martes, 8 de marzo de 2016

Morteruelo


Yo a mis amigos los trato un poco al trancazo, aunque no se lo merecen, ni yo a ellos. No es por mala fe, sino que no me enseñaron de pequeño a cuidar las amistades, y después de viejo no he querido aprender. Cosas también, supongo, de cómo se maneja la clase baja de la que vengo, por mucho que luego el sueldo que he alcanzado a cobrar me haya subido un poco, casi nada, pero algo, el status. Recuerdo que al llegar a la Universidad, donde empecé a mezclarme con gente de clase (social, se entiende) superior, me llamó mucho la atención ver que se distinguían unos de otros añadiendo al nombre el apellido. Mónica no era sólo Mónica, sino Mónica Jiménez, para distinguirla de otra que se apellidaba, Morales, por decir algo. En mi colegio éramos Jose o Manolo, y para distinguir, o para joder, Jose “el ojopulpo” o “el tripa”, todo lo más. No se sabía de donde venían los motes, pero cuajaban pronto porque eran certeras etiquetas, eso sí, clavadas con chinchetas hasta el tuétano del nominado.

Pero a lo que venía este texto, es a que, a pesar de mi franca incapacidad para hacer amistades, y mi nula dedicación a la conservación de las que no sé sabe cómo he hecho, tengo, de vez en cuando, el detalle de traer para algún amigo una lata o un libro, de los sitios a donde viajo. Trato que sean productos autóctonos, como libros escritos en lenguas vernáculas o latas que parezcan contener algo desconocido. Mi última importación es una lata de morteruelo, que no sé lo que es, ni quiero saberlo. De la misma manera que no pregunté cuando lo compré, no pienso mirarlo en internet, sino entregarlo y punto, porque lo que importa es el gesto. Ese gesto de alargar el brazo para dar lo que lleva uno en la mano. Y no pienso mirarlo, además, porque con la misma es la cosa más corriente del mundo y se consigue en el hiperdino de la esquina. Prefiero el misterio y el hermetismo, en este caso.

domingo, 17 de enero de 2016

Fin de Poema

Fin de poema
Fin de Poema. Juan Tallón. Alrevés. Barcelona, 2015

Si vuelvo a las librerías es porque, en el fondo, sigo confiando en la palabra. No se me ocurre otra explicación.

Las puertas parecen cerradas a cal y canto; los caminos, tan trillados, que no queda rastro de hierba; las combinación de palabras, completamente agotada; todos los personajes, arrastrados por el fango; las nubes, secas.

Y sin embargo, me detengo ante el escaparate de la librería, entro y hojeo. Con los dioses muertos, misteriosamente, se conserva el rito. El premio es delicioso. No llega a ser siquiera el libro completo, que se va espesando conforme avanzan las páginas. ¿O será el lector quien se espesa en la bocacalle de Triana?

Unas cuantas palabras hiladas sutilmente, con el esmero de un artesano fumador, que va alternando entre sus dedos el cigarro y un bolígrafo metálico y viejo.

Cómo considerar un adjetivo definitivo, insustituible, sin echarse a temblar de frío. Natalia e Italo insisten en que están acabados, en que no se toquen, ni siquiera se miren, pero Cesare sabe que dicen eso porque ignoran qué tiene en su cabeza, y cómo la presencia insistente de Connie, o de sus cenizas, o sombras, lo obliga a perseverar en una mayor perfección; quiere que ella esté en el poema completamente, que cada verso la abarque y detalle su presencia como si fuese una imagen de mármol.

Y este comienzo de carta, ejemplo de por qué valió la pena entrar de nuevo en el templo:
Querido Cesare. Me he acostumbrado con tanta naturalidad a que no respondas a mis cartas que creo saber en qué momento tu silencio me está pidiendo que te escriba.