miércoles, 27 de octubre de 2010

Conservas Ojeda


Allí, por donde está ahora el Auditorio, estaba la fábrica de Ojeda. Mi padre llevaba un camión con el pescado para las latas. Y por allí vivíamos nosotros. La playa no era así. Ahora está todo más agobiante y parece que no hay sitio para nada. Antes, entre las casas y el mar, había más espacio para los niños. Había menos gente pero también las carreteras eran pocas y malas. Con decirte que el Corredera, que era de Telde, estuvo escondido trabajando en la fábrica donde mismo mi padre sin que nadie se enterara. Lo cogieron porque volvió a Telde si no...

Siete éramos en casa y yo gemela con mi hermana María. Yo era mala. No pasaba un día sin que le robara a mi padre una lata de atún. ¡Qué bonitas eran! ¡Ese color amarillo! Una vez conseguí un sombrero negro precioso. Yo era muy pequeña, ni me acuerdo la edad que tenía pero me pavoneaba con el sombrero delante de mis hermanos y mi hermano Juan quería quitármelo con un palo. Y yo corría y huía y me dejaba estar hasta que se acercaba y en una de estas el palo acertó pero la cabeza estaba debajo. Ésta sobre el ojo es la cicatriz que me dejó. Volvimos para la casa. Yo lloraba como una loca y seguía saliendo sangre y mi hermano estaba asustado como un conejo. Cuando mi padre llegó y se enteró, ¡para qué fue aquello! Cogió un palo y se fue a buscar a Juan. Mi madre me había mandado para la habitación y me desalé. Yo no sé por qué lloraba, si por la herida, si por mi hermano Juan, si por la cara de mi padre que daba miedo.

Mi padre no es que fuera malo pero tenía un carácter... No sé cómo explicártelo. Iba con el camión y lo aparcaba en el Parque Santa Catalina, lleno de pescado. Dejaba las puertas abiertas. Se iba caminando para Guanarteme y la gente ya sabía que tenía un rato bueno para coger pescado. Pero las cosas no eran como ahora que se hubieran llevado hasta el volante. Cada cual, toda gente del barrio, cogía lo que necesitaba para la casa. Había uno que le decían Juan “el Pequín” que le tenía inquina a mi padre por cosas de la guerra que ya estaban pasadas. “El Pequín” estaba pasando más hambre que el perro de un ciego pero se acercaba al camión y no cogía nada porque así era el coraje que le tenía a mi padre. Y se fue con el cuento a don Miguel para que echara a mi padre del trabajo. Don Miguel llamó a mi padre al despacho y dice mi padre que le preguntó chupando un purazo que le traían de La Palma:

-¿Pedro, ahora mismo dónde tienes el camión?
-Está en El Parque. Me vine andando para ir pasando por las tiendas cogiendo los pedidos -dijo mi padre.
-¿Lo dejaste abierto?
-La gente del barrio es toda buena -contestó mi padre.
-Toda no. Hay un tal Juan “el Pequín” que sé bien yo que es un cabrón. No dejes siempre abierto el camión. Pon tú que un par de veces por semana. Y vete con cuidado con ese “Pequín”. Anda para el camión que llevas media mañana perdida.

Mi padre decía que sólo una vez había entrado en el despacho de don Miguel y que sólo había hablado estas cuatro palabras porque a él las órdenes se las daba un encargado que se llamaba Celestino, pero que cuando dos hombres se hablan serio y mirándose a los ojos, con cuatro palabras es mejor que si se dijeran mil.

viernes, 15 de octubre de 2010

Primeros Tropiezos


Yo, de lo que primero me enamoré fue de una bicicleta. Por aquel entonces no me fijaba aún en las niñas. Es más, una mayor que yo me había dicho que me abriría la cabeza y revolvería lo de dentro con gofio para comérselo. No quiero con esto justificar los ataques de misoginia que todavía padezco de vez en cuando. No dejó trauma, me encanta el gofio. Pero mi primer amor no fue una chica sino una Torrot. Yo me ensimismaba en clase pensando que pronto volvería a mi casa a disfrutar de mi bicicleta. Era de un precioso color azul, creo que metalizado, aunque reflexiono ahora que en aquella época las pinturas metalizadas no eran frecuentes. Mi bici no era grande. Yo me distraía en clase: se estancaba mi ortografía, confundía el Sistema Bético con el Penibético, hacía trasvases cambiando afluentes de ríos que mezclé, y fui perdiendo puestos en la fila de mi curso hasta convertirme en el farolillo rojo. El miedo a la amenazadora regla era compensado por mi amor a mi bicicleta.

Sin embargo, yo crecía más rápido que ella, y pronto descubrí que estaba incómodo y que el manillar tenía una rosca que permitía alargarlo. Pero el tubo tenía un corte biselado que si se ajustaba muy al límite podía hacer que te quedaras con el manillar suelto entre las manos, como un imbécil. Jugaba hasta el extremo con aquella pieza. Amaba igual a mi bicicleta, no me importaba este defecto. Era un niño. ¿Qué significaba la palabra peligro?

Mis padres llevaron mi bicicleta y la de mi hermano a la casa del campo. Ellas nos dieron la libertad. Ibamos y veníamos por las carreteras de tierra. Llegamos más lejos de donde nunca habíamos llegado a pie. Nos unimos a bandas de otros niños que nos descubrieron un mundo cada vez más y más amplio. Mi bici respondía con algún que otro pinchazo. O se le salía la cadena. No me importaba. Quizá ya no pensara en ella cuando estaba en clase pero era mi compañera. Los frenos no respondían y no tenía contrapedal. La solución fue desgastar muchas suelas de zapato.

En los inviernos llovía, en aquellos inviernos de hace más de veinte años llovía mucho. Se formaban charcos, que en las carreteras de tierra, ahora asfaltadas, se volvían zanjas por el paso de los coches. El niño que fui pedaleaba con todas sus fuerzas cuesta arriba y se dejaba caer pendiente abajo sin pensar dónde acababan. Con la rueda metida en una zanja forcé el manillar y se salió. Giró loco. Mi bici se fue por su cuenta. Se despidió de mí en un momento inoportuno y cuesta abajo. La seguí amando, pero de otra manera.

jueves, 7 de octubre de 2010

Calumniótica

La poesía es una cosa calumniótica.
En cuanto te despistas te malretrata.
Te desamorfa y te deja a expensas de tus enemigos.
Luego te arrepientes.
Quisieras desmadejar el tiempo
hacia atrás hasta jamás haberlo dicho, pero ya nada se puede hacer.
Has quedado retratado en ámbar.
El ámbar color del tiempo pretérito: has quedado
atrapado como un insecto de otro tiempo.

No es infrecuente el dolor de tripa después de haber escrito un poema.
Mi médico de cabecera me pregunta cuando voy a su consulta con dolor de tripa:
“¿No habrá usted escrito un poema?¿Y ahora qué quiere?
A usted le dolerán las tripas y a los demás los oídos: Buscapina cada cinco horas y a esperar. Agárrese el lápiz. Tírelo a la basura.
Úselo sólo para la lista de la compra.”

Atesora una sabiduría transgeneracional este doctor jubilable pero no prescindible.
Acaba siempre mandándome a correr a la avenida,
por no mandarme a la mierda.

Sin que sirva de precedente

Soledades que se miran,
y no se tocan.
Está feo decirlo,
[dilo]
con desprecio.
No te esperan a ti.
Sino a un aladino de MTV.
[van listas]
Tú no eres mejor.
Cierto.
No soy mejor.
Ya ni espero.
Desespero.

martes, 5 de octubre de 2010

La amistad perdida


Perdí a un amigo. Está recluido en un territorio limitado y lejano. Hablamos por teléfono pero las tardes de invierno que pasamos juntos, las sobremesas del verano, los paseos de primavera...no volverán. Está preso de fuerzas mágicas y poderosas: la de sus miedos y sus manías. Por un lado, es tremendamente antifrancés. No admite pisar aquella tierra. La palabra gabacho lleva a su boca un sabor amargo, de hiel. No puede pronunciarla sin escupir. Por otro lado, no admite volar. Un miedo atroz le impide subirse a una avión, mucho menos a un helicóptero. Le hemos propuesto, sin éxito, el globo. Por último detesta la bebida o cualquier forma de anulación de la conciencia, o adormecimiento del cabal entendimiento. Sólo se emborrachó una vez, precisamente, aquella noche de excesos en la que acabó en Llivia, de donde no puede volver. Allí anda, aburrido de los ganados y los campos. Errabundo. Soñando urbes. Pastando sueños de avenidas bulliciosas. Echando cartas a amigos de antaño, entre los que me cuento, que más que saltar mares saltan siglos. Inquebrantable a sus miedos, amante de sus manías, orgulloso de sus prejuicios, y preso en Llivia.