
Yo a
mis amigos los trato un poco al trancazo, aunque no se lo merecen, ni
yo a ellos. No es por mala fe, sino que no me enseñaron de pequeño
a cuidar las amistades, y después de viejo no he querido aprender.
Cosas también, supongo, de cómo se maneja la clase baja de la que
vengo, por mucho que luego el sueldo que he alcanzado a cobrar me
haya subido un poco, casi nada, pero algo, el
status. Recuerdo
que al llegar a la Universidad, donde empecé a mezclarme con gente
de clase (social, se entiende) superior, me llamó mucho la atención
ver que se distinguían unos de otros añadiendo al nombre el
apellido. Mónica no era sólo Mónica, sino Mónica Jiménez, para
distinguirla de otra que se apellidaba, Morales, por decir algo. En
mi colegio éramos Jose o Manolo, y para distinguir, o para joder,
Jose “el ojopulpo” o “el tripa”, todo lo más. No se sabía
de donde venían los motes, pero cuajaban pronto porque eran
certeras etiquetas, eso sí, clavadas con chinchetas hasta el tuétano
del nominado.
Pero
a lo que venía este texto, es a que, a pesar de mi franca
incapacidad para hacer amistades, y mi nula dedicación a la
conservación de las que no sé sabe cómo he hecho, tengo, de vez en
cuando, el detalle de traer para algún amigo una lata o un libro, de
los sitios a donde viajo. Trato que sean productos autóctonos, como
libros escritos en lenguas vernáculas o latas que parezcan contener
algo desconocido. Mi última importación es una lata de morteruelo,
que no sé lo que es, ni quiero saberlo. De la misma manera que no
pregunté cuando lo compré, no pienso mirarlo en internet, sino
entregarlo y punto, porque lo que importa es el gesto. Ese gesto de
alargar el brazo para dar lo que lleva uno en la mano. Y no pienso
mirarlo, además, porque con la misma es la cosa más corriente del
mundo y se consigue en el hiperdino de la esquina. Prefiero el
misterio y el hermetismo, en este caso.
2 comentarios:
Es una especie de paté, creo, pero a lo castellano, es decir, bruto, y no esa espumita amariconada que llama pâte en Francia.
Vaya...
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