viernes, 18 de marzo de 2016
martes, 8 de marzo de 2016
Morteruelo
Yo a
mis amigos los trato un poco al trancazo, aunque no se lo merecen, ni
yo a ellos. No es por mala fe, sino que no me enseñaron de pequeño
a cuidar las amistades, y después de viejo no he querido aprender.
Cosas también, supongo, de cómo se maneja la clase baja de la que
vengo, por mucho que luego el sueldo que he alcanzado a cobrar me
haya subido un poco, casi nada, pero algo, el status. Recuerdo
que al llegar a la Universidad, donde empecé a mezclarme con gente
de clase (social, se entiende) superior, me llamó mucho la atención
ver que se distinguían unos de otros añadiendo al nombre el
apellido. Mónica no era sólo Mónica, sino Mónica Jiménez, para
distinguirla de otra que se apellidaba, Morales, por decir algo. En
mi colegio éramos Jose o Manolo, y para distinguir, o para joder,
Jose “el ojopulpo” o “el tripa”, todo lo más. No se sabía
de donde venían los motes, pero cuajaban pronto porque eran
certeras etiquetas, eso sí, clavadas con chinchetas hasta el tuétano
del nominado.
Pero
a lo que venía este texto, es a que, a pesar de mi franca
incapacidad para hacer amistades, y mi nula dedicación a la
conservación de las que no sé sabe cómo he hecho, tengo, de vez en
cuando, el detalle de traer para algún amigo una lata o un libro, de
los sitios a donde viajo. Trato que sean productos autóctonos, como
libros escritos en lenguas vernáculas o latas que parezcan contener
algo desconocido. Mi última importación es una lata de morteruelo,
que no sé lo que es, ni quiero saberlo. De la misma manera que no
pregunté cuando lo compré, no pienso mirarlo en internet, sino
entregarlo y punto, porque lo que importa es el gesto. Ese gesto de
alargar el brazo para dar lo que lleva uno en la mano. Y no pienso
mirarlo, además, porque con la misma es la cosa más corriente del
mundo y se consigue en el hiperdino de la esquina. Prefiero el
misterio y el hermetismo, en este caso.
domingo, 17 de enero de 2016
Fin de Poema
| Fin de Poema. Juan Tallón. Alrevés. Barcelona, 2015 |
Si
vuelvo a las librerías es porque, en el fondo, sigo confiando en la
palabra. No se me ocurre otra explicación.
Las
puertas parecen cerradas a cal y canto; los caminos, tan trillados,
que no queda rastro de hierba; las combinación de palabras,
completamente agotada; todos los personajes, arrastrados por el
fango; las nubes, secas.
Y
sin embargo, me detengo ante el escaparate de la librería, entro y
hojeo. Con los dioses muertos, misteriosamente, se conserva el rito.
El premio es delicioso. No llega a ser siquiera el libro completo,
que se va espesando conforme avanzan las páginas. ¿O será el
lector quien se espesa en la bocacalle de Triana?
Unas
cuantas palabras hiladas sutilmente, con el esmero de un artesano
fumador, que va alternando entre sus dedos el cigarro y un bolígrafo
metálico y viejo.
“Cómo
considerar un adjetivo definitivo, insustituible, sin echarse a
temblar de frío. Natalia e Italo insisten en que están acabados, en
que no se toquen, ni siquiera se miren, pero Cesare sabe que dicen
eso porque ignoran qué tiene en su cabeza, y cómo la presencia
insistente de Connie, o de sus cenizas, o sombras, lo obliga a
perseverar en una mayor perfección; quiere que ella esté
en el poema completamente, que cada verso la abarque y detalle su
presencia como si fuese una imagen de mármol.”
Y
este comienzo de carta, ejemplo de por qué valió la pena entrar de
nuevo en el templo:
“Querido
Cesare. Me he acostumbrado con tanta naturalidad a que no respondas a
mis cartas que creo saber en qué momento tu silencio
me está pidiendo que te escriba.”
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