miércoles, 16 de marzo de 2016

Hay días en que...

Resultado de imagen de picassoHay días en que se sabe
que por mucho que se insista
el cuerpo está
sólo para poemas.

Te arrastras al sofá.
Te tiras por allí.
Alargas una mano
fuera de la batimanta.

La mano alcanza un libro.
Los dedos apartan páginas.

Los ojos, de reojo,
por no forzar el cuello,
por cuidar las cervicales,
atisban unos versos,
vistos de través.

Lo que los ojos no alcanzan
a ver
la mente se lo inventa.
Com paginas
el arte de la lengua
[ la patria compartida,
que nos queda ]
con los protocolarios sistemas de símbolos consuetudinarios,
rutinarios,
espectrales,
malabares.

Sabemos de mala tinta que
son todo permutaciones,
producto del azar,
tomadas de tanto en tonto,
al tuntún,
al yoyós,
sin ton ni son.

Si sale algo que
te distraiga la modorra,
bien,
si no,
también.



martes, 8 de marzo de 2016

Morteruelo


Yo a mis amigos los trato un poco al trancazo, aunque no se lo merecen, ni yo a ellos. No es por mala fe, sino que no me enseñaron de pequeño a cuidar las amistades, y después de viejo no he querido aprender. Cosas también, supongo, de cómo se maneja la clase baja de la que vengo, por mucho que luego el sueldo que he alcanzado a cobrar me haya subido un poco, casi nada, pero algo, el status. Recuerdo que al llegar a la Universidad, donde empecé a mezclarme con gente de clase (social, se entiende) superior, me llamó mucho la atención ver que se distinguían unos de otros añadiendo al nombre el apellido. Mónica no era sólo Mónica, sino Mónica Jiménez, para distinguirla de otra que se apellidaba, Morales, por decir algo. En mi colegio éramos Jose o Manolo, y para distinguir, o para joder, Jose “el ojopulpo” o “el tripa”, todo lo más. No se sabía de donde venían los motes, pero cuajaban pronto porque eran certeras etiquetas, eso sí, clavadas con chinchetas hasta el tuétano del nominado.

Pero a lo que venía este texto, es a que, a pesar de mi franca incapacidad para hacer amistades, y mi nula dedicación a la conservación de las que no sé sabe cómo he hecho, tengo, de vez en cuando, el detalle de traer para algún amigo una lata o un libro, de los sitios a donde viajo. Trato que sean productos autóctonos, como libros escritos en lenguas vernáculas o latas que parezcan contener algo desconocido. Mi última importación es una lata de morteruelo, que no sé lo que es, ni quiero saberlo. De la misma manera que no pregunté cuando lo compré, no pienso mirarlo en internet, sino entregarlo y punto, porque lo que importa es el gesto. Ese gesto de alargar el brazo para dar lo que lleva uno en la mano. Y no pienso mirarlo, además, porque con la misma es la cosa más corriente del mundo y se consigue en el hiperdino de la esquina. Prefiero el misterio y el hermetismo, en este caso.