domingo, 27 de diciembre de 2009

Tres Hermanos

Los dos hermanos esperaban sentados en un sofá de cuero para reunirse con el menor. Habían viajado desde Las Palmas a Madrid. Previamente, ambos se habían reunido en la antigua casa paterna, en Las Palmas, que no lograban vender debido a la crisis. Habían determinado que no quedaba otro remedio que pedirle ayuda a Miguel.
El lobo de la crisis había atacado primero a José. Su ferretería, cuyas principales ventas eran los materiales de construcción, había entrado en suspensión de pagos, y después de una corta agonía, había quebrado. Su patrimonio había cubierto escasamente dos terceras partes de las deudas. La sociedad limitada que formaba con su mujer y sus hijos ya no existía. En el barrio habían perdido su prestigio de antaño. No en vano, la plantilla de trabajadores, ahora en el paro, era en su mayoría también de El Batán. José, al caminar por el barrio, creía notar cómo le clavaban duras miradas en el cogote.
José y su familia pidieron ayuda a Antonio, que tenía una empresa de cultivos en invernadero.
-Ya te dije que lo seguro es el sector primario. Te ayudaré, tengo trabajo para ti y toda la familia. Acabo de meterme a construir 100.000 metros cuadrados más de invernaderos en Fuerteventura.
-Gracias, Antonio. Desde que quieras nos incorporamos.
-Eso sí, tendrán que vivir en Fuerteventura. Es allí donde les necesito. El alojamiento tendrá que correr de su cuenta porque ahora mismo el desembolso ha sido muy fuerte y las cuentas están un poco justas. Más adelante, cuando empiece la explotación, podemos hablar de nuevo el tema -justificó Antonio.
-Lo que sea, lo importante ahora es empezar con algo nuevo.
Pero la competencia en el sector hortofrutícola se volvió atroz. Las grandes plataformas de distribución atornillaron a los proveedores y pagaban con plazos enormes. Antonio empezó a pasarlo muy mal y acudió al banco en busca de ayuda. Eso acabó de hundirlo.
Así que ahora se veían en aquel sillón de cuero tan lujoso esperando a que Miguel, el hermano menor, los recibiera.
-De pequeños no fuimos muy buenos con él.
-Tampoco fuimos malos, simplemente era el menor y estaba muy mimado, alguien tenía que darle un poco de contrapunto -dijo Antonio
-Sí, pero ¿no nos pasamos burlándonos de él? -preguntó José.
-Pues claro, era tan fachento, saltando de empresa en empresa con esas ínfulas. ¿Te acuerdas de cuando lo catapultaron en el Banco Argea? Pues era todo humo. Por lo visto él obligó a los de abajo a emitir tropecientas tarjetas de crédito que nunca llegaron a manos de los clientes, se quedaron en los cajones de las oficinas. Cuando los grandes jefes se dieron cuenta a Miguel ya lo había fichado la Reptol por un pastizal. Todo eso me lo contó un amigo que trabajaba en el banco.
-Eso demuestra que tiene ingenio.
-Y un morro que se lo pisa...
-Siempre ha visto las cosas desde otra altura.
-Como que era el último de arriba de la litera, y a mí me tocaba la jodida colchoneta que metíamos de día debajo de tu cama !Así tengo la espalda hecha un moco! -resongó Antonio.
-¡Qué tiempos, joder, se me están viniendo a la memoria! -dijo José
-¡No chupamos leche en polvo, ni nada! Me acuerdo de ver a mamá batiéndola con agua en un caldero de aluminio.
-Y aceite Racsa para freír las papas- seguía recordando José.
-Y queso de plato y no había otro.
-Espero que Miguel se acuerde también de todo lo que pasamos juntos y nos eche una mano. Y no tenga muy en cuenta el asunto de la matrícula.
-Nosotros no podíamos ayudarle. Empezábamos a tener dinero. Tenía que buscarse la vida, como nos la buscamos nosotros -puntualizó Antonio.
-Y las cucarachas, ¿te acuerdas de las cucarachas?
-Yo era el que dormía a ras de suelo ¿Cómo no me voy a acordar? Todavía me salen en las pesadillas. Y el cricrí de cuando mordisqueaban el papel de las paredes -y Antonio hizo un gesto de asco, como si acabara de ver una. José dio un respingo al otro lado del sofá.
Los interrumpió una señorita rubia, educada y fría, que los invitó a seguirla. Los dos hermanos, hipnotizados por el movimiento de su trasero, no sabrían decir cuántos metros de pasillos recorrieron hasta llegar a un despacho enorme donde les esperaba su hermano detrás de una mesa monumental sobre la que no había un solo papel. Solamente un portátil y una especie de centralita telefónica.
Se levantó a saludarlos con una enorme sonrisa. Estaba perfecto, un poco más viejo, pero perfecto. Parecía recién salido de la peluquería y el traje impecable le quedaba como hecho exactamente a su medida.
No se abrazaron pero el apretón de manos fue vigoroso y cordial. Apenas estuvieron unos momentos en pie y se sentaron alrededor de una mesa redonda. Tenía un centro de flores que a Antonio y José les resultaba incómodo porque su hermano parecía camuflarse detrás de las hojas y las rosas, pero Miguel no hizo nada por apartarlo.
-Por lo visto están pasando algún problema económico... -empezó Miguel.
-Bueno, sí. A Antonio le va mal con la empresa y la mía tampoco va bien, la crisis en Canarias está golpeando muy duro -dijo José.
Antonio saltó al oír a José.
-Hay confianza, digo yo, vamos al grano. La empresa de José no es que lo esté pasando mal, es que ya no existe: quebró hace año y medio. Y la mía va camino de lo mismo si no le metemos una inyección de capital en la vena. Es un negocio con futuro, el clima es ideal para los invernaderos y el suelo barato en Fuerteventura, pero tenemos unos periodos de cobros y pagos que no se aguantan si no hay detrás una financiación fuerte -explicó Antonio con unos gestos contundentes sobre la mesa.
Miguel intervino, desde detrás de una espiga del centro de mesa.
-Entiendo que José está ahora empleado contigo -preguntó, y asintieron los dos con la cabeza-. Con lo cual ayudar a uno es ayudar a todos -y volvieron a asentir-Lo que pasa es que, ¿de cuánto estamos hablando?
-Un millón de euros, aunque puedo apañarme con 950.000 -dijo Antonio inmediatamente.
-¡Sopla! No es moco de pavo -contestó Miguel-. Evidentemente, yo personalmente no puedo, tendría que tener informes y llevarlos al consejo antes de irme, y ahí está la pega. Esto es alto secreto, aunque ya no importa, está todo decidido. Yo aquí no voy a durar mucho: dos o tres semanas y me voy -esto lo dijo inclinándose hacia adelante y con la voz más baja-. La empresa publicará en breve las cuentas y no van a ser buenas. Yo he ganado aquí un prestigio importante y me han tirado los tejos desde la competencia. Holanda. Me quieren para una multinacional holandesa. Y me voy -se estiró de nuevo hacia atrás.
-¡No sé cómo te las apañas! Te beneficias y te escapas justo antes del desastre. Llevas toda la vida así. José y yo estábamos recordando el cuento que nos contaba mamá de los tres cerditos, ¿te acuerdas? -preguntó Antonio-. Siempre reflexionamos sobre su enseñanza. Por eso yo elegí la agricultura y José la construcción.
Miguel no quería caer en sentimentalismos ni viejos recuerdos entre hermanos. Al fin y al cabo, sólo se habían acordado de él porque necesitaban su influencia o su dinero.
-Me acuerdo, aunque yo no soy de reflexionar, sino de actuar. Nunca supe muy bien qué enseñanza se sacaba de aquello. Yo escuchaba a mamá, sacando la cabeza desde el borde de mi litera y pensaba que al fin y al cabo, el cerdito de la casa de paja se lo había pasado muy bien porque había perdido poco tiempo haciendo la suya y al final se salvaba igual, refugiándose en la de su hermano. No sé. Yo no supe nunca qué conclusión sacar. Cuando mamá apagaba la luz y se iba yo me volvía para el techo y pensaba que fuera cual fuera la opción correcta, estaba claro que sería la de un cerdo.

viernes, 20 de noviembre de 2009

A la Mar fui a por Peces

La huella capital de la sequía que había asolado el valle era el Acorazado varado en el fondo del lago, sobre uno de sus costados, malherido. La tripulación, eximida de sus tareas por la Armada, que se encontraba en la ruina, había abandonado el barco y se había echado a las montañas en busca de oro. El capitán Goncálvez, sin embargo, permanecía en el acorazado, llevando una vida inclinada a babor. Había ideado métodos para cocinar y lavarse. Se iba adaptando al horizonte girado. Llamaba por la radio a su mujer todas las noches y mantenía conversaciones sobre la educación de los niños. Esperaban la lluvia. Si llovía, las montañas se volverían inhóspitas para la tripulación y las correntías llenarían el lago. El acorazado volvería a la vida. Toda su pesadez de acero se volvería levedad. Y aunque encerrado en un lago luciría de nuevo como buque insignia de la Armada de un país sin mar pero con tantas ganas de tenerlo y de navegar.

El Cuervo

A la entrada de la casa, lo primero que uno se encontraba, después del zaguán desnudo y la puerta de cristales era el jaulón de mimbre con el pájaro negro. La vieja era la única que lo llamaba por su nombre, Morraco, y la que se ocupaba diariamente de él. Todos los demás que vivían en la casa: la hija Luisa, su marido Juan y los nietos Andrés y Luis, lo llamaban el cuervo, aunque no lo era. Se trataba de una clase de loro, de gran tamaño, ojos oscuros y plumaje negro y brillante, a pesar de la edad. Andrés recordaba haberlo visto siempre en la casa, desde que él era pequeño, y ahora tenía quince años. La jaula del cuervo iniciaba la entrada a un salón enorme, siempre en penumbra, repleto de muebles antiguos y recuerdos. Había turbias fotos en blanco y negro de personas que se perdían en la memoria genealógica de la familia. Andrés no sabía realmente quiénes eran, pero intuía que la familia había sido grande y que el carácter de la vieja había dejado su rama en un otoño perpetuo, con sólo cuatro hojas: sus padres, su hermano y él mismo.
De los muebles del salón destacaba el sillón de orejas de la abuela, de color vino, con motas negras, dónde pasaba la mayor parte del día leyendo a duras penas, debido a la falta de luz, un librito religioso. Siempre el mismo.
Desde pequeños Andrés y Luis temían al pájaro. Cuando hacían algo que disgustaba a la abuela, ella los llevaba delante de la jaula y los obligaba a mirarlo a los ojos. Les decía que Morraco estaba enfadado por lo que habían hecho, y el animal, de una manera que Andrés pasado incluso el tiempo, no acertaba a comprender, comenzaba a aletear y chillar. Sólo paraba con un gesto de la abuela, que metía su índice reseco entre dos mimbres. El animal acercaba la cabeza sumisamente. Después la vieja encerraba con llave a los niños en sus cuartos un par de horas. Sólo entraba un poco de claridad por los postigos.
A estos castigos, los padres no tenían nada que decir. Luisa sintió pena por los niños alguna vez, pero nunca llegó a expresarlo. Juan, el padre, estaba ausente, incluso estando en la casa. Las horas libres que le dejaba su trabajo en la tienda de libros los empleaba en pasear solo por la ciudad. Andrés recordaba haberlo encontrado por la acera contraria, a la vuelta del colegio y simular que no se habían visto, o saludarse dándose un beso con la formalidad de dos conocidos. En casa, el padre se encerraba en su alcoba, con periódicos y libros, fatigando el tapizado de un sillón mucho más modesto que el de la vieja.
Andrés y Luis tenían la luz del sol en la azotea. Allí jugaban y tenían sus cosas. Luis tenía un carácter algo rebelde y a escondidas de la vieja le decía a Andrés cuánto odiaba al cuervo. No se atrevía a usar esa palabra para la vieja, pero intentaba que su hermano le confesara que él tampoco la soportaba. Andrés la respetaba demasiado. Cambiaba de tema cuando Luis hablaba de ella.
Una mañana, unos días antes de que Andrés cumpliera quince años, la abuela no se levantó a su hora. Se había puesto mala del estómago. A trancas y barrancas, llegaba al sillón y no tenía fuerzas suficientes para andar con su librito. Sólo una cosa seguía haciendo, dando de comer al pájaro, que también empezaba a parecer enfermo. Un médico del barrio aconsejó que la llevaran al hospital pero ella no quiso. Por fin, días más tarde una ambulancia se la llevó.
Luisa se ocupaba durante casi todo el día de su madre y también pasaba las noches con ella en el hospital. Andrés recordaba aquellos días como los más felices junto a su padre que, torpemente, preparaba la comida para los tres y se ocupaba de las otras tareas de la casa. Nunca lo había hecho y esto daba lugar a torpezas graciosas. Con el ajetreo nadie, excepto Luis, se acordaba del cuervo. Cada día estaba más apagado porque no le estaban dando de comer.
Luisa llegaba por las mañanas con las noticias: la abuela empeoraba cada día. Los médicos habían diagnosticado una enfermedad no demasiado grave, pero su viejo cuerpo no era capaz de aprovechar el tratamiento.

A la noche, mientras cenaban, Luis les recordó que desde la marcha de la abuela no le habían dado de comer al cuervo. Rieron juntos. Rieron cruel y mezquinamente, inclinados sobre los platos de fabada de lata. Parecía la sentencia al puto cuervo.
Pero Luisa se dio cuenta y le puso de nuevo sus semillas, ante el fastidio disimulado de los tres. Entonces, justo al día siguiente, Luisa llegó muy contenta del hospital contando que la abuela estaba mejorando.
Esa tarde los chicos se quedaron solos en casa. Juan estaba en el trabajo y Luisa en el hospital. Andrés bajó corriendo de la azotea cuando oyó los gritos desesperados del cuervo, estridentes, agudos, insoportables. Luis estaba luchando con el animal en medio del pasillo. Este aleteaba, le destrozaba la ropa a picotazos y le clavaba las garras donde podía. Hasta que por fin Luis le sujetó la cabeza con una mano y atenazó el cuerpo del pájaro con el otro brazo. Le giró la cabeza varias vueltas y el animal continuó unos segundos aleteando sin control, ya mudo. Los hermanos, asustados, sin decirse nada, recogieron el desorden. Había plumas negras por todas partes, algunas gotas de sangre en el suelo y varios adornos de loza destrozados por el piso. Andrés ayudó a su hermano a quitarse la camiseta rota y limpiarse las heridas de los picotazos.
Al rato sonó el teléfono gris. Los dos chicos se acercaron y Luis lo cogió. Al otro lado Luisa preguntó por papá. Le contestó que todavía no había llegado del trabajo. Luisa no pudo aguantar más y se echó a llorar. Luis agarró el teléfono con las dos manos, sin saber qué decir. Andrés pensó que ya nunca volvería a jugar con su hermano porque había dejado de ser un niño.

martes, 17 de noviembre de 2009

El Sombrero

Si la eminencia de un acontecimiento nos convence de la necesidad de otro, concluiremos que la compra de mi sombrero es un punto y aparte en el transcurso de mi vida, una señal, alta y clara, como la voz tronante de un profeta, como la llama en la noche fría, sin motivo, sin leña ni candela. Es, un enorme monstruo, que al principio se dibuja sólo entre la niebla y se torna al poco fiera dentada que nos aterroriza, que latiga el corazón al ritmo frenético del susto, de la adrenalina desatada. Que proclama un fin inevitable. La ruina de una vida.

Así, consciente de la severidad de un acto aparentemente trivial me dirigí a la sombrerería de Triana, con el paso suelto, la mirada adusta, el cuerpo tenso.

Me recibió un señor de avanzada edad a la puerta del comercio, que mantenía la misma fachada, decoración y aspecto que hace un siglo, y en perfecto estado de conservación. El señor, así encontrado, parecía esperarme como si algún desconocido informante le hubiera anunciado mi llegada, pues me llamó por mi nombre. Ante mi asombro dio una explicación vaga en la que mi padre, al parecer conocido suyo, servía de nexo entre ambos, el sombrerero y yo.

En el escaparate lucían varios tocados de diferentes estilos y materiales, unos de paja, otros de fieltro, lana incluso...sin embargo, en el interior sólo había un sombrero: el mío. Era de mi talla, del color que mejor me sentaba y del estilo un tanto dandy trasnochado que al parecer me convenía. Era, como digo, el único en la tienda y descansaba sobre una especie de perchero pequeño metálico, a su vez, encerrado bajo llave entre los cristales gruesos de una vitrina.

El señor sacó de su bolsillo la llave. Era dorada y demasiado grande para tan pequeña cerradura, sin embargo encajó exactamente y dejó el paso expedito de las arrugadas manos hacia el sombrero dichoso. Un olor a naftalina añeja se extendió por la tienda a la apertura de la vitrina. Me lo probé. Me quedaba francamente bien. Tanto recto como de medio lado. El señor, abusando quizá de mi confianza, se permitió el ir ladeándolo progresivamente. Me miraba al espejo y sorprendí una mirada de sus ojos directa a los míos. Un halo de homosexualidad que habíame pasado desapercibida al contacto directo quedó al descubierto, sin embargo, en el juego de los espejos.

Pedí la cuenta. Se acercó primero a quitarme el sombrero, supuse que para envolverlo. Me aparté espetando un "me lo llevo puesto". Insistió en retirar entonces una etiqueta interior que me había pasado desapercibida. Sus manos tiritantes mantuvieron una lucha con su propio pulso y el sombrero hasta retirar de su interior una pequeña nota manuscrita, más que una etiqueta, que un imperdible mantenía fija al interior de la copa. Me lo entregó de nuevo y me lo puse. Le pedí la cuenta. Se fue tras un mostrador de madera y cristal y garabateó números en unos papeles cuidadosamente dispuestos, que se apreciaba claramente que habían pertenecido a amplias resmas y habían sido cortados y ordenados con el esmero que el tiempo lento de la tienda le permitía. Me entregó la nota y 12 con 25 euros. Le pregunté si me daba la vuelta antes de cobrar. Me explicó que era un "precio al revés", como un antiprecio o un precio negativo, conjeturé.

Salí de la tienda, despidiéndome con toda la distancia y educación que me fue posible y sólo llegando al Parque San Telmo caí en la cuenta de que todas las cosas que me habían sucedido desde que vi la tienda hasta que salí de ella se salían de lo normal, tanto como mi actitud de aceptar los extraños hechos como naturales, quiero decir, que yo mismo había pertenecido a un mundo anormal durante minutos. Quien sabe si durante todas las horas desde que había concebido la idea terrible de comprarme un sombrero. Recuerdo que mi padre, aquel hombre frío, que en verdad nunca llegué a conocer, decía que "un hombre con sombrero siempre tiene razón, y además es más viril". Sin duda las chicas me miraban en mis nuevos andares por Triana. Cierto que un pedigüeño habitual intentó contarme su tragedia personal y lo despedí con un gesto de singular desprecio. Cierto que empezó a parecerme que me parecía, el sombrero, la capa protectora ante la caída de cualquier grave, ya fueran incluso piezas del firmamento. Cierto que empezó a parecerme que me parecía cada vez a mi padre o a alguna clase de poeta antiguo que paseara por Lisboa.

Vi a mi amiga. La luz de mi vida no me pareció más que una vela, romántica, en una habitación íntima. Ese sentimiento que la vergüenza a la vergüenza se resiste a llamar miedo, asiduo a mi corazón a su sola vista, me asombró por su ausencia. Me parecía leer un libro del revés, como el precio del sombrero, con la seguridad de conocer el final, el "terminó de imprimirse", el todo. Supe que era el fin, la desgracia. El corazón me latía despacio como si durmiera plácidamente en mi cama solitaria. El brazo articuló un movimiento natural, como el ala del ave que vuela, tomándola de la cintura y acompañándola junto a mí mientras conversaba de una trivialidad tan naturalmente que no recuerdo cual fuera. Era el fin, la caída a un abismo. El brutal golpe, tan claro en mi mente, no me producía ninguna angustia ni desesperación. Estaba escrito, no sé dónde, ni en qué idioma, pero lo había leído. Un final fatídico quizá, inevitable seguro.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Entrada al Diccionario de Psicología

Fobia de Icaro: Miedo a acercarse al sol por miedo a que a uno se le derritan las alas y se pegue un batacazo.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Una Pica en Flandes


Los dos perros se movían inquietos por el piso. Marta se había quedado sola. Su pareja se había ido hacía ya dos semanas. No había manera de que hilara una frase que arrancara el texto y tampoco de dormir una noche completa y sin sobresaltos. Las fechas se le echaban encima y la maldita inspiración no llegaba. Fumaba y se estimulaba con sorbos de vino. Llovía, para colmo. La ciudad llevaba varios días bajo una capa triste de nubes que parecía imposible que no se hubiera deshecho ya en la lluvia que no paraba de caer.

Marta veía cómo el pintor flamenco, Van Theyck, era enviado por su mecenas a Portugal, a retratar a la que podría convertirse en su esposa. Lo veía, pero no podía escribirlo. Una angustia que le nacía desde el nudo que le ataba la boca del estómago la inmovilizaba frente al portátil. Los perros le daban una excusa para tener que bajar al parque y llevaba, en realidad sin ninguna esperanza, un pequeño block y un bolígrafo por si la inspiración le asaltaba. Ver a los perros correr la relajaba. Sabían que algo pasaba, Miguel ya no aparecía por el piso. Pero al bajar al parque los perros renacían. Marta le daba vueltas a la posibilidad de irse por las ramas. De Flandes a Lisboa el veterano pintor podía enredarse. Recorrer esa distancia en la Europa de 1400 sería una aventura. Lo haría con algunos de sus secretos a cuestas, como el polvo que mezclado con aceite le daba los tonos inimitables de sus carnaciones. Y con sus pinceles imprescindibles. Sometido a las preguntas de la gente ¿Quién sería ese tipo tan extraño, de lengua confusa y con un equipaje tan inusual? Su destino era Lisboa. Su objetivo era pintar dos cuadros encargados por el ilustre personaje que mantenía, con sus encargos, el taller. Uno de los cuadros, lisonjero y falso, debía ser pintado delante de la futura esposa. Ante ella tendría que pintar su idealización. Por la noche y en secreto, valiéndose de la memoria y de las velas, debía pintarla tal cual era. El verdadero retrato debía volver a Flandes con Van Theyck. El falso debía ser regalado a la novia.

Marta tenía en su cabeza los fundamentos de la historia, pero eso no bastaba. Sabía que había momentos mágicos en los que las palabras fluían, se encadenaban unas a otras y el texto se deslizaba con naturalidad hacia su final. Desde la marcha de Miguel no había tenido ni uno solo de esos momentos. La historia le bullía en la cabeza pero las manos estaban impedidas para escribirla. Sus dedos servían ahora para consumir un cigarrillo detrás de otro. El tiempo de la entrega, miércoles catorce, se acercaba y quedaba todo el trabajo por hacer.

Falú, que era de los dos “el perro de Miguel”, se estaba metiendo en líos con un gran danés que estaba a punto de perder la paciencia. Su dueño tenía problemas para sujetarlo. Marta apagó el cigarro y salió al rescate de Falú. Acabado el paseo, secó a los perros en el portal con una toalla vieja y subieron los tres.

El pintor era un sesentón ya, al que Dios había dado el don de saber mirar. Con los años había adquirido también la habilidad de escuchar, y la de callar. En la misma recepción en la casa de D. Joao, pudo percatarse del ambiente angustioso de la corte portuguesa. La infanta María y todos los demás miembros de la familia estaban sometidos a un padre tiránico y caprichoso. Marta ideaba todo esto pero no alcanzaba a describirlo. En el primer contacto del pintor con la infanta una cosa era evidente, no era bella, sin ser tampoco fea. Un retrato riguroso no podía disimular el tamaño excesivo de la nariz, un párpado notoriamente más caído que el otro y los pómulos demasiado salientes. Tenía un bonito cabello rubio y unos hombros perfectos. ¿Cón qué palabras escribir las escenas donde el padre se comportaba brutalmente? ¿Cómo revelar la inteligencia de María, su carácter? ¿Cómo contar que a pesar de la muralla de la lengua, la modelo y su pintor se habían hecho amigos y ella mostraba todo el interés por Flandes, por cómo son y cómo se comporta la gente del otro lado del mundo? Van Theyck no le ocultaba el esplendor de la corte que frecuentaba que Flandes, que nada tenía que ver con el que ella vivía en Lisboa. Al pintor le dolía el trato del padre a la hija, pero se contenía, observaba, y callaba.

Al fin, el retrato está terminado. El pintor lo muestra a D. Joao, que monta en cólera.

¿Pero cómo es posible?¿Qué ha hecho usted con lo que andaba pintando?¿Si hasta ayer estaba preciosa?
Por cuestiones de fidelidad, he hecho unos retoques esta mañana.
¿Unos retoques? ¡¿De dónde ha sacado esa nariz, por Dios?!
Ya no hay tiempo para más, debo irme.
¡Usted no se va! ¡Yo le echo!

Marta sonríe. El tiempo se despeja, estas ideas le han hecho gracia. Le queda todo un viaje de vuelta, de Portugal a Gante. No tiene tiempo de escribir. Se sirve una copa de vino. Le cambia la pila al MP3 y lo pone a grabar. No advierte que acaba de descorchar una de las botellas del vino de Miguel. Los perros, serenos, la miran cómo habla sola. Y las palabras fluyen hacia el final.

El pintor ha vuelto a la corte de su señor. Le muestra el retrato de la Infanta.

¡Es preciosa! ¿Y de carácter?- Le pregunta al pintor.
La imagen la tiene usted en el cuadro. En cuanto al carácter, no le mentiré si le digo que es la persona de trato más agradable que he conocido. Estuvo siempre muy interesada en usted y todo Flandes y ella misma me hizo consideraciones acerca del cuadro y del arte en general que no le había oído ni a mis colegas más expertos. Sabe de literatura, de música...Está al tanto de muchas cuestiones de reinos y reyes. Y por supuesto, si le interesa más lo práctico, tiene las caderas anchas y los pechos ricos de las mujeres que saben traer hijos sanos al mundo.
No me cuente más. ¡Qué belleza! Mañana mismo saldrá un emisario para Lisboa con poderes matrimoniales.

Marta se reía. Acababa de liberar a María de D. Joao. Buscaba a los perros para acariciarlos mientras caminaba por el apartamento, sujetando el MP3. Una duda le quedaba. ¿Qué sería de Van Theyck? Se preguntaba ¿ha dejado rastro en la historia un tal Van Theick? Pobrecito mío.

sábado, 24 de octubre de 2009

Conmigo a Cuestas

A quien más quiero, más abandono durante días. Así es mi inconstancia. Me marcho, para volver. Pero quien me espera se cansa. Y ese cansancio se va volviendo amargura. No puedo evitar dispersarme y huir. Huir de la pintura en busca de literatura, y de la literatura en busca de pintura. De tu compañía en busca de la de mis amigos, o de la de mis amigos y la tuya en busca de soledad. Y después dejo sola a la soledad, mi amiga, y empiezo un paseo de dos semanas, en una provincia distinta del mismo país. En el centro de todas esas espirales que parecen caminos está ese yo que ya me harta, que quisiera cambiar por ti. Y no hay manera. Si hay una cara de la que estoy cansado, es la mía. Si una cara no me cansa, es la tuya. Y aún así huyo, con mi máscara a cuestas, siempre.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Otra Vez

Muchos postulan que la literatura nace de las brechas que va sufriendo el alma. Los felices no escriben. Ven fútbol en el sofá, salen a pasear el perro, hacen el amor a sus mujeres o leen a un infeliz.

En la víspera de este insomnio descubrí “El Miedo” de Gabriel Chevallier y he pasado una noche tan cerca y sin poder tocarla, y ahora estoy escribiendo. Dos buenos argumentos a favor de la teoría. Tengo un nudo en el estómago y ganas de llorar. Sigo sin sueño y ya son las siete. Esto pinta mal, otra vez.

sábado, 22 de agosto de 2009

Ivánich, de Ivánich (con crítica inclusive)

El texto tiene su gracia, pero adolece de profundos defectos. Su gran virtud es que puede ser
leído de un tirón, con fluidez, que las palabras no se "pegan unas con otras", como pasa con otros
autores.


Desde los primeros párrafos del "Ivánich", de Ivánich, se aprecia el fluir de dos líneas narrativas paralelas y premonitoriamente disjuntas. La proliferación de fricativas en una línea y labiales en la otra nos hace intuir desde un principio que ambas permanecerán ajenas a lo largo de la novela, es decir, la emoción de Ivánich nunca topará, de bruces, en un callejón oscuro, con la conciencia de sí, con lo puramente racional, con el papel que interpreta en un pueblo tan acartonado como Longbright.



El tono inicial es formal e interesante. Promete una gran lectura. Al parecer nos encontramos ante metaliteratura, es decir, que Juan Rodríguez se dispone a escribirnos acerca de la obra "Ivánich" escrita por Ivánich. Por otro lado no creo que Juan sepa
exactamente qué significa "fricativo" o "labial" pero ambas palabras quedan muy bien insertas en el texto.

Pronto veremos que este papel que dice representar Ivánich en el pueblo no se describe, no se aprecia, no existe. Ivánich es un personaje sin vida social por lo que este comentario será irrelevante.
De este primer párrafo parece desprenderse la vitalidad de un personaje (Ivánich) que resulta luego soso y mórbido. Además ¿ de dónde cuernos saca el autor el nombre ? El pueblo parece inglés (luego se corroborará) y sin embargo el nombre del protagonista
parece más propio de un novelón decimonónico ruso.

La esperanza se llamará Esperanza Roth. Aparece en el capítulo dedicado al desembarco de los vikingos en Londres y supone la luz de una bengala en el cielo oscuro. La vida de Ivánich se consumía entre la...


Esto del desembarco de los vikingos en Londres, del que no habrá ninguna otra referencia es un patinazo ,¿o quizá un golpe de imaginación al estilo Gonzalo Torrente ? No se sabe.

...bilioteca municipal, donde se obstinaba en componer un libro sobre unos legajos que los ratones devoraban cada noche, y la sucia esclavitud a que le sometía su madre, falsamente enferma. Un personaje enmohecido cuyo rasgo descriptivo más escalofriante son sus dientes, "gastados y amarillos, como los de una vieja rata".


Esto nos gusta.


Ivánich encuentra a Esperanza en un paso de peatones en la Avenida Queens y al mirarla no puede dejar de darse cuenta de que es la mujer a la que amará hasta el fin de sus días. Sin...


Otra frase tremenda que luego quedará sin desarrollo, sin vida.

...embargo, prosigue la marcha, como si confiara en que una fuerza del destino los una de nuevo en algún lugar del afectado pueblo. En algún rincón, quizá arbolado, quizá tranquilo, seguro que distante de las miradas de los vecinos insidiosos de Longbright.


La fortuna los vuelve a unir en la biblioteca. No deja de recordarnos ésta los sombríos edificios kafkianos. Parece una Catedral infinita dedicada a la tristeza y la oscuridad. La pareja debe mantener en tono muy bajo la conversación. Sabemos que, más ocultar al tétrico edifio la alegría que empieza a nacer en sus corazones, que por evitar molestias a los escasos lectores.

Una bibliotecaria rígida, que sostiene un moño gris en la cima de su altanería, se manteniene secretamente atenta a sus conversaciones y acabará visitando a la madre de
Ivánich. Le cuenta que su hijo está entablando relaciones con la hija del comerciante judío Saul Roth. En Longbriht, Saul Roth era detestado. Falsos rumores lo relacionaban con oscuros negocios con armas.




Esto no pega mucho. Por muy mala fama que tuviera el tal Saul Roth la familia Ivánich es de clase baja. Cualquier relación con una familia rica, ya fuera judía o de mala fama, parecería necesariamente bien vista por la bruja que era la madre de Ivánich.


Rumores veraces lo confirmaban como un fenomenal avaro tan rígido que mantenía a su familia
viviendo sin necesidad en una austeridad moral y económica insoportable. Su perfil pasaba cada mañana bajo un bombín muy "gentleman" y un paragüas negro hacia la dirección del "Daily Long". Un periodicucho apenas compuesto por cuatro hojas que tintaban las manos como un calamar y que no era suficiente para sacudirle los sambenitos que el pueblo le colgaba a Saul Roth.

Se rumoreaba que en los inicios de su negocio de ultramarinos en la calle `Baker´s había
envenenado a un comerciante que le hacía la competencia y que era, además, medio pariente suyo. Las sombras, todas las sombras que las lenguas de Longbright podían inventar, le cubrían.

La madre de Ivánich comienza una terrible lucha.



Y se queda ahí, no sabemos qué terrible lucha será esa, entre otras cosas porque la historia se desarrolla como un meteoro sin que le dé tiempo a esta mujer a pinchar ni cortar mucho.

La felicidad de su hijo, un estado que él mismo se da cuenta que muestra con miedo ante su madre y que inconcientemente trata de ocultar, le irrita. Sólo ella puede ser amada por su pequeño Ivanich, su gran Ivánich, el preso Ivánich. El joven cae en la cuenta de cuán dormido estuvo su ser. De cuán ahogado su corazón, de cuán anquilosadas sus alas. Intentará
desplegarlas en un gesto a la vez fiero y tierno.


Esto queda muy bien pero no sabemos cuál es el gesto fiero y tierno. ¿LLevar a Esperanza a un
tugurio? ¿El duelo con el padre, que nace de la pura casualidad?

Desatiende a su madre en la tarde de los difuntos y se reúne con Esperanza en el Mesón de los Pedros, una tabernucha portuaria, a la que llegarán ambos embozados. Se reconocerán porque ella llevará una pluma azul en su sombrero negro de ancha ala y él otra amarilla. El atuendo de los enamorados, lejos de hacerlos pasar desapercibidos, provoca las burlas de marineros borrachos.

Estos, entrechocan sus jarras celebrando los comentarios jocosos sobre ambos jóvenes que, cogiéndose de las manos, se sumen en una conversación íntima en el más oscuro rincón del
antro. Prostitutas chillonas y soeces completan un cuadro arquetípico de las bajuras de Longbright.



Todo esto de los atuendos, los embozos, etc. es ridículo. Estas rupturas con disparates al estilo Eduardo Mendoza sólo están reservadas a los verdaderos literatos. A Juan Rguez. le quedan holgadas.


Quiere la fortuna que en ese momento entre en el local el mismísmo Saul Roth, tratando de ocultarse gracias a una gabardina marrón y un cojín que abulta su tripa.


¡ Esto es ya de libreto de opereta !

Va en busca de una prostituta con la que pasar unas sucias horas en la pensión "El Tulipán Rojo", apenas a unos metros. Su hija lo reconoce y se lleva las manos a la cabeza, e intenta salir del local. El ritmo sinuoso de sus curvas es seguido lujuriosamente por los marineros y su propio padre, que no la reconoce. Entonces, Ivánich, que seguía a la joven, indignado, se da a conocer. El padre de la joven ya estaba en antecedentes con respecto a la relación se su hija y la desaprobaba por simple descompensación de clases.



Falta desarrollo. Evidentemente el autor, que hasta el momento no nos había informado que ambos personajes se conocían, los quiere echar a pelear como sea, pegue o no pegue.

-¡¿ A estos sitios traes a mi hija, puerco ?!

La discusión alza el tono y acaban retándose a duelo para el día siguiente.

Aunque ustedes no lo sepan y yo no lo tenga muy claro, la historia se desarrolla en la Inglaterra de finales
del siglo XX por lo que el duelo resulta marcadamente anacrónico.



¡El remate!. Juan Rguez. se revela como autor omnisciente. ¿Dónde queda el Ivánich autor
del primer párrafo? Ni se sabe. Ni lo podemos saber. Ni lo sabrá Juan Rguez. El texto ha roto aguas en una parida sin control.

Esperanza se deshace en sollozos. Su padre y su Ivánich quedarán definitivamente enfrentados.


Una frase resultona pero sin fuelle.

El Mesón de los Pedros se convierte en el teatro donde se escenifica el penúltimo acto de un encuentro fatal.


Otra frase resultona.


A la mañana siguiente, sin que los ruegos de la joven sean atendidos a pesar de las amenazas de suicidio...


"ruegos","sollozos", otra vez nos han metido en la máquina del tiempo.

...los rivales se dan cita en el parque municipal, entre el rocódromo y la Fuente de Los Patos.

La madre de Ivánich ha sido enterada de la fatal cita y sus brazos, en verdad enérgicos, son capaces de impulsar la silla de ruedas por medio pueblo hasta el parque. Al fin, se pone en pie, olvidando su papel, y se oculta tras la corteza gris y lisa de un plátano.


Los jardineros municipales no se explican el aspecto enlutado de dos paseantes a una hora
tan temprana. El padrino es Zacarías Mulh, que abre la caja. Dos trementos y relucientes pistolones dorados no parecen enviados de la muerte, sino las piezas ilustres de un coleccionista de antigüedades.

- ¿ Cómo coño va esto, Zacarías ?- Gruñe Saul Roth.

Ivánich permanece atento pues también desconoce el uso del arma.

-Deben juntarse espalda con espalda. Andar desde el momento que yo les indique cuarenta pasos y darse la vuelta. Una vez que queden enfrentados deben tirar para atrás de esta palanquita que es el seguro y apuntar. Puede tirar cualquiera primero.
El que antes se sienta seguro de acertar, el que antes quiera hacerlo...

-Es jodidamente sencillo el reglamento de esta mierda...


-Ambas pistolas son iguales y están cargadas exactamente con la misma munición. Debe elegir
primero el señor Ivánich, puesto que las armas las hemos traído nosotros y puede examinarla
durante unos minutos si lo desea. Incluso puede probarla, pero por discreción y economía de tiempo le ruego que no lo haga.

- Escojo esta misma .- E Ivánich cogió una de ellas que en verdad parecía idéntica a la otra.

- Pues a mi me toca ésta. Sí que pesa este armatoste.

Una vez de espaldas se aprecia el ritmo acelerado de la respiración de Ivánich y la lenta respiración de Saul Roth. Zacarías ordena la salida e Ivanich acaba sus cuarenta pasos antes que Saul Roth, que marca unos pasos más lentos, y quizá más largos y medidos.

Ambos sostienen las pesadas armas sin dispararlas.




Toda esta escena no tiene ni gracia ni deja de tenerla, ni aporta gran cosa, excepto
la ganancia en simpatía hacia el gruñón Saul y el desinterés por el soso Ivánich.

Y no seguimos comentando. El desenlace es convencional y hay más rupturas y desatinos como la relación entre los amante, rota por la cárcel y...¡un surfero australiano! cuando el principio en la avenida Queens prometía pasión eterna.


En fin. Necesita mejorar.

Salvador Opusculate
Crítico y Prohombre de las Letras.


Saul Roth cierra un ojo y saca la lengua en un gesto de concentración. La mirada de Ivánich refleja susto y horror. Teme perder su vida miserable ahora que parecía tomar otra derrota. Saúl Roth no piensa siquiera en la muerte, no se le ocurre que pueda fallar aunque no empuña un arma desde hace más de veinte años.

-¡Dispara ya, cebollino, que se me cansa el brazo!

El joven dispara. Un "tlasss" seco, como una vara que golpea el piso, se pierde enseguida en el parque. Apenas un poco de humo aparece en el cañón de la pistola y el bombín de Roth sale volando perforado por el tiro.

La sorpresa deja congelado a Roth dos segundos, los suficientes para darse cuenta de que su cabeza sigue intacta. La risa, una risa de loco, se le viene a la boca. Ivánich comienza a correr.

-¡No corras, hijo de puta! ¡Estáte como un hombre!

Fatídicamente, la carrera de Ivánich se acerca a Zacarías que cae como un saco tras ser atravesado por la bala. Sus piernas se pliegan como las de un pelele, ni siquiera se pudo
apreciar un último gesto vital. La madre de Ivánich echa a correr con el deseo de atrapar a su hijo y pegarle por cobarde, " por basura." El sorprendido Ivánich se ve así entre las carreras de ambos viejos.

Los jardineros municipales enseguida llaman a la policía que aparece en escena entre silbidos. Sin embargo, ambos rivales logran huir, tanto uno del otro como de sus comunes perseguidores.

Saul Roth, obligado por el crimen cometido abandona la ciudad llevando consigo la llave de su caja de caudales. Su familia vivirá en la miseria. Pasarían años intentando localizar la caja fuerte en la gigantesca nave industrial de Roth sin ningún éxito.

Ivánich, fue condenado a cuatro años de cárcel por responsabilidad en la muerte de Zacarías. A la salida, Esperanza no quiso saber nada de él. Andaba en amores con un surfero australiano de apellido O,neil.

Zacarías fue enterrado en el panteón de su familia. Los revólveres dorados fueron puestos por la viuda sobre su pecho y robados por el sepulturero la misma noche en que Zacarías empezaba a ponerse verde justo a la altura de la boca del estómago.

La madre de Ivánich se compró un piso en Málaga, y fue, como tantos jubilados británicos, un cuero al sol, macilento y triste. Su ponzoña nunca se secó. La acompañó hasta el fin de sus días.

miércoles, 19 de agosto de 2009

"Uma Rapariga Loura"

Un desconocido me entregó un libro en la guagua. Lo recogí con el mismo silencio que me lo dio, como si hubiera sido el acto más natural del mundo. El hombre se bajó en la siguiente parada y yo me quedé con aquel libro entre las manos. Era viejo y olía ligeramente a orín. El título y el nombre del autor eran las únicas inscripciones en la cubierta , repetidas en el lomo: “Las Respuestas de Salomón” de Gustav Mholl.

Sin abrirlo lo introduje en la bolsa donde llevaba algunas compras y me quedé observando la ciudad bajo la luz filtrada por la panza de burro pensando cuáles podrían ser las preguntas que soñó Gustav Mholl que podría haber contestado Salomón. Me preguntaba todo esto sin ceder el asiento a las ancianas, concentradísimo en las cosas de Salomón y especulando con Gustav Mholl, un escritor del que lo único que sabía era que había escrito un libro, ahora antiguo, con olor a orín, del que existía al menos un ejemplar que yo llevaba en una bolsa junto a una camiseta de Zara y unos calzoncillos de pata ancha.

En la siguiente parada subió una chica rubia y solitaria que me hizo perder la concentración. Tenía el pelo finísimo y mantenía un gran silencio. Sus movimientos eran muy discretos pero resultaba imposible abstraerse a su presencia. Me dediqué entonces a pensar en si a la misteriosa chica le podrían interesar las respuestas de Salomón según Mholl. Metí la mano en la bolsa resuelto a acabar con el misterio y hojear el libro pero la mano dio con el calzoncillo. Quise creer que una fuerza superior había cruzado al hombre con el libro, en la guagua, conmigo y con la chica. Esa misma fuerza me impedía acceder al libro y desvelarlo, de momento. Me sometí al destino y saqué los calzoncillos de la bolsa. Me dediqué a examinarlo en todos sus detalles. Tres enormes etiquetas contenían extensos textos en varias lenguas. Estaba hecho de nailon y algodón. Una señora junto a mí me observaba. Me giré hacia la ventana ocultando los textos de las etiquetas a su indiscreta mirada. Me percaté del error con la talla. Eran pequeños y no los podía devolver. Las respuestas de Salomón acababan de quedar en nada frente al hecho incontrovertible de que acababa de perder 12€. El calzoncillo era inútil. Lo metí en la bolsa y me dedique a observar lo más inadvertidamente posible a la chica rubia. Ella era el libro, todo lo que mi imaginación podía pensar que Mholl podía haber puesto en boca de Salomón era paralelo a todas las virtudes que podía inventarme para aquella chica rubia con la única necesidad de que siguiera quieta y no dijera absolutamente nada. Un movimiento en falso, una llamada a su móvil podía borrarlo todo de un plumazo.

Se acercaba mi parada y metí de nuevo la mano en la bolsa en busca de las resoluciones del destino. Mis dedos tocaron el libro. Lo saqué, me abrí paso entre la gente y mientras me acercaba a la puerta le extendí el libro a la chica, ofreciéndoselo. Lo rechazó con un movimiento de la mano. En las grandes ciudades, estos gestos nunca pueden ser interpretados como hechos de buena fe, menos aún por una chica así.

Las respuestas de Salomón pasaron sin pena ni gloria por medio de una ciudad de trescientos mil habitantes, mezcladas con calzoncillos de pata ancha y vapores de humanidad encerrada en una guagua.

El libro continúa en un estante alto de mi librería. De vez en cuando me acuerdo de él y lo miro desde abajo, empequeñecido y temeroso de las palabras de Salomón.

miércoles, 22 de julio de 2009

Sin Palabras

De vez en cuando me invento alguna palabra. Normalmente una componenda de semas bien conocidos con lo que la palabra en cuestión resulta totalmente inteligible aunque acabada de nacer. Esto me regocijaba. Sospechaba que incluso esa palabra pudiera existir aunque yo no la conociera. Después de consultar el diccionario comprobaba que no existía: la acababa de crear. Esta afinidad entre mi lengua (esa que uso para expresarme y para lamer helados) y mi yo intelectual, como digo, me regocijaba y me sigue regocijando.

La palabra así nacida tiene incluso etimología y todo esto me parece un gran mérito, sin embargo, todo ha cambiado al darme cuenta de que por amplísima que sea la combinatoria de letras, el mérito está en encontrar palabras que no tengan pasado, que no suenen a nada, que se presenten libres del peso de la historia. Estas palabras imposibles se escriben de la mano de Cortázar, gran inventor de palabras huecas. También son generadas por los verificadores de palabras de las páginas de internet, ese artilugio tremendo que trata de averiguar nuestra humanidad en la manera en que somos capaces de leer un texto torcido y estirado, de letras garrapiñadas.

Pero es que el proceso es diferente, porque a algo que quiero expresar yo le busco una palabra, sin embargo, Cortázar busca el vacío por el vacío, por la palabra en sí misma. Casi creo que le hubiera molestado que tuvieran algún significado. Y de todo esto se puede concluir que todo es ,y esto mismo, un precipicio fatal hacia la pérdida del tiempo y el fin de todas las cosas.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El Viaje a la Montaña de Oro, de Alvaro Cunqueiro


Un cuento delicioso con redacción de Alvaro Cunqueiro que reproduzco tal cual.



"En un cuento de Teodoro Storm, unos hombres que están trabajando en un dique, junto al mar, tie­nen que refugiarse, por culpa de la lluvia, en el in­terior de un molino de viento. Allí, en un montón de sacos vacíos, está durmiendo un desconocido, en­vuelto en una gran capa negra. Es un anciano de her­mosa barba blanca. En la palma de su mano derecha tiene, acurrucado, un breve pájaro de alas verdes y pecho rojizo. A los pies del anciano hay una pequeña jaula de mimbre, que algún día estuvo pintada de amarillo -como suelen, dice Storm, en las aldeas po­meranas, para darles a los pájaros la ilusión del sol en los oscuros días invernales-, que debe ser la clau­sura del avecilla. El ruido que hacen en las losas los zuecos de los trabajadores del dique, despiertan al anciano. Se levanta del lecho de fortuna y hace una pequeña reverencia a los que entran. Es un hombre muy alto, y tiene ojos extraordinariamente azules que brillan en la penumbra del interior del molino. El pajarillo ha volado de su mano y busca en los en­tresijos de las losas del suelo algunos granos de trigo. Los que entran dan los buenos días.


-¿Eres del país? -pregunta uno de ellos al anciano.
-No, estoy de paso.
-¿A dónde te diriges?
-A una ciudad cuyo nombre no os puedo decir.
-¿Una ciudad prohibida como la que está escondida en los montes de Bohemia?
-No. Es una ciudad a la que solamente podré llegar si no digo a nadie su nombre. Me cuesta mucho trabajo callarlo. A veces necesito acercarme a al­guien, yendo de camino, pasarle el brazo por encima del hombro, y decirle a dónde voy. Pero no puedo. Perdería sesenta años de viaje al sol, bajo la lluvia, a través de la nieve…


El anciano silbó al pájaro, y éste abandonó la bús­queda de su desayuno y se vino a la jaula. El anciano. se envolvió en la capa, se cubrió con sombrero de lona de ancha ala, requirió el herrado bastón, y con la jaula en la mano izquierda salió al camino bor­deado de abedules, que iba al pie del dique antiguo, que se llamaba del Duque Pablo, y nadie sabía por qué, que nunca había habido un duque de Pablo en el país, y el dique lo habían construido los pobres campesinos y unos monjes que decían habían vivido allí, en lo que ahora eran unas ruinas cubiertas de hiedra, en la colina de las hayas. Llovía recio y ven­taba, pero el viejo caminaba decidido y seguro.


Pasaron años. También pasaron años desde que leí el relato de Storm, y ahora para contárselo a us­tedes tengo que rehacerlo en la memoria, reinven­tarlo casi, que muchos puntos se me han olvidado. Menos la lluvia, el camino de los abedules junto al dique viejo, los ojos azules del anciano y la jaula pin­tada de amarillo, se me ha olvidado casi todo. Pero recuerdo el final. Uno de los hombres que aquella lejana mañana habían trabajado en el dique, fue al mercado a una rica ciudad vecina. Digamos que Lübeck. También podía ser Tilsit. Pero creo que era Ltübeck. Entró en una taberna y pidió una de las fa­mosas sopas hanseáticas, que vino perfumada y humeante, una sopa de nueces con conejo, por ejem­plo, o de rabo de buey con cebolla y nata. Por entre las mesas de la taberna circulaba una mujer que ven­día estampas coloreadas: paisajes, palacios, escenas de caza, veleros en el mar, batallas de Federico el Grande o la derrota gala de Sedán, la proclamación del Imperio Alemán en Versalles y unos niños de bu­cles dorados jugando con un perro. El hombre con­templó las estampas y quedó sorprendido al reco­nocer en una al anciano de ojos azules y el pájaro en la jaula de aquella mañana en el molino. El anciano que viajaba hacia una ciudad cuyo nombre no podía decir. Era el mismo. El obrero del dique no sabía leer y le pidió a la vendedora que le leyese el texto que venía al pie del grabado. La vendedora leyó: «Re­trato del hombre que viaja hacia la Montaña de Oro, con el alma de su hija en forma de pájaro. Como es sabido, la Montaña de Oro no existe, aunque haya varias con este nombre en Alemania».


El obrero del dique compró la estampa, pero no pudo continuar sorbiendo la sopa. Se le había puesto un nudo en la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas recordando al anciano, que seguiría cami­nando hacia morir, buscando la ciudad que no exis­tía. Sin tomar la sopa salió de la taberna, abandonó presurosamente la ciudad, con la estampa enrollada en la mano, dispuesto a caminar hasta encontrar al anciano para decirle que regresase, que no había tal Montaña de Oro. Nunca más se supo de este hombre compasivo, y se ignora si habrá encontrado al an­ciano de los ojos azules y el pájaro de alas verdes y pecho colorado. "

Alvaro Cunqueiro, publicado en "El Envés", recopilado en "Tesoros y otras Magias", Tusquets,Barcelona, 1996.

martes, 26 de mayo de 2009

Hijo de Mondoñedo


"Lo propio de un escritor es contar claro, seguido y bien. Contar para la totalidad humana, que él por su parte tiene la obligación de alimentar con nuevas miradas. Y si algo hay que esté claro en esta dieta, es que el hombre precisa, en primer lugar, como quien bebe agua, beber sueños"

Alvaro Cunqueiro

jueves, 14 de mayo de 2009

Mito Piel Leduc

Piel Leduc fue el hermano negro de Piel Divina, un poeta homosexual que vivió en México mientras vivió Roberto Bolaño. Ambos (Piel Divina y Roberto Bolaño) murieron el mismo día, después de pasar un poco de frío en Barcelona. Cataluña no es México, ni México Cataluña.

El caso es un misterio de la obstetricia. ¿Cómo pueden dos hermanos gemelos nacer de diferente raza? En cualquier caso, Piel Divina se dedicó a la lírica contumaz y Piel Leduc a la prosa nebulosa,que ni es prosa ni otra cosa (¡hip!, me perdonan el hipo). Escribió "Crítica a Tácito", un volumen hermético, cuyo mensaje los críticos aún no han logrado descifrar, pero que viene envuelto en un aparato literario tan fastuoso que ha mantenido el interés y prolongado el esfuerzo.

El propio Piel Leduc podría haber contribuido al misterio muriéndose, pero ha preferido seguir vivo, escribiendo otras textos que en comparación parecen banales, y sosteniendo que debido a la embriaguez, no recuerda por qué escribió "Crítica a Tácito", y que ni siquiera recuerda quién fue tal o si lo llegó a conocer. "He bebido mucho y en muchos lugares. He ido a bares en México DF donde he rezado para que me descargaran corriente de una batería de coche y sobrevivir así a las mazurcas. La verdad, no sé siquiera con quién he practicado sexo, ni si disfruté o padecí. Sólo sé que he cumplido treinta y tres años, que al parecer he escrito ese libro, que no tengo el sida y sí desgarros en el culo."

Piel Leduc va camino de convertirse en un hombre sin futuro. Los editores no le publican si no da una imagen bohemia. Al mismo tiempo, le exigen ser legible para publicarlo. Unos pocos lectores se aburren si no encuentran allí la asistemia de "Crítica a Tácito" y todos los demás esperan una novela previsible de asesinos y asesinados.

El hombre ha vuelto a los bares, ahora, a finales de 2005. Esta vez, cargado de condones y precavido contra el garrafón. La edad no perdona. La historia, desgraciadamente, nuncase repite.

sábado, 25 de abril de 2009

Carta de San Pablo a los Corintios

Queridos Corintios:

La última partida de pasas que me enviaron es para excomulgarlos: resecas y pequeñas. Dios no ayuda a quienes no tratan adecuadamente a sus siervos en la Tierra. No quiero que esto suene a amenaza, pero me está costanto mucho lograrlo.

El próximo lunes sale un barco de Alejandría. Después de la lectura de esta carta espero el debido arrepentimiento y propósito de enmienda.

Sin más sobre el particular:
San Pablo

miércoles, 25 de marzo de 2009

El Orden Alfabético

Una de mis aficiones, el bricolaje, me ha revelado el desorden de mis lecturas.

Vivo en una casa antigua con un cuarto en la azotea y decidí hace cuatro meses hacer una estantería enorme, a medida, adosada a una de las paredes de ese cuarto. Después de cortar, tintar, unir piezas con espigas, taladrar, encolar y anclar, la obra quedó terminada el domingo pasado y el lunes empecé a colocar los libros de manera ordenada. Como había espacio suficiente decidí dedicar cada hueco de los estantes a una letra, la del primer apellido del escritor. Pues bien, Vila-Matas, Pedro Voltes, Vargas Llosa y otros eran tantos que saltaron al espacio siguiente. Eduardo Mendoza, Michele de Montaigne y muchos otros saturaron la M. La B, sólo con Borges, quedó más que completa, pero no le faltó compañía. La C, con Cardoso Pires, Julio Cortázar, Joseph Conrad, Camilo José Cela y no sé cuantos más está bastante ocupada. Como la X, la Y y la Z son letras raras para comenzar un apellido dediqué un solo hueco a las tres. Con la K, me llevé la sorpresa de tener más títulos de los que creía. Kerouac, le hace compañía a Kafka y Milan Kundera. Además apareció “La Historiadora” de Kostova, que me regalaron hace un tiempo y sólo he usado de peso en labores de bricolaje.

Pero al terminar me di cuenta de la tremenda soledad de Unamuno, que pasa un frío bilbaíno en su estante desolado. Es el único autor de la U. Me he dado cuenta entonces de lo errático y descompensado de mis lecturas, porque frente a obesos huecos de mi estantería hay otros más bien entecos y éste paupérrimo de Unamuno ¿O será el sino de D. Miguel? Se me fue la tarde en devanarme los sesos intentando recordar algún autor cuyo apellido comience por U, y no hubo manera. Dormí mal, preocupado por la descompensación y decidido a arreglarla con mis próximas lecturas. Y sigo buscando autores de la U.

domingo, 1 de marzo de 2009

Cuernos

Entre las extrañas habilidades del veterinario, la más apreciada en el pueblo entero era la de calmar a las vacas parturientas con un beso en un lugar preciso entre los cuernos que sólo él, para cada animal, sabía localizar. Una vez el doctor llegaba ante la paciente, le miraba la frente y daba el ósculo en el lugar concreto. Los partos con ello no resultaron ser más seguros, pero sí más tranquilos y una cosa, probablemente, trajo la otra. Las vacas del lugar, quién sabe si todas las del mundo, tenían la costumbre de romper aguas al entrar la noche dejando en vigilia al doctor (así le llamaban) y a toda la familia del amo.
La única que agradecía los partos nocturnos era la mujer del veterinario, Lola, que tenía de siempre la costumbre de acostarse con desconocidos. Aprovechaba aquellas noches de ausencia de su marido para asomarse a la ventana y atraer a alguno de los caminantes que iban para Santiago. Pocos, cansados y ateridos de frío, rehusaban el ofrecimiento de entrar en la casa; menos rechazaban un buen tazón de leche o de caldo, y ninguno los favores de aquella hermosa mujer. Su atractivo no er a exuberante, quiere decirse que ni sus pechos ni su caderas eran las de una diosa primitiva de la fertilidad, sino el resultado del equilibrio entre una mirada triste y azul y un cuerpo tan perfecto que los burdos peregrinos que lo poseían acababan describiendo como "escurrido". A mi entender, que también fui caminante de aquellas tierras, se trataba de una hermosísima mujer. Sus pequeños pechos recordaban los de una muchacha y también su pelo rubio y sedoso, que caía como una cascada de miel por su espalda. Me resultó plácido pasar con ella unas horas de la noche y despedirla con un beso calmo. No le hice una sola pregunta, me limité a tomar lo que me dio tan generosamente. Todo lo que he sabido me lo contó posteriormente un arriero de camino a Santiago.
Su marido, también resignado amante, fue conocedor de los gustos de su mujer por lo ignoto, pues a los pocos meses de casarse ya le resultaba a ella tan visto que comenzó a negarle los favores más íntimos. El creyó enloquecer hasta que una noche que regresaba de un parto difícil lamentándose de su desgracia cayó en una alberca por accidente y un vecino del lugar le prestó ropas secas. Al llegar a su casa, su mujer, que no lo reconoció con el nuevo atuendo y la poca luz, lo tomó por un caminante y se le ofreció sin pudor, con la confianza que usaba. El moduló la voz para no ser reconocido y apagó las luces. Disfrutó a oscuras de toda la pasión que se le negaba desde hacía semanas.
Él comenzó a repetir el truco disfrazándose las noches de parto de cualquier cosa, una vez incluso de cura, que fue una de las mejores llegando a creer que ella se le derretía de gusto entre los brazos. El buen veterinario tuvo que aprender artes de la c ama para disponer de un repertorio variado y no despertar así las sospechas de su mujer. Pagaba a las putas para que le contaran cosas y lo tomaron por una clase extraña de depravado, aunque no nueva, porque ellas lo habían visto todo. Se le fueron los años de la vida en leer libros de veterinaria, amañar falsos partos, completar un ropero de disfraces y aprender de las putas que encontraba a su paso. Comprendió pronto que el raro vicio de la mujer que tanto amaba le había procurado el extraordinario bien de disfrutar años enteros de una pasión que de otra manera hubiera muerto. Y cada vez que la veía, en las mañanas tranquilas, después de una noche haciendo de amante en huida y marido agotado, extendía una mano crispada para acariciar el cabello lacio, limpio y desordenado de su puta. De él y todos sus yos.
Cuando él contaba 42 y ella 36, para el cumpleaños de ella, él se preparó una ropa de salteador gitano de caminos y arregló un falso parto. Mientras todas las vacas de la comarca roncaban calentando a becerros y la casa entera de sus amos campesinos, el veterinario arrancó el fotingo desvencijado y se perdió por el camino. Al cabo su mujer subió a la ventana a esperar el amante que la suerte le trajera aquella noche. Y apareció un flamante gitano, salteador de caminos solitario, con antifaz y todo, y ella le invitó a pasar. Y él le preguntó si no le extrañaba ver salteadores de caminos en aquel sitio, en aquella época. Ella le dijo que sí que le extrañaba, y él le explicó que sí que era extraño, pero que daba igual porque estaba enamorado.
"¿De quién?" Preguntó ella.
"De una señora de un veterinario que me han dicho que pasa las noches en la ventana esperando amantes y que supongo que es usted".
"Sí, soy yo" dijo ella.
Y él apagó las luces y la echó en el suelo sobre una alfombra de piel de oso, y notó más que nunca el pulso de su mujer.
"¿Es que nunca has yacido con un proscrito?"
"No"
"¿Y con un proscrito gitano?"
"Tampoco"
"¿Y con un proscrito gitano veterinario?"
Ella ya no le pudo contestar porque estaba arrebatada de placer.

Mayo 1997

domingo, 22 de febrero de 2009

El Abrigo




Ernesto Galíndez Macho no perdió su abrigo gracias a un señor bajito que le llamó cuando salía del local y le advirtió que se lo estaba dejando olvidado. Ernesto Galíndez Macho pensó que el tipo era un imbécil que acababa de perder la oportunidad de quedarse con un buen abrigo. Así y todo, no fue capaz de dar las gracias de una manera clara sino que hizo un gesto y articuló un balbuceo que el otro interpretó como un agradecimiento. El señor bajito se llamaba Federico Gutiérrez Alba y vivía en una casa terrera y vieja en El Terrero, muy cerca de la magnífica Plaza de Cairasco. El bar, antiguo como la vida, era punto de encuentro de solitarios cincuentones de la zona, de trabajos planos, vidas en vía muerta, alguno de ellos cabezas de familia nunca empezada o sin terminar, la mayoría, solterones irredentos, como el mismo Gutiérrez Alba, que, sin embargo, tenía una biblioteca enorme y montaba barcos dentro de botellas. Su gran mérito, sin embargo, era el de mantener una línea independiente basada en la perseverancia y el orgullo, y también, en el inmovilismo, puesto que nunca salía del barrio de Vegueta. Hacía cuatro años que había empezado a perder lavista, y casi tres desde que la había perdido completamente. Todavía nadie se había dado cuenta. Desde que percibió la pérdida (no necesitó ningún médico) comenzó un arduo trabajo de mesura. El bar estaba a tantos pasos del semáforo. El semáforo a tantos pasos de la esquina de la plaza, y ésta a tantos de la puerta de la casa. Los materiales para los barcos se encontraban en los mismos estantes de la tienda que había medido desde los inicios de su paulatina ceguera. Sus amigos, dos, conservaban los mismos números de teléfono y la puta que frecuentaba se había quedado en el aspecto ya un poco ajado de hacía tres años. Sólo la puta sabía que había perdido la vista. Pero no le importaba nada. En realidad, no le importaba nada de lo que le pasara a cualquierade sus clientes.

Gutiérrez Alba se levantó sobresaltado al despertarse en la mañana del 21 de Abril. El cuarto devolvía a sus ojos muertos la luz que la cortina ocre filtraba del sol. Se sobresaltó porque sintió frío, el frío le recordó el abrigo de Ernesto Galíndez Macho. Y todo esto le permitió entender que quizá hubiera visto el abrigo sobre el respaldo de la silla. No recordaba haberlo tocado. Quizá llevaba viendo todo el tiempo, sin ver, o sin querer ver. ¿Recordaba haber visto la cara de Galíndez Macho, incapaz de articular un "gracias"? No la recordaba. Estaba ciego. Abrió los ojos como asombrado. Se acercó a la ventana, descorrió las cortinas y se plantó ante el calor. La piel reaccionó inmediatamente y seguía sin ver absolutamente nada. Se acercó a la cocina, tomó un vaso de agua clara y volvió a la cama más traquilo. A la luz, con las cortinas abiertas, durmió como un niño, un par de horas más. Era domingo.

miércoles, 28 de enero de 2009

Jane Murió

Jane murió, por tanto me siento libre de la promesa que le hice de no contar nunca el secreto que me reveló. Jane murió porque acudió al médico para que la tratara de unas jaquecas recurrentes. Éste le hizo ciertos análisis preliminares y le dijo que no encontraba nada. Jane, sin embargo, creyó encontrar en sus gestos que algo le ocultaba. Acudió a otro, que tampoco fue capaz de diagnosticarle nada. Finalmente un santero de Visvique le encontró un terrible mal de ojo que acabaría llevándola a la tumba. Una tarde iba tan abstraída y preocupada en el mal de ojo que no vio una guagua que pasaba y la aplastó brutalmente. Los pocos restos que quedaron fueron velados por una cantidad escasa pero selecta de amigos. Finalmente, depositamos sus cenizas en un pequeño tarro cerámico y las esparcimos por las medianías de la isla, como había sido su deseo. Jane fumaba en pipa y viajaba siempre con un gorro de lana así fuera verano como invierno. Su imagen, sentada al fondo de la guagua, con el gorro, leyendo cualquier cosa, estará siempre en mi memoria. El secreto que Jane me contó es que nunca había dado clases de pintura en la Academia Waxtor and Gumble de Cincinnati. Esta cuestión, que a ustedes les importará un bledo, fue la bandera que exhibió al principio de su carrera de profesora de pintura y que la catapultó al éxito profesional en los 80. Su academia de pintura se llenó en semanas. Tuvo que alquilar un local mayor, ampliar los horarios, aumentar el tamaño de los grupos…Al cabo de dos años su fama había crecido de una manera tan sorprendente que se presentó en su aula la señorita Smith. Estaba becada para recibir sus clases y venía nada menos que de Cincinnati, la enviaba un tal Dr. Corner de la Academia Waxtor and Gumble de Cincinnati. Entre la sonrisa y el miedo a ser descubierta, Jane encontró una manera de acomodar a la señorita Smith en un cálido rincón de su aula y se produjo un extraño fenómeno de retroalimentación con origen en la nada. Quizás las jaquecas de Jane fueran producto del saturnismo. Nunca se puso guantes para manipular las pinturas que gustaba fabricar con sus propias manos, o quizás, un mal de ojo, de una alumna que debió existir en la academia de Cincinnati y que nunca fue conocida fuera del ambiente familiar.