sábado, 22 de agosto de 2009

Ivánich, de Ivánich (con crítica inclusive)

El texto tiene su gracia, pero adolece de profundos defectos. Su gran virtud es que puede ser
leído de un tirón, con fluidez, que las palabras no se "pegan unas con otras", como pasa con otros
autores.


Desde los primeros párrafos del "Ivánich", de Ivánich, se aprecia el fluir de dos líneas narrativas paralelas y premonitoriamente disjuntas. La proliferación de fricativas en una línea y labiales en la otra nos hace intuir desde un principio que ambas permanecerán ajenas a lo largo de la novela, es decir, la emoción de Ivánich nunca topará, de bruces, en un callejón oscuro, con la conciencia de sí, con lo puramente racional, con el papel que interpreta en un pueblo tan acartonado como Longbright.



El tono inicial es formal e interesante. Promete una gran lectura. Al parecer nos encontramos ante metaliteratura, es decir, que Juan Rodríguez se dispone a escribirnos acerca de la obra "Ivánich" escrita por Ivánich. Por otro lado no creo que Juan sepa
exactamente qué significa "fricativo" o "labial" pero ambas palabras quedan muy bien insertas en el texto.

Pronto veremos que este papel que dice representar Ivánich en el pueblo no se describe, no se aprecia, no existe. Ivánich es un personaje sin vida social por lo que este comentario será irrelevante.
De este primer párrafo parece desprenderse la vitalidad de un personaje (Ivánich) que resulta luego soso y mórbido. Además ¿ de dónde cuernos saca el autor el nombre ? El pueblo parece inglés (luego se corroborará) y sin embargo el nombre del protagonista
parece más propio de un novelón decimonónico ruso.

La esperanza se llamará Esperanza Roth. Aparece en el capítulo dedicado al desembarco de los vikingos en Londres y supone la luz de una bengala en el cielo oscuro. La vida de Ivánich se consumía entre la...


Esto del desembarco de los vikingos en Londres, del que no habrá ninguna otra referencia es un patinazo ,¿o quizá un golpe de imaginación al estilo Gonzalo Torrente ? No se sabe.

...bilioteca municipal, donde se obstinaba en componer un libro sobre unos legajos que los ratones devoraban cada noche, y la sucia esclavitud a que le sometía su madre, falsamente enferma. Un personaje enmohecido cuyo rasgo descriptivo más escalofriante son sus dientes, "gastados y amarillos, como los de una vieja rata".


Esto nos gusta.


Ivánich encuentra a Esperanza en un paso de peatones en la Avenida Queens y al mirarla no puede dejar de darse cuenta de que es la mujer a la que amará hasta el fin de sus días. Sin...


Otra frase tremenda que luego quedará sin desarrollo, sin vida.

...embargo, prosigue la marcha, como si confiara en que una fuerza del destino los una de nuevo en algún lugar del afectado pueblo. En algún rincón, quizá arbolado, quizá tranquilo, seguro que distante de las miradas de los vecinos insidiosos de Longbright.


La fortuna los vuelve a unir en la biblioteca. No deja de recordarnos ésta los sombríos edificios kafkianos. Parece una Catedral infinita dedicada a la tristeza y la oscuridad. La pareja debe mantener en tono muy bajo la conversación. Sabemos que, más ocultar al tétrico edifio la alegría que empieza a nacer en sus corazones, que por evitar molestias a los escasos lectores.

Una bibliotecaria rígida, que sostiene un moño gris en la cima de su altanería, se manteniene secretamente atenta a sus conversaciones y acabará visitando a la madre de
Ivánich. Le cuenta que su hijo está entablando relaciones con la hija del comerciante judío Saul Roth. En Longbriht, Saul Roth era detestado. Falsos rumores lo relacionaban con oscuros negocios con armas.




Esto no pega mucho. Por muy mala fama que tuviera el tal Saul Roth la familia Ivánich es de clase baja. Cualquier relación con una familia rica, ya fuera judía o de mala fama, parecería necesariamente bien vista por la bruja que era la madre de Ivánich.


Rumores veraces lo confirmaban como un fenomenal avaro tan rígido que mantenía a su familia
viviendo sin necesidad en una austeridad moral y económica insoportable. Su perfil pasaba cada mañana bajo un bombín muy "gentleman" y un paragüas negro hacia la dirección del "Daily Long". Un periodicucho apenas compuesto por cuatro hojas que tintaban las manos como un calamar y que no era suficiente para sacudirle los sambenitos que el pueblo le colgaba a Saul Roth.

Se rumoreaba que en los inicios de su negocio de ultramarinos en la calle `Baker´s había
envenenado a un comerciante que le hacía la competencia y que era, además, medio pariente suyo. Las sombras, todas las sombras que las lenguas de Longbright podían inventar, le cubrían.

La madre de Ivánich comienza una terrible lucha.



Y se queda ahí, no sabemos qué terrible lucha será esa, entre otras cosas porque la historia se desarrolla como un meteoro sin que le dé tiempo a esta mujer a pinchar ni cortar mucho.

La felicidad de su hijo, un estado que él mismo se da cuenta que muestra con miedo ante su madre y que inconcientemente trata de ocultar, le irrita. Sólo ella puede ser amada por su pequeño Ivanich, su gran Ivánich, el preso Ivánich. El joven cae en la cuenta de cuán dormido estuvo su ser. De cuán ahogado su corazón, de cuán anquilosadas sus alas. Intentará
desplegarlas en un gesto a la vez fiero y tierno.


Esto queda muy bien pero no sabemos cuál es el gesto fiero y tierno. ¿LLevar a Esperanza a un
tugurio? ¿El duelo con el padre, que nace de la pura casualidad?

Desatiende a su madre en la tarde de los difuntos y se reúne con Esperanza en el Mesón de los Pedros, una tabernucha portuaria, a la que llegarán ambos embozados. Se reconocerán porque ella llevará una pluma azul en su sombrero negro de ancha ala y él otra amarilla. El atuendo de los enamorados, lejos de hacerlos pasar desapercibidos, provoca las burlas de marineros borrachos.

Estos, entrechocan sus jarras celebrando los comentarios jocosos sobre ambos jóvenes que, cogiéndose de las manos, se sumen en una conversación íntima en el más oscuro rincón del
antro. Prostitutas chillonas y soeces completan un cuadro arquetípico de las bajuras de Longbright.



Todo esto de los atuendos, los embozos, etc. es ridículo. Estas rupturas con disparates al estilo Eduardo Mendoza sólo están reservadas a los verdaderos literatos. A Juan Rguez. le quedan holgadas.


Quiere la fortuna que en ese momento entre en el local el mismísmo Saul Roth, tratando de ocultarse gracias a una gabardina marrón y un cojín que abulta su tripa.


¡ Esto es ya de libreto de opereta !

Va en busca de una prostituta con la que pasar unas sucias horas en la pensión "El Tulipán Rojo", apenas a unos metros. Su hija lo reconoce y se lleva las manos a la cabeza, e intenta salir del local. El ritmo sinuoso de sus curvas es seguido lujuriosamente por los marineros y su propio padre, que no la reconoce. Entonces, Ivánich, que seguía a la joven, indignado, se da a conocer. El padre de la joven ya estaba en antecedentes con respecto a la relación se su hija y la desaprobaba por simple descompensación de clases.



Falta desarrollo. Evidentemente el autor, que hasta el momento no nos había informado que ambos personajes se conocían, los quiere echar a pelear como sea, pegue o no pegue.

-¡¿ A estos sitios traes a mi hija, puerco ?!

La discusión alza el tono y acaban retándose a duelo para el día siguiente.

Aunque ustedes no lo sepan y yo no lo tenga muy claro, la historia se desarrolla en la Inglaterra de finales
del siglo XX por lo que el duelo resulta marcadamente anacrónico.



¡El remate!. Juan Rguez. se revela como autor omnisciente. ¿Dónde queda el Ivánich autor
del primer párrafo? Ni se sabe. Ni lo podemos saber. Ni lo sabrá Juan Rguez. El texto ha roto aguas en una parida sin control.

Esperanza se deshace en sollozos. Su padre y su Ivánich quedarán definitivamente enfrentados.


Una frase resultona pero sin fuelle.

El Mesón de los Pedros se convierte en el teatro donde se escenifica el penúltimo acto de un encuentro fatal.


Otra frase resultona.


A la mañana siguiente, sin que los ruegos de la joven sean atendidos a pesar de las amenazas de suicidio...


"ruegos","sollozos", otra vez nos han metido en la máquina del tiempo.

...los rivales se dan cita en el parque municipal, entre el rocódromo y la Fuente de Los Patos.

La madre de Ivánich ha sido enterada de la fatal cita y sus brazos, en verdad enérgicos, son capaces de impulsar la silla de ruedas por medio pueblo hasta el parque. Al fin, se pone en pie, olvidando su papel, y se oculta tras la corteza gris y lisa de un plátano.


Los jardineros municipales no se explican el aspecto enlutado de dos paseantes a una hora
tan temprana. El padrino es Zacarías Mulh, que abre la caja. Dos trementos y relucientes pistolones dorados no parecen enviados de la muerte, sino las piezas ilustres de un coleccionista de antigüedades.

- ¿ Cómo coño va esto, Zacarías ?- Gruñe Saul Roth.

Ivánich permanece atento pues también desconoce el uso del arma.

-Deben juntarse espalda con espalda. Andar desde el momento que yo les indique cuarenta pasos y darse la vuelta. Una vez que queden enfrentados deben tirar para atrás de esta palanquita que es el seguro y apuntar. Puede tirar cualquiera primero.
El que antes se sienta seguro de acertar, el que antes quiera hacerlo...

-Es jodidamente sencillo el reglamento de esta mierda...


-Ambas pistolas son iguales y están cargadas exactamente con la misma munición. Debe elegir
primero el señor Ivánich, puesto que las armas las hemos traído nosotros y puede examinarla
durante unos minutos si lo desea. Incluso puede probarla, pero por discreción y economía de tiempo le ruego que no lo haga.

- Escojo esta misma .- E Ivánich cogió una de ellas que en verdad parecía idéntica a la otra.

- Pues a mi me toca ésta. Sí que pesa este armatoste.

Una vez de espaldas se aprecia el ritmo acelerado de la respiración de Ivánich y la lenta respiración de Saul Roth. Zacarías ordena la salida e Ivanich acaba sus cuarenta pasos antes que Saul Roth, que marca unos pasos más lentos, y quizá más largos y medidos.

Ambos sostienen las pesadas armas sin dispararlas.




Toda esta escena no tiene ni gracia ni deja de tenerla, ni aporta gran cosa, excepto
la ganancia en simpatía hacia el gruñón Saul y el desinterés por el soso Ivánich.

Y no seguimos comentando. El desenlace es convencional y hay más rupturas y desatinos como la relación entre los amante, rota por la cárcel y...¡un surfero australiano! cuando el principio en la avenida Queens prometía pasión eterna.


En fin. Necesita mejorar.

Salvador Opusculate
Crítico y Prohombre de las Letras.


Saul Roth cierra un ojo y saca la lengua en un gesto de concentración. La mirada de Ivánich refleja susto y horror. Teme perder su vida miserable ahora que parecía tomar otra derrota. Saúl Roth no piensa siquiera en la muerte, no se le ocurre que pueda fallar aunque no empuña un arma desde hace más de veinte años.

-¡Dispara ya, cebollino, que se me cansa el brazo!

El joven dispara. Un "tlasss" seco, como una vara que golpea el piso, se pierde enseguida en el parque. Apenas un poco de humo aparece en el cañón de la pistola y el bombín de Roth sale volando perforado por el tiro.

La sorpresa deja congelado a Roth dos segundos, los suficientes para darse cuenta de que su cabeza sigue intacta. La risa, una risa de loco, se le viene a la boca. Ivánich comienza a correr.

-¡No corras, hijo de puta! ¡Estáte como un hombre!

Fatídicamente, la carrera de Ivánich se acerca a Zacarías que cae como un saco tras ser atravesado por la bala. Sus piernas se pliegan como las de un pelele, ni siquiera se pudo
apreciar un último gesto vital. La madre de Ivánich echa a correr con el deseo de atrapar a su hijo y pegarle por cobarde, " por basura." El sorprendido Ivánich se ve así entre las carreras de ambos viejos.

Los jardineros municipales enseguida llaman a la policía que aparece en escena entre silbidos. Sin embargo, ambos rivales logran huir, tanto uno del otro como de sus comunes perseguidores.

Saul Roth, obligado por el crimen cometido abandona la ciudad llevando consigo la llave de su caja de caudales. Su familia vivirá en la miseria. Pasarían años intentando localizar la caja fuerte en la gigantesca nave industrial de Roth sin ningún éxito.

Ivánich, fue condenado a cuatro años de cárcel por responsabilidad en la muerte de Zacarías. A la salida, Esperanza no quiso saber nada de él. Andaba en amores con un surfero australiano de apellido O,neil.

Zacarías fue enterrado en el panteón de su familia. Los revólveres dorados fueron puestos por la viuda sobre su pecho y robados por el sepulturero la misma noche en que Zacarías empezaba a ponerse verde justo a la altura de la boca del estómago.

La madre de Ivánich se compró un piso en Málaga, y fue, como tantos jubilados británicos, un cuero al sol, macilento y triste. Su ponzoña nunca se secó. La acompañó hasta el fin de sus días.

miércoles, 19 de agosto de 2009

"Uma Rapariga Loura"

Un desconocido me entregó un libro en la guagua. Lo recogí con el mismo silencio que me lo dio, como si hubiera sido el acto más natural del mundo. El hombre se bajó en la siguiente parada y yo me quedé con aquel libro entre las manos. Era viejo y olía ligeramente a orín. El título y el nombre del autor eran las únicas inscripciones en la cubierta , repetidas en el lomo: “Las Respuestas de Salomón” de Gustav Mholl.

Sin abrirlo lo introduje en la bolsa donde llevaba algunas compras y me quedé observando la ciudad bajo la luz filtrada por la panza de burro pensando cuáles podrían ser las preguntas que soñó Gustav Mholl que podría haber contestado Salomón. Me preguntaba todo esto sin ceder el asiento a las ancianas, concentradísimo en las cosas de Salomón y especulando con Gustav Mholl, un escritor del que lo único que sabía era que había escrito un libro, ahora antiguo, con olor a orín, del que existía al menos un ejemplar que yo llevaba en una bolsa junto a una camiseta de Zara y unos calzoncillos de pata ancha.

En la siguiente parada subió una chica rubia y solitaria que me hizo perder la concentración. Tenía el pelo finísimo y mantenía un gran silencio. Sus movimientos eran muy discretos pero resultaba imposible abstraerse a su presencia. Me dediqué entonces a pensar en si a la misteriosa chica le podrían interesar las respuestas de Salomón según Mholl. Metí la mano en la bolsa resuelto a acabar con el misterio y hojear el libro pero la mano dio con el calzoncillo. Quise creer que una fuerza superior había cruzado al hombre con el libro, en la guagua, conmigo y con la chica. Esa misma fuerza me impedía acceder al libro y desvelarlo, de momento. Me sometí al destino y saqué los calzoncillos de la bolsa. Me dediqué a examinarlo en todos sus detalles. Tres enormes etiquetas contenían extensos textos en varias lenguas. Estaba hecho de nailon y algodón. Una señora junto a mí me observaba. Me giré hacia la ventana ocultando los textos de las etiquetas a su indiscreta mirada. Me percaté del error con la talla. Eran pequeños y no los podía devolver. Las respuestas de Salomón acababan de quedar en nada frente al hecho incontrovertible de que acababa de perder 12€. El calzoncillo era inútil. Lo metí en la bolsa y me dedique a observar lo más inadvertidamente posible a la chica rubia. Ella era el libro, todo lo que mi imaginación podía pensar que Mholl podía haber puesto en boca de Salomón era paralelo a todas las virtudes que podía inventarme para aquella chica rubia con la única necesidad de que siguiera quieta y no dijera absolutamente nada. Un movimiento en falso, una llamada a su móvil podía borrarlo todo de un plumazo.

Se acercaba mi parada y metí de nuevo la mano en la bolsa en busca de las resoluciones del destino. Mis dedos tocaron el libro. Lo saqué, me abrí paso entre la gente y mientras me acercaba a la puerta le extendí el libro a la chica, ofreciéndoselo. Lo rechazó con un movimiento de la mano. En las grandes ciudades, estos gestos nunca pueden ser interpretados como hechos de buena fe, menos aún por una chica así.

Las respuestas de Salomón pasaron sin pena ni gloria por medio de una ciudad de trescientos mil habitantes, mezcladas con calzoncillos de pata ancha y vapores de humanidad encerrada en una guagua.

El libro continúa en un estante alto de mi librería. De vez en cuando me acuerdo de él y lo miro desde abajo, empequeñecido y temeroso de las palabras de Salomón.