martes, 17 de diciembre de 2013

Papiromanía en Fuerteventura

El pasado fin de semana paseamos Papiromanía por Fuerteventura. Estuvimos arropados por amigos entrañables, de los que permanecen en el corazón aunque haya olas de por medio, con los que  comparto recuerdos que nunca se borrarán.

Por si fuera poco, conocimos nuevas personas que nos abrieron el corazón tanto como su casa, con los que compartimos mesa, conversación y vida. ¡Sólo podemos decir GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Papiromanía en Fuerteventura este viernes 13 de diciembre

Tal como reza el cartel, este viernes trece de diciembre les esperamos en Puerto del Rosario (Fuerteventura). ¡Un fuerte abrazo!

domingo, 24 de noviembre de 2013

Papiromanía en Círculo Cultural de Telde.

Presentamos en Telde nuestro libro Papiromanía.

¿Dónde?: En el Círculo Cultural de Telde, que tiene su sede en el Molino del Conde, Calle Roque n 119. Un lugar con mucho encanto ya que se trata de un antiguo molino de agua restaurado parcialmente. 

¿Cuándo?: El viernes 29 de Noviembre a las 20:00 h.

Esperamos contar con tu presencia, si bien coincide con otra presentación muy interesante. El que fue maestro de ceremonias de nuestra primera presentación en Las Palmas, Alexis Ravelo, presenta en Las Palmas de G.C. su La última tumba, en el Ámbito Cultural del Corte Inglés, en Mesa y López, a las 7:30 del mismo viernes 29.

Desgraciadamente, no siempre se puede tener todo y a veces la vida nos obliga a elegir. ¡Ojalá se dieran más este tipo de tragedias!









jueves, 7 de noviembre de 2013

Corresponsal no tan distante

La revolución sigue pendiente
     Como el sudor de los ricos
     Los impuestos sobre el robo
     El desorden de tu pelo entre mis manos
     Como la resurrección de la carne
     El juicio a los culpables, por siempre postergado
   
La revolución sigue pendiente

Seguiremos informando

sábado, 2 de noviembre de 2013

El avance del tiempo

Empezamos, como quien no quiere la cosa, tomando una cerveza y una copa de vino. Fue quizá la liviandad del camarero la que propuso unos garbanzos a los que no hubo una voz que se opusiera. Verdad es que habíamos tomado ya unos pinchos, pero los garbanzos, en cualquiera de sus formas, excitan esa parte del paladar que parece hecha para acoger sus formas, la gracia de su redondez, sólo rota por ese piquito que quizá tenga un nombre. Abandonamos el local, razonablemente satisfechos.

Encaminamos nuestros pasos a la Plazoleta Farray donde obtuvimos una suerte de fracaso. La terraza que pretendíamos no estaba atendida por los camareros que esperábamos, de la clase de los que conocen tus gustos, sostienen una conversación en equilibrio entre la confianza y la atención. El cambio de turnos nos había hecho una pequeña jugada.

Seguimos de largo hacia un local de nombre y ubicación inciertos. Sabíamos que estaba en el mismo Paseo de Las Canteras pero no en qué dirección. Los gintonics merecían un paseo hacia la más plausible. Lo encontramos, desierto, demasiado temprano para los usos habituales, suficientemente tarde para los nuestros. Nos acomodamos en una mesa para dos y atrajimos a la camarera con la mirada. Se aproximó y dejamos entrever nuestro conocimiento limitado del mundo del gintonic. Estábamos allí para ampliarlo y dispuestos a todo. Aceptamos su sugerencia cítrica, que se completaba en la copa con media rodaja de pomelo y una tónica de etiqueta misteriosa. Tomamos uno, quizá dos, quizá más, mientras conversábamos sobre un libro que Riforfo había rescatado de una estantería de El Corte Inglés. Lo hojeamos y supimos desde sus cuatro primeras líneas que había sido la pesca de un pez raro, abisal y sabroso.

Levantamos el vuelo como pudimos. Quien nos viera apreciaría ciertas torpezas. Yo les recordaría aquel poema del albatros, señalándoles con mi dedo, tantas veces admonitorio.

A veces, un recuerdo poderoso ruge desde el fondo de nuestra mente y nos impulsa a acciones heroicas. A veces, ese recuerdo es compartido con un amigo, como así fue. Riforfo y yo acordamos que debíamos continuar hacia el Don Juan Pachichi y rememorar juntos aquellos lejanos tiempos en que desafiábamos a la madrugada sin que tuviéramos el arma paliativa de los neubrufenos y sí la resistencia de nuestros cuerpos jóvenes.

Estaba todo tal cual habitaba en la memoria. Para bien o para mal. Pudiera ser que en los viejos tiempos no se cortara el jamón con un guante de látex, o que ni siquiera hubiera jamón. Papas, sí, siempre arrugadas y bañadas con un mojo rico en ajo. Las pedimos y compartimos una litrona como se hace en el Juan Pachichi, donde parece pecado servir menos de medio litro por vez o aferrarse con egoísmo a una botella pequeña que pudiera sentirse como propia. Las mesas y bancos acumulaban al pringue de siempre, más el de todos los años durante los que habíamos faltado. No era como recordábamos, sino mejor.

La botella, adherida a la barra, era inmune a nuestras ya torpes manos. Todo parecía pensado por una mente superior cuyo celo se reconocía en cada detalle. Las chicas eran espléndidas y mucho más jóvenes que nosotros. Una vez que se empieza una cruzada por un Dios eterno no caben las excusas de los límites humanos. Debíamos ir a La Tienda, estuviera donde estuviese, como se hizo tantas veces atrás, en los pasados años.

Teníamos noticia de que La Tienda se encontraba exactamente en el mismo lugar de siempre. La localización no se veía dificultada por un mapa deforme, sino por la oblicua mirada de los ojos extraviados que lo miraban. Pasos inseguros y decididos salieron del Pachichi animados por la promesa de alcanzar la gloria. Sobre esos pasos andaban, laxos, nuestros cuerpos, y arriba del todo la fuerza de la razón envuelta en vapores inflamables.

La ruta vacilante que seguimos trajo El Munich a nuestra cabeza. Casi sin buscarlo, se presentó ante nosotros su escalera descendente hacia el semisótano donde se consumieron parte de nuestras mejores horas. Nos iniciamos en la cerveza camuflándola con menta, o en la menta sumergiéndola en cerveza. Una combinación infame que sólo se puede aceptar si se es joven y se está bajo la mirada de una chica de ojos también verdes como la menta.

Allí estaba lo que habíamos dejado. Fotos rancias de paisajes alpinos pegadas a la paredes. Ajenas a cualquier cosa de nuestras islas, pero tan cercanas a nuestros recuerdos. Mesas, las mismas mesas; bancos, los mismos bancos y jarras, las mismas jarras descomunales que ponían a prueba la firmeza de la muñeca. Nos sentamos y no recuerdo si dijimos algo, o si ese algo que pudiéramos haber dicho pudo tener alguna importancia. La cerveza, convinimos casi con gestos o miradas, era deplorable. No estaba lo suficientemente fría y su sabor sospechaba injerencias innobles. A nuestro alrededor jóvenes se divertían disfrazadas de novias sangrantes o de muertos vivientes. Era la noche de jalogüín, cosa que nos importaba bien poco a Riforfo y a mí. Nuestro tiempo no era aquel. Aquella gente estaba viviendo la irrealidad de un tiempo futuro a nuestro pasado. Me pareció que flotaban a nuestro alrededor, como globos etéreos e imaginarios.

Pudimos pagar con lo que iba quedando en nuestras exangües carteras. Pudimos subir las escaleras sin agarrarnos a cosa fija. La Tienda, desde su espacio y su tiempo, seguía atrayendo nuestros propósitos. Y otra vez, emprendimos el camino, y otra vez, se interpuso en él un pub o cervecería, que cae cerca de la calle Franchy Roca y que siempre fue y sigue siendo irlandés. Esa manera de ser irlandés que pueden tener estas cervecerías por las que jamás se acercaría Joyce, mucho menos una noche de jalogüín. Pero, cómo nos gusta su color de madera, su decoración añeja, aunque la sepamos de atrezo, sus publicidades de productos que ya no existen. Al entrar se desplomó todo recuerdo. Totalmente cambiado por dentro, frío de carácter, atendido por camareros jóvenes, de cuidado aspecto y sin mácula de polvo en las botellas. Pedimos también algo, como cumpliendo un rito. Desganado, observé a la joven camarera que usaba las gafas negras de una profesora procaz. Mi mirada, avivada por las bebidas consumidas, no supo o no quiso disimular su interés por sus movimientos tras la barra. Poco más puedo decir de aquel local que traicionaba a Irlanda y al recuerdo. También pudimos pagar, y por eso nos fuimos.

La Tienda estaba cerca. La rodeamos hasta dar con ella. Igual que siempre. Su altísimo techo la asemeja a un almacén de factura de principios de siglo XX. Fue una tienda y conserva los estantes de madera que trepan por las paredes hasta el techo celestial. Tan enorme es todo que la mayoría de las botellas están fuera del alcance de una mano humana. Será por eso que la enorme cantidad de botellas aún llenas continúan allí sin que nadie las toque, acumulando polvo y años, viajando tranquilamente hacia lo añejo. Tres mil trastos publicitarios, como cubiteras de brandys que tomaba mi abuelo, continúan expectantes. Los aparatos son los mismos. Cruzo miradas con tipos que han hecho méritos para ganarse la calva que ostentan. Con chicas en las que veo la misma cierta lozana decrepitud que espero que ellas aprecien en mí.

Lo hemos logrado. Después de una dura noche estamos acodados en la barra de La Tienda sorbiendo cervezas honradas y frías. Riforfo me mira por sobre el cristal de sus gafas de manera satisfecha y turbia. No sé bien si me mira a mí, o a algo que pudiera haber detrás de mí, o a algo que quizá no haya en ninguna parte. Creo adivinar que repara en la posibilidad de que ciertos locales en los que se puede beber como bebimos siempre, sirvan de barrera al avance no siempre imparable del tiempo. 




sábado, 19 de octubre de 2013

La poética del ajedrez


Hay noches en que todo sale bien, otras en que todo sale mal, y una mayoría en que unas salen bien y otras mal. 

Empezar un texto con una frase así, estúpida y con empaque, me habilita para continuar contándoles cualquier cosa. Y es que anoche estábamos celebrando, como de vez en cuando hacemos, a la Diosa Amistad y se nos acabó la tónica. Teníamos ginebra, cosas de esas como semillas que se les echa, hielo, copas, pero se nos acabó la tónica. Era tarde, quizá la una de la mañana o más. Así que decidimos que había que ir a una gasolinera cercana a buscarla. Fuimos todos, los cinco, y así aprovechamos para dar un paseo, coger fresco y estirar las piernas.

Rubén, Antonio y yo quedamos rezagados. Y no sé si fue por mi confianza infinita en aquella diosa por lo que saqué el tema del ajedrez. Nombré a Fisher y Spassky, pero también a José Raúl Capablanca y Alekhine, y la final de 1927 en Buenos Aires. Habíamos bebido bastante y en ese estado uno no se plantea mucho lo que dice. También conté que de joven había reconstruido todas las partidas de un libro dedicado al gambito de rey. Una mala apertura, ya entonces desechada, que no se usa nunca porque es darle a las negras ventajas de entrada. Una manera muy rara de perder el tiempo. Y hablé de la poética del ajedrez o más bien, no sé si llegué a expresarme bien, de la poética en torno a las disputas, vidas, amistades y enemistades de los jugadores de ajedrez. A cómo se reflejan sus caracteres en la manera en que mueven las piezas sobre el tablero. Se rieron y me llamaron friqui. La diosa amistad había perdido un brazo de mármol, que al caer me había dado un golpe en la cabezota, dura y algo plana por el totizo. Insistí. Insistí porque la bebida me daba excusas para insistir. Estaba, supongo, decidido a caer pesado mientras continuábamos nuestro camino a la gasolinera. Me invitaron a escribir sobre lo que les contaba, lo que me dejó perplejo. ¿Estaban dispuesto a leer lo que no soportaban oír? ¿O solamente era una maniobra dilatoria para despacharme rumbo al silencio? No puedo recordarlo bien, pero imagino que seguí hablando y caminando a su lado, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. A pesar del calor, sentí una corriente de aire frío de soledad en las orejas. Pensé en apuntarme en un club de ajedrez y poder así hablar de Tal y Petrosian a mis anchas y sin cortapisas. Pero sería inútil. Como también me gusta la literatura, la historia, el fútbol, la aviación... cualquier día me iría de la lengua y le hablaría a mis compañeros del A350. Gente a la que les importa un huevo si van en Airbus o Boeing, para los que los aviones son como una guagua que llevan unos secadores de pelo debajo de las alas que los impulsan de aquí para allá. Acabaría jugando con ese tipo rarísimo para los ya raros tipos de los clubes de ajedrez, que apenas habla y que se viste todavía con la ropa que le compra su madre. Que en siete movimientos te mete en la mierda y te deja pensando en qué coño es la inteligencia y con ganas de mandar al carajo al club y no volver más.

Llegamos al minimarquet de la gasolinera y yo seguía con las manos en los bolsillos y supongo que hablando. Había muchas bebidas, muchas neveras llenas de puertas y no atinábamos con la tónica. Cinco tipos rebuscando sin encontrar. La chica de la gasolinera, uniformada, altísima, delgada, fea (¿por qué no decirlo?) nos informó con una simpatía contundente de donde estaban las tónicas y que a aquella hora, por una ley del noventa, no podía vendernos bebidas alcohólicas. Del noventa, pensé ¿1890, 1790? ¡Qué ley más estúpida! No sé muy bien por qué, le pregunté o le dije, o le mencioné, que si fuéramos menores no podría vendernos alcohol. Bromeó con pedirnos el carnet y aprovechó para tontear con Antonio. Me sentí ignorado o transparente. Como al parecer no había agotado mi repertorio de gilipolleces por aquella noche y como no le veía las manos a Antonio le pregunté si estaba fumando. ¿Fumando? ¿En el interior de un minimarquet y encima, del minimarquet de una gasolinera? Creo que me traicionó el subconsciente. Posiblemente lo que quería era que la gasolinera, la tónica y la chica ardieran a lo bestia entre grandes llamaradas.

viernes, 11 de octubre de 2013

Fragmento de entrevista a Darío Flo


“El editor Jorge Junco desapareció para siempre en Transilvania. Un hecho desgraciado y verídico que, sin embargo, tiene tintes literarios. Editorial Perihelio, desde entonces, había quedado huérfana. El mundo literario le echaba en falta. Sus títulos, basados apenas en la producción de cinco o seis autores, se destilaban lentamente al paso de los años. Sabíamos que no podíamos esperar  de ella una producción abundante, pero sí cuidada e independiente.

A Jorge Junco nunca le interesaron las listas de ventas. Se movía entre sombras, discreto, hasta que sacaba a la luz un libro contundente y bien hecho que no pasaba desapercibido a los que saben apreciar el sabor de la buena literatura. Se cuentan en su nómina poetas como Darío Flo, Pedro de Palos y José Pérez (pseudónimo de Horace Wallace Jung).

Cuando la editorial parecía en vía muerta se produjo, mediante el inhabitual proceso de subasta, su adjudicación al editor Luís Fernando Pompeu, que conservará la política y nombre del sello, añadiéndolo a los que ya dirige. Hemos querido acercarnos a la poesía de Editorial Perihelio a través de Darío Flo en esta entrevista que realizamos el pasado once de octubre en el Huerto de las Flores de Agaete. El sol de un magnífico día de otoño fue tamizado por la frondosa vegetación del Huerto mientras charlábamos con el poeta.

(La entrevista verdaderamente se realizó en un bar de León y Castillo. El periodista apenas tenía tiempo y quedamos de mala manera en el baretejo. Las mesas estaban pringosas y la cerveza, imperdonable, apenas fría.)

Pregunta: ¿Cómo conoció a Jorge Junco y cómo empezaron su camino literario?
Respuesta de Darío Flo: Junco era un hombre entrañable. Amaba la literatura como otros al dinero. Se relacionaba conmigo con naturalidad y admiración, como un amigo. No como con alguien con el que uno tiene firmado un contrato. El había intentado escribir y le salió en su día Cuentos repletos, una cosa rara que nadie supo apreciar. Yo tampoco, dejemos de lado cualquier hipocresía. ¿Repletos de qué?, le preguntaban. Se lo dejó a huevo a un montón de gente malintencionada. Repleto de lugares comunes, de resabios de lector analítico. Jorge, sin embargo, no fue nunca resabido. Sí prudente, atento, discreto. Y se quedó ahí. Que yo sepa nunca intentó nada más. A partir de entonces, te estoy hablando de 1990, más o menos, decidió montar Editorial Perihelio y llamar a unos cuantos escritores que conocía de oídas o a través de Raimundo Soplano, en el que tenía mucha confianza. Raimundo me llamó un día y me lo presentó. Le pasé unos poemas. Los cogí a manojos de un cajón. Desordenados, revueltos. Algunos los había escrito a mano, otros a máquina, otros a ordenador, unos borracho, otros sobrio. Había manchas, mocos, cenizas y quemaduras en los papeles. No tenía ninguna fe en que a nadie le interesara aquello. Al par de días me llamó y fui a su casa. Era un piso muy modesto en Schamann, del patronato. Me dejó en el salón un momento mientras fue a la cocina a buscar dos cervezas. Allí no cabían muchas cosas pero donde todo el mundo tiene un mueble con un televisor había una estantería hasta el techo llena de libros desordenados. Pude ver lomos con los nombres de Roberto Arlt, Raymond Carver, Cortázar, Gelman, Galdós, Juarroz, Caldwell...De todo. Y abierto, una Crónica Bizantina de Pérez Colm.

Todas las casas tienen un olor peculiar que es inherente a sus habitantes. De pequeño somos capaces de distinguir la cercanía de un primo o un amigo por el olor que desprende su ropa. Con el tiempo perdemos ese olfato, por la edad, o la porquería de aire que respiramos. Los libros y el olor del piso me hicieron saber inmediatamente que aquel hombre y yo seríamos amigos hasta la llamada de la parca. Así fue. Es difícil que converses sobre libros y autores con alguien y se hagan las tantas, con una copa delante y algo de picar, y no se fragüe una relación que llega fácilmente a la amistad. No entran ahí nada más que las tardes de personas que recorrieron con fervor las mismas palabras, cada uno por su lado, y que se encuentran. No se siente uno tan solo, sabe, cuando le hablas a alguien del Hombre que vio a la partera, y te comprende.

martes, 1 de octubre de 2013

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell



Los barriles de tabaco que durante decenas de años rodaron sobre un camino en los campos de Georgia le hizo adquirir la firmeza del asfalto. Con los años, desaparecerá el cultivo del tabaco, y también el del algodón que le sucedió, y llegará el tiempo de las hilanderías en las ciudades. Pero el camino del tabaco sigue allí, junto a familias de agricultores ancladas a la tierra, que se resisten a separarse de ella y quedan expuestas a la pobreza, el hambre y la enfermedad. Estamos a principios del siglo XX en un estado del Sur de Estados Unidos.

El escritor Erskine Caldwell sufrió el secuestro de sus libros y la censura, y por otro lado, paradójicamente, un gran éxito de ventas.

La historia de El camino del tabaco es simple, como sus personajes, que a la vista del lector podrían padecer cierto retraso mental. Este maltrato a sus personajes fue reprochado también a Caldwell.

La novela recuerda la ambientación de Las uvas de la ira. Tiempos en que una gran población campesina en Estados Unidos padeció un capitalismo salvaje en desarrollo que fue abandonando el campo. Los campesinos de Caldwell tienen que elegir entre quedarse donde siempre o emigrar a las hilanderías de la ciudad. Y eligen quedarse junto a la tierra.

De los muchos hijos de Jeeter Lester, los que han tenido un poco de luces han abandonado el hogar sin querer volver a saber nada de él. Han quedado junto al padre, su mujer, la abuela, la hija imposible de casar debido a su feísimo labio leporino y el varón más pequeño. A la hija más pequeña, de doce años, se la acaban de quitar de encima casándola con un vecino, con el que se niega a acostarse. Y el varón más pequeño se casa durante la novela con una dudosa predicadora mucho mayor que él, seducido no por ella, sino por el flamante automóvil que acaba de comprar con todos los ahorros que ha recibido en herencia de su difunto esposo.

Sin que el autor haga ningún tipo de valoración, presenta un panorama desolador. Los personajes rayan la animalidad, movidos por instintos básicos y mínimos, sin capacidad de decisión, ni de planificación. Pero, ¿tienen en sus manos algún hilo de su destino? Quiero creer que sí, pero señalemos que ni siquiera tienen los alimentos necesarios para desarrollarse. Son víctimas de la pelagra, por ejemplo, una enfermedad producida por la falta de vitamina B3.

Caldwell recurre al diálogo y la descripción de comportamientos y situaciones sin entrar en ningún tipo de valoración. Un estilo que se emparenta con el cine. Ricardo (enlace a su blog Sufro de Sueños) había llamado nuestra atención hace meses sobre una obra de Caldwell atípica, vanguardista, quizá experimental, que extrema esta reducción: El sacrilegio de Alan Kent

Como lector, no puedo acabar de entender, la “intención” de El camino del tabaco, sin considerar algunos datos biográficos del autor. Esto presupone demasiados puntos de partida: que una novela no es independiente de su autor, y que éste tiene una intención. ¿Demasiadas premisas? Quizá la cuestión es simplemente leer.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Los siete locos, de Roberto Arlt

Los tipos raros escriben libros raros, podría ser el título de esta entrada. Roberto Arlt no se propuso ser distinto, lo era, se lo propusiese o no. Estaba convencido de que sería capaz de inventar aparatos, servicios y productos de éxito, muchos de ellos francamente extraños. Dice la Wikipedia que ideó unas medias reforzadas con caucho que a decir de un amigo parecían botas de bombero. Sus personajes inventaron rosas galvanizadas o tintes que permitían en aquellas épocas lejanas de principios del siglo XX disfrutar de perros verdes, azules o malvas. Estas ideas estrafalarias podían darse de bruces con las realidades físicas o químicas. Por suerte para Roberto Arlt, y para todos sus lectores, en la literatura operan otras leyes, que también son de equilibrio, pero que el escritor argentino sí supo descubrir y aprovechar con fortuna.

En Los siete locos los personajes se conducen por fuera de todas las vías convencionales. Para empezar, tienen nombres más o menos usuales pero, paralelamente, una especie de apodos que podrían ser nombres de cartas del tarot. Que uno de ellos sea El astrólogo dispara esa intuición. Más ejemplos son El hombre que vio a la partera, o El buscador de oro. Todos ellos van entramando una literatura que recuerda lo surrealista, lo expresionista y lo existencialista. El astrólogo tiene toda una filosofía sociológica que empeña en la creación de una sociedad secreta. Sostiene que las bases ideológicas en las que se sustente deben atraer a la masa, y, necesariamente, ser falsas, e incluso contradictorias.

El protagonista, Erdosain, es un cobrador de recibos que ha estafado a su empresa apropiándose de los importes. Desata la historia debido a su necesidad acuciante de devolver las cantidades robadas en un corto plazo. Esto conllevará un secuestro y un asesinato. Pero Los siete locos no es en absoluto una novela negra, ni ninguna otra clase de novela donde la trama sea relevante. Esa trama es tan solo el hilo necesario  que hace que una serie de personajes den razón de sí con sus monólogos, sus diálogos, sus actuaciones e interactuaciones, sus interpretaciones del mundo y de sus miserias, al margen de convenciones, revelando su meollo humano particular y social.


Onetti y Roberto Arlt comparten aromas de desesperanza. Pero la desesperanza de Onetti, expresada en una prosa bellísima, tiene un aire pausado, como su ritmo al hablar, o al fumar. Roberto Arlt tiene una desesperanza vigorosa. Quizá tenga que ver con que el primero llegó a viejo y el segundo no pudo. Nació con el siglo XX y murió a los 42 años de un paro cardíaco. Ha habido controversia en la valoración del legado literario de Roberto Arlt, pero despejemos cualquier duda: Onetti lo admiraba.

martes, 3 de septiembre de 2013

Diario de un amargado, de Federico Montalbán López

La foto canónica de escritor (yo mismo tengo una) incluye una estantería repleta de libros en el fondo (desenfocada para no dar pistas de las preferencias literarias), cabeza pesadamente soportada por la mano y brazo acodado en mesa o sillón. La que me he podido conseguir en la red del autor Federico Montalbán López le muestra pelando papas, frente a su portátil, en una cocina de aire ochentero, si no setentero. Lleva corbata y delantal.

Diario de un amargado, editado por Morsa, es literatura en pantuflas y de la buena. Tiene forma de diario, así que no sé si es una novela, ni creo que importe. Son las anotaciones de un personaje que podría ser yo mismo o cualquiera de ustedes. Está en el paro, obligado a hacer de amo de casa, con dos gemelas pequeñas y revoltosas, con una esposa y un hermano que desarrollan una exitosa carrera profesional y unos padres enfermos. Es decir, un personaje bastante corriente si no fuera porque padece la suficiente lucidez para estar en las fronteras del desequilibrio mental y ser capaz de contarlo, con no pocas referencias literarias, de una manera que rezuma inteligencia y humor en cada línea. A mí me resultan especialmente graciosas sus conversaciones con un ratón que le da la contraparte.

Redondea el libro unas muy buenas ilustraciones, que vienen al pelo de las entradas del diario.

La editorial es Morsa, que debe ser pequeña y quizá haya incluso desaparecido. El enlace a ella que he encontrado en la red no se actualiza desde hace mucho, tanto que ni siquiera aparece este libro, que es posterior a esa fecha.

No he llegado a este libro por Babelia precisamente. Un amigo nos lo recomendó hace tiempo y en una visita a Barcelona reciente nos entregó el ejemplar.

Si en la entrada anterior escribía sobre la literatura que reflexiona sobre la desigualdad y denuncia la injusticia, en esta defiendo un libro que refleja el mundo íntimo de un fulano que podría ser uno de nosotros que acertara a juntar letras con tanto arte. Inescrutables son los caminos de la literatura.

lunes, 26 de agosto de 2013

Morir despacio, de Alexis Ravelo

Ni se me ocurre pensar que la literatura tiene que tener un fin social, ni siquiera "útil", porque a ver qué hacemos entonces con Borges, o con los que nos zambulleron en su mundo propio y nos hicieron olvidar el pálpito de las calles o los ronquidos del vecino. Bajo esa etiqueta de literatura social, o de denuncia, o comprometida, más de un autor, y más de dos, se han creído con derecho a aburrir al lector hasta hacerle soltar babas y abatirle la cabeza sobre el sillón. 

Alexis Ravelo cree en la novela negra, según expone como nota del autor en Morir Despacio "...como forma de relato que remite a la realidad, reflexiona sobre la desigualdad y denuncia la injusticia, un texto de gozo que resulta ser exactamente lo contrario de la novela burguesa". En Morir despacio, demuestra palmariamente que es compatible escribir una novela sumamente entretenida (de gozo) y al mismo tiempo provocar la reflexión sobre aspectos poco visibles, o que no queremos ver, de nuestra sociedad.

Esta no es su última novela publicada. Si no me fallan las cuentas después ha ido a la librería La estrategia del pequinés, con editorial Alrevés, y está aún pendiente de publicación, y brillantemente premiada, La última tumba.

La lectura de Morir despacio me ha provocado un estado y unas reflexiones antagónicas, y me explico. Ciertamente ha provocado un estado de gozo: la historia es entretenida, los personajes (los buenos) son cercanos y empáticos, los malos creíbles (me encanta la escena con Navarro, el protagonista malvado de la novela, que ha construido su chalet sobre un camino real) y existen una serie de guiños literarios y musicales. Como guiño, valga de ejemplo que un personaje secundario sufre una crisis de conciencia estando de vacaciones en Atenas: ve a un viejo tuerto que protesta en la plaza Síntagma. Decía Borges, que el no era más que un pobre poeta ciego, como Homero.

Sin embargo, frente a este positivo gozo en la lectura (al final los buenos ganan, como tiene que ser) queda un pozo profundo de preocupación. En Morir despacio los supuestos representantes de la sociedad son sus caciques. Burgos, el malo más malo, pero también secundario por distante, podría ser real, tener el apellido igual al nombre de otra provincia española y andar promulgando leyes que beneficiaran a multinacionales del petróleo y la energía eléctrica en perjuicio evidente del interés general. Preocupa que un personaje así pudiera ser real. La sociedad aparece secuestrada porque sus posibles liberadores, los medios de comunicación, se encuentran a su vez maniatados. Sabemos ya que las ruedas de prensa merecen cada vez menos ese nombre. Se pactan preguntas, cuando no se prohíben directamente,  y medios a intervenir. Se establecen tiempos de conexión determinados con las televisiones donde se ajusta exactamente el contenido a mostrar.

Preocupa, porque la libertad en nuestra "democracia" se va reduciendo, porque es la "ficción" de una novela negra la que asume los papeles que una prensa bovina no puede, sin perder el pasto. Y para colmo, Morir despacio, no transcurre en Los Angeles de los años treinta, sino en las calles que ahora mismo, mientras escribo esta entrada, estoy mirando por mi ventana.


sábado, 24 de agosto de 2013

Una forma de respeto

Las cosas habían devenido así. Mi editor había muerto en extrañas circunstancias.

Recibió una carta de una compañía de viajes anunciándole que había ganado un viaje a Transilvania del que no regresó vivo. Él llevaba un pequeño negocio editorial. Nuestra relación era muy personal, lejos de la asepsia empresarial, fría, formal, legalizada. Esa confianza me había llevado a firmar con descuido contratos en donde me comprometía a producir obras a un ritmo mínimo y por un tiempo extenso. Sabía que él no exigiría más de lo que yo quisiera dar, él también sabía que yo no produciría menos de lo que era razonable por mi parte dar. Nunca se me ocurrió que aquellos compromisos firmados con su sociedad pudieran ser subastados, como fueron, en un extraño acto público.

Por motivos que nunca supe, la subasta se perpetró en una sala del antiguo Instituto Anatómico Forense. La mesa del subastador, un tal Walras, era una camilla de mármol, amarilleada por el paso de las bilis. Vitrinas vacías se adosaban a todas las paredes y unos incómodos bancos de madera, como de iglesia vieja, y que crujían al menor movimiento, acogían un pequeño público de apenas doce o trece personas entre las que no vi una sola cara conocida.

Los lotes en subasta estaban compuestos por el viejo equipo informático de mi editor, algunas cajas con ejemplares pendientes de venta, una máquina litográfica sólo apta para un museo y los derechos que el editor mantenía sobre sus autores recogidos en unos contratos que se amontonaban en una esquina, sobre el mármol. Al parecer, otros tres autores estaban en la misma situación que yo, según supe.

Uno de ellos era un señor calvo y viejo que padecía un tic nervioso desesperante, consistente en alargar la mano a cada momento como si ofreciera el saludo y replegarla automáticamente. Era autor de las aventuras de una tal Caballero del Espacio. Aquel individuo deprimente y parco en palabras escribía hilarantes aventuras espaciales que habían aupado a mi editor al éxito, relativo siempre al tamaño de sus aspiraciones, más bien modestas. Una señora madura, muy enjoyada y compuesta, era una especie de Agatha Cristie de Telde, cuyos volúmenes amenizaban las horas de mechas en las peluquerías de la isla, a partes iguales con el Hola, el Semana y cosas así. Estaba indignada con la subasta y se mostró muy altanera hasta que supo que yo era nada más y nada menos que "la poesía de la editorial", y no sólo el poeta. Efectivamente, ante el finado editor, en aquella mañana luminosa de un septiembre ya lejano,  firmé un contrato que en este momento se volvía faústico. Me explicó que su modesta editorial no podía permitirse más que la nómina de un único poeta, pero que una editorial que se preciase no debería contar con menos de tres, por lo que me sugirió que, a la manera de Pessoa, desdoblara mi pluma y la hiciera escribir de varias formas. Acepté y firmé. Creamos tres poetas y mi nombre verdadero, una combinación en verdad frecuente de los más manidos apellidos, se perdió para siempre en beneficio de tres ficciones. Todo esto encajaba con su carácter, y más aún con el mío.

El tercer escritor, que también conocí en aquel ominoso acto, era un señor alto, algo estrábico y que arrastraba las erres de su acento argentino. Se prodigó poco con nosotros. Parecía embelesado en un mundo propio, o aturdido por un severo golpe que le hubieran propinado en la cabeza, y andaba perdido en la sala. Era el único que venía acompañado por quien supusimos su pareja, que parecía tan absorta como él y a la que dirigía de vez en cuando, agachándose, alguna frase corta al oído. Pronto desapareció dejando una extraña sensación de que con él y su acompañante se había retirado la única fuente de calor de aquella sala, que supongo, y debido a su histórica función, siempre se había mantenido fría.

Los demás personajes allí reunidos eran un ajado notario que alzaba la mano de vez en cuando e interrumpía la puja como si quisiera elevar la cuantía. En realidad lo que pedía era que repitieran algunas palabras pues andaba duro de oído. El portero del edificio, con un uniforme de desvaído celeste, que asistía por primera vez en varios años a algo medianamente interesante. Un periodista de una revista cultural con una tirada mínima que usaba una grabadora antediluviana. Tres  personajes siniestros, vestidos con levitas cortadas con el mismo patrón, sentados en la primera fila. Eran los editores en competición. Se dirigían miradas torvas entre sí, mantenían una cauta distancia en el banco, ocultaban sus estrategias de puja y sus verdaderos límites financieros bajo aquel aspecto que ellos creían demostrar austeridad y en verdad los hacía parecer avaros de Moliere. De vez en cuando nos miraban, para lo que se giraban con un movimiento completo del cuerpo, como si el cuello y el tronco lo tuvieran compuesto en una sola pieza.

Finalmente y tras un extenso período en que las cantidades se fueron afinando progresivamente, uno de ellos ganó y mostró su contento dejando al descubierto una sonrisa en parte aurífera. Después de frotarse las manos, las extendió a sus rivales y sólo después de haber estampado su firma en unos legajos sobre la camilla de mármol, se avino a la parte trasera de la sala y se presentó a nosotros, los autores. No sé qué palabra empleó, pero sonó a amo. Era nuestro nuevo amo, y nos citó, a cada uno por separado en horas sucesivas, al día siguiente en la sede de la editorial, un vetusto almacén que se encontraba justo debajo de su vivienda en un edificio antiguo de dos plantas. El orden de las citas importaba. Primero quedó con el autor de ciencia ficción, luego con la autora de novelas de intriga, después con el argentino indefinible y finalmente con el poeta, conmigo, a una hora ya cercana a la de almorzar.

Pasé muy mala noche. Imágenes atroces de viejos dioses togados, con barba, impartiendo justicia a golpe de hacha y espada, se me representaban constantemente a luces rotas, como sacadas de las sombras a fuerza de relámpagos. Finalmente, a última hora de la madrugada, vencidas ya mis fuerzas por tamañas imaginaciones, cedí a un sueño algo reparador.

Desayuné desganado. Acaricié al gato que me seguía por el piso como si supiera que necesitaba su ánimo. Me afeité ocultando en lo posible mis ojeras a mi vista. Miré las noticias en la web y comprendí que todo había cambiado para mí en Transilvania. Que un oscuro vampiro desconocido había succionado la sangre de la placidez de mi vida. Nuevos aires llegaban a nuestra poesía, la de mis tres yos alternos, cohabitantes, complementarios y armónicos.

Se hizo la hora de salir. Elegí una ropa discreta y tomé un último café.

El taxista me dejó en la editorial, a las afueras de la ciudad en un barrio a medias residencial con historia industrial. En verdad el edificio parecía un galpón de Onetti, más que unas oficinas o una vivienda digna.

Me recibió un tipo maduro, que agachaba mucho la cabeza y apenas habló hasta dejarme frente al editor. Éste se llamaba Jeremías Matos, vestía la misma clase de levita que había usado en la subasta y esta vez apenas mostró los dientes. No era, al parecer, una situación para sonreír. Él tenía un negocio que no se mantenía solo y necesitaba ganar dinero. No mencionaba, de momento, la palabra literatura. El finado editor mantenía un negocio lánguido, sin sangre, al que él mismo ayudaba a sobrevivir con ocasionales inyecciones de capitales personales. Pero esa no era su idea de un negocio. Había que vender libros y para vender libros había que escribirlos. Me hizo sentar en una incómoda silla de madera, que me clavaba sus barritas en la espalda, mientras él se parapetaba detrás de una descomunal y vieja mesa, repantigado en un sillón que lo acogía como la mano gigante de un Dios pagano. Me mostró la frecuencia de mis entregas, pasadas a limpio en un escrupuloso documento. Estoy seguro de que mi antiguo editor las apuntaba descuidadamente en cualquier hoja suelta. Yo entregaba poemas a una media de uno al mes. Poemas pequeños. No es que escribiera el Mío Cid, precisamente. A ese ritmo un poemario publicable demoraba casi un año. Una Antología un lustro. A no ser que escriba usted directamente la antología, y entonces sí sonrió. Comprenda que esta casa, en los tiempos que corren, no se puede permitir semejante lasitud. Puedo comprender en parte que la poesía depende de sensibilidades no forzadas, pero usted, conscientemente o no, firmó un documento contractual que le obliga a producir como tres poetas a un mismo tiempo y quiero que vea en esa aparente desventaja una gran oportunidad. Hasta la fecha, y por lo poco que he leído, ustedes mantienen una actitud de convivencia mortecina, cuando no de ignorancia mutua. A usted no parece importarle que usted tenga un estilo antagónico con el de usted mismo. Eso no puede ser, el lector no puede admitir una falta de incoherencia interna tan exasperante. La obra pierde en verosimilitud y se nos caen los libros de las manos. Sus poetas deben pelearse, herirse, vilipendiarse y despreciarse. Es la única manera, perdone que le diga, de que a alguien le importe su obra, y la única manera de que sea usted capaz de mantener los compromisos contratados y evitar las sanciones aparejadas a la falta de cumplimiento de las cláusulas. No soy de los editores que se metan a decir cómo se debe escribir. No soy de los que tacho o impongo adjetivos, o quito o pongo comas, pero dirijo, no me quedo sentado a ver qué pasa. Pasado mañana tengo reservadas cuatro columnas en el suplemento cultural del Diario de Marsupia cuyo contenido está aún por definir. Tres estarán destinadas a dar la publicidad que se merece un cambio de rumbo tan importante como el que el este sello editorial va a tomar, pero queda un pequeño espacio reservado a su poesía. Quiero que tenga forma de entrevista y que uno de sus poetas ataque a algún otro de tal manera que una respuesta enérgica sea impostergable, porque tengo al día siguiente, en un periódico de la competencia, otra columna que debe rellenarse de manera útil. Sé que no le he dejado hablar, pero comprenda que no me interesa lo que diga. No se lo tome a mal, es puro respeto. El verdadero respeto a un escritor se debe a lo que escriba, no a lo que diga. 









domingo, 18 de agosto de 2013

Elogio de la ociosidad y otros ensayos, de Bertrand Russell

Leer a Bertrand Russell mitiga mi desasosiego. No sé si va conmigo o con los tiempos, pero me cuesta encontrar a qué asirme para levantarme tras los palos que me da el periódico. No sé si hay un sistema planificado por mentes malévolas para confundirnos o si surge espontáneamente de un totum revolutum que no entiende ni Dios. Este mundo es el imperio de la confusión.

Hay quien dice que son cosas del tardocapitalismo o del posmodernismo y que el estado del hombre actual es el líquido. Que nos tenemos que adaptar al envase y renunciar a las viejas fijezas. Si hoy toca creer en la productividad y trabajar en un burger, mañana tocará suspirar por el crecimiento espiritual y cobrar por clases de meditación Zen al estilo minijob para comprar el último Galaxy y suma y sigue. Puede que tengan razón, o simplemente se estén adaptando a la forma de una berza.

¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos? Pues Bertrand Russell no va a despejar las dudas porque una pregunta así es de suyo un error, pero leerle es encontrar el reposo  en el sentido común y la bonhomía.

Este hombre pensaba, una costumbre hoy en desuso, al menos de esta forma, sin vías estrechas, a lo ancho. Tampoco nos dan tiempo para pensar, sin un respiro y con tanta información desinformante. A este respecto, Russell, que siempre gozó de una posición acomodada, supo criticar cómo las malas condiciones de vida que implican el agobio constante de una sociedad capitalista impiden la realización cabal de las personas, desde su crecimiento propio hasta la adecuada educación de los hijos.

Su generación tuvo que pensar. Tragarse dos guerras mundiales en una sola vida no podía ser normal. Recordemos que fueron los años de Alan Turing, Albert Einstein, Ludwig Wittgenstein, Frederick Copleston (no vean su debate con Russell en Youtube sin tomarse una tila o un par de vodkas) y tantos otros que no tenían los medios de hoy en día pero sí un cráneo en la parte alta del cuerpo relleno de neuronas efervecentes.

Así que a Russell le dieron el premio Nobel de Literatura en 1950. Se merecía uno y no debieron encontrar otro que se le adaptara mejor. Russell contribuyó fundamentalmente a la lógica, a la matemática y a la filosofía, por un lado, con escritos técnicos rigurosos; y por otro a la economía, el sentido común, la sociología y el deleite con textos como estos ensayos que he leído. La academia sueca le entregó el premio "en reconocimiento de sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento". Su contribución a lo que yo entiendo como literatura no fue mucha, ni falta que le hizo.

Para que se hagan una idea de la independencia de pensamiento que ejercía diremos que estuvo un par de veces encarcelado a pesar de su prestigio y abolengo; que intentaron vetarlo en la universidad americana por sus ideas acerca de la libertad sexual; que su compromiso con el pacifismo le hizo mediar entre las potencias en conflicto, con mejor o peor fortuna.

Si tienen sobre la mesa de noche un ladrillo de papel pueden apartarlo y darse un respiro. Cojan aire con Bertrand Russell.




sábado, 27 de julio de 2013

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Borrar la frontera del tiempo, que separa el presente del pasado. Que la abuela volviera a traernos el desayuno a la cama. Que se mezclaran los muertos con los vivos. Que tuvieran más presencia los rostros de los fantasmas que nuestras propias caras. Que no pudiéramos acertar el año en que vivimos en una casa que fue derribada dentro de doce años para construir sobre sus ruinas la que ocupamos ayer. Que viajemos por caminos polvorientos en busca de nuestro padre, que nos abandonó hace tanto atrás y le encontremos antes de concebirnos, ejerciendo de cacique implacable y traficante de vidas. Que distingamos a duras penas en retratos color sepia a rebeldes cristeros, seguidores de Pancho Villa, a pelones del ejército oficial o el pasmo de Carranza cuando lo mataron en Tlaxcalantongo.

Pedro Páramo es una revoltura del tiempo en forma de poema familiar y de pueblo. Decía no sé quien que la vida es caótica y el escritor en sus historias le pone orden. En aras de la poesía puede desbaratarse un plan demasiado cuerdo. Juan Rulfo ordena el desorden o desordena el orden para regalarnos, no un libro, sino un mundo.

miércoles, 24 de julio de 2013

Cuentos de Wessex, de Thomas Hardy

La mejor manera de llegar a un libro es la recomendación de un amigo. En este caso fue John Irving quien cita a Thomas Hardy en las primeras páginas de Personas como yo, que tuve el gusto de regalar a una persona que quiero mucho.

Tengo la fea costumbre de intentar leer los libros que regalo antes de entregarlos, si el tiempo me lo permite. Si los compro en un viaje, los voy leyendo en el avión. Es mi manera de saber exactamente qué estoy entregando. Con Personas como yo me dio tiempo suficiente para hojear las primeras páginas y encontrar algunas referencias literarias de las que proviene la curiosidad por Thomas Hardy. Y siguiendo la cadena de libros y amistad, estaba de librerías con Riforfo Rex cuando cayó en mis manos este volumen de los cuentos completos de Thomas Hardy. Riforfo me invitó a él, como quien invita a una copa, y me lo llevé a casa contento como unas pascuas. 

La primera colección de textos son los Cuentos de Wessex. Para establecer un paralelismo sincrónico y literario les diré que Thomas Hardy nació en 1840 en Inglaterra, tres años antes que Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria. Como D. Benito, usaba bigote, si bien mucho más cuidado, alzado por las puntas y acicalado. En la foto que habitualmente se distribuye de Thomas Hardy en la red, ese bigote divide una cara en la que la mirada es severa, dirigida, no al espectador sino hacia un lado, y la vestimenta impoluta.

En los Cuentos de Wessex Thomas Hardy recupera historias de la tradición con un, a mi juicio, esmeradísimo trato y gran perfección de estilo. Se imbrica el paisaje y los tipos humanos conformando esmeradas postales de lo que suponemos la Inglaterra de aquellos tiempos.

La primera historia trata de la irrupción inoportuna de tres personajes en una celebración familiar generándose un juego de ingenio y malentendidos con fugitivos y horcas de por medio.

La segunda historia es tan corta como deliciosa, y la destripo (tápense los ojos para no seguir leyendo) al revelarles que se trata nada menos que de la incursión furtiva y en persona del mismísimo Napoleón en tierras británicas para planear su invasión.

Los siguientes cuentos empiezan a mezclar temas amorosos con los relativos a maldiciones, encantamientos y aventuras. En varios de ellos, especialmente en el magnífico "Vecindad", la trama amorosa es el sustento de las historias. Hardy da un tratamiento contenido y profundo al amor entre sus personajes. Por una u otra circunstancia, no se revela a las claras y se convierte en el potente río subterráneo que riega sus historias. Son amores, si no imposibles, difíciles de realizar por el muy diferente tipo de vidas que llevan los implicados.

En "El predicador desconcertado", quedamos atrapados en el mundo de los contrabandistas de licores de la Inglaterra de la época de la mano de una protagonista femenina de fuerte carácter. Un joven predicador queda casualmente enredado en estas aventuras. Es una historia amable donde el narrador  nos propone claramente quedar del lado de los "delincuentes" frente a la policía fiscal de la Corona.

Lo que me ha sorprendido muy gratamente es la extraordinaria y precisa maquinaria narrativa de Thomas Hardy. El hilo de la historia, los personajes, los sentimientos, los paisajes, los desarrollos, el ritmo, van fluyendo con gran armonía y ligereza. Parece que todo sucediera con la necesidad del  curso de la naturaleza. Que no existiera otra forma de que sucediera, ni ninguna mejor de contarlo.

sábado, 20 de julio de 2013

Gracias, gracias, gracias...

El pasado jueves, día 18 de Julio, se presentó en el Museo Domingo Rivero nuestro libro Papiromanía.

No hay palabras suficientes para expresar el agradecimiento que sentimos hacia todas las personas que nos acompañaron. El  cariño se podía palpar en cada saludo, en cada abrazo y en cada sonrisa.

También la suerte estuvo con nosotros, justo ese día era anunciado el fallo del VXII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe recayendo en Alexis Ravelo, nuestro presentador, maestro en letras y amigo.

Cerrábamos además "el curso" del Museo Domingo Rivero, que reanudará sus actos culturales a la vuelta del verano. Desde aquí expresamos nuestro agradecimiento a Pepe Rivero y todo el personal del museo.

Los cuatro autores con Alexis Ravelo

Una vez pasados los nervios iniciales les puedo confesar que me encontraba tan a gusto como sólo  puede uno estar entre amigos. Fluyó la energía positiva y creo que conseguimos que los presentes se llevaran una idea clara de nuestro libro. En definitiva, el protagonista era él, con sus poquitas pero contundentes páginas y su vestido negro.

Siento que también debo cerrar esta entrada como comienza, con un gran GRACIAS.

sábado, 13 de julio de 2013

Papiromanía, en la radio



Los autores de Papiromanía estaremos mañana domingo 14 de julio de 2013 en 7.7 Radio a partir de las once de la mañana con Manuel García en su programa Siglo XXI...con perdón. Además, a partir de las doce, uno de nosotros, Rubén Benítez Florido, continuará en la tertulia del programa. Los diales en los que se puede escuchar en Gran Canaria son: 89.6 para Las Palmas de G.C. y San Bartolomé y 87.6 para Gáldar y Telde. Les dejo el enlace a su página aquí debajo, pinchando en el logo de la emisora.




Por otro lado, el martes 16 julio de 12:10 a 13:00 en Radio Agüimes se emitirá una entrevista a los papirómanos, dentro del programa El Secreter de Fátima Melián Díaz. Pinchando en el logo  de Radio Agüimes tienen el enlace a la página de la emisora. Su dial es el 104.5





Desde aquí muchas gracias a ambas emisoras por contar con nosotros.

miércoles, 10 de julio de 2013

Papiromanía. Textos para tiempos difíciles.

video
El próximo jueves, 18 de Julio, a las 19:30 presentaremos el libro Papiromanía en el Museo Domingo Rivero.

Estaremos presentes los cuatro autores del libro: Ricardo Pérez García, Antonio Lino Rivero Chaparro, Rubén Benítez Florido y Juan José Rodríguez Barrera. Para el acto contaremos con la inestimable ayuda de Alexis Ravelo, al que damos desde este blog las gracias, así como a Pepe Rivero y a todo el personal del museo. La dirección es: calle Torres nº 10, perperdicular a Triana. Bajo esta línea añadimos un enlace a la página del museo.

lunes, 24 de junio de 2013

El amigo Manso, de Benito Pérez Galdós


Fatigar, como decía Borges, páginas de historia es en la mayoría de las veces fatigarse leyendo sobre  guerras, batallas, conquistadores, generales y tantos y tantos "grandes hombres" y sus "grandes hechos". Sobre sus hombros, el que más y el que menos, carga una pila de muertos. Son estos personajes los que copan la historia, como los corruptos y maníacos los titulares de los periódicos. Pero la historia está hecha por todos los hombres. Por la manera en la que amasaron el pan, educaron a sus hijos o amaron a sus parejas. Por la manera en la que dormían o se vestían. Por cómo sobrevivían.

La pluma afilada de Francisco Umbral escribió que Benito Pérez Galdós tenía alma de portera. Leemos a Galdós y lo consideramos un elogio. En El amigo Manso, vuelve a ejercer de notario y voyeur que nos mete en las casas de la gente y nos enseña cómo se cocían los garbanzos en el siglo XIX. Máximo Manso, que se declara ficticio e inexistente desde la primera línea, nos presta sus ojos y su voz para conocer la vida de un profesor de filosofía y toda una serie de personajes de la sociedad de la época. Su historia es la de un hombre íntegro, capaz, reflexivo, formado, inteligente, que domina la palabra escrita y que fracasa en la sociedad en la que vive. ¿Les suena? ¿Estamos hablando del S. XIX? Su alumno o discípulo, Manuel Peña es quien se lleva el gato al agua. Por supuesto, el gato tiene también nombre de mujer. Manuel es un joven de acción, inteligente, bien parecido y extraordianario orador, si bien, torpe al escribir.

Galdós nos abre las puertas de las casas, nos invita a pasar y nos presenta a sus habitantes. Con él aprendemos que a aquellas alturas del siglo se usaba aún el reto a duelo, que los gatos eran habituales en las casas y sobre estos pequeños detalles la estructura de la sociedad por sus tipos. La  supervivencia era aún imposible para la mujer de manera independiente. Necesariamente debían buscar cobijo bajo un hombre. La vieja Dña. Cándida recurre a la astucia y el parasitismo para mantener el tren de vida que perdió al morir su marido. El gran personaje femenino de la novela, Irene, parece capaz, a los ojos de Manso, de conseguir la independencia, pero finalmente cae bajo las ruedas del sistema. Máximo Manso cambia la alta opinión que tenía de ella. No sabemos (Galdós no quiso que lo supiéramos) si este cambio es una defensa de Máximo para superar su pérdida o una apreciación objetiva sobre la muchacha.

Si esta novela tiene malo, éste es José María Manso, hermano de Máximo. A su vuelta de las américas monta un partido político y trata de ganar influencias. Lo hace de manera programada y perversa. Usa el poder que gana para intentar someter a Irene a sus deseos. A su calor se calientan una buena serie de personajes secundarios que despliega Galdós: nobles que exhiben sus títulos, un poetastro soporífero, etc. El cuadro que pinta el escritor canario es el páramo de la mediocridad. En él Máximo Manso es una mancha fracasada y aislada, o exitosa a su manera y según sus valores, pero igualmente aislada. Por otro lado, su alumno Manuel Peña, es una pincelada brillante que ha sabido adaptarse a las sombras del cuadro galdosiano.

viernes, 21 de junio de 2013

Nada de Importancia

No he venido a curarme nada. No tengo síntomas que contarle. Sí, me duele la rodilla izquierda, pero desde hace meses; voy con demasiada frecuencia a orinar, desde hace años; nada calma mi ardor de estómago, salvo estas pastillas de las que no quiero abusar, desde que recuerdo. Es sólo que desde hace poco he empezado a amar con calma, sin exaltación, como dejándome llevar por una corriente mansa.
Y me ha dado por pensar que es la manera en la que quieren los viejos y que se avecina la muerte. Así que he venido a contarle esto por si usted cree que podemos hacer algo. Pasar alguna revisión, hacer algunos análisis. Por si podemos evitarla, o retrasarla. Me quedan muchas cosas por hacer, pero a decir verdad tampoco es eso. Aunque viviera mil años sé que no las haré. Es sólo que no quiero irme todavía, que me gusta amar así. Estoy bien. Quiero quedarme unos pocos años más, doctor.

lunes, 17 de junio de 2013

Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes, de Carlos Pujol

"-Le veo muy divertido, Holmes. Ayer leía las actas del proceso de Lacenaire, pero este librote tan voluminoso de ahora debe de tratar de algún asunto más festivo.
-De librote nada. ¿No ha leído usted El Ingenioso hidalgo...? Es tan bueno que su autor merecía ser inglés."

Carlos Pujol,  Fortunas y Adversidades de Sherlock Holmes

Editorial Menoscuarto editó en 2007 este libro compuesto por dieciséis cuentos o escenas de la vida del famoso detective británico, contadas desde la voz del doctor Watson. Son delicados pastelillos que evocan, como evocan los aromas, el sabor de la casa de Baker Street.

Carlos Pujol ejerce de Pierre Menard e iguala o supera sus méritos. Pierre Menard tuvo que olvidar la historia de trescientos años para transportarse a principios del siglo XVII. Carlos Pujol se metió en el pellejo del británico Arthur Conan Doyle y reprodujo finas ironías, gravitaciones en torno a una reina, una cultura, un mundo y unos símbolos. La plácida lectura permite vislumbrar el holmesianismo de Carlos Pujol, luego confirmado con informaciones encontradas en la red. Sólo alguien acostumbrado a leer y disfrutar los textos del detective británico pudo escribir estos deliciosos textos.

Queda pendiente continuar la investigación sobre la figura y la obra de Carlos Pujol. Fue traductor, ensayista, crítico, editor y escritor de novela, cuentos y poesía. También la Editorial Menoscuarto es una puerta abierta a la curiosidad de a quienes nos gusta leer. Miraremos, si no con lupa, sí con atención a través de ella.

viernes, 14 de junio de 2013

Madame Bovary

Ojalá pueda mantener mi firme decisión transitoria de escribir, aunque sólo sea unas líneas, sobre lo que vaya leyendo. Hoy le toca a Madame Bobary, como si de ella se hubiera escrito poco. Comprendan que lo hago más por obligarme a la reflexión consciente, y así sacar punta a mi memoria, que porque quede mucho que decir sobre la novela. Advierto de que en esta modesta entrada se aludirá al argumento, por si alguien quiere prevenirse de ese peligro.

Como casi siempre que leo lo archiconocido, se me vienen abajo las ideas previas. Me esperaba que la novela supusiera, si no una exaltación, sí una defensa del amor romántico, y es más bien todo lo contrario. Lo esperaba por ignorancia, ¿para qué nos vamos a engañar? He leído que fue precursora del naturalismo, o del realismo y, desde luego, el amor romántico queda más bien por los suelos. Gracias a Flaubert, nos reímos de él a mandíbula batiente. La famosa escena erótica en el carruaje por las calles de Rouen, de la que tanto me habían hablado, tiene muy poco de erótica, ni falta que le hace, ni creo que fuera la intención del autor. Los órganos estimulados del lector son los que tienen que ver con la risa, no busquen más abajo del cuello, en cualquier caso. La leí a la hora de la siesta de un jueves y creo que a mis vecinos no les hizo ni pizca de gracia.

Esta novela llevó a Flaubert ante los tribunales, por mostrar abiertamente el adulterio, el suicidio, la mediocridad de la vida cotidiana y atentar contra la moral pública.

El pobre Carlos Bovary, descrito magistralmente desde sus años mozos, es un médico que no pasa las fronteras del pueblo y que ama a su mujer. No sabemos bien si es así de bobo o se lo hace, con el fin de mantener a Emma a su lado. El hombre da un perfil de poca energía y carácter. Su mujer, Emma Bobary, quiere convertirse en mujer de mundo, traspasar las fronteras del pueblo, llegar a París, pero como muy lejos llega a Rouen. No le falta belleza y gracia para que los hombres se fijen en ella y toma dos amantes que se quedan cortos al tamaño de sus fantasías. También se le quedan cortos los ingresos de su marido y no falta un prestamista siniestro que se aprovecha de su ambición hasta llevarla a la bancarrota. De la quiebra, Emma llega al suicidio. Hay un capítulo adicional, con Emma ya muerta, que me desconcierta por las descripciones algo morbosas en torno al cadáver. No parece que Flaubert tuviera ningún cariño a los personajes.

Me quedan de manera especial en la memoria un par de escenas y matices.
-La pobre Berta, hija del matrimonio y que da cierta lástima, descolgada de sus padres.

-La magnífica escena en la que Flaubert intercala el discurso de unos políticos en una feria de ganado con los requiebros de uno de los aspirantes a amante de Emma Bobary. El primero hila un discurso político intachable, el segundo una oratoria romántica de verdadero profesional de la seducción.

-Por último, el intento de Carlos Bovary de reparar mediante una operación la minusvalía de un pobre diablo con pies planos. El médico es arrastrado hacia esa intervención por el famaceútico del pueblo,  ávido por despuntar socialmente a toda costa. Éste insiste en mantener unos vendajes después de la operación cuando ya se intuía que nada había salido bien. Llevan al desgraciado hasta la gangrena. A punto está de morir pero la intervención de un gran médico de la época consigue que la cosa quede nada menos que en la amputación de la pierna. Este capítulo demuestra la inoperancia de Carlos Bovary. Lo único grande que intenta, a instancias de la fe de otro, acaba con desastrosos resultados.

La novela es encomiada como una de las cumbres de la literatura, también como bisagra entre el romanticismo y el naturalismo o realismo. Mario Vargas Llosa la nombra casi siempre que interviene en un acto público y le ha dedicado al menos un ensayo (La orgía perpetua). Para el autor peruano es una de esas obras en las que se llega a lo que considera la cima en el arte de escribir historias: que el lector se abstraiga en un mundo de origen ajeno, pero que vive como propio, como un sueño, si no como una realidad, traspasando la frontera física de un simple papel blanco y unos símbolos negros. Ahí es nada el asunto.



martes, 11 de junio de 2013

Estuvimos en La Feria del Libro

Papirómanos en Madrid
Sin saber muy bien cómo, pero sí dónde, en un bar de Telde donde nos reuníamos a disfrutarnos hablando de libros y algún que otro asunto, estos cuatro tipos nos acabamos llamando papirómanos, y a nuestra común afición, papiromanía. El nombre surgió de una manera natural y la hemos estampado en la portada de un libro.

Que conste, antes que nada, que somos un grupo de amigos, no un partido político, es decir, que cada uno piensa por sí mismo y mantiene su independencia, de tal modo que escribo este post sólo en mi nombre.

A mí me abruman las librerías, al tiempo que me fascinan. Ver tantos y tantos libros y saber que sólo son la punta de un iceberg descomunal me da una medida de la insignificante que soy como lector y no digamos ya la mota de polvo que soy en ese cosmos como escritor. Así que me sorprende la altanería que supone poner otro libro más en este mundo. Pero lo hemos hecho, como si faltaran letras por escribir, o sobraran ojos para leerlas. Con la más absoluta irresponsabilidad hemos juntado unos cuantos de nuestros textos y los hemos puesto sobre papel, y encima nos hemos apostado junto a ellos en la Feria del Libro de Las Palmas como preveyendo que alguien se interesaría por ellos, y por si fuera poca chulería, nos hemos ido también a la Feria del Libro de Madrid y hemos hecho tres cuartos de lo mismo. El tamaño de nuestra osadía es sólo comparable al de nuestra ilusión.

Y valió la pena. Haciendo balance con la cabeza fría, valió la pena porque pude traerle a Mercedes un libro de Luís Alberto de Cuenca dedicado a ella y charlar dos veces con el autor. Valió la pena porque vi cómo dos papirómanos conseguían una dedicatoria del poeta Luís García Montero a otro de nosotros que esa mañana continuaba en Barajas. Vi como ese lazo papiromaníaco se cierra cada vez más y la papiromanía se va convirtiendo en enfermedad crónica e incurable. Valió la pena porque estuvimos juntos y el año que viene queremos volver. Valió la pena porque a alguno de nosotros la experiencia le pareció tan fascinante que, a pesar del cansancio, le costó conciliar el sueño la noche del sábado, como si fuera un niño en la Noche de Reyes.
Pepe Correa y Emilio González Déniz en el Parque San Telmo

Sí, fuimos una gota en un océano, una lágrima en la lluvia. En la medida de nuestras fuerzas formamos parte de aquella celebración del libro y querremos seguir formando parte en el futuro.

Pego, en la parte superior de esta entrada, una foto hecha por Tere Pérez Betancor, a la vez prueba de que estuvimos allí, donde figuramos los cuatro (Ricardo un poco de soslayo) con Montse e Isaac, de la distribuidora Maidhisa,S.L.

También pego, en el final, otra foto que tomé de Pepe Correa y Emilio González Déniz en San Telmo. Dos sonrisas estupendas.