martes, 3 de diciembre de 2019

Presbicia

Desde que cumplí los cuarenta han ido llegando mensajes anunciando el fin del trayecto. Ignorarlos no ha servido de nada. En mi caso, me ha obligado a gastar algunos euros más en ediciones con la letra un poco mayor de los mismos títulos que ya tenía.  Todo ha resultado inútil. La pasada semana obtuve el veredicto: 1,75 dioptrías en cada ojo, y libertad vigilada: obligación de pasar por una revisión anual. Esto es lo de menos en comparación con los demás signos de degradación del cuerpo que antes me soportaba y al cual, ahora, yo soporto. Una retahíla de síntomas cuya descripción es absolutamente tediosa, lugar común de conversaciones entre cincuentones.

Pero como no hay mal que por bien no venga, ya no miro con ojeriza a algunos libros de mi biblioteca, de tipo diminuto. Mira por dónde, unas gafas han provocado la reconciliación, entre otros, con Onetti. Tengo un Juntacadáveres de letra jivaresca. Además, al poner mis gafas sobre el libro de Gamoneda que andaba leyendo, surgió esa imagen que me parece simpática, reconociendo que el modelo de gafas que he elegido va mejor a un inspector de Hacienda que a un poeta que sueño en el campo, escribiendo del natural y no encerrado en un estudio.

Con respecto al asunto de la presbicia, me digo a mi mismo, No es para tanto, no es para tanto, y sigue andando el tiempo.

martes, 6 de diciembre de 2016

Nieves Delgado y Sergio Déniz, fotos de papirómanos.

Ramón de Campoamor escribió que «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira».

Cuando es un artista el que mira, el que encuadra, el que ilumina y el que revela, puede uno salir hasta algo guapo o menos feo. Si en vez de un artista, son dos, el éxito está asegurado.

¡¡Mil gracias a Nieves Delgado y Sergio Déniz por su trabajo fotográfico con los papirómanos!!

Aquí dejo un ejemplo de ese trabajo con un servidor. He elegido una de las mejores: no se me ve apenas la cara. En el muro de Papiromanía en Facebok pueden ver las excelentes fotos de grupo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Salir rana, de Pedro Flores

El nacionalismo, el localismo, el calor que produce lo próximo o la mirada con las gafas de cerca hacen que los gentilicios como canario basten a muchos para dar valor al sustantivo que acompañan. Es preferible que el gentilicio sea innecesario.

Esta reflexión la tuve por primera vez en el Museo Néstor. Sus bocetos en tiza y pastel sobre papel de estraza me impresionaron tanto como su óleo más elaborado. Néstor es de esos artistas que, como el Rey Midas con el oro, convirtió en arte lo que tocaron sus manos. El artista y el arte mantuvieron siempre un diálogo natural de compañeros inseparables. Por supuesto, el que naciera en estas islas determinó, como no podría ser de otra forma, de qué manera y en qué temas se materializaría su arte. Al margen de esta cuestión accidental, nadie, haya nacido en Tunte o Pekín, permanecerá indiferente al contemplar El amanecer.

En mi opinión, Pedro Flores es de esos autores cuya voz no necesita gentilicios. Cualquiera que lea poesía en la lengua que nos une encontrará en él un tesoro.

Vicente Gallego ha seleccionado sesenta y tres poemas de la obra completa de Pedro Flores para publicarla en esta antología, Salir Rana, con le editorial Renacimiento. Pedro dice, con el humor que le caracteriza, que los poemas son suyos, pero que el libro es de Vicente Gallego.

En el prólogo, el antologista nos explica cómo conoció al poeta, oculto tras la plica de un premio de poesía. Conjeturó entonces, por ciertos giros del lenguaje, que se trataba de un autor latinoamericano. Quedó sorprendido al descubrir que Pedro estaba mucho más cerca físicamente. Pronto surgió la pregunta de cómo era posible que hasta la fecha le resultara totalmente desconocido, no sólo a él, sino a todo el círculo de poetas que frecuenta. La respuesta de Vicente Gallego es que Pedro no había tenido la fortuna de ser publicado por editoriales nacionales.

Quizá desde Canarias el acceso a estas editoriales sea aún algo más difícil. Para colmo, Pedro Flores no frecuenta ni usa los medios tecnológicos que ayudan a paliarlo. Él mismo se define, en este sentido, “como un hombre de la Edad de Piedra”.

Confío en la visibilidad que la editorial Renacimiento otorgará al escritor. Espero que a partir de ahora, la poesía de Pedro no sea el privilegio de unos pocos, sino el derecho de todos.