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domingo, 15 de junio de 2014

Literatura

Cada mensaje se encamina a partes concretas de nuestro ser.
La publicidad se dirige a nuestra estupidez.
Los manuales de los aparatos van directos a nuestra razón.
La mala poesía trata de dar en la diana de nuestra sensibilidad.

La buena literatura acierta siempre con nuestra inteligencia:
el meollo de lo que realmente somos, hecho de razón,
sensibilidad y una cantidad razonable de estupidez.



sábado, 2 de junio de 2012

Otra vez


Todos los libros que uno termina dejan una deuda que se salda como se puede, a plazos o de un solo pago, morosamente o con diligencia. Siempre creo no recordar nada, haber pasado de puntillas sin fijarme y sin sacar conclusiones. Tiempo después leo un artículo o converso con un amigo y salen de las profundidades las palabras del autor, como las aguas frías, abisales y refrescantes de un océano. Mira por donde, no soy idiota, pienso, algo dejó lo que pasó.
El lunes pasado vimos a un hombre asustado, cabeza de un gobierno asustado. No saben qué hacer. Lo que parecía una España de lujo vuelve a ser de pandereta. Los grandes líderes-ejecutivos-estrategas han resultado ser caciques olímpicos, lo de siempre. Los agujeros que han dejado sus aigas y mansiones son de grandes como los negros del universo. Aquel pobre hombre, detrás del atril azul, no sabía cómo contarnos que nos han estado robando hasta alcanzar, que se sepa, la cifra de 20.000 millones de Euros y que no saben quién fue o no quieren saber. No sabe cómo decirnos que echemos tierra al asunto, otra vez, y miremos para otro lado, otra vez, por el bien de todos. Quizá para bien de unos más que de otros, otra vez. El pobre hombre de la barba no sabía cómo decirnos que por lo visto nos habíamos equivocado construyendo en cinco años las casas que vamos a usar en cincuenta. Quizá no sea entonces cosa de poca productividad, sino de ninguna cabeza. Y el hombre no sabía tampoco cómo decirnos que el padre castrador murió en el 75 pero que sus herederos son tiburones. Que la casa, con uno y con otros, hay que barrerla, fregarla y mantenerla y que los señoritos nunca han estado para eso y no van a estar.
Al pobre hombre de la barba se le ocurrió mandar a su segunda en busca del Plan Marshall, así a lo loco y sin avisar, de ahora para después, a ver si los americanos nos traían la solución. Pasa, cuando la cultura histórica está hecha con películas de Hollywood, que se piense que allí está la milagrosa solución. Llegan en el último momento, pero a tiempo, y te salvan de los indios. Fácil.
El pobre hombre no sabe cómo decirnos que en este país prosperan los que venden motos, aunque no anden, y no los que hacen buenas motos, aunque anden cuarenta años con las mismas piezas. Prosperan ellos y hunden a los demás. Lo vemos en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos y enemigos. Por todas partes. A los que defendieron “educación para empezar” en este país los mandaron a la fosa o al exilio porque los pastores lo que necesitan es ganado.
Y entonces me acordé, viendo al señor presidente, de la España que dibujaba Javier Marías en una entrevista de 2005 que leí hace unas semanas. Decía que en Madrid estaba mal, que no respiraba buen ambiente pero que no creía que hubiese, y menos para su edad, un Londres o un París mucho mejor para el que correr. Decía que estaba mal porque no se fiaba de este país, que el ambiente que se respiró en la transición no le pareció permanente, que la España profunda y horrorosa es nuestra común naturaleza y andaba agazapada pero subiendo poco a poco de nuevo a la superficie, otra vez.

viernes, 15 de abril de 2011

Extracción de la Piedra de la Cordura

“Si Fernando González Ochoa nos previene, a través de la entrada del día once de abril de 2011 en el blog Sufro de Sueños (ver blogs apuntados desde éste en el margen izquierdo), contra el síndrome del grande hombre incomprendido, yo, modestamente les prevengo contra el síndrome del hombre mínimo, creyente en que toda la culpa de sus males está en él mismo, sus actitudes, sus acciones o su falta de acción. Porque si el primero busca en los demás la explicación de sus fracasos y con ello justifica su inacción, el segundo busca la evitación del conflicto con los que le rodean y de esta manera, también, justifica igualmente su inacción.

No soy sicólogo, no soy filósofo, no soy sociólogo pero la observación de los demás y de mí mismo, las pocas lecturas que he hecho y mi blanda inteligencia me han llevado a concebir que somos, como personas, un cráneo que alberga un cerebro de alguna manera representante de nuestro verdadero yo, si tal existiera. A ese cráneo le suceden tejidos adiposos y musculares antes que la piel y después de ésta las mil máscaras que son nuestros gestos, muecas, sonrisas. Después están las palabras, como éstas. La elaborada máscara de las palabras capaces de nombrar cosas que no existen, capaces de derrumbarse ante lo inefable.

Me pregunto si detrás de las máscaras algo existe, o si somos sólo el perifollo del vacío. Que no somos nada más allá de las capas sucesivas. Y me pregunto esto con el desasosiego propio de quien se teme la peor respuesta, que no existe una respuesta. Pero también con el desasosiego de saber que somos una colección de máscaras que nunca observaremos cabalmente ni con el mejor juego de espejos. Resultamos inabarcables a nosotros mismos. Pero de alguna manera difusa intuimos cuando traicionamos a eso que suponemos nuestro meollo, cuando estamos usando un disfraz que no nos sienta. Por eso, a veces, la culpa de lo que nos pasa la tiene otro y otras, nosotros mismos, pero solemos hacernos pensar que la tiene quien más cómodo en cada momento nos resulta. Con todo esto buscamos un acomodamiento en el mundo, por no decir, una búsqueda relativa de la felicidad. Un compromiso de equilibrio entre la demencia y la cordura, entendiendo aquéllo como la visión distorsionada de la realidad que nos incluye, y ésta, como su visión cabal. Hablamos entonces de los límites de la felicidad.”

Pedro de Palos


viernes, 18 de febrero de 2011

Domingo López Torres

A raíz de la polémica propuesta parlamentaria de D. Blas Cabrera Felipe para el Día de de las Letras Canarias he leído una cincuentena larga de opiniones diversas. Más o menos agrupables todas como en contra y a favor. Y cómo no hay mal que por bien no venga, ha tenido el efecto colateral de que yo vuelva la mirada hacia la estantería donde duermen unos cuantos libros esperando que les dedique un rato suelto entre el trabajo, las tareas de la casa, los amigos, etc.


Entre tantas, leí una opinión según la cual la ausencia de escritores canarios de valía dificultaba encontrar candidatos al Día de las Letras Canarias. Pensé: debe ser que lo llevamos celebrando desde tiempo de los guanches y se ha agotado la lista. Comprobé que no era ése el problema. El problema es la ignorancia dolorosa, con muchos ejemplos: esa opinión, la propuesta del Parlamento Canario (que ha incurrido en un clamoroso ridículo) y mi propio (des)conocimiento de la literatura canaria, sin ir más lejos. No me hace falta señalar a nadie más allá de mi ombligo. Un nombre, de entre muchos, que aparecía repetido en las listas de los blogueros era Domingo López Torres. Efectivamente, tenía un libro suyo en la estantería, olvidado. Lo tomé y lo leí.


Me encontré por un lado una poesía exquisita con el mar como protagonista, por otro unos excelentes poemas surrealistas y unos magníficos artículos de opinión artístico-intelectual publicados en Gaceta de Arte y La Tarde durante los años 30. El delito de un buen grupo de canarios en aquel momento no fue no estar a la altura de las circunstancias sino exactamente el contrario, encontrarse por encima del casposo provincianismo que quizá hubiera asegurado su supervivencia. Sin embargo, ellos conectaban con las vanguardias políticas e intelectuales de Europa gracias a personas como Domingo López Torres, Eduardo Westherdahl, Domingo Pérez Minik y compañía. Por eso a Domingo López Torres lo encerraron en Fyffes (símbolo del bananerismo que todavía nos acecha), después lo metieron en un saco y lo tiraron a la mar, con 29 años (algunos dicen que 26). Otros intelectuales sospechosos no habían tenido una actividad política tan intensa, o un origen tan humilde o a un familiar pudiente que pudiera defenderlo. Aunque otros sobrevivieron, a Domingo lo asesinaron. A sus 29 años, con los medios de la época y de manera autodidacta había logrado formarse de la manera que queda acreditada en sus textos. Asombran especialmente los artículos de opinión publicados en Gaceta de Arte. A esta revista también la mataron, como se mata a las revistas, pues dejó de publicarse en junio o julio de 1936 a causa de la guerra. ¿Qué hubiera sido de las letras canarias que pretendemos homenajear cada año si los bárbaros no hubieran cortado vidas y proyectos de raíz? No lo sabremos nunca. Sí sabemos que el hilo de la historia que sí fue nos ha llevado a un Parlamento de Canarias como el que tenemos. A que canarios, no ya de la calle, sino con estudios universitario, estén al nivel de sus señorías. Por mi parte, he caído en la cuenta, que ya es algo, e intentaré poner remedio. Quizá no podamos esperar ayuda de nuestros políticos. El autodidacta Domingo López Torres demostró que no son imprescindibles. Es posible incluso que sólo estorben.

sábado, 14 de agosto de 2010

Religiones Alternativas

Texto de alguna manera relacionado con las entradas de El Gen Calamardo (ver enlaces a otros blogs).

Llamar al ateísmo una religión me parece una reacción (fuerza contraria de sentido opuesto) a tanto cura molesto de los últimos varios siglos. Con lo de molesto quizá me quede corto: debe molestar bastante, y no sólo el humo en los ojos, que a uno le quemen en una hoguera, o le tiren piedras hasta matarlo. En fin. Yo no sé bien si Dios existe, pero bastante claro parece que los de uso común están hechos a imagen y semejanza del hombre, justo lo contrario de lo que muchos proclaman. Mi madre, que se tiene por religiosa, reza para que gane España, sin tener en cuenta que los holandeses también son criaturas del señor. Eso sí, vista la entrada de De Jong, serán devotos de dioses paganos que se relamen con sacrificios humanos.

No veo por qué Dios tiene que evitar una riada donde perezcan cientos de personas si con su muerte alimentarán a bacterias que continuarán el ciclo de la vida o de la materia. Un estado de cosas del que formamos parte pero del que no veo que seamos protagonistas. Maravillarnos de esta organización de la materia que llamamos vida, tanto nuestra, como de otros animales o palntas, me parece también la consecuencia de un fuerte ombligismo. Si no se hubiera desarrolado la “vida inteligente” no estaríamos aquí para maravillarnos de su existencia (creo que esto se llama principio antrópico o así, o que tiene alguna relación). Una cosa es tan necesaria a la otra que no puede maravillar de ninguna manera.

La observación directa de Dios no creo que sea posible, así que habrá que mirarlo en el reflejo que ha provocado en el hombre. ¿Si tantos han creído en Dios o en dioses a lo largo del tiempo tendrá que existir? Lo que es evidente es la necesidad de creer que Dios existe, pero yo no aventuraría mucho más. ¿Qué revela esta creencia común y pancultural? El absoluto sentimiento de desvalimiento del hombre en el mundo y la dificultad de tragar y digerir esto sin bicarbonato. Y como con cada necesidad, y como con cada miedo, no falta quien los use en su beneficio. Y hace gracia lo multiforme de la carnavalería que se monta: las máscaras de los hechiceros, los gorros del papa, las chilabas negras...un espectáculo que si Dios lo viera no apagaría el televisor.

sábado, 7 de agosto de 2010

Posturas e Imposturas


Me he ido escondiendo entre excusas. Hoy voy a agotar la última que espero que mañana no se convierta en la penúltima. No escribía porque no tenía una habitación adecuada. La tengo ya. Ni una mesa adecuada. Que tengo ya. Ni un ordenador adecuado, que ya tengo. Ahora me falta una silla en condiciones. Ajustable. La silla de madera que uso tiene una altura impropia, una respaldo demasiado recto, una incomodidad manifiesta. Roberto Bolaño he visto que escribía a mano y más tarde en un ordenador desfasado en una casa sin calefacción ni televisor. Ayer vi el reportaje y es el primer autor en el que pienso pero ¿cuántos serían los que escribieron dejándose la vista con la luz de una vela, en papel de tercera, aprovechado al máximo, en rincones húmedos de casas heladas? Sin embargo, mi gran obstáculo para romper a escribir son las condiciones físicas, meramente pragmáticas. Quizá la silla regulable no sirva de nada. Estoy pensando que en un jacuzzi sí podría escribir por fin en las condiciones adecuadas.

Coincidencias

El único libro que he maltratado por accidente fue Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. No sé si Calamardo (que fue quien me lo prestó) sabe que el libro que le devolví no era el mismo. Lo conseguí idéntico, de Anagrama, porque el original lo mojó una ola de la playa de Las Canteras y no podía devolvérselo así. Además, el agua afectó al pegamento y se le iban saliendo las hojas. El ejemplar herido tampoco lo tengo en estos momentos, se lo presté a mi hermano y no sé dónde anda. Pues bien, viendo el documental sobre Roberto Bolaño ( http://www.rtve.es/mediateca/videos/20100724/imprescindibles-24-07-2010-roberto-bolano/837975.shtml ) veo que incluye fragmentos de una entrevista donde nombra a su gran amigo, el poeta Mario Santiago Papasquiaro y donde nada menos que relata cómo se asombró de tanto que leía que fue el único hombre que vio leer en la ducha. Al parecer se duchaba con un brazo estirado sujetando un libro. Lo peor dice Bolaño es que eran sus libros, e inmediatamente me acordé del ejemplar de Los detectives salvajes mojado en la playa. Es imposible no establecer una conexión. Parece que de una manera u otra, en un continente u otro, en unas manos u otras, los libros de Bolaño están expuestos al riesgo por agua.

domingo, 25 de julio de 2010

Madrigal de las Altas Torres

La tendencia a arracimarnos en busca del ruido y a vivir cerca de los centros de esclavitud es racionalmente inexplicable. En Madrigal de las Altas Torres apenas hay 1.700 habitantes que nos molesten, está bien defendido por sus murallas, las casas son baratas, aunque necesitan reformas y podemos presumir de vivir en donde nació nada menos que Isabel la Católica. Pues bien, casi nadie quiere estar allí. Prefieren un apartamento de cuarenta metros por el que les sacan un ojo pero está a sólo dos kilómetros de un centro comercial. Aunque resulte que se tarda media hora en recorrer esos dos kilómetros.

Soy grancanario y el arremolinamiento de habitantes en esta tarta de tierra de 50 Km de diámetro me agobia. Y no encontrar un sitio donde apartar la vista y descansarla de cualquier signo de ocupación humana: un coche, una casa, un “cuarto de aperos”, una torreta eléctrica, una carretera asfaltada, etc. Esta isla es tan maravillosa que no para de llegar gente a quedarse y por eso ha dejado de serlo. Pero lo que sucede en la Península es inconcebible. Será que no soporto las multitudes pero ¿cómo es posible que los poderes públicos no promuevan que la gente se disperse? Creo que hay dos motivos fundamentales: uno el propio instinto gregario y de manada del ser humano. Es curioso cómo al entrar en un aparcamiento de un centro comercial los conductores esperan a que salga otro que ocupa una plaza para aparcar allí. Se sabe que la planta de abajo está casi desierta, o el otro extremo del aparcamiento, pero la gente quiere estar donde está el otro. No conozco la explicación. ¿Instinto competitivo? ¿Deseo de tener lo que tiene el otro?; el segundo motivo para las grandes aglomeraciones es que son propias de nuestro sistema capitalista que las promueve. Sin las grandes urbes no existiría el capitalismo. Son necesarias al sistema, al tratamiento del hombre como masa, como un magma estadísticamente modelable (en el sentido de anticipar su comportamiento con un modelo que lo explique), controlable, informable (de poder darle la información adecuada) e integrable (como piezas de una máquina, cada cual en su papel, incluso hay piezas destinadas a ser piezas con mal funcionamiento, pero piezas al fin de la máquina). Un tipo que viviera en una casa de piedra a las afueras de Madrigal de las Altas Torres, que lavara a mano su poca ropa (unas camisetas viejas, unos viejos abrigos, unos vaqueros de más de seis años), que bebiera vino artesanal comprado a un vecino, que comiera principalmente productos de la tierra, que no tuviera televisión, sería, sin saberlo, un elemento subversivo de primer orden contra el sistema. Pero, precisamente por su comportamiento y carácter, no practicará ninguna clase de proselistismo y no será tratado como amenaza por el sistema.

martes, 4 de mayo de 2010

Ignacio Aldecoa

Ayer me pasaba un amigo los comentarios del editor Constantino Bértolo en una entrevista. Se quejaba del estado de la narrativa actual española. Se quejaba de que es floja y mortecina, de que está (así lo entendí yo) rendida a una feligresía de lectores pacatos entre los que no puedo dejar de contarme. Una colección de burgueses que no quieren ser despertados de su sueño del bienestar, sordos a la algarabía de los que tienen que buscarse la vida cada día. Y a éstos, se les ha dado la televisión para reducirlos a masa semoviente, y a los jóvenes una falta de educación encaminada a hacer de ellos masa de obra, piezas útiles de la maquinaria, ladrillos en la muralla...que dirían los viejos rockeros, a los que todavía se oye pero sin escucharlos. Así interpreto yo lo que decía el editor, al que pienso, le importaba "la utilidad" de la novela, su realismo entendido como reflejo de la sociedad que la hace; y la novela como denuncia de las consecuencias (en este caso, según él, dicho literalmente) del "capitalismo". Les invito a que lo lean directamente, que debe andar por la red, como casi todo. Puestas así las cosas y considerando, muy capitalísticamente, el mundo literario como un mercado, los lectores son los que hay, y para ellos habrá que escribir, habrán pensado quienes editan. Y no nos engañemos, los que leemos y los que escriben, somos poco más o menos, siervos de la misma gleba.


Es discutible ese solo papel de la narrativa. Hay novelas "interiores" que cuentan la vida de un hombre y lo que le pasa y lo que siente. Hay novelas sobre barcos amotinados hace dos siglos que nos cuentan, junto a otras muchas cosas, lo penoso de la esclavitud de los senegaleses, sin que ese sea "el tema". O la vida de un fantasma que trabaja en unas oficinas de un abogado de Wall Street. La denuncia de las cosas que pasan no es requisito imprescindible para darle valor a un libro. Hay libros cuyo mérito consiste en inventar un mundo que sólo tiene sentido en el sonido de las palabras que lo van contando y en las imágenes que evoca. Libros que hacen que sus traductores suden tinta.
Pero uno anda reflexionando sobre estas cuestiones y sopesando lo que decía el editor, cuando cojo en las manos un libro de cuentos de Ignacio Aldecoa, y todo cambia. Viene a caer como un cubo de agua de pozo sobre la comodidad de sofá, bien instalada. Realismo, sí. Tocamos la vida, después de la guerra, o de las guerras; de los campesinos, de los pescadores, de los vagabundos, de las familias burguesas con tiendita en ciudad de provincias. A los personajes los sentimos ya no reales sino hiperreales, porque nos sentamos con ellos a comer puchero el domingo, en familia. Oímos sus conversaciones mezquinas, sus reproches y sus cariños fraternales y sus esperanzas vanas. Acompañamos a un boxeador de gimnasio de barrio hasta partirse la crisma por una ilusión sin futuro, en una España donde el triunfo era sobrevivir y ver un poco de luz entre tanta grisura. Nos obliga en buen tino a compararla con la España actual y descubrir que no es oro todo lo que reluce, o relucía antes de la crisis. Esta literatura es quizá la que reclamaba el editor en su entrevista. Frente a esta literatura, toda la demás parece disparates de diletantes o garabatos de gente aburrida, juegos de burgueses que aprendieron ortografía. Esa es su tremenda potencia, descomunal. La de meternos en el mundo de Ignacio Aldecoa, el que sentía. Ni más ni menos que porque fue un escritor como la copa de un pino y escribía con honradez, siempre extraña al ego histriónico y gigantuno de su gremio.
Otras literaturas son posibles, valiosas y probables, aunque no frecuentes hoy en día. En general, no puedo estar de acuerdo con el editor. Creo que lo que debemos exigir como lectores es que las novelas, sencillamente, sean buenas. Fácil, ¿verdad? ¿Y si dejáramos de editar durante un par de años? Como un barbecho o una purga. Hay tanto escrito, que editar y publicar es una necesidad "de mercado". Como lector, no me preocupa demasiado, para entretenerme tengo el fútbol.

martes, 27 de abril de 2010

Fusilando

Fusilando las noticias de hoy en El País, acerca de las propuestas de reforma de Obama del sistema financiero americano.

TITULAR: "Los demócratas pierden una primera votación sobre la reforma financiera". Pero es que previamente, Obama había dicho en el mismísmo púlpito de Wall Street, y fusilo también el texto "A menos que su modelo de negocio sea estafar a la gente, no hay nada que temer de estas nuevas normas". ¿Qué esperaba de la votación?

Ojalá el fin de este hombre sea sólo político. Y me persigno, aunque ustedes no lo vean y yo no crea mucho en esas cosas.

jueves, 22 de abril de 2010

Eyjafjallajokull

... o sea, el volcán islandés que ha traído de cabeza a más de media Europa. Ese de ahí arriba es su nombre que todo el mundo resume como "el volcán islandés" con una falta completa de respeto porque seguro que en Islandia hay más de un volcán y referirse a él sin su nombre propio es ningunearlo. Pues bien, así se ha cabreado, y nos ha tenido bloqueados los cielos durante una semana, días más, días menos. Todo por no hacer un esfuerzo de lectura por una palabra que a nuestros ojos es rara o rarísima y que parece que se nos va enredar la lengua en un nudo sin solución si intentamos pronunciarla. La consecuencia de esa simplificación tan vaga ha sido el cabreo continuo del volcán, que si lo huebieramos llamado por su nombre, seguro que se hubiera conformado con un fumarola discreta y un poco de escoria y de lava lanzada con discreción.

Los canarios no deberíamos jugar con estas cosas y advertir al resto de los habitante del planeta de que deben estar bien avenidos con las fuerzas telúricas. Fuerteventura parece dormida después del castigo de miles de años de erosión, viento y sol. Duerme, yerma. Pero en La Palma hace tres días (1971) en la longevidad de la tierra, que el Teneguía eructó y un poco antes (1949) Hoyo Negro y compañía. Lanzarote, antes de 1730 era de otra forma, pero después de seis años de erupciones en Timanfaya, quedó, poco más o menos, como la conocemos hoy , quitando claro está, las aportaciones humanas a su paisaje.

A mi, que no he tenido que pasar ninguna noche en el aeropuerto, me hace una gracia tremenda que un volcán con un nombre tan bonito, en un país del que nadie se acuerda sino para poner de ejemplo su bancarrota, haya dejado colapsada a Europa, sin causar más desastre que el económico. Nada que ver con la furia desatada del Vesubio, que dejó hechos piedra a las gentes de Pompeya, Herculano, etc.

La moraleja que saco de todo esto es que hay que evitar eufemismos, elipsis y diplomacias y llamar a las cosas por su nombre.