¿Cón qué palabras escribir las escenas donde el padre se comportaba brutalmente? ¿Cómo revelar la inteligencia de María, su carácter? ¿Cómo contar que a pesar de la muralla de la lengua, la modelo y su pintor se habían hecho amigos y ella mostraba todo el interés por Flandes, por cómo son y cómo se comporta la gente del otro lado del mundo? Van Theyck no le ocultaba el esplendor de la corte que frecuentaba que Flandes, que nada tenía que ver con el que ella vivía en Lisboa. Al pintor le dolía el trato del padre a la hija, pero se contenía, observaba, y callaba.

Al fin, el retrato está terminado. El pintor lo muestra a D. Joao, que monta en cólera.

¿Pero cómo es posible?¿Qué ha hecho usted con lo que andaba pintando?¿Si hasta ayer estaba preciosa?
Por cuestiones de fidelidad, he hecho unos retoques esta mañana.
¿Unos retoques? ¡¿De dónde ha sacado esa nariz, por Dios?!
Ya no hay tiempo para más, debo irme.
¡Usted no se va! ¡Yo le echo!

Marta sonríe. El tiempo se despeja, estas ideas le han hecho gracia. Le queda todo un viaje de vuelta, de Portugal a Gante. No tiene tiempo de escribir. Se sirve una copa de vino. Le cambia la pila al MP3 y lo pone a grabar. No advierte que acaba de descorchar una de las botellas del vino de Miguel. Los perros, serenos, la miran cómo habla sola. Y las palabras fluyen hacia el final.

El pintor ha vuelto a la corte de su señor. Le muestra el retrato de la Infanta.

¡Es preciosa! ¿Y de carácter?- Le pregunta al pintor.
La imagen la tiene usted en el cuadro. En cuanto al carácter, no le mentiré si le digo que es la persona de trato más agradable que he conocido. Estuvo siempre muy interesada en usted y todo Flandes y ella misma me hizo consideraciones acerca del cuadro y del arte en general que no le había oído ni a mis colegas más expertos. Sabe de literatura, de música...Está al tanto de muchas cuestiones de reinos y reyes. Y por supuesto, si le interesa más lo práctico, tiene las caderas anchas y los pechos ricos de las mujeres que saben traer hijos sanos al mundo.
No me cuente más. ¡Qué belleza! Mañana mismo saldrá un emisario para Lisboa con poderes matrimoniales.

Marta se reía. Acababa de liberar a María de D. Joao. Buscaba a los perros para acariciarlos mientras caminaba por el apartamento, sujetando el MP3. Una duda le quedaba. ¿Qué sería de Van Theyck? Se preguntaba ¿ha dejado rastro en la historia un tal Van Theick? Pobrecito mío.