domingo, 24 de noviembre de 2013

Papiromanía en Círculo Cultural de Telde.

Presentamos en Telde nuestro libro Papiromanía.

¿Dónde?: En el Círculo Cultural de Telde, que tiene su sede en el Molino del Conde, Calle Roque n 119. Un lugar con mucho encanto ya que se trata de un antiguo molino de agua restaurado parcialmente. 

¿Cuándo?: El viernes 29 de Noviembre a las 20:00 h.

Esperamos contar con tu presencia, si bien coincide con otra presentación muy interesante. El que fue maestro de ceremonias de nuestra primera presentación en Las Palmas, Alexis Ravelo, presenta en Las Palmas de G.C. su La última tumba, en el Ámbito Cultural del Corte Inglés, en Mesa y López, a las 7:30 del mismo viernes 29.

Desgraciadamente, no siempre se puede tener todo y a veces la vida nos obliga a elegir. ¡Ojalá se dieran más este tipo de tragedias!









jueves, 7 de noviembre de 2013

Corresponsal no tan distante

La revolución sigue pendiente
     Como el sudor de los ricos
     Los impuestos sobre el robo
     El desorden de tu pelo entre mis manos
     Como la resurrección de la carne
     El juicio a los culpables, por siempre postergado
   
La revolución sigue pendiente

Seguiremos informando

sábado, 2 de noviembre de 2013

El avance del tiempo

Empezamos, como quien no quiere la cosa, tomando una cerveza y una copa de vino. Fue quizá la liviandad del camarero la que propuso unos garbanzos a los que no hubo una voz que se opusiera. Verdad es que habíamos tomado ya unos pinchos, pero los garbanzos, en cualquiera de sus formas, excitan esa parte del paladar que parece hecha para acoger sus formas, la gracia de su redondez, sólo rota por ese piquito que quizá tenga un nombre. Abandonamos el local, razonablemente satisfechos.

Encaminamos nuestros pasos a la Plazoleta Farray donde obtuvimos una suerte de fracaso. La terraza que pretendíamos no estaba atendida por los camareros que esperábamos, de la clase de los que conocen tus gustos, sostienen una conversación en equilibrio entre la confianza y la atención. El cambio de turnos nos había hecho una pequeña jugada.

Seguimos de largo hacia un local de nombre y ubicación inciertos. Sabíamos que estaba en el mismo Paseo de Las Canteras pero no en qué dirección. Los gintonics merecían un paseo hacia la más plausible. Lo encontramos, desierto, demasiado temprano para los usos habituales, suficientemente tarde para los nuestros. Nos acomodamos en una mesa para dos y atrajimos a la camarera con la mirada. Se aproximó y dejamos entrever nuestro conocimiento limitado del mundo del gintonic. Estábamos allí para ampliarlo y dispuestos a todo. Aceptamos su sugerencia cítrica, que se completaba en la copa con media rodaja de pomelo y una tónica de etiqueta misteriosa. Tomamos uno, quizá dos, quizá más, mientras conversábamos sobre un libro que Riforfo había rescatado de una estantería de El Corte Inglés. Lo hojeamos y supimos desde sus cuatro primeras líneas que había sido la pesca de un pez raro, abisal y sabroso.

Levantamos el vuelo como pudimos. Quien nos viera apreciaría ciertas torpezas. Yo les recordaría aquel poema del albatros, señalándoles con mi dedo, tantas veces admonitorio.

A veces, un recuerdo poderoso ruge desde el fondo de nuestra mente y nos impulsa a acciones heroicas. A veces, ese recuerdo es compartido con un amigo, como así fue. Riforfo y yo acordamos que debíamos continuar hacia el Don Juan Pachichi y rememorar juntos aquellos lejanos tiempos en que desafiábamos a la madrugada sin que tuviéramos el arma paliativa de los neubrufenos y sí la resistencia de nuestros cuerpos jóvenes.

Estaba todo tal cual habitaba en la memoria. Para bien o para mal. Pudiera ser que en los viejos tiempos no se cortara el jamón con un guante de látex, o que ni siquiera hubiera jamón. Papas, sí, siempre arrugadas y bañadas con un mojo rico en ajo. Las pedimos y compartimos una litrona como se hace en el Juan Pachichi, donde parece pecado servir menos de medio litro por vez o aferrarse con egoísmo a una botella pequeña que pudiera sentirse como propia. Las mesas y bancos acumulaban al pringue de siempre, más el de todos los años durante los que habíamos faltado. No era como recordábamos, sino mejor.

La botella, adherida a la barra, era inmune a nuestras ya torpes manos. Todo parecía pensado por una mente superior cuyo celo se reconocía en cada detalle. Las chicas eran espléndidas y mucho más jóvenes que nosotros. Una vez que se empieza una cruzada por un Dios eterno no caben las excusas de los límites humanos. Debíamos ir a La Tienda, estuviera donde estuviese, como se hizo tantas veces atrás, en los pasados años.

Teníamos noticia de que La Tienda se encontraba exactamente en el mismo lugar de siempre. La localización no se veía dificultada por un mapa deforme, sino por la oblicua mirada de los ojos extraviados que lo miraban. Pasos inseguros y decididos salieron del Pachichi animados por la promesa de alcanzar la gloria. Sobre esos pasos andaban, laxos, nuestros cuerpos, y arriba del todo la fuerza de la razón envuelta en vapores inflamables.

La ruta vacilante que seguimos trajo El Munich a nuestra cabeza. Casi sin buscarlo, se presentó ante nosotros su escalera descendente hacia el semisótano donde se consumieron parte de nuestras mejores horas. Nos iniciamos en la cerveza camuflándola con menta, o en la menta sumergiéndola en cerveza. Una combinación infame que sólo se puede aceptar si se es joven y se está bajo la mirada de una chica de ojos también verdes como la menta.

Allí estaba lo que habíamos dejado. Fotos rancias de paisajes alpinos pegadas a la paredes. Ajenas a cualquier cosa de nuestras islas, pero tan cercanas a nuestros recuerdos. Mesas, las mismas mesas; bancos, los mismos bancos y jarras, las mismas jarras descomunales que ponían a prueba la firmeza de la muñeca. Nos sentamos y no recuerdo si dijimos algo, o si ese algo que pudiéramos haber dicho pudo tener alguna importancia. La cerveza, convinimos casi con gestos o miradas, era deplorable. No estaba lo suficientemente fría y su sabor sospechaba injerencias innobles. A nuestro alrededor jóvenes se divertían disfrazadas de novias sangrantes o de muertos vivientes. Era la noche de jalogüín, cosa que nos importaba bien poco a Riforfo y a mí. Nuestro tiempo no era aquel. Aquella gente estaba viviendo la irrealidad de un tiempo futuro a nuestro pasado. Me pareció que flotaban a nuestro alrededor, como globos etéreos e imaginarios.

Pudimos pagar con lo que iba quedando en nuestras exangües carteras. Pudimos subir las escaleras sin agarrarnos a cosa fija. La Tienda, desde su espacio y su tiempo, seguía atrayendo nuestros propósitos. Y otra vez, emprendimos el camino, y otra vez, se interpuso en él un pub o cervecería, que cae cerca de la calle Franchy Roca y que siempre fue y sigue siendo irlandés. Esa manera de ser irlandés que pueden tener estas cervecerías por las que jamás se acercaría Joyce, mucho menos una noche de jalogüín. Pero, cómo nos gusta su color de madera, su decoración añeja, aunque la sepamos de atrezo, sus publicidades de productos que ya no existen. Al entrar se desplomó todo recuerdo. Totalmente cambiado por dentro, frío de carácter, atendido por camareros jóvenes, de cuidado aspecto y sin mácula de polvo en las botellas. Pedimos también algo, como cumpliendo un rito. Desganado, observé a la joven camarera que usaba las gafas negras de una profesora procaz. Mi mirada, avivada por las bebidas consumidas, no supo o no quiso disimular su interés por sus movimientos tras la barra. Poco más puedo decir de aquel local que traicionaba a Irlanda y al recuerdo. También pudimos pagar, y por eso nos fuimos.

La Tienda estaba cerca. La rodeamos hasta dar con ella. Igual que siempre. Su altísimo techo la asemeja a un almacén de factura de principios de siglo XX. Fue una tienda y conserva los estantes de madera que trepan por las paredes hasta el techo celestial. Tan enorme es todo que la mayoría de las botellas están fuera del alcance de una mano humana. Será por eso que la enorme cantidad de botellas aún llenas continúan allí sin que nadie las toque, acumulando polvo y años, viajando tranquilamente hacia lo añejo. Tres mil trastos publicitarios, como cubiteras de brandys que tomaba mi abuelo, continúan expectantes. Los aparatos son los mismos. Cruzo miradas con tipos que han hecho méritos para ganarse la calva que ostentan. Con chicas en las que veo la misma cierta lozana decrepitud que espero que ellas aprecien en mí.

Lo hemos logrado. Después de una dura noche estamos acodados en la barra de La Tienda sorbiendo cervezas honradas y frías. Riforfo me mira por sobre el cristal de sus gafas de manera satisfecha y turbia. No sé bien si me mira a mí, o a algo que pudiera haber detrás de mí, o a algo que quizá no haya en ninguna parte. Creo adivinar que repara en la posibilidad de que ciertos locales en los que se puede beber como bebimos siempre, sirvan de barrera al avance no siempre imparable del tiempo.