sábado, 29 de diciembre de 2012


SEYTON.—Mi señor, la reina ha muerto.
MACBETH.—Había de morir tarde o temprano; alguna vez vendría tal noticia. Mañana, y mañana, y mañana se arrastra con paso mezquino día tras día hasta la sílaba final del tiempo escrito, y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama! La vida es una sombra que camina, un pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.

W. Shakespeare




sábado, 15 de diciembre de 2012

El horror


Semanas después de disparada la foto, cuando la miro otra vez, descubro entre las sombras de fondo un rostro anómalo que quiere recordarme un asunto apartado en la memoria. Sin dar más importancia continúo con las otras. Retocando algunas, eliminando tantas. Al cabo de unos minutos un impulso me hace volver. Me acerco con el zoom. Descubro una desproporción evidente entre los grandes ojos y un óvalo perfecto, demasiado perfecto para estar de este lado de la vida.  Desciendo y encuentro un colgante que apunta a un viaje lejano. Una joya que compré en un puesto ambulante, lejos, muy lejos de aquí. La entregué con las palmas abiertas, como hacen los curas con la hostia. Seguro de que no iba a ser comprendido. Al entregarlo algo se rompió. Su sonrisa tuvo una demora, después fue un gesto en el estropicio. A veces el viento arrastra matojos por las calles desiertas. Otras desprende tejas de los techos y derriba macetas de los balcones. Pero otras, desata su violencia enceguecida contra templos sin temor a Dioses ni héroes y los deja hechos ruinas. Esa ruina adquiere entonces una atemporalidad musgosa y lamentable. Suena todo a pasado, a las palabras que dijimos y nadie escuchó. A hambre sin saciar. Más arena en el desierto. Oscuridad y noches frías de invierno sin una nube, sólo estrellas. Lo pequeño que fuimos y que somos. Nos parapetamos detrás del olvido para sobrevivir. El horror, el horror que saca rostros de las sombras.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Edicto, de Pedro Lezcano




Poema Edicto de Pedro Lezcano, incluido en la Antología cercada, que recientemente se ha reeditado.

Enlace a la versión original digitalizada:

http://mdc.ulpgc.es/cdm/ref/collection/MDC/id/1704

sábado, 6 de octubre de 2012

Vivir Profundamente


Mi vida es profunda en el submarino.
Siempre a doce metros bajo el nivel de las aguas.

Mis ideas flotan como en el caldo primigenio.
Arriba y abajo por el borboteo y la convección.

El comandante arrima la oreja al casco y oye al cetáceo bramando afuera.
Nos señala la dirección por la que se acerca y arma las ojivas.
Ya se aleja, las desarma.

Vivimos guiados por el ritmo de su oído portentoso.
El interpreta el mar, nos alienta en la captura y bendice las ojivas.
Bajamos a la sala, junto al Cristo y las adoramos.
Besamos las señales amarillas y comulgamos.

Navegamos, bajo las aguas y sus órdenes, hacia Nantucket.
Queequeg, en la cocina, aprovecha los cuerpos de quienes ceden al desaliento.
Logramos así sobrevivir sin emerger.

Esta persecución es nuestra vida.
Es vivir profundamente.

domingo, 8 de julio de 2012

Adiós, de Eugénio de Andrade



Poema: Adiós de Eugénio de Andrade
Música: Fragmento de Tasca do Mouraria, de Mariza

Eugénio de Andrade

Poeta portugués.
Les dejo:
1) Un YouTube donde el propio poeta recita O Sorriso.
2) El texto original de poema
3) Una traducción hecha con Google Translate y "arreglada" por mí, es decir, muy poco fiable.





O Sorriso


Creio que foi o sorriso, 
sorriso foi quem abriu a porta. 
Era um sorriso com muita luz 
lá dentro, apetecia 
entrar nele, tirar a roupa, ficar 
nu dentro daquele sorriso. 
Correr, navegar, morrer naquele sorriso.








La sonrisa


Creo que fue la sonrisa,
sonrisa fue quien abrió la puerta.
Era una sonrisa con mucha luz
en el interior, apetecía
entrar en ella, quitarse la ropa, entrar
desnudo en aquella sonrisa.
Correr, navegar, morir en aquella sonrisa.

sábado, 7 de julio de 2012

Pecado Mortal




Dentro de un libro de Pérez Galdós,  que fue de mi padre, encontré este boletín del Obispado de Canarias de mayo de 1964. Un auténtico documento histórico.

domingo, 24 de junio de 2012

Secuelas del apalabrados


La voz me ordenó: “Alcánzame los tetránculos”
Mi mano se alargó dubitativa.
“¡Los pofilostios no! ¡He dicho los tetránculos! Eso que parecen remiscilios.”
“Sí, eso. Tres. Échalos al pote mientras rezas un padrenuestro”
Mascullé una oración hecha de los trozos que recordaba.
“¡Reza bien, desgraciado, que vas a perjudicar la sopa!”
“Ahora, desde que hierva, lo rodomizamos hipercúteamente y listo. ¿Sabes cómo usarlo?”
No.
“Ella debe tomarlo, pero no de cualquier manera. Va con ostras, si no, no tiene efecto.”
¿Y cómo hago para que coma ostras?
“Eso ya es cosa tuya.”
“Usalo con prudencia. Todo el amor que provoca debe ser correspondido, si no, se transforma en odio devastador.”
Se fue.
Lo tiré por el retrete.

sábado, 2 de junio de 2012

Otra vez


Todos los libros que uno termina dejan una deuda que se salda como se puede, a plazos o de un solo pago, morosamente o con diligencia. Siempre creo no recordar nada, haber pasado de puntillas sin fijarme y sin sacar conclusiones. Tiempo después leo un artículo o converso con un amigo y salen de las profundidades las palabras del autor, como las aguas frías, abisales y refrescantes de un océano. Mira por donde, no soy idiota, pienso, algo dejó lo que pasó.
El lunes pasado vimos a un hombre asustado, cabeza de un gobierno asustado. No saben qué hacer. Lo que parecía una España de lujo vuelve a ser de pandereta. Los grandes líderes-ejecutivos-estrategas han resultado ser caciques olímpicos, lo de siempre. Los agujeros que han dejado sus aigas y mansiones son de grandes como los negros del universo. Aquel pobre hombre, detrás del atril azul, no sabía cómo contarnos que nos han estado robando hasta alcanzar, que se sepa, la cifra de 20.000 millones de Euros y que no saben quién fue o no quieren saber. No sabe cómo decirnos que echemos tierra al asunto, otra vez, y miremos para otro lado, otra vez, por el bien de todos. Quizá para bien de unos más que de otros, otra vez. El pobre hombre de la barba no sabía cómo decirnos que por lo visto nos habíamos equivocado construyendo en cinco años las casas que vamos a usar en cincuenta. Quizá no sea entonces cosa de poca productividad, sino de ninguna cabeza. Y el hombre no sabía tampoco cómo decirnos que el padre castrador murió en el 75 pero que sus herederos son tiburones. Que la casa, con uno y con otros, hay que barrerla, fregarla y mantenerla y que los señoritos nunca han estado para eso y no van a estar.
Al pobre hombre de la barba se le ocurrió mandar a su segunda en busca del Plan Marshall, así a lo loco y sin avisar, de ahora para después, a ver si los americanos nos traían la solución. Pasa, cuando la cultura histórica está hecha con películas de Hollywood, que se piense que allí está la milagrosa solución. Llegan en el último momento, pero a tiempo, y te salvan de los indios. Fácil.
El pobre hombre no sabe cómo decirnos que en este país prosperan los que venden motos, aunque no anden, y no los que hacen buenas motos, aunque anden cuarenta años con las mismas piezas. Prosperan ellos y hunden a los demás. Lo vemos en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos y enemigos. Por todas partes. A los que defendieron “educación para empezar” en este país los mandaron a la fosa o al exilio porque los pastores lo que necesitan es ganado.
Y entonces me acordé, viendo al señor presidente, de la España que dibujaba Javier Marías en una entrevista de 2005 que leí hace unas semanas. Decía que en Madrid estaba mal, que no respiraba buen ambiente pero que no creía que hubiese, y menos para su edad, un Londres o un París mucho mejor para el que correr. Decía que estaba mal porque no se fiaba de este país, que el ambiente que se respiró en la transición no le pareció permanente, que la España profunda y horrorosa es nuestra común naturaleza y andaba agazapada pero subiendo poco a poco de nuevo a la superficie, otra vez.

jueves, 31 de mayo de 2012

Hacia una definición negativa del amor o a modo de desahogo


A los filósofos antiguos (precisen ustedes qué filósofos y con cuanta antigüedad) llegó un momento en que empezó a resultarles más fácil (quizá simplemente posible) definir a Dios de manera negativa. Se trataba de señalar una silueta rellenando un fondo con aquellas cosas que “no eran Dios”. Fue un truco poco serio, que me perdonen, que no hizo más que sembrar dudas sobre la existencia misma del Ser. Cuando la tinta corre surgen explicaciones que poco tienen que ver con la realidad, historias que no son Historia, soluciones que no encuentran problema, elegías a padres muertos de los que por fin se puede heredar, lágrimas de cocodrilo, loas al amor...¡Ay el amor! ¿Existe? ¿es cognoscible? ¿es comunicable?
El amor no es pasear un carro entre dos con las caras llegando al suelo un domingo por la tarde.
El amor no es estar siempre donde no quieres estar, quizá con quien no quieres estar.
El amor no es correrte y salir corriendo, ni que te corran después de haberse corrido.
El amor no es aguantar un chaparrón de chorradas con cara de tonto a ver si cae.
El amor no es una cursilería detrás de un lugar común, una mariposa y una flor.
El amor no es levantarse mal y que te aguanten, ni levantarte bien y aguantar.
El amor no son cuatro con cuatro móviles. Ni siquiera tres con un solo móvil.
El amor no es cambiar playas de piedra por playas de arena.
El amor no es leer el Marca y el Hola sin mirarse a la cara.
El amor no es pelearse por el mando a distancia.
El amor no es renunciar al mando por amor.
El amor no es un matrimonio.
El amor no es una boda.
El amor no es un chat.
Y si lo es, que lo crucifiquen y no resucite.
¡Ya sé que me queréis mandar a la hoguera, lectores cabrones!
¡Pero ya vivo en ella, esperando a Krahe!

lunes, 28 de mayo de 2012

El Rey. Poema de Riforfo Rex


Sin dar tiempo a la nada
a que cumpla su sentencia.
Esquivando el grito y su nauseabunda cumbre.
Arremetiendo, fatídico, contra la inerte sangre,
sobrevivo.
Y la razón me da ley.
Y la voluntad me da fuerza.
Y renazco a cada instante, y surto
de nuevas leyes cada reino
que fundo.
Y REINO


Riforfo Rex


miércoles, 23 de mayo de 2012

Ganarse los garbanzos, poema de Agustín Millares Sall

Quisiera ir mañana al trabajo
sin cambiarme de camisa
y con la barba crecida.

No abrir los ojos, mantenerlos cerrados
mientras ruge el motor de la oficina
con chasquido de tiempo triturado.

Volver a casa con las manos metidas
en los bolsillos las inútiles manos
que no han hecho otra cosa que jugar con la mentira.

Sacarlas con asco para entregar el dinero ganado,
y quitarme un gran peso de encima.

Y empezar el trabajo
con el que nadie dice que se gana la vida.


                             Agustín Millares Sall (1917-1989)



sábado, 19 de mayo de 2012

Náuseas


Había encontrado en el Rendez-vous des Cheminots una clase de hogar, un refugio. La luz del día me aturdía y allí podía parapetarme detrás de las persianas hasta que cayera la noche. Durante el día, permanecía en mi cuarto. Sólo salía al comedor para el desayuno y el almuerzo. Por las tardes me dejaba caer por el pasillo buscando que la patrona, caduca, de carnes fláccidas, me invitara a su habitación. Nos desahogábamos en unos minutos, sin sentimentalismos ni explicaciones. Si ella me reclamaba era porque estaba dispuesta. Si yo aceptaba (siempre aceptaba) no tardaba en empalmarme. Y esta conducción casi animal no descomponía nuestras relaciones distantes. Ella era la patrona y yo un huésped extraño y respetable. Sabían que preparaba un libro sobre el Marqués de Rombedain. En las comidas dejaba caer comentarios que indudablemente me perfilaban como un historiador sesudo que se había instalado en la villa para escribir sobre su hijo más señalado. Alguna vez, no muchas, tuve que pararle los pies a uno, creo que se llamaba Saburdon o así, que se pretendía pariente lejano e intentó afanarse en señalar tal o cual cosa relativa a la vida del Marqués. El Marqués era mío, no me lo toque, le decía entonces yo con una mirada altanera, furiosa, o le disparaba un comentario despectivo como sólo un eminente erudito puede dedicar a un ignorante profundo. El Marqués era tan mío que me lo inventaba párrafo a párrafo, inspirándome sólo lejanamente en los archivos de la provincia, de los que ya me había hartado. ¡Cuántas gilipolleces recogen los archivos provinciales de una ciudad derrotada por la Revolución Industrial! ¡Cuántos campesinos venidos a menos bautizaron a vástagos que habrían de empobrecerse como ratas y convertirse en siervos de burgueses de la ciudad! Al Marqués le hice aguantar el tipo medio siglo más de lo que apuntaban los anales.
Y la patrona, tan digna, nos trataba con el respeto de quien parece no saber que apenas teníamos para pagarle. Y yo a ella como si yo no supiera que sus tetas le llegaban al ombligo cuando quedaban sueltas. Supongo que la facilidad con que se acostaba conmigo era la misma con la que se acostaba con otros. En especial, supongo que con Dudoret, un viajante de comercio que no viajaba. Que estaba siempre allí con sus maletas como a punto de irse y de volver. Paseándolas, pesadas, por los pasillos. Dudoret, le pregunté un día ¿usted de dónde viaja a dónde viaja y que coño es lo que vende? Se me quedó perplejo, porque no esperaba ese coño exclamativo, es más, no creo que esperara la pregunta. En cuanto se repuso contestó que viajaba del fondo del pasillo a la esquina de tres calles más allá. Que siempre encontraba venta próxima a sus géneros. Que si por él fuera se hubiera ido a Australia, pero que vaciaba las maletas en tres manzanas. Mujeres, fundamentalmente mujeres, que aprecian la calidad extraordinaria de nuestra lencería fina. De colores. De seda. Creaciones de las más afamadas casas de París. El sueño de algunos hombres y de todas las mujeres. Trapos de mierda, en definitiva, pensé. Hubiera preferido pensar que este tipo llevaba libros de comunistas y humanistas. Yo me había encargado de imaginar una vida auténtica para aquel tipo. Lo había situado al borde de la ley y de la sociedad casposa de la villa. Y él mismo se había ahorcado con sus medias de seda. Nunca debí darle la oportunidad de contestar a mis preguntas. Yo seguía, por tanto, siendo el intelectual de la concurrencia. Con mis trajes gastados y mis cigarrillos de tercera, todavía era capaz de arrastrar cierta dignidad con los legajos que fingía rellenar de las historias del Marqués. La mierda nos rodeaba obstinadamente.
Yo salía por las noches. Me acercaba como reptando, cansado de andar todo el día tirado en la cama con la pluma y los libros. Alcanzaba a disiparme entre las nieblas hasta cafeterías cercanas a la Rambla de Chantier, donde procuraba reconocer las caras que había visto en días anteriores, en especial busqué siempre la cara imbécil del Autodidacto. Sus manos regordetas alrededor de la única bebida que podía pagarse. Y he de decir que lo buscaba como si pudiera ser que lo viera sin que me viera. No me agradaba en absoluto conversar con él. Observando sus pasos en la biblioteca, donde habíamos coincidido, y en el Museo de Pinturas de la Villa, había hecho una composición exacta de un individuo tan simple. Descubrí pronto su absurdo método de estudio. Leía por orden alfabético los ejemplares de la biblioteca y ya iba por la M. Si este imbécil hubiera recalado en París estaría ahogado todavía en la A y sin ninguna posibilidad de sobrevivir a ella. Moriría estúpidamente atrapado en la A. En una biblioteca de provincias tenía un proyecto con fin, pero resoplaba. Resoplaba con las nuevas adquisiciones. Ciertos días del mes llegaba un transporte del Ministerio con nuevos libros y algunos se intercalaban en las letras que ya había dado por superadas. Entonces su rostro regordete se demudaba. Yo, desde la profundidad de la sala, le veía perseguir con la mirada a la funcionaria que colocaba los nuevos libros. Me compadecía de un ser tan absurdo. Al mismo tiempo pretendía encontrarlo cada noche en las cafeterías que frecuentaba con el ánimo de saber que seguía allí a pesar de la vergüenza y de que definitivamente había tenido que abandonar su proyecto. Yo le había defendido del corso y, desde entonces, más me evitaba y yo más conforme estaba con que me evitara. Repito, nunca quise entablar nuevas conversaciones con él. Sólo quería saber que no se había matado, que había digerido que detrás de su humanismo, delante de su humanismo, estaba él y su manera de no poder evitar lo que era. Una persona que existía, detrás de sus sombras, sobre sus pasos, bajo su ropa. Padeciendo sus sudores como en la tarde fantástica en que le vimos tocar al niño en la biblioteca, en que vino el cabrón del corso y encontró en aquel hecho la excusa para golpearle la cara y partirle un labio e insultarlo. La gorda, una gorda que andaba por allí, se sumó a la algarabía. Y yo encontré la excusa para pensarme capaz de defender a un semejante acosado que me era indiferente como me es aquel que cruza el puente o este otro que se sacude el abrigo.

domingo, 22 de abril de 2012

La estación de las nalgas (versión audio)

Antonio Lino Rivero me ha leído el texto de la entrada anterior.
¡Le doy las gracias y lo publico!
Aquí debajo lo tienen.




Para ir a su BLOG usen este link :http://elparaisorecobrado.blogspot.com.es/

domingo, 15 de abril de 2012

¿Bolaño?


Me siento en las inmediaciones de una historia de Bolaño. A mi alrededor suceden cosas a la distancia que padece un lector poco atento. Leo sobre personajes enamorados, quizá de la misma mujer. O quizá de mujeres distintas pero que pertenecen a la misma estirpe realvisceralista. La barbarie que me forma me impide apreciar los matices de una lengua que no puedo del todo conocer. Quisiera que fuera mi patria y sin embargo es una herramienta robusta y oxidable. Mi duro oído no alcanza a reconocer tonos sutiles. Me siento padecer una alfabetización parcial de palabras castradas y miradas perdidas que no se encuentran en mí. Intuiciones vagas por las que sospecho que hay pasajes hermosos que se me esconden. O quizá esa misma vaguedad sea la que hace que mi imaginación trabaje sobre sombras y luces, como trabaja sobre las manchas de una acuarela. Quizá no esté tan mal que entre escaque y escaque, bajo la mecánica dura de unas formas pautadas, vaya mi imaginación sobreviviente insidiosamente deshaciendo nudos y atando cabos.

Imagino que las paradas de autobús en el México profundo están desoladas y al mismo tiempo expuestas al sol. Última parada antes de adentrarse en el desierto a la busca de una mujer que es el inicio y el fin. Y el autobús pasará de largo y nunca conoceré a Cesárea Tinajero.

Siento una dolorosa falta de dolor.

viernes, 13 de abril de 2012

jueves, 5 de abril de 2012

Tres cosas de pueblo

Hubo un tiempo, más o menos remoto, donde sucedieron tres cosas que mi abuelo nunca me contó:

Uno. Un ángel negro apareció varado en una playa, con las alas mojadas, inconsciente, zarandeado por las suaves olas que parecían querer despertarlo. Dos pescadores lo recogieron y se lo llevaron al pueblo en una carreta. El cura y el médico lo estuvieron cuidando y cuando se recuperó se le desprendieron las alas y quedó como un hombre normal, negro y sin alas. 

Dos. La lotería cayó en el pueblo en la Navidad del 51. El cráter que todavía hoy se contempla, si bien que medio relleno de escombros y basuras, por la puerta de las Nereidas, fue el que provocó la caída de aquella lotería. Debajo de los escombros dicen que hay tres hombres y dos mujeres con camisas rojas que tuvieron la mala suerte de que les tocara la lotería. “Para una vez que cae es de las malas. En este pueblo estamos tocados por una maldición. Mi tío Sebastián, que siempre anda revolviendo papeles viejos del archivo parroquial, dice que todo viene del tiempo en que no nos resistimos a los romanos, que eran unos herejes, sino que les dejamos hacer. Nos pusieron un puente en ruinas, un teatro sin techo, un acueducto que le da sabor a piedras a las aguas y una maldición que nos joderá toda la vida. Cuando entra un invasor hay que pensarse las cosas y no hacer como si no pasara nada, porque al final, lo barato sale caro.”

Tres. Las putas del pueblo no son tan putas. Para empezar son sólo dos, porque dicho así “las putas del pueblo” parece que fueran cienes. Lo que pasa es que si se saca la proporción, para un pueblo tan chico, dos son muchas, pero una sola es muy poca y no se pueden partir, son indivisas, que se dice en derecho. Podría una ser santa tantos días al año y otros tantos una puta redomada, pero vendría a ser un artificio que complica las cosas. Mejor que sobren a que falten y como además decía, no son tan putas. Mi abuelo no me lo dijo pero hubo una que no quiso acostarse con él ni por todo el oro del mundo. No era oro lo que traía, pero si un buen puño de pesetas amasado en Venezuela. La puta no quiso porque mi abuelo era guapo, alto, fuerte y tenía los ojos claros como Atenea. Y decía ella que un hombre así no tenía que pagar por una mujer, sino decirle cuatro palabras bonitas y ya con eso bastaba. Pero mi abuelo todo lo que tenía de guapo lo tenía de bruto y entre lo que le costaba aprender palabras bonitas y lo que le costaba decirlas y menos a una mujer, y menos aún a una mujer que estaba deseando oírlas, se iba haciendo el remolón. Y al final se quedaron con las ganas la puta y él.

sábado, 31 de marzo de 2012

THE WILL


Before I sigh my last gasp, let me breathe,
Great Love, some legacies: Here I bequeath
Mine eyes to Argus, if mine eyes can see,
If they be blind, then, Love, I give them thee;
My tongue to Fame; to ambassadors mine ears;
To women or the sea, my tears:
Thou, Love, hast taught me heretofore
By making me serve her who had twenty more,
That I should give to none but such as had too much before.

My constancy I to the planets give;
My truth to them who at the Court to live;
Mine ingenuity and openness,
To Jesuits; to buffoons my pensiveness;
My silence to any who abroad hath been;
My money to a Capuchin:
Thou, Love, taught'st me, by appointing me
To love there, where no love receiv'd can be,
Only to give to such as have an incapacity.

My faith I give to Roman Catholics;
All my good works unto the Schismatics
Of Amsterdam; my best civility
And courtship, to an University;
My modesty I give to soldiers bare;
My patience let gamesters share:
Thou, Love, taught'st me, by making me
Love her that holds my love disparity,
Only to give to those that count my gifts indignity.

I give my reputation to those
Which were my friends; mine industry to foes;
To Schoolmen I bequeath my doubtfulness;
My sickness to physicians, or excess;
To Nature, all that I in rhyme have writ;
And to my company my wit:
Thou, Love, by making me adore
Her, who begot this love in me before
Taught'st me to make as though I gave, when I do but restore.

To him for whom the passing bell next tolls,
I give my physics books; my written rolls
Of moral counsels, I to Bedlam give;
My brazen medals, unto them which live
In want of bread; to them which pass among
All foreigners, mine English tongue:
Thou, Love, by making me love one
Who thinks her friendship a fit portion
For younger lovers, dost my gifts thus disproportion.

Therefore I'll give no more; but I'll undo
The world by dying; because love dies too.
Then all your graces no more use shall have
Than a sun-dial in a grave:
Thou, Love, taugh'st me, by making me
Love her, who doth neglect both me and thee,
To invent, and practise, this one way to annihilate all three.


John Donne

martes, 3 de enero de 2012

Una Historia (parte primera)

Me comunicaron hace una semana y media que sobraba en mi empresa. Que no bastaba con estar ahí, hacer cosas, etc sino que había que vender. Que no se trataba de vender productos útiles a quien las necesita, cosa que al parecer hace cualquiera, sino de vender cosas inútiles a quien no las necesita e incluso a quien se perjudica adquiriéndolas. Esa, me dijeron, debía ser una meta a la que se veía claramente que yo no aspiraba. Por tanto me pusieron de patitas en la calle. Así que llamé a mi casero, le dije que rescindía el contrato de alquiler porque simplemente no podría pagarle el siguiente mes. Recogí mis cosas, las repartí entre un trastero que tiene mi hermano y un viejo cuarto de aperos que tenemos en un terreno en el campo y puse lo imprescindible en una mochila pequeña disponiéndome a recorrer el mundo en busca de alguien que me necesitara para algo y estuviera, no ya dispuesto a pagarme, sino simplemente a mantenerme, darme un lecho donde pasar las noches sin pasar demasiado frío y dos o tres comidas diarias. En principio, pensé, puedo amenizar la vida a tantas personas solas que se encuentran en esta ciudad y que necesitan una oreja que les escucha, una cabeza que asienta como si atendiera a lo que se le dice.

Mis paseos por la ciudad respondían al puro capricho sin una ley que los orientara hacia tal o cual calle o hacia tal o cual barrio. Fui a tener por el muelle deportivo. Paseaba con la pequeña mochila a mis espaldas, con una sensación de extraña libertad, con una barba de varios días y picores en las axilas producto de los dos o tres días que hacía que no me duchaba. En Caritas no acaba de encontrar compañeros de mis inquietudes filosófico-literarias, sino que más bien me crucé con otra clase de inadaptados. A todo esto, como digo, estaba paseando, si así puede decirse, por uno de los pantalanes cuando vi a un señor que andaba golpeandose la cabeza contra el palo de su barco mientras profería maldiciones. El señor venía envuelto como en una sábana y descalzo, indumentaria que un principio me hizo sentir hacia él cierta hermandad en la precariedad y, al mismo tiempo, que invadía su intimidad. Su barco era su casa y andaba en ella desvestido como quien anda en su salón en calzoncillos. No obstante lo cual llamé su atención y le pedí que por favor se serenase por el bien de su salud y la integridad de la nave. El individuo dejó de golpearse y se acercó a la borda para contarme que había sido ofendido terriblemente y que no encontraba a nadie que le ayudara en la tarea heroica de recomponer la dignidad de su familia. Entró en el camarote y regresó con dos latas de cerveza. Una me la entregó y de la otra dio un gran sorbo comenzando el relato de una historia. La esposa de su hermano estaba más buena que el pan, me dijo. Pero buena de estar muy buena, de no dejar indiferente a ningún hombre, por frío que fuera. Voluptuosas formas, exuberante silueta, promiscuas curvas, insinuantes movimientos y seductora voz. Le pregunté que si era cosa que ella buscara voluntariamente provocar. Que no, me dijo, que era así porque los dioses así la hicieron para desgracia de su familia porque un tipo muy salido que tenía una lancha con varios motores y que traficaba con farlopa la había raptado y se la había llevado a Morrojable. Conozco Morrojable, le dije yo, mintiendo como un bellaco. Cada rincón de aquel pueblo majorero es línea de la palma de mi mano. Conocerá entonces a Héctor, el traficante más infecto del archipiélago. Surca los mares con sus rubias melenas al viento desafiando a la Guardia Civil. A veces, como en acto de soberbia, espolvorea cocaína sobre las aguas marinas provocando el desatino en los delfines, la locura de las orcas, haciendo que bandos de calamares, pulpos, sepias y sardinas le sigan como a un profeta. Ese cabrón (palabra usada por él porque yo soy muy fino) se ha llevado contra su voluntad a la mujer de mi hermano.

Me proponía este señor que me embarcara con él en su nave y que cruzáramos la mar hasta recuperar a su cuñada. Yo me sentí valorado como navegante, como persona, como proel, maquinista y timonel. Yo que en tiempos había llegado a conocer qué cosa era una escota, una reductora, una trapa, un cabo o una orza, sentí que me remozaba, es decir, volvía a ser mozo. Me puse inmediatamente a sus órdenes y me presentó al resto de la tripulación consistente en un loro verde que atendía al nombre de Mariano y que hacía agudas observaciones a todas nuestra maniobras que nos animaba a mejorar al seguir sus instrucciones. Así pues, me terminé la cerveza, descargué mi mochila en el rincón del camarote que me correspondía y emprendimos la labor de avituallamiento de la nave. Trajimos ron, pipas de girasol, latas de carne, limones contra el escorbuto, algunas baratijas que canjear con aborígenes que pudiéramos encontrarnos durante la travesía y algunas lecturas para los días de calma chicha: Faulkner, Giovanni Papini y José María Gironella, entre otros. Zarpamos del puerto de Las Palmas con el ánimo ardiente y un viento de costado con el que atravesamos la bocana en apretada ceñida. Un crucero atestado de turistas nos metió en su desvente. Quedamos parados en la mar, a la vista curiosa de los turistas que se arracimaban en la borda. Mi capitán, de nombre Agamenón, por cierto, salió en paños menores, como era su costumbre y vociferó hacia el crucero “¡¡¡Volveremos con Helena o no volveremos!!!” Los guiris, que seguramente no habían entendido nada aunque sí visto los aspavientos, lo vitorearon y dos llegaron a lanzarnos sus sombreros. Mariano nos advirtió de que si no nos apartábamos un poco caeríamos dentro del remolino de las hélices del gigantesco crucero. Dejamos pronto el socaire de la isla y los vientos de la mar trataban de penetrar mis ropas, mis huesos y llegar al tuétano. Mi capitán, sin embargo, impasible, permanecía en la proa de la nave, con sólo aquel paño que poco le cubría, queriendo ver cuanto antes las costas de Fuerteventura. Nos cruzamos con un Fred Olsen. Su estela nos hizo casi volcar con lo que Agamenón se deshizo, no en improperios, sino en la declamación de un bello poema en hexámetros homéricos como nunca yo había oído antes. Hablaba a las sirenas, a los héroes y a sus madres, a los dioses de los vientos y los mares a los que hubiera ofrecido, decía, a su propia hija en sacrificio con tal de que le fueran favorables para alcanzar cuanto antes Morrojable y vérselas con el cabrón (como ya dije la palabra no es mía) de Héctor.

La travesía a Fuerteventura, con el viento a favor cuando lo hay, o con el motor diesel cuando no lo hay, apenas dura unas horas con lo que nos dio tiempo de acabar el ron pero no de tocar siquiera las guardas de “Una fábula” o de “Los cipreses creen en Dios”. Se avistaba el puerto de Morrojable, con el pueblo en pleno carnaval, cuando ya caía la noche. El suave rumor del viento en nuestras velas era la única huella de nuestra presencia sobre la mar puesto que habíamos apagado todas las luces y pretendíamos pasar desapercibidos. No teníamos permiso de atraque ni dinero para pagarlo. El barco, al parecer, no estaba al corriente de impuestos ni seguros y posiblemente, me di cuenta en aquel momento, observando el temor de Agamenón a ser descubierto, mi capitán se dedicaba también a oscuros negocios de contrabando. Así pues teníamos que idear una manera de desembarcar sin ser advertidos. Fondeamos la nave a una distancia prudencial y aguzamos el ingenio. Los achipencos de Puerto del Rosario dieron la idea a mi capitán. Desenroscamos una especie de cabeza de caballo que llevábamos en la proa y la ajustamos en la pequeña zodiac auxiliar que colgaba de nuestra popa. Con unas viejas velas le dimos cierta forma de achipenco que semejaba un caballo y lo dejamos sobre la mar. Ambos nos escondimos en la zodiac dejando a Mariano como responsable de la nave. A remo evitamos el puerto de Morrojable y ganamos la playa. Entre el algarabío verbenero nuestro achipenco pasó desapercibido junto a otros hasta encallar en la arena y permanecimos en silencio esperando el amanecer.

La luz y los ruidos de los barrenderos que arrastraban con sus escobas las latas y botellas abandonadas nos despertaron. Salimos de la zodiac y Agamenón me preguntó por la ubicación exacta de la guarida de Héctor. Bueno, le dije, suele cambiar cada poco para evitar a las fuerzas de seguridad del estado, así que vamos a preguntarle a un barrendero. Oiga, sabe usted por dónde andará Héctor el traficante, le pregunté. Jartos de beber como cochinos y ya se quieren meter una raya. Vaya bestias. Nos dijo que subiendo la loma a mano derecha, si no estaba con su lancha pentamotora, surcando los mares con un pivón que se había traído de Gran Canaria con la que se dejaba ver para que le reventara el hígado de envidia a quien le viere. “¡Hi de puta!”, exclamó Agamenón y, a grandes pasos, comenzó a subir la cuesta.