domingo, 27 de junio de 2010

Despertar

Al alborear el día me desperté. La luz del sol había alcanzado la rendija abierta de la ventana y me había dado en plena cara. Boca reseca, olor a tabaco, ligero dolor de cabeza: me había vuelto a pasar con el vino, la cerveza y la cazalla. El peso que notaba sobre mi pecho era el del brazo cariñoso de una mujer dormida. No alcanzaba a ver su cara, que estaba vuelta hacia la pared, a medio tapar por una colcha de motivos abigarrados. Tenía tatuado un texto que pude reconocer como una cita del Martín Fierro:

"Para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol.

Nací como nace el peje,
En el fondo de la mar;
Naides me puede quitar
Aquello que Dios me dio:
Lo que al mundo truge yo
Del mundo lo he de llevar."

Las noches, cada vez más frecuentes, en las que me dejaba llevar por la bebida y las compañías las acababa despertando en un laberinto del que escapaba de mala manera, casi siempre poco airoso. Alguna vez, con el culo en riesgo. No quería despertarla. Busqué en los versos, inmóvil, cualquier matiz o pista que me permitiera averiguar detalles. Era del Sur. Tapé mis ojos con la almohada y disfruté la presión del brazo desconocido sobre mi pecho.

miércoles, 23 de junio de 2010

El Efecto Mariposa


El funcionario, a raíz del menoscabo de su salario en un cinco por ciento, había constatado que no podía cumplir con su mujer, ya de por sí siempre insatisfecha. Dudaba en emprender acciones legales contra la Administración, porque aunque el abogado le había dicho que el pleito se podía ganar y la indemnización ser considerable, temía no poder mantenerse en el anonimato y que su falta de vigor sexual se hiciera de dominio público. Ante la duda, que le carcomía en noches de insomnio junto a su insatisfecha mujer, decidió consultar a una vieja, una pitonisa que leía el porvenir en las rayas de las manos y en el fondo de los ojos. Su amigo Juan, al que confiaba todos sus secretos, se la había recomendado. Pero el funcionario no quería ser reconocido. Juan le dijo: lleva gafas de sol, que te lea sólo las manos y no el fondo de los ojos. Le pediremos prestado el perro lazarillo y el bastón a ese vendedor tan afable de mi esquina. Te harás pasar por ciego y sólo le daremos tu nombre de pila a la vieja. Lleva los 250 € y deja todo lo demás de mi mano.

La vieja era parsimoniosa en extremo. Después de recibir a los dos hombres y acomodarlos al otro lado de una mesa modesta, con un mantel de hule, un pequeño martillo parecido al de un juez y la figura desportillada de una virgen de escayola, se fue a la cocina de la que regresó al rato con una enorme cafetera y tres tazas. Después fue a buscar un azucarero de alpaca ante la desesperación del falso ciego y su amigo. El funcionario no paraba de estirar el cuello como una tortuga. Así creía que debía hacer un ciego en su situación. Por fin la vieja se sentó y pidió la mano del "paciente". El funcionario aprovechó para dispararla hacia la cara de la vieja que acertó atraparla en el aire y evitar lo que hubiera sido una especie de bofetón momio. Después de una hora de soportar el aliento imposible de la vieja ésta concluyó satisfecha que tenía una sola pero muy buena noticia que darle: en muy poco tiempo recuperaría la vista. El funcionario perdió los nervios y agarró la cafetera. En un segundo el octógono metálico había roto el cráneo de la vieja. Al despatarrarse al suelo sus arrugadas manos se aferraron al mantel y la virgen también cayó juntamente multiplicándose por mil. Los dos hombres y el perro quedaron perplejos. Sus vidas acababan de cambiar en un instante de perdición. El perro, un labrador impasible, miraba a los hombres como preguntando qué significado tenía todo aquello. La vieja estaba bien muerta. Limpiaron la cafetera repleta de huellas, y el mantel y la parte por donde habían asido las sillas. Cogieron el monedero que llevaba la vieja, lo abrieron y sacaron todo el dinero para simular un robo. Lo dejaron abierto y tirado en el suelo. Salieron de la casa procurando no ser vistos. Caminaron manzanas y manzanas, sudando, sin hablar, a un paso incierto, quizás sospechoso a ratos por demasiado rápido, quizás sospechoso por demasiado lento. Devolvieron el perro y el bastón al ciego, sin decir casi una palabra.

El funcionario impotente pasó toda la noche en el sillón. Enfrente estaba el teléfono, sobre una mesa camilla. Algo le decía que la desgracia daría su próximo paso por su hilo. Casi la podía ver moverse por la espiral del cordón. Amaneció. Era domingo y las horas pasaban lentas en el sillón. La mujer del funcionario entraba en la sala de vez en cuando a hacer algún reproche. El la despachaba con una mirada desquiciada y un exabrupto. Por fin sonó el teléfono a eso de las diez. Era Juan contándole que el vendedor ciego se había presentado en su casa para devolverle un martillo pequeño, como de juez, que el perro llevaba en el hocico cuando se lo devolvieron. El funcionario impotente y Juan se reunieron por la tarde en un parque a llorar con el martillo entre las manos.