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domingo, 24 de junio de 2012

Secuelas del apalabrados


La voz me ordenó: “Alcánzame los tetránculos”
Mi mano se alargó dubitativa.
“¡Los pofilostios no! ¡He dicho los tetránculos! Eso que parecen remiscilios.”
“Sí, eso. Tres. Échalos al pote mientras rezas un padrenuestro”
Mascullé una oración hecha de los trozos que recordaba.
“¡Reza bien, desgraciado, que vas a perjudicar la sopa!”
“Ahora, desde que hierva, lo rodomizamos hipercúteamente y listo. ¿Sabes cómo usarlo?”
No.
“Ella debe tomarlo, pero no de cualquier manera. Va con ostras, si no, no tiene efecto.”
¿Y cómo hago para que coma ostras?
“Eso ya es cosa tuya.”
“Usalo con prudencia. Todo el amor que provoca debe ser correspondido, si no, se transforma en odio devastador.”
Se fue.
Lo tiré por el retrete.

jueves, 31 de mayo de 2012

Hacia una definición negativa del amor o a modo de desahogo


A los filósofos antiguos (precisen ustedes qué filósofos y con cuanta antigüedad) llegó un momento en que empezó a resultarles más fácil (quizá simplemente posible) definir a Dios de manera negativa. Se trataba de señalar una silueta rellenando un fondo con aquellas cosas que “no eran Dios”. Fue un truco poco serio, que me perdonen, que no hizo más que sembrar dudas sobre la existencia misma del Ser. Cuando la tinta corre surgen explicaciones que poco tienen que ver con la realidad, historias que no son Historia, soluciones que no encuentran problema, elegías a padres muertos de los que por fin se puede heredar, lágrimas de cocodrilo, loas al amor...¡Ay el amor! ¿Existe? ¿es cognoscible? ¿es comunicable?
El amor no es pasear un carro entre dos con las caras llegando al suelo un domingo por la tarde.
El amor no es estar siempre donde no quieres estar, quizá con quien no quieres estar.
El amor no es correrte y salir corriendo, ni que te corran después de haberse corrido.
El amor no es aguantar un chaparrón de chorradas con cara de tonto a ver si cae.
El amor no es una cursilería detrás de un lugar común, una mariposa y una flor.
El amor no es levantarse mal y que te aguanten, ni levantarte bien y aguantar.
El amor no son cuatro con cuatro móviles. Ni siquiera tres con un solo móvil.
El amor no es cambiar playas de piedra por playas de arena.
El amor no es leer el Marca y el Hola sin mirarse a la cara.
El amor no es pelearse por el mando a distancia.
El amor no es renunciar al mando por amor.
El amor no es un matrimonio.
El amor no es una boda.
El amor no es un chat.
Y si lo es, que lo crucifiquen y no resucite.
¡Ya sé que me queréis mandar a la hoguera, lectores cabrones!
¡Pero ya vivo en ella, esperando a Krahe!

domingo, 15 de abril de 2012

¿Bolaño?


Me siento en las inmediaciones de una historia de Bolaño. A mi alrededor suceden cosas a la distancia que padece un lector poco atento. Leo sobre personajes enamorados, quizá de la misma mujer. O quizá de mujeres distintas pero que pertenecen a la misma estirpe realvisceralista. La barbarie que me forma me impide apreciar los matices de una lengua que no puedo del todo conocer. Quisiera que fuera mi patria y sin embargo es una herramienta robusta y oxidable. Mi duro oído no alcanza a reconocer tonos sutiles. Me siento padecer una alfabetización parcial de palabras castradas y miradas perdidas que no se encuentran en mí. Intuiciones vagas por las que sospecho que hay pasajes hermosos que se me esconden. O quizá esa misma vaguedad sea la que hace que mi imaginación trabaje sobre sombras y luces, como trabaja sobre las manchas de una acuarela. Quizá no esté tan mal que entre escaque y escaque, bajo la mecánica dura de unas formas pautadas, vaya mi imaginación sobreviviente insidiosamente deshaciendo nudos y atando cabos.

Imagino que las paradas de autobús en el México profundo están desoladas y al mismo tiempo expuestas al sol. Última parada antes de adentrarse en el desierto a la busca de una mujer que es el inicio y el fin. Y el autobús pasará de largo y nunca conoceré a Cesárea Tinajero.

Siento una dolorosa falta de dolor.

martes, 3 de enero de 2012

Una Historia (parte primera)

Me comunicaron hace una semana y media que sobraba en mi empresa. Que no bastaba con estar ahí, hacer cosas, etc sino que había que vender. Que no se trataba de vender productos útiles a quien las necesita, cosa que al parecer hace cualquiera, sino de vender cosas inútiles a quien no las necesita e incluso a quien se perjudica adquiriéndolas. Esa, me dijeron, debía ser una meta a la que se veía claramente que yo no aspiraba. Por tanto me pusieron de patitas en la calle. Así que llamé a mi casero, le dije que rescindía el contrato de alquiler porque simplemente no podría pagarle el siguiente mes. Recogí mis cosas, las repartí entre un trastero que tiene mi hermano y un viejo cuarto de aperos que tenemos en un terreno en el campo y puse lo imprescindible en una mochila pequeña disponiéndome a recorrer el mundo en busca de alguien que me necesitara para algo y estuviera, no ya dispuesto a pagarme, sino simplemente a mantenerme, darme un lecho donde pasar las noches sin pasar demasiado frío y dos o tres comidas diarias. En principio, pensé, puedo amenizar la vida a tantas personas solas que se encuentran en esta ciudad y que necesitan una oreja que les escucha, una cabeza que asienta como si atendiera a lo que se le dice.

Mis paseos por la ciudad respondían al puro capricho sin una ley que los orientara hacia tal o cual calle o hacia tal o cual barrio. Fui a tener por el muelle deportivo. Paseaba con la pequeña mochila a mis espaldas, con una sensación de extraña libertad, con una barba de varios días y picores en las axilas producto de los dos o tres días que hacía que no me duchaba. En Caritas no acaba de encontrar compañeros de mis inquietudes filosófico-literarias, sino que más bien me crucé con otra clase de inadaptados. A todo esto, como digo, estaba paseando, si así puede decirse, por uno de los pantalanes cuando vi a un señor que andaba golpeandose la cabeza contra el palo de su barco mientras profería maldiciones. El señor venía envuelto como en una sábana y descalzo, indumentaria que un principio me hizo sentir hacia él cierta hermandad en la precariedad y, al mismo tiempo, que invadía su intimidad. Su barco era su casa y andaba en ella desvestido como quien anda en su salón en calzoncillos. No obstante lo cual llamé su atención y le pedí que por favor se serenase por el bien de su salud y la integridad de la nave. El individuo dejó de golpearse y se acercó a la borda para contarme que había sido ofendido terriblemente y que no encontraba a nadie que le ayudara en la tarea heroica de recomponer la dignidad de su familia. Entró en el camarote y regresó con dos latas de cerveza. Una me la entregó y de la otra dio un gran sorbo comenzando el relato de una historia. La esposa de su hermano estaba más buena que el pan, me dijo. Pero buena de estar muy buena, de no dejar indiferente a ningún hombre, por frío que fuera. Voluptuosas formas, exuberante silueta, promiscuas curvas, insinuantes movimientos y seductora voz. Le pregunté que si era cosa que ella buscara voluntariamente provocar. Que no, me dijo, que era así porque los dioses así la hicieron para desgracia de su familia porque un tipo muy salido que tenía una lancha con varios motores y que traficaba con farlopa la había raptado y se la había llevado a Morrojable. Conozco Morrojable, le dije yo, mintiendo como un bellaco. Cada rincón de aquel pueblo majorero es línea de la palma de mi mano. Conocerá entonces a Héctor, el traficante más infecto del archipiélago. Surca los mares con sus rubias melenas al viento desafiando a la Guardia Civil. A veces, como en acto de soberbia, espolvorea cocaína sobre las aguas marinas provocando el desatino en los delfines, la locura de las orcas, haciendo que bandos de calamares, pulpos, sepias y sardinas le sigan como a un profeta. Ese cabrón (palabra usada por él porque yo soy muy fino) se ha llevado contra su voluntad a la mujer de mi hermano.

Me proponía este señor que me embarcara con él en su nave y que cruzáramos la mar hasta recuperar a su cuñada. Yo me sentí valorado como navegante, como persona, como proel, maquinista y timonel. Yo que en tiempos había llegado a conocer qué cosa era una escota, una reductora, una trapa, un cabo o una orza, sentí que me remozaba, es decir, volvía a ser mozo. Me puse inmediatamente a sus órdenes y me presentó al resto de la tripulación consistente en un loro verde que atendía al nombre de Mariano y que hacía agudas observaciones a todas nuestra maniobras que nos animaba a mejorar al seguir sus instrucciones. Así pues, me terminé la cerveza, descargué mi mochila en el rincón del camarote que me correspondía y emprendimos la labor de avituallamiento de la nave. Trajimos ron, pipas de girasol, latas de carne, limones contra el escorbuto, algunas baratijas que canjear con aborígenes que pudiéramos encontrarnos durante la travesía y algunas lecturas para los días de calma chicha: Faulkner, Giovanni Papini y José María Gironella, entre otros. Zarpamos del puerto de Las Palmas con el ánimo ardiente y un viento de costado con el que atravesamos la bocana en apretada ceñida. Un crucero atestado de turistas nos metió en su desvente. Quedamos parados en la mar, a la vista curiosa de los turistas que se arracimaban en la borda. Mi capitán, de nombre Agamenón, por cierto, salió en paños menores, como era su costumbre y vociferó hacia el crucero “¡¡¡Volveremos con Helena o no volveremos!!!” Los guiris, que seguramente no habían entendido nada aunque sí visto los aspavientos, lo vitorearon y dos llegaron a lanzarnos sus sombreros. Mariano nos advirtió de que si no nos apartábamos un poco caeríamos dentro del remolino de las hélices del gigantesco crucero. Dejamos pronto el socaire de la isla y los vientos de la mar trataban de penetrar mis ropas, mis huesos y llegar al tuétano. Mi capitán, sin embargo, impasible, permanecía en la proa de la nave, con sólo aquel paño que poco le cubría, queriendo ver cuanto antes las costas de Fuerteventura. Nos cruzamos con un Fred Olsen. Su estela nos hizo casi volcar con lo que Agamenón se deshizo, no en improperios, sino en la declamación de un bello poema en hexámetros homéricos como nunca yo había oído antes. Hablaba a las sirenas, a los héroes y a sus madres, a los dioses de los vientos y los mares a los que hubiera ofrecido, decía, a su propia hija en sacrificio con tal de que le fueran favorables para alcanzar cuanto antes Morrojable y vérselas con el cabrón (como ya dije la palabra no es mía) de Héctor.

La travesía a Fuerteventura, con el viento a favor cuando lo hay, o con el motor diesel cuando no lo hay, apenas dura unas horas con lo que nos dio tiempo de acabar el ron pero no de tocar siquiera las guardas de “Una fábula” o de “Los cipreses creen en Dios”. Se avistaba el puerto de Morrojable, con el pueblo en pleno carnaval, cuando ya caía la noche. El suave rumor del viento en nuestras velas era la única huella de nuestra presencia sobre la mar puesto que habíamos apagado todas las luces y pretendíamos pasar desapercibidos. No teníamos permiso de atraque ni dinero para pagarlo. El barco, al parecer, no estaba al corriente de impuestos ni seguros y posiblemente, me di cuenta en aquel momento, observando el temor de Agamenón a ser descubierto, mi capitán se dedicaba también a oscuros negocios de contrabando. Así pues teníamos que idear una manera de desembarcar sin ser advertidos. Fondeamos la nave a una distancia prudencial y aguzamos el ingenio. Los achipencos de Puerto del Rosario dieron la idea a mi capitán. Desenroscamos una especie de cabeza de caballo que llevábamos en la proa y la ajustamos en la pequeña zodiac auxiliar que colgaba de nuestra popa. Con unas viejas velas le dimos cierta forma de achipenco que semejaba un caballo y lo dejamos sobre la mar. Ambos nos escondimos en la zodiac dejando a Mariano como responsable de la nave. A remo evitamos el puerto de Morrojable y ganamos la playa. Entre el algarabío verbenero nuestro achipenco pasó desapercibido junto a otros hasta encallar en la arena y permanecimos en silencio esperando el amanecer.

La luz y los ruidos de los barrenderos que arrastraban con sus escobas las latas y botellas abandonadas nos despertaron. Salimos de la zodiac y Agamenón me preguntó por la ubicación exacta de la guarida de Héctor. Bueno, le dije, suele cambiar cada poco para evitar a las fuerzas de seguridad del estado, así que vamos a preguntarle a un barrendero. Oiga, sabe usted por dónde andará Héctor el traficante, le pregunté. Jartos de beber como cochinos y ya se quieren meter una raya. Vaya bestias. Nos dijo que subiendo la loma a mano derecha, si no estaba con su lancha pentamotora, surcando los mares con un pivón que se había traído de Gran Canaria con la que se dejaba ver para que le reventara el hígado de envidia a quien le viere. “¡Hi de puta!”, exclamó Agamenón y, a grandes pasos, comenzó a subir la cuesta.

lunes, 20 de junio de 2011

Notoriedad

El señor Q quería notoriedad, por eso puso una bomba en el parque y reventó el vientre de dos paseantes.

El señor D deseaba ser reconocido y fue corriendo a filmar las tripas para su cadena de televisión.

La señora S sólo quería dar información de primera mano, destacar entre sus amigas, y llamó a Felisa para que encendiera la tele y viera las tripas en directo antes de que algún perro se las llevara.

Yo también quiero la fama y este jueves subo al campanario de mi pueblo y me la meneo. ¡Qué Dios me perdone!

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Rimas III


Dejaste un hondo vacío.
A la sombra, la tristeza.
Ya sé con clara certeza
que bajo el sol siento frío
¿Con quién vas, amigo mío?
¿Sabe de dolor quién llama?
Si lo sabe y te reclama
¡¿podría dar un sólo año
que demore y aplace el daño
de quién bien te llora y te ama?!

Rimas II


Hago aguas. Ahora lloro más que río
Más días en el dique que en la mar
Hago aguas y tú aquí sigues conmigo
Viento en las velas. De nuevo a zarpar

sábado, 20 de noviembre de 2010

Rimas I


La vida está agazapada
atada por la corbata
a la espera de una espada
que corte el nudo que la ata

viernes, 15 de octubre de 2010

Primeros Tropiezos


Yo, de lo que primero me enamoré fue de una bicicleta. Por aquel entonces no me fijaba aún en las niñas. Es más, una mayor que yo me había dicho que me abriría la cabeza y revolvería lo de dentro con gofio para comérselo. No quiero con esto justificar los ataques de misoginia que todavía padezco de vez en cuando. No dejó trauma, me encanta el gofio. Pero mi primer amor no fue una chica sino una Torrot. Yo me ensimismaba en clase pensando que pronto volvería a mi casa a disfrutar de mi bicicleta. Era de un precioso color azul, creo que metalizado, aunque reflexiono ahora que en aquella época las pinturas metalizadas no eran frecuentes. Mi bici no era grande. Yo me distraía en clase: se estancaba mi ortografía, confundía el Sistema Bético con el Penibético, hacía trasvases cambiando afluentes de ríos que mezclé, y fui perdiendo puestos en la fila de mi curso hasta convertirme en el farolillo rojo. El miedo a la amenazadora regla era compensado por mi amor a mi bicicleta.

Sin embargo, yo crecía más rápido que ella, y pronto descubrí que estaba incómodo y que el manillar tenía una rosca que permitía alargarlo. Pero el tubo tenía un corte biselado que si se ajustaba muy al límite podía hacer que te quedaras con el manillar suelto entre las manos, como un imbécil. Jugaba hasta el extremo con aquella pieza. Amaba igual a mi bicicleta, no me importaba este defecto. Era un niño. ¿Qué significaba la palabra peligro?

Mis padres llevaron mi bicicleta y la de mi hermano a la casa del campo. Ellas nos dieron la libertad. Ibamos y veníamos por las carreteras de tierra. Llegamos más lejos de donde nunca habíamos llegado a pie. Nos unimos a bandas de otros niños que nos descubrieron un mundo cada vez más y más amplio. Mi bici respondía con algún que otro pinchazo. O se le salía la cadena. No me importaba. Quizá ya no pensara en ella cuando estaba en clase pero era mi compañera. Los frenos no respondían y no tenía contrapedal. La solución fue desgastar muchas suelas de zapato.

En los inviernos llovía, en aquellos inviernos de hace más de veinte años llovía mucho. Se formaban charcos, que en las carreteras de tierra, ahora asfaltadas, se volvían zanjas por el paso de los coches. El niño que fui pedaleaba con todas sus fuerzas cuesta arriba y se dejaba caer pendiente abajo sin pensar dónde acababan. Con la rueda metida en una zanja forcé el manillar y se salió. Giró loco. Mi bici se fue por su cuenta. Se despidió de mí en un momento inoportuno y cuesta abajo. La seguí amando, pero de otra manera.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sin que sirva de precedente

Soledades que se miran,
y no se tocan.
Está feo decirlo,
[dilo]
con desprecio.
No te esperan a ti.
Sino a un aladino de MTV.
[van listas]
Tú no eres mejor.
Cierto.
No soy mejor.
Ya ni espero.
Desespero.

viernes, 9 de julio de 2010

Medio Capítulo Suelto de la Historia que Pudiera Ser

Las monjas se habían hecho fuertes en el asilo. Habían trancado todas las puertas y ventanas de la planta baja haciéndolo inexpugnable. La hermana Virtudes se había hecho colocar una mecedora en la ventana central de la planta alta, de tal manera que controlaba los movimientos de la calle. Además la señora de López, el registrador, le había dado unos pequeños prismáticos de teatro. Los viejos, muertos de frío, esperaban una noche larga y triste. Alguno recibiría la visita de un familiar, pero en su mayoría se sabían completamente olvidados y sin cena de Navidad por culpa de la pertinaz sequía de la que hablaban los nodos. El país no estaba para lujos ni alegrías. La madre superiora temía que las chicas de madame Solange intentaran acercarse al asilo con la cena. Cena preparada por manos mancilladas, con ingredientes sufragados con el pecado y la abyección. Lo último que haría uno de sus ancianos sería ensuciarse la boca con la vergüenza, llenarse el estómago con las ofensas a Dios.

Mientras tanto, las putas habían convertido su cocina en la de un restaurante de primera. Organizadas, unas ejercían de pinches, otras de fregaplatos, marmitones, cocineras y madame Solange, vestida de blanco, con un gorro alto, dirigía traduciendo del francés las recetas que llevaba en la mano. Era un francés inventado, intuido. La alta cocina y la alta prostitución debían manar de la misma fuente. Los ingredientes eran de primera. La mayoría tan buenos que sólo los habían podido conseguir de estraperlo. Otros eran de la huerta fresca de los agricultores del pueblo, que habían pagado en especie sin saber el destino de los productos. Se acercaba la hora en que los calderos y las sartenes humearan definitivamente. Así que madame Solange subió a su cuarto y se cambió. Abandonó el traje de cocina y se vistió con la sobria elegancia de una señora de la caridad. Sin embargo, ni la ropa más austera podía ocultar su belleza, como no lo habían hecho los años, que no velaban la voluptuosidad de las curvas de su cuerpo y de la mirada de sus ojos verdes. Sus oscuras cejas eran el asombroso marco de una mirada profunda y serena, a la que quizás se le ocultaran muchas debilidades humanas, pero nunca el deseo. Al mismo tiempo que lo provocaba lo descubría indefectiblemente. Los hombres se sentían totalmente al descubierto cuando madame Solange los miraba. Terminó de prepararse y se dirigió al asilo con Mónica y Naná. Disponían de unos tres cuartos de hora antes de que la cena estuviera lista y comenzara a enfriarse. El asilo estaba a tres manzanas. Una dura distancia en el frío de la noche. No llovía, pero un viento helado había recogido al pueblo en sus casas desde las seis. El viento furioso azotaba los rincones. Llevaba y traía restos de hierbas por las callejas del pueblo, enredándolas en esquinas, bajantes y farolas. Madame Solange andaba decidida contra el viento, flanqueada por sus dos chicas. Tocaron en la enorme puerta del asilo. Se abrió un palmo, sujeta por una cadena. Al otro lado, entre sombras, apareció la cara arrugada de una monja vieja y delgada. Le pidieron hablar con la superiora. Preguntó el asunto.

-La superiora ya lo sabe -contestó madame Solange-, traemos a los viejos su cena de Navidad.

La puerta se cerró dejando a las tres mujeres al viento de la calle. Varios minutos después se abrió de nuevo la puerta y la misma monja les dijo que no era hora de recibir a nadie. Que volviesen de día, después de Navidad. Que Sor Virtudes estaba recogida como debían hacer los buenos cristianos. Madame Solange insistió, con firmeza. La monja repitió exactamente el mismo mensaje y cerró la puerta dando las buenas noches. Naná y Mónica miraban descorazonadas a madame Solange.

-¿Qué vamos a hacer con tanta cena, madame? Necesitamos que nos abran y que nos ayuden a traerla... Esos pobres viejos... ¿Por qué no quieren nuestra comida?-preguntó Naná.
-Hoy vais a tener que dejar de llamarme madame Solange. Podeis llamarme Pilar-habló más para sí que para Naná.

Sin darse cuenta, las chicas la seguían, y no volvían al asilo. Se dirigían a la iglesia de San Toribio, que estaba abierta y a media luz. Por fin pudieron refugiarse del viento. Se mezclaba en el aire frío el olor de las maderas viejas y de los cirios. Uno de los acólitos rondaba el altar repasando el polvo del sagrario y colocando el manto de una virgen. Le preguntaron por mosén Martín, el cura. El acólito reconoció a Mónica y contestó titubeando que estaba en la sacristía preparando la misa del Gallo. Madame Solange le dijo que necesitaba hablar con él.

-¿Y quién le digo, señora, que quiere verle?-preguntó el joven.

Madame Solange, dudó un momento. Apartó la mirada y vino a ver su propia imagen reflejada en el cristal inmaculado de la hornacina de San Toribio.

-Dígale que Pilar, Pilar Martín.

El acólito, agachó la cabeza y traspuso la puerta de la sacristía. Las dos muchachas miraban asombradas los lujos de la iglesia, las platas y los oros, la custodia reluciente, la ropa perfecta de San Toribio y Santa Marta, las enormes lámparas...

El joven volvió al poco.

-Pasen, señoritas. Mosén Martín les espera.
-Ellas se quedan por aquí -Y madame Solange les hizo un gesto señalando un banco lateral.

Las chicas se desesperaban pensando en el trabajo que les había supuesto preparar la cena. Y apenas tenían cuerpo para sentarse a esperar.

Madame Solange afirmó el paso hacia la sacristía. Mosén Martín la esperaba en pie. Vestía la sotana, algo descolorida pero limpia. Estaba mucho más delgado de como Pilar lo recordaba. También algo ojeroso. Pilar lo había visto, sin que él lo supiera, el día de su ordenación, y era esa la mejor imagen que guardaba de él.

Mosén Martín permanecía en pie en las sombras de la sacristía. No sabía cómo dirigirse a la mujer que tenía enfrente, apenas a medio metro, y al mismo tiempo, a una distancia que podía imaginar infinita. Un cura y una puta. Un cura cansado, un manso esperando la recompensa de la buenaventura; una puta orgullosa de haber tomado su propio camino lleno de espinas.

Al fin, las primeras palabras las dijo Pilar, sin saludar, como si se hubieran visto la tarde anterior. Su tono era tranquilo y humilde.

-Horacio, la cena de los viejos se está terminando de hacer en mi cocina. Las monjas no nos quieren dejar pasar. Todo está listo.

La palabra Horacio le sonó como el crujido de una viga. Preámbulo de un techo que se desploma. Y vuelta otra vez como si nada hubiera pasado. La carne abierta. Sin cicatrizar. Pustulosa y rodeada de moscas.

-¿Has venido a pedirme que te ayude con las monjas? La madre Virtudes es muy firme. Si ha decidido no dejarlas pasar yo no puedo hacer nada... Es lógico, al fin y al cabo ustedes...
-Al fin y al cabo, nosotras sólo somos las únicas que nos hemos ocupado de los viejos. Todos se han olvidado de ellos: el alcalde, las damas de la caridad, la parroquia... No importa de donde venga la comida. Lo importante es hacer el bien...
-Yo no puedo hacer nada. El alcalde tampoco quiere que se organice la cena. Date cuenta que si el Ayuntamiento no ha podido ayudar y quedaría muy mal si lo hace otro cualquiera.

-Horacio, no puedes seguir huyendo. Hay quien te necesita. Los viejos te necesitan.
-Los viejos tienen a las monjas.
-Te necesito yo, entonces. Las monjas deben dejarnos el paso libre -Le clavó los ojos al cura.

En una iglesia los segundos de silencio son reposo. Los olores se condensan. Las miradas se clavan. Los santos de escayola esperan.

-Tenía que irme. Apenas hubiera aprendido a escribir. No hubiera sido nada con la compañía diaria de las gallinas, ordeñando las vacas, soportando siempre los mismos dichos de tío Salvador, las mismos insultos, los mismos refranes -dijo Horacio de repente con otro tono.
-Yo estoy hablando de ahora de los viejos. No me importa lo que ya pasó.
-A mi sí me importa. No te expliqué por qué me fui.
-Ya no tienes que explicarme nada. Pero si no haces algo ahora tendrás que explicarle a los viejos por qué no tienen su fiesta de Navidad. Ya sé qué piensa el alcalde y la hermana Virtudes, pero ¿qué piensas tú, Horacio? ¿Qué se te pasa por la cabeza? ¿Hiciste voto de obediencia a Dios, a la Iglesia, a tu conciencia?-le preguntó Pilar en voz muy baja, como en un confesionario.
-Has vivido mucho. Yo sólo soy un cura de pueblo. Habrás olvidado tantas cosas sin importancia, pero yo... recuerdo cuando paseábamos por la Ladera Alta y nos cogió la lluvia. Creo que la única vez que me sentí un verdadero hombre fue cuando te vi temblar y me quité la gabardina para ti.
-La casa vieja en la Ladera Alta. Había una vaca casi de parto. Tenías el pelo revuelto y goteabas como un pescador... sí que me acuerdo.

domingo, 27 de junio de 2010

Despertar

Al alborear el día me desperté. La luz del sol había alcanzado la rendija abierta de la ventana y me había dado en plena cara. Boca reseca, olor a tabaco, ligero dolor de cabeza: me había vuelto a pasar con el vino, la cerveza y la cazalla. El peso que notaba sobre mi pecho era el del brazo cariñoso de una mujer dormida. No alcanzaba a ver su cara, que estaba vuelta hacia la pared, a medio tapar por una colcha de motivos abigarrados. Tenía tatuado un texto que pude reconocer como una cita del Martín Fierro:

"Para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol.

Nací como nace el peje,
En el fondo de la mar;
Naides me puede quitar
Aquello que Dios me dio:
Lo que al mundo truge yo
Del mundo lo he de llevar."

Las noches, cada vez más frecuentes, en las que me dejaba llevar por la bebida y las compañías las acababa despertando en un laberinto del que escapaba de mala manera, casi siempre poco airoso. Alguna vez, con el culo en riesgo. No quería despertarla. Busqué en los versos, inmóvil, cualquier matiz o pista que me permitiera averiguar detalles. Era del Sur. Tapé mis ojos con la almohada y disfruté la presión del brazo desconocido sobre mi pecho.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Tres Hermanos

Los dos hermanos esperaban sentados en un sofá de cuero para reunirse con el menor. Habían viajado desde Las Palmas a Madrid. Previamente, ambos se habían reunido en la antigua casa paterna, en Las Palmas, que no lograban vender debido a la crisis. Habían determinado que no quedaba otro remedio que pedirle ayuda a Miguel.
El lobo de la crisis había atacado primero a José. Su ferretería, cuyas principales ventas eran los materiales de construcción, había entrado en suspensión de pagos, y después de una corta agonía, había quebrado. Su patrimonio había cubierto escasamente dos terceras partes de las deudas. La sociedad limitada que formaba con su mujer y sus hijos ya no existía. En el barrio habían perdido su prestigio de antaño. No en vano, la plantilla de trabajadores, ahora en el paro, era en su mayoría también de El Batán. José, al caminar por el barrio, creía notar cómo le clavaban duras miradas en el cogote.
José y su familia pidieron ayuda a Antonio, que tenía una empresa de cultivos en invernadero.
-Ya te dije que lo seguro es el sector primario. Te ayudaré, tengo trabajo para ti y toda la familia. Acabo de meterme a construir 100.000 metros cuadrados más de invernaderos en Fuerteventura.
-Gracias, Antonio. Desde que quieras nos incorporamos.
-Eso sí, tendrán que vivir en Fuerteventura. Es allí donde les necesito. El alojamiento tendrá que correr de su cuenta porque ahora mismo el desembolso ha sido muy fuerte y las cuentas están un poco justas. Más adelante, cuando empiece la explotación, podemos hablar de nuevo el tema -justificó Antonio.
-Lo que sea, lo importante ahora es empezar con algo nuevo.
Pero la competencia en el sector hortofrutícola se volvió atroz. Las grandes plataformas de distribución atornillaron a los proveedores y pagaban con plazos enormes. Antonio empezó a pasarlo muy mal y acudió al banco en busca de ayuda. Eso acabó de hundirlo.
Así que ahora se veían en aquel sillón de cuero tan lujoso esperando a que Miguel, el hermano menor, los recibiera.
-De pequeños no fuimos muy buenos con él.
-Tampoco fuimos malos, simplemente era el menor y estaba muy mimado, alguien tenía que darle un poco de contrapunto -dijo Antonio
-Sí, pero ¿no nos pasamos burlándonos de él? -preguntó José.
-Pues claro, era tan fachento, saltando de empresa en empresa con esas ínfulas. ¿Te acuerdas de cuando lo catapultaron en el Banco Argea? Pues era todo humo. Por lo visto él obligó a los de abajo a emitir tropecientas tarjetas de crédito que nunca llegaron a manos de los clientes, se quedaron en los cajones de las oficinas. Cuando los grandes jefes se dieron cuenta a Miguel ya lo había fichado la Reptol por un pastizal. Todo eso me lo contó un amigo que trabajaba en el banco.
-Eso demuestra que tiene ingenio.
-Y un morro que se lo pisa...
-Siempre ha visto las cosas desde otra altura.
-Como que era el último de arriba de la litera, y a mí me tocaba la jodida colchoneta que metíamos de día debajo de tu cama !Así tengo la espalda hecha un moco! -resongó Antonio.
-¡Qué tiempos, joder, se me están viniendo a la memoria! -dijo José
-¡No chupamos leche en polvo, ni nada! Me acuerdo de ver a mamá batiéndola con agua en un caldero de aluminio.
-Y aceite Racsa para freír las papas- seguía recordando José.
-Y queso de plato y no había otro.
-Espero que Miguel se acuerde también de todo lo que pasamos juntos y nos eche una mano. Y no tenga muy en cuenta el asunto de la matrícula.
-Nosotros no podíamos ayudarle. Empezábamos a tener dinero. Tenía que buscarse la vida, como nos la buscamos nosotros -puntualizó Antonio.
-Y las cucarachas, ¿te acuerdas de las cucarachas?
-Yo era el que dormía a ras de suelo ¿Cómo no me voy a acordar? Todavía me salen en las pesadillas. Y el cricrí de cuando mordisqueaban el papel de las paredes -y Antonio hizo un gesto de asco, como si acabara de ver una. José dio un respingo al otro lado del sofá.
Los interrumpió una señorita rubia, educada y fría, que los invitó a seguirla. Los dos hermanos, hipnotizados por el movimiento de su trasero, no sabrían decir cuántos metros de pasillos recorrieron hasta llegar a un despacho enorme donde les esperaba su hermano detrás de una mesa monumental sobre la que no había un solo papel. Solamente un portátil y una especie de centralita telefónica.
Se levantó a saludarlos con una enorme sonrisa. Estaba perfecto, un poco más viejo, pero perfecto. Parecía recién salido de la peluquería y el traje impecable le quedaba como hecho exactamente a su medida.
No se abrazaron pero el apretón de manos fue vigoroso y cordial. Apenas estuvieron unos momentos en pie y se sentaron alrededor de una mesa redonda. Tenía un centro de flores que a Antonio y José les resultaba incómodo porque su hermano parecía camuflarse detrás de las hojas y las rosas, pero Miguel no hizo nada por apartarlo.
-Por lo visto están pasando algún problema económico... -empezó Miguel.
-Bueno, sí. A Antonio le va mal con la empresa y la mía tampoco va bien, la crisis en Canarias está golpeando muy duro -dijo José.
Antonio saltó al oír a José.
-Hay confianza, digo yo, vamos al grano. La empresa de José no es que lo esté pasando mal, es que ya no existe: quebró hace año y medio. Y la mía va camino de lo mismo si no le metemos una inyección de capital en la vena. Es un negocio con futuro, el clima es ideal para los invernaderos y el suelo barato en Fuerteventura, pero tenemos unos periodos de cobros y pagos que no se aguantan si no hay detrás una financiación fuerte -explicó Antonio con unos gestos contundentes sobre la mesa.
Miguel intervino, desde detrás de una espiga del centro de mesa.
-Entiendo que José está ahora empleado contigo -preguntó, y asintieron los dos con la cabeza-. Con lo cual ayudar a uno es ayudar a todos -y volvieron a asentir-Lo que pasa es que, ¿de cuánto estamos hablando?
-Un millón de euros, aunque puedo apañarme con 950.000 -dijo Antonio inmediatamente.
-¡Sopla! No es moco de pavo -contestó Miguel-. Evidentemente, yo personalmente no puedo, tendría que tener informes y llevarlos al consejo antes de irme, y ahí está la pega. Esto es alto secreto, aunque ya no importa, está todo decidido. Yo aquí no voy a durar mucho: dos o tres semanas y me voy -esto lo dijo inclinándose hacia adelante y con la voz más baja-. La empresa publicará en breve las cuentas y no van a ser buenas. Yo he ganado aquí un prestigio importante y me han tirado los tejos desde la competencia. Holanda. Me quieren para una multinacional holandesa. Y me voy -se estiró de nuevo hacia atrás.
-¡No sé cómo te las apañas! Te beneficias y te escapas justo antes del desastre. Llevas toda la vida así. José y yo estábamos recordando el cuento que nos contaba mamá de los tres cerditos, ¿te acuerdas? -preguntó Antonio-. Siempre reflexionamos sobre su enseñanza. Por eso yo elegí la agricultura y José la construcción.
Miguel no quería caer en sentimentalismos ni viejos recuerdos entre hermanos. Al fin y al cabo, sólo se habían acordado de él porque necesitaban su influencia o su dinero.
-Me acuerdo, aunque yo no soy de reflexionar, sino de actuar. Nunca supe muy bien qué enseñanza se sacaba de aquello. Yo escuchaba a mamá, sacando la cabeza desde el borde de mi litera y pensaba que al fin y al cabo, el cerdito de la casa de paja se lo había pasado muy bien porque había perdido poco tiempo haciendo la suya y al final se salvaba igual, refugiándose en la de su hermano. No sé. Yo no supe nunca qué conclusión sacar. Cuando mamá apagaba la luz y se iba yo me volvía para el techo y pensaba que fuera cual fuera la opción correcta, estaba claro que sería la de un cerdo.

viernes, 20 de noviembre de 2009

A la Mar fui a por Peces

La huella capital de la sequía que había asolado el valle era el Acorazado varado en el fondo del lago, sobre uno de sus costados, malherido. La tripulación, eximida de sus tareas por la Armada, que se encontraba en la ruina, había abandonado el barco y se había echado a las montañas en busca de oro. El capitán Goncálvez, sin embargo, permanecía en el acorazado, llevando una vida inclinada a babor. Había ideado métodos para cocinar y lavarse. Se iba adaptando al horizonte girado. Llamaba por la radio a su mujer todas las noches y mantenía conversaciones sobre la educación de los niños. Esperaban la lluvia. Si llovía, las montañas se volverían inhóspitas para la tripulación y las correntías llenarían el lago. El acorazado volvería a la vida. Toda su pesadez de acero se volvería levedad. Y aunque encerrado en un lago luciría de nuevo como buque insignia de la Armada de un país sin mar pero con tantas ganas de tenerlo y de navegar.