Mostrando entradas con la etiqueta reseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reseñas. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de noviembre de 2016

Mientras haya bares, de Juan Tallón

Mientras haya bares es un título maravilloso. Porque bares habrá siempre. Antes desaparecerán las tiendas de tatuajes, los dinosaurios, las librerías, la calvicie y la publicidad. Es un título que, frente a este agotamiento de fin de ciclo que se respira por todas partes, no tiene previsto ningún final catastrófico, sino la mansa continuidad de nuestra más sana costumbre: la de tomar una cerveza en conversación con los amigos.

Es, además, un título participativo, porque puede verse como una frase incompleta que invita al lector a continuarla según su inspiración o necesidades. Mientras haya bares, te amaré. Mientras haya bares, tendré un sitio donde sentarme a tomar notas. Y así tantas como se quiera.

También se puede dejar tal cual, pendiente para siempre, como una puerta abierta a cualquier posibilidad.

Los títulos no deben ser tomados a la ligera. Algunos, como este, prometen. Dan esperanzas de encontrar en el libro una continuidad feliz a tan buen principio. Otros nos amenazan, como porteros con pirganillo, de que no están hechos para nosotros, de que estamos excluidos de tan exquisitos antros.

Otros títulos, sólo por su estructura, causan un rechazo inicial difícil de vencer, como el mal aspecto de un buen plato que ya nunca probaremos. Me pasa con los que contienen un “que” del tipo “El viejo que...”, “La ranita que...”, “El XXXX que YYYYY”. La segunda parte puede alargarse desesperantemente. Quizá en lenguas nórdicas esas largas colas queden reducidas a una palabra razonable, con sólo tres o cuatro prefijos y dos o tres sufijos. En español son, directamente, una mierda de títulos que no veo manera de justificar.

Juan Tallón escribe que “la literatura solo precisa de alguien superado por lo que lo rodea, y unas cuantas frases”. Y de estas perlas están llenos sus textos. Literatura y fe. Fe en la literatura, con citas continuas a los patriarcas. Y la perplejidad de los hechos de la vida diaria, vistos desde la literatura, que es para él (se lo he oído y creo comprenderlo así) la manera de tener una apreciación del mundo y las cosas que pasan.

Tengo mis dudas de que la literatura sólo precise de alguien superado por lo que lo rodea y unas cuantas frases. Me parece necesario, pero no suficiente. También hará falta, digo yo (no Juan Tallón), alguien que tenga las cincunvoluciones empapadas en literatura, cosa que no sabemos si se hace o con la que se nace, pero que, en cualquier caso, es causa o consecuencia de la lectura desesperada de los patriarcas.

Y no quiero contar más, ser descriptivo, como un libro de plantas con su afán taxonómico. Y no es por fastidiar, sino por casi lo contrario. El que quiera, que hojee el libro en su librería de cabecera, con su librero de confianza o en la biblioteca. Prefiero sembrar la bruma que pasarme dando opiniones propias. Aunque soy el primero, lo reconozco, que salgo desconcertado de esas presentaciones de libros tan extrañas y, sin embargo, corrientes de donde sales con una idea tan clara como con la que entraste.

domingo, 17 de enero de 2016

Fin de Poema

Fin de poema
Fin de Poema. Juan Tallón. Alrevés. Barcelona, 2015

Si vuelvo a las librerías es porque, en el fondo, sigo confiando en la palabra. No se me ocurre otra explicación.

Las puertas parecen cerradas a cal y canto; los caminos, tan trillados, que no queda rastro de hierba; las combinación de palabras, completamente agotada; todos los personajes, arrastrados por el fango; las nubes, secas.

Y sin embargo, me detengo ante el escaparate de la librería, entro y hojeo. Con los dioses muertos, misteriosamente, se conserva el rito. El premio es delicioso. No llega a ser siquiera el libro completo, que se va espesando conforme avanzan las páginas. ¿O será el lector quien se espesa en la bocacalle de Triana?

Unas cuantas palabras hiladas sutilmente, con el esmero de un artesano fumador, que va alternando entre sus dedos el cigarro y un bolígrafo metálico y viejo.

Cómo considerar un adjetivo definitivo, insustituible, sin echarse a temblar de frío. Natalia e Italo insisten en que están acabados, en que no se toquen, ni siquiera se miren, pero Cesare sabe que dicen eso porque ignoran qué tiene en su cabeza, y cómo la presencia insistente de Connie, o de sus cenizas, o sombras, lo obliga a perseverar en una mayor perfección; quiere que ella esté en el poema completamente, que cada verso la abarque y detalle su presencia como si fuese una imagen de mármol.

Y este comienzo de carta, ejemplo de por qué valió la pena entrar de nuevo en el templo:
Querido Cesare. Me he acostumbrado con tanta naturalidad a que no respondas a mis cartas que creo saber en qué momento tu silencio me está pidiendo que te escriba.

sábado, 1 de agosto de 2015

Lecturas de regreso

    Vaya usted a saber cuáles son los motivos por los que uno escribe o por los que deja de escribir. Supongamos que se deja de escribir porque no se tiene nada que decir. Aplicando el contrarrecíproco  vendría a salir que sólo se escribe cuando tiene algo que decirse. Esto, al menos en mi caso, es flagrantemente falso. Luego, dejemos los juegos lógicos, terreno en el que muevo como pez en el desierto, y pongámonos dedos al teclado.

    Desde luego, lo que sí parece necesario para escribir es el estímulo de la lectura. La mayoría de ustedes no me conocen personalmente, para su fortuna, pero mi eclecticismo mental es proverbial. Salto del bricolaje a la Historia, de ahí a la literatura, al dibujo, la aviación en casi todas sus formas, cuando no pico en el ajedrez, la fotografía o me lanzo al campo a liberar a unos cuantos limoneros viejos del yugo de las zarzas y las hiedras dejándome en la tarea (literalmente) parte de mi pellejo.

    Posiblemente esté loco, pero no soy peligroso (de momento).

    En el abotargamiento de los calores excesivos del verano, al arrullo del ventilador, me he puesto a leer un libro pequeñito sobre la Primera República Española, también pequeñita, puesto que no llegó a cumplir dos años (1873-1874), y, juntos, nos hemos entregado a la molicie. Al margen de los acontecimientos que se suceden, contados con más o menos detalle, se van sacando conclusiones, de la mano, como no puede ser de otra manera, del autor del libro.

    Los historiadores, si lo son, tratan de ser objetivos y mantenerse dentro de la disciplina y el método pero esto es muy difícil de conseguirse, y de hacerlo, podría caerse en el peor de los pecados en una obra de divulgación: el franco aburrimiento. La dificultad de encontrar el equilibrio entre la objetividad y la extracción de conclusiones crece con la cercanía de los hechos estudiados en el tiempo y en el espacio. Así que no nos queda otra que echarle un ojo a la biografía del autor y contrastar los mismos acontecimientos desde diversas fuentes. Hechas estas advertencias (el autor, Francisco Martí Gilabert, tiene una entrada en la Wikipedia) a uno mismo, se emprende la lectura. Y te cuentan que a la Primera República se llegó más por falta de rey que por suficiencia de republicanos convencidos, de los que parece que había bien pocos. Después de expulsar a Isabel II (1868), se emprende la búsqueda de un rey para España. No se sabía muy bien qué se quería, pero se tenía claro a quién no se quería, lo que no parece un gran logro. El libro viene a dar a entender que no había muchos candidatos dispuestos a aceptar la corona de España. Por fin, alguien logra convencer a Amadeo de Saboya para que se convierta en Amadeo I de España y lo instalan en el trono. No podemos dejar de suponer el desconcierto del nuevo rey que, después de ser llamado al trono, es recibido con frialdad por todo el mundo: el Ejército, la Iglesia, el pueblo, etc. Para completar el cuadro, le preparan un atentado del que sale ileso. Tras un reinado que no llega a tres años, Amadeo I, abdica. Es uno de los pocos actos de sentido común que se ven en estos años (recordemos que Amadeo no era español de nacimiento).

    A falta de rey montan una república. Se suceden cuatro presidentes en los dos años que duró (cinco si se incluye a Serrano). Se suceden meteóricamente Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar. De todos ellos, sólo el último merece los elogios del autor. Se dibuja a un Figueras sin suficiente carácter, dominado en el plano personal por su esposa y que cae emocionalmente cuando esta fallece. Le sucede Pi y Margall, acusado también de debilidad de carácter, y a este Nicolás Salmerón, que dimite al negarse a firmar los fusilamientos de dos rebeldes, puesto que era contrario a la pena de muerte. Como decía, el único que se salva en la opinión del autor es Emilio Castelar. Se le dibuja como un formidable escritor y orador, el Demóstenes moderno, como un hábil gobernante que supo mantener un difícil equilibrio entre todas las fuerzas del país e incluso las externas. En este sentido logró  reconducir un incidente con Estados Unidos  que podría haber desencadenado (en realidad, adelantado) una guerra con aquel país que la historia podría señalar como inevitable.

    En estos pocos años de república los obstáculos fueron muchos y graves. Las esperpénticas guerras carlistas, los coletazos de la España colonial. Recordemos unos vergonzantes datos a este respecto: aunque la esclavitud había sido abolida en el territorio peninsular desde 1837, no lo fue en Puerto Rico hasta 1873 y se dejó "pendiente" la de Cuba hasta 1880 por no entrar en confrontaciones con los productores cubanos.

    Las relación Iglesia-Estado fue un asunto delicado que Castelar supo torear con maestría, a decir del autor. Pero, sin duda, como lector, el más llamativo de los peligros que tuvo que sortear la Primera República fue el cantonalismo. Este sí que fue un capítulo para la pluma de Valle-Inclán (un niño en aquella época) con música de fondo de pandereta. Municipios y provincias que se declaran cantones en un intento de instaurar un federalismo "desde abajo". Destaca el Cantón de Cartagena (de Murcia, en puridad) especialmente grave por cuanto contó con una plaza bien defendida y amurallada, y con efectivos de la Armada y el Ejército que se les sumaron. Unos cantones llegaron a enemistarse con otras poblaciones a las que defineron como "potencias extranjeras". Los incidentes trágicos se mezclan con los jocosos en una algarabía de egos que nos regresa a las desventuras del Quijote. Como aquella lectura, nos deja la mirada triste y cansada entre las risas. De esta república se sale, como no, a lomos de un caballo, esta vez el del General Pavía. La historia de España, acaso la de muchas otras naciones, está tan llena de generales como la orla de una academia militar. 

    A vueltas de esta lectura me he ido a buscar cómo vio esta época D. Benito Pérez Galdós, oteador  incansable del que fue su siglo. Y ahí estoy con Prim en la mano y en la estantería, esperando, La de los tristes destinos, España sin rey, España trágica, Amadeo I, y La Primera República.

martes, 1 de octubre de 2013

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell



Los barriles de tabaco que durante decenas de años rodaron sobre un camino en los campos de Georgia le hizo adquirir la firmeza del asfalto. Con los años, desaparecerá el cultivo del tabaco, y también el del algodón que le sucedió, y llegará el tiempo de las hilanderías en las ciudades. Pero el camino del tabaco sigue allí, junto a familias de agricultores ancladas a la tierra, que se resisten a separarse de ella y quedan expuestas a la pobreza, el hambre y la enfermedad. Estamos a principios del siglo XX en un estado del Sur de Estados Unidos.

El escritor Erskine Caldwell sufrió el secuestro de sus libros y la censura, y por otro lado, paradójicamente, un gran éxito de ventas.

La historia de El camino del tabaco es simple, como sus personajes, que a la vista del lector podrían padecer cierto retraso mental. Este maltrato a sus personajes fue reprochado también a Caldwell.

La novela recuerda la ambientación de Las uvas de la ira. Tiempos en que una gran población campesina en Estados Unidos padeció un capitalismo salvaje en desarrollo que fue abandonando el campo. Los campesinos de Caldwell tienen que elegir entre quedarse donde siempre o emigrar a las hilanderías de la ciudad. Y eligen quedarse junto a la tierra.

De los muchos hijos de Jeeter Lester, los que han tenido un poco de luces han abandonado el hogar sin querer volver a saber nada de él. Han quedado junto al padre, su mujer, la abuela, la hija imposible de casar debido a su feísimo labio leporino y el varón más pequeño. A la hija más pequeña, de doce años, se la acaban de quitar de encima casándola con un vecino, con el que se niega a acostarse. Y el varón más pequeño se casa durante la novela con una dudosa predicadora mucho mayor que él, seducido no por ella, sino por el flamante automóvil que acaba de comprar con todos los ahorros que ha recibido en herencia de su difunto esposo.

Sin que el autor haga ningún tipo de valoración, presenta un panorama desolador. Los personajes rayan la animalidad, movidos por instintos básicos y mínimos, sin capacidad de decisión, ni de planificación. Pero, ¿tienen en sus manos algún hilo de su destino? Quiero creer que sí, pero señalemos que ni siquiera tienen los alimentos necesarios para desarrollarse. Son víctimas de la pelagra, por ejemplo, una enfermedad producida por la falta de vitamina B3.

Caldwell recurre al diálogo y la descripción de comportamientos y situaciones sin entrar en ningún tipo de valoración. Un estilo que se emparenta con el cine. Ricardo (enlace a su blog Sufro de Sueños) había llamado nuestra atención hace meses sobre una obra de Caldwell atípica, vanguardista, quizá experimental, que extrema esta reducción: El sacrilegio de Alan Kent

Como lector, no puedo acabar de entender, la “intención” de El camino del tabaco, sin considerar algunos datos biográficos del autor. Esto presupone demasiados puntos de partida: que una novela no es independiente de su autor, y que éste tiene una intención. ¿Demasiadas premisas? Quizá la cuestión es simplemente leer.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Los siete locos, de Roberto Arlt

Los tipos raros escriben libros raros, podría ser el título de esta entrada. Roberto Arlt no se propuso ser distinto, lo era, se lo propusiese o no. Estaba convencido de que sería capaz de inventar aparatos, servicios y productos de éxito, muchos de ellos francamente extraños. Dice la Wikipedia que ideó unas medias reforzadas con caucho que a decir de un amigo parecían botas de bombero. Sus personajes inventaron rosas galvanizadas o tintes que permitían en aquellas épocas lejanas de principios del siglo XX disfrutar de perros verdes, azules o malvas. Estas ideas estrafalarias podían darse de bruces con las realidades físicas o químicas. Por suerte para Roberto Arlt, y para todos sus lectores, en la literatura operan otras leyes, que también son de equilibrio, pero que el escritor argentino sí supo descubrir y aprovechar con fortuna.

En Los siete locos los personajes se conducen por fuera de todas las vías convencionales. Para empezar, tienen nombres más o menos usuales pero, paralelamente, una especie de apodos que podrían ser nombres de cartas del tarot. Que uno de ellos sea El astrólogo dispara esa intuición. Más ejemplos son El hombre que vio a la partera, o El buscador de oro. Todos ellos van entramando una literatura que recuerda lo surrealista, lo expresionista y lo existencialista. El astrólogo tiene toda una filosofía sociológica que empeña en la creación de una sociedad secreta. Sostiene que las bases ideológicas en las que se sustente deben atraer a la masa, y, necesariamente, ser falsas, e incluso contradictorias.

El protagonista, Erdosain, es un cobrador de recibos que ha estafado a su empresa apropiándose de los importes. Desata la historia debido a su necesidad acuciante de devolver las cantidades robadas en un corto plazo. Esto conllevará un secuestro y un asesinato. Pero Los siete locos no es en absoluto una novela negra, ni ninguna otra clase de novela donde la trama sea relevante. Esa trama es tan solo el hilo necesario  que hace que una serie de personajes den razón de sí con sus monólogos, sus diálogos, sus actuaciones e interactuaciones, sus interpretaciones del mundo y de sus miserias, al margen de convenciones, revelando su meollo humano particular y social.


Onetti y Roberto Arlt comparten aromas de desesperanza. Pero la desesperanza de Onetti, expresada en una prosa bellísima, tiene un aire pausado, como su ritmo al hablar, o al fumar. Roberto Arlt tiene una desesperanza vigorosa. Quizá tenga que ver con que el primero llegó a viejo y el segundo no pudo. Nació con el siglo XX y murió a los 42 años de un paro cardíaco. Ha habido controversia en la valoración del legado literario de Roberto Arlt, pero despejemos cualquier duda: Onetti lo admiraba.

martes, 3 de septiembre de 2013

Diario de un amargado, de Federico Montalbán López

La foto canónica de escritor (yo mismo tengo una) incluye una estantería repleta de libros en el fondo (desenfocada para no dar pistas de las preferencias literarias), cabeza pesadamente soportada por la mano y brazo acodado en mesa o sillón. La que me he podido conseguir en la red del autor Federico Montalbán López le muestra pelando papas, frente a su portátil, en una cocina de aire ochentero, si no setentero. Lleva corbata y delantal.

Diario de un amargado, editado por Morsa, es literatura en pantuflas y de la buena. Tiene forma de diario, así que no sé si es una novela, ni creo que importe. Son las anotaciones de un personaje que podría ser yo mismo o cualquiera de ustedes. Está en el paro, obligado a hacer de amo de casa, con dos gemelas pequeñas y revoltosas, con una esposa y un hermano que desarrollan una exitosa carrera profesional y unos padres enfermos. Es decir, un personaje bastante corriente si no fuera porque padece la suficiente lucidez para estar en las fronteras del desequilibrio mental y ser capaz de contarlo, con no pocas referencias literarias, de una manera que rezuma inteligencia y humor en cada línea. A mí me resultan especialmente graciosas sus conversaciones con un ratón que le da la contraparte.

Redondea el libro unas muy buenas ilustraciones, que vienen al pelo de las entradas del diario.

La editorial es Morsa, que debe ser pequeña y quizá haya incluso desaparecido. El enlace a ella que he encontrado en la red no se actualiza desde hace mucho, tanto que ni siquiera aparece este libro, que es posterior a esa fecha.

No he llegado a este libro por Babelia precisamente. Un amigo nos lo recomendó hace tiempo y en una visita a Barcelona reciente nos entregó el ejemplar.

Si en la entrada anterior escribía sobre la literatura que reflexiona sobre la desigualdad y denuncia la injusticia, en esta defiendo un libro que refleja el mundo íntimo de un fulano que podría ser uno de nosotros que acertara a juntar letras con tanto arte. Inescrutables son los caminos de la literatura.

lunes, 26 de agosto de 2013

Morir despacio, de Alexis Ravelo

Ni se me ocurre pensar que la literatura tiene que tener un fin social, ni siquiera "útil", porque a ver qué hacemos entonces con Borges, o con los que nos zambulleron en su mundo propio y nos hicieron olvidar el pálpito de las calles o los ronquidos del vecino. Bajo esa etiqueta de literatura social, o de denuncia, o comprometida, más de un autor, y más de dos, se han creído con derecho a aburrir al lector hasta hacerle soltar babas y abatirle la cabeza sobre el sillón. 

Alexis Ravelo cree en la novela negra, según expone como nota del autor en Morir Despacio "...como forma de relato que remite a la realidad, reflexiona sobre la desigualdad y denuncia la injusticia, un texto de gozo que resulta ser exactamente lo contrario de la novela burguesa". En Morir despacio, demuestra palmariamente que es compatible escribir una novela sumamente entretenida (de gozo) y al mismo tiempo provocar la reflexión sobre aspectos poco visibles, o que no queremos ver, de nuestra sociedad.

Esta no es su última novela publicada. Si no me fallan las cuentas después ha ido a la librería La estrategia del pequinés, con editorial Alrevés, y está aún pendiente de publicación, y brillantemente premiada, La última tumba.

La lectura de Morir despacio me ha provocado un estado y unas reflexiones antagónicas, y me explico. Ciertamente ha provocado un estado de gozo: la historia es entretenida, los personajes (los buenos) son cercanos y empáticos, los malos creíbles (me encanta la escena con Navarro, el protagonista malvado de la novela, que ha construido su chalet sobre un camino real) y existen una serie de guiños literarios y musicales. Como guiño, valga de ejemplo que un personaje secundario sufre una crisis de conciencia estando de vacaciones en Atenas: ve a un viejo tuerto que protesta en la plaza Síntagma. Decía Borges, que el no era más que un pobre poeta ciego, como Homero.

Sin embargo, frente a este positivo gozo en la lectura (al final los buenos ganan, como tiene que ser) queda un pozo profundo de preocupación. En Morir despacio los supuestos representantes de la sociedad son sus caciques. Burgos, el malo más malo, pero también secundario por distante, podría ser real, tener el apellido igual al nombre de otra provincia española y andar promulgando leyes que beneficiaran a multinacionales del petróleo y la energía eléctrica en perjuicio evidente del interés general. Preocupa que un personaje así pudiera ser real. La sociedad aparece secuestrada porque sus posibles liberadores, los medios de comunicación, se encuentran a su vez maniatados. Sabemos ya que las ruedas de prensa merecen cada vez menos ese nombre. Se pactan preguntas, cuando no se prohíben directamente,  y medios a intervenir. Se establecen tiempos de conexión determinados con las televisiones donde se ajusta exactamente el contenido a mostrar.

Preocupa, porque la libertad en nuestra "democracia" se va reduciendo, porque es la "ficción" de una novela negra la que asume los papeles que una prensa bovina no puede, sin perder el pasto. Y para colmo, Morir despacio, no transcurre en Los Angeles de los años treinta, sino en las calles que ahora mismo, mientras escribo esta entrada, estoy mirando por mi ventana.


domingo, 18 de agosto de 2013

Elogio de la ociosidad y otros ensayos, de Bertrand Russell

Leer a Bertrand Russell mitiga mi desasosiego. No sé si va conmigo o con los tiempos, pero me cuesta encontrar a qué asirme para levantarme tras los palos que me da el periódico. No sé si hay un sistema planificado por mentes malévolas para confundirnos o si surge espontáneamente de un totum revolutum que no entiende ni Dios. Este mundo es el imperio de la confusión.

Hay quien dice que son cosas del tardocapitalismo o del posmodernismo y que el estado del hombre actual es el líquido. Que nos tenemos que adaptar al envase y renunciar a las viejas fijezas. Si hoy toca creer en la productividad y trabajar en un burger, mañana tocará suspirar por el crecimiento espiritual y cobrar por clases de meditación Zen al estilo minijob para comprar el último Galaxy y suma y sigue. Puede que tengan razón, o simplemente se estén adaptando a la forma de una berza.

¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos? Pues Bertrand Russell no va a despejar las dudas porque una pregunta así es de suyo un error, pero leerle es encontrar el reposo  en el sentido común y la bonhomía.

Este hombre pensaba, una costumbre hoy en desuso, al menos de esta forma, sin vías estrechas, a lo ancho. Tampoco nos dan tiempo para pensar, sin un respiro y con tanta información desinformante. A este respecto, Russell, que siempre gozó de una posición acomodada, supo criticar cómo las malas condiciones de vida que implican el agobio constante de una sociedad capitalista impiden la realización cabal de las personas, desde su crecimiento propio hasta la adecuada educación de los hijos.

Su generación tuvo que pensar. Tragarse dos guerras mundiales en una sola vida no podía ser normal. Recordemos que fueron los años de Alan Turing, Albert Einstein, Ludwig Wittgenstein, Frederick Copleston (no vean su debate con Russell en Youtube sin tomarse una tila o un par de vodkas) y tantos otros que no tenían los medios de hoy en día pero sí un cráneo en la parte alta del cuerpo relleno de neuronas efervecentes.

Así que a Russell le dieron el premio Nobel de Literatura en 1950. Se merecía uno y no debieron encontrar otro que se le adaptara mejor. Russell contribuyó fundamentalmente a la lógica, a la matemática y a la filosofía, por un lado, con escritos técnicos rigurosos; y por otro a la economía, el sentido común, la sociología y el deleite con textos como estos ensayos que he leído. La academia sueca le entregó el premio "en reconocimiento de sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento". Su contribución a lo que yo entiendo como literatura no fue mucha, ni falta que le hizo.

Para que se hagan una idea de la independencia de pensamiento que ejercía diremos que estuvo un par de veces encarcelado a pesar de su prestigio y abolengo; que intentaron vetarlo en la universidad americana por sus ideas acerca de la libertad sexual; que su compromiso con el pacifismo le hizo mediar entre las potencias en conflicto, con mejor o peor fortuna.

Si tienen sobre la mesa de noche un ladrillo de papel pueden apartarlo y darse un respiro. Cojan aire con Bertrand Russell.




sábado, 27 de julio de 2013

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Borrar la frontera del tiempo, que separa el presente del pasado. Que la abuela volviera a traernos el desayuno a la cama. Que se mezclaran los muertos con los vivos. Que tuvieran más presencia los rostros de los fantasmas que nuestras propias caras. Que no pudiéramos acertar el año en que vivimos en una casa que fue derribada dentro de doce años para construir sobre sus ruinas la que ocupamos ayer. Que viajemos por caminos polvorientos en busca de nuestro padre, que nos abandonó hace tanto atrás y le encontremos antes de concebirnos, ejerciendo de cacique implacable y traficante de vidas. Que distingamos a duras penas en retratos color sepia a rebeldes cristeros, seguidores de Pancho Villa, a pelones del ejército oficial o el pasmo de Carranza cuando lo mataron en Tlaxcalantongo.

Pedro Páramo es una revoltura del tiempo en forma de poema familiar y de pueblo. Decía no sé quien que la vida es caótica y el escritor en sus historias le pone orden. En aras de la poesía puede desbaratarse un plan demasiado cuerdo. Juan Rulfo ordena el desorden o desordena el orden para regalarnos, no un libro, sino un mundo.

miércoles, 24 de julio de 2013

Cuentos de Wessex, de Thomas Hardy

La mejor manera de llegar a un libro es la recomendación de un amigo. En este caso fue John Irving quien cita a Thomas Hardy en las primeras páginas de Personas como yo, que tuve el gusto de regalar a una persona que quiero mucho.

Tengo la fea costumbre de intentar leer los libros que regalo antes de entregarlos, si el tiempo me lo permite. Si los compro en un viaje, los voy leyendo en el avión. Es mi manera de saber exactamente qué estoy entregando. Con Personas como yo me dio tiempo suficiente para hojear las primeras páginas y encontrar algunas referencias literarias de las que proviene la curiosidad por Thomas Hardy. Y siguiendo la cadena de libros y amistad, estaba de librerías con Riforfo Rex cuando cayó en mis manos este volumen de los cuentos completos de Thomas Hardy. Riforfo me invitó a él, como quien invita a una copa, y me lo llevé a casa contento como unas pascuas. 

La primera colección de textos son los Cuentos de Wessex. Para establecer un paralelismo sincrónico y literario les diré que Thomas Hardy nació en 1840 en Inglaterra, tres años antes que Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria. Como D. Benito, usaba bigote, si bien mucho más cuidado, alzado por las puntas y acicalado. En la foto que habitualmente se distribuye de Thomas Hardy en la red, ese bigote divide una cara en la que la mirada es severa, dirigida, no al espectador sino hacia un lado, y la vestimenta impoluta.

En los Cuentos de Wessex Thomas Hardy recupera historias de la tradición con un, a mi juicio, esmeradísimo trato y gran perfección de estilo. Se imbrica el paisaje y los tipos humanos conformando esmeradas postales de lo que suponemos la Inglaterra de aquellos tiempos.

La primera historia trata de la irrupción inoportuna de tres personajes en una celebración familiar generándose un juego de ingenio y malentendidos con fugitivos y horcas de por medio.

La segunda historia es tan corta como deliciosa, y la destripo (tápense los ojos para no seguir leyendo) al revelarles que se trata nada menos que de la incursión furtiva y en persona del mismísimo Napoleón en tierras británicas para planear su invasión.

Los siguientes cuentos empiezan a mezclar temas amorosos con los relativos a maldiciones, encantamientos y aventuras. En varios de ellos, especialmente en el magnífico "Vecindad", la trama amorosa es el sustento de las historias. Hardy da un tratamiento contenido y profundo al amor entre sus personajes. Por una u otra circunstancia, no se revela a las claras y se convierte en el potente río subterráneo que riega sus historias. Son amores, si no imposibles, difíciles de realizar por el muy diferente tipo de vidas que llevan los implicados.

En "El predicador desconcertado", quedamos atrapados en el mundo de los contrabandistas de licores de la Inglaterra de la época de la mano de una protagonista femenina de fuerte carácter. Un joven predicador queda casualmente enredado en estas aventuras. Es una historia amable donde el narrador  nos propone claramente quedar del lado de los "delincuentes" frente a la policía fiscal de la Corona.

Lo que me ha sorprendido muy gratamente es la extraordinaria y precisa maquinaria narrativa de Thomas Hardy. El hilo de la historia, los personajes, los sentimientos, los paisajes, los desarrollos, el ritmo, van fluyendo con gran armonía y ligereza. Parece que todo sucediera con la necesidad del  curso de la naturaleza. Que no existiera otra forma de que sucediera, ni ninguna mejor de contarlo.

lunes, 24 de junio de 2013

El amigo Manso, de Benito Pérez Galdós


Fatigar, como decía Borges, páginas de historia es en la mayoría de las veces fatigarse leyendo sobre  guerras, batallas, conquistadores, generales y tantos y tantos "grandes hombres" y sus "grandes hechos". Sobre sus hombros, el que más y el que menos, carga una pila de muertos. Son estos personajes los que copan la historia, como los corruptos y maníacos los titulares de los periódicos. Pero la historia está hecha por todos los hombres. Por la manera en la que amasaron el pan, educaron a sus hijos o amaron a sus parejas. Por la manera en la que dormían o se vestían. Por cómo sobrevivían.

La pluma afilada de Francisco Umbral escribió que Benito Pérez Galdós tenía alma de portera. Leemos a Galdós y lo consideramos un elogio. En El amigo Manso, vuelve a ejercer de notario y voyeur que nos mete en las casas de la gente y nos enseña cómo se cocían los garbanzos en el siglo XIX. Máximo Manso, que se declara ficticio e inexistente desde la primera línea, nos presta sus ojos y su voz para conocer la vida de un profesor de filosofía y toda una serie de personajes de la sociedad de la época. Su historia es la de un hombre íntegro, capaz, reflexivo, formado, inteligente, que domina la palabra escrita y que fracasa en la sociedad en la que vive. ¿Les suena? ¿Estamos hablando del S. XIX? Su alumno o discípulo, Manuel Peña es quien se lleva el gato al agua. Por supuesto, el gato tiene también nombre de mujer. Manuel es un joven de acción, inteligente, bien parecido y extraordianario orador, si bien, torpe al escribir.

Galdós nos abre las puertas de las casas, nos invita a pasar y nos presenta a sus habitantes. Con él aprendemos que a aquellas alturas del siglo se usaba aún el reto a duelo, que los gatos eran habituales en las casas y sobre estos pequeños detalles la estructura de la sociedad por sus tipos. La  supervivencia era aún imposible para la mujer de manera independiente. Necesariamente debían buscar cobijo bajo un hombre. La vieja Dña. Cándida recurre a la astucia y el parasitismo para mantener el tren de vida que perdió al morir su marido. El gran personaje femenino de la novela, Irene, parece capaz, a los ojos de Manso, de conseguir la independencia, pero finalmente cae bajo las ruedas del sistema. Máximo Manso cambia la alta opinión que tenía de ella. No sabemos (Galdós no quiso que lo supiéramos) si este cambio es una defensa de Máximo para superar su pérdida o una apreciación objetiva sobre la muchacha.

Si esta novela tiene malo, éste es José María Manso, hermano de Máximo. A su vuelta de las américas monta un partido político y trata de ganar influencias. Lo hace de manera programada y perversa. Usa el poder que gana para intentar someter a Irene a sus deseos. A su calor se calientan una buena serie de personajes secundarios que despliega Galdós: nobles que exhiben sus títulos, un poetastro soporífero, etc. El cuadro que pinta el escritor canario es el páramo de la mediocridad. En él Máximo Manso es una mancha fracasada y aislada, o exitosa a su manera y según sus valores, pero igualmente aislada. Por otro lado, su alumno Manuel Peña, es una pincelada brillante que ha sabido adaptarse a las sombras del cuadro galdosiano.

lunes, 17 de junio de 2013

Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes, de Carlos Pujol

"-Le veo muy divertido, Holmes. Ayer leía las actas del proceso de Lacenaire, pero este librote tan voluminoso de ahora debe de tratar de algún asunto más festivo.
-De librote nada. ¿No ha leído usted El Ingenioso hidalgo...? Es tan bueno que su autor merecía ser inglés."

Carlos Pujol,  Fortunas y Adversidades de Sherlock Holmes

Editorial Menoscuarto editó en 2007 este libro compuesto por dieciséis cuentos o escenas de la vida del famoso detective británico, contadas desde la voz del doctor Watson. Son delicados pastelillos que evocan, como evocan los aromas, el sabor de la casa de Baker Street.

Carlos Pujol ejerce de Pierre Menard e iguala o supera sus méritos. Pierre Menard tuvo que olvidar la historia de trescientos años para transportarse a principios del siglo XVII. Carlos Pujol se metió en el pellejo del británico Arthur Conan Doyle y reprodujo finas ironías, gravitaciones en torno a una reina, una cultura, un mundo y unos símbolos. La plácida lectura permite vislumbrar el holmesianismo de Carlos Pujol, luego confirmado con informaciones encontradas en la red. Sólo alguien acostumbrado a leer y disfrutar los textos del detective británico pudo escribir estos deliciosos textos.

Queda pendiente continuar la investigación sobre la figura y la obra de Carlos Pujol. Fue traductor, ensayista, crítico, editor y escritor de novela, cuentos y poesía. También la Editorial Menoscuarto es una puerta abierta a la curiosidad de a quienes nos gusta leer. Miraremos, si no con lupa, sí con atención a través de ella.

viernes, 14 de junio de 2013

Madame Bovary

Ojalá pueda mantener mi firme decisión transitoria de escribir, aunque sólo sea unas líneas, sobre lo que vaya leyendo. Hoy le toca a Madame Bobary, como si de ella se hubiera escrito poco. Comprendan que lo hago más por obligarme a la reflexión consciente, y así sacar punta a mi memoria, que porque quede mucho que decir sobre la novela. Advierto de que en esta modesta entrada se aludirá al argumento, por si alguien quiere prevenirse de ese peligro.

Como casi siempre que leo lo archiconocido, se me vienen abajo las ideas previas. Me esperaba que la novela supusiera, si no una exaltación, sí una defensa del amor romántico, y es más bien todo lo contrario. Lo esperaba por ignorancia, ¿para qué nos vamos a engañar? He leído que fue precursora del naturalismo, o del realismo y, desde luego, el amor romántico queda más bien por los suelos. Gracias a Flaubert, nos reímos de él a mandíbula batiente. La famosa escena erótica en el carruaje por las calles de Rouen, de la que tanto me habían hablado, tiene muy poco de erótica, ni falta que le hace, ni creo que fuera la intención del autor. Los órganos estimulados del lector son los que tienen que ver con la risa, no busquen más abajo del cuello, en cualquier caso. La leí a la hora de la siesta de un jueves y creo que a mis vecinos no les hizo ni pizca de gracia.

Esta novela llevó a Flaubert ante los tribunales, por mostrar abiertamente el adulterio, el suicidio, la mediocridad de la vida cotidiana y atentar contra la moral pública.

El pobre Carlos Bovary, descrito magistralmente desde sus años mozos, es un médico que no pasa las fronteras del pueblo y que ama a su mujer. No sabemos bien si es así de bobo o se lo hace, con el fin de mantener a Emma a su lado. El hombre da un perfil de poca energía y carácter. Su mujer, Emma Bobary, quiere convertirse en mujer de mundo, traspasar las fronteras del pueblo, llegar a París, pero como muy lejos llega a Rouen. No le falta belleza y gracia para que los hombres se fijen en ella y toma dos amantes que se quedan cortos al tamaño de sus fantasías. También se le quedan cortos los ingresos de su marido y no falta un prestamista siniestro que se aprovecha de su ambición hasta llevarla a la bancarrota. De la quiebra, Emma llega al suicidio. Hay un capítulo adicional, con Emma ya muerta, que me desconcierta por las descripciones algo morbosas en torno al cadáver. No parece que Flaubert tuviera ningún cariño a los personajes.

Me quedan de manera especial en la memoria un par de escenas y matices.
-La pobre Berta, hija del matrimonio y que da cierta lástima, descolgada de sus padres.

-La magnífica escena en la que Flaubert intercala el discurso de unos políticos en una feria de ganado con los requiebros de uno de los aspirantes a amante de Emma Bobary. El primero hila un discurso político intachable, el segundo una oratoria romántica de verdadero profesional de la seducción.

-Por último, el intento de Carlos Bovary de reparar mediante una operación la minusvalía de un pobre diablo con pies planos. El médico es arrastrado hacia esa intervención por el famaceútico del pueblo,  ávido por despuntar socialmente a toda costa. Éste insiste en mantener unos vendajes después de la operación cuando ya se intuía que nada había salido bien. Llevan al desgraciado hasta la gangrena. A punto está de morir pero la intervención de un gran médico de la época consigue que la cosa quede nada menos que en la amputación de la pierna. Este capítulo demuestra la inoperancia de Carlos Bovary. Lo único grande que intenta, a instancias de la fe de otro, acaba con desastrosos resultados.

La novela es encomiada como una de las cumbres de la literatura, también como bisagra entre el romanticismo y el naturalismo o realismo. Mario Vargas Llosa la nombra casi siempre que interviene en un acto público y le ha dedicado al menos un ensayo (La orgía perpetua). Para el autor peruano es una de esas obras en las que se llega a lo que considera la cima en el arte de escribir historias: que el lector se abstraiga en un mundo de origen ajeno, pero que vive como propio, como un sueño, si no como una realidad, traspasando la frontera física de un simple papel blanco y unos símbolos negros. Ahí es nada el asunto.



lunes, 6 de junio de 2011

G21


El viernes pasado se presentó en Ambito Cultural de El Corte Inglés el libro “Generación G21: nuevos novelistas canarios”. ¿Qué es el libro? Una colección de 12 cuentos de otros tantos novelistas canarios que se encuentran frisando los cuarenta años. Es producto de la iniciativa y vitalidad del editor Ánghel Morales que pretende reivindicar a los novelistas canarios actuales frente al desconocimiento general y la idea imperante de que Canarias es solo tierra de poetas. Como resultaba materialmente imposible reunir doce novelas en un volumen nos hemos de conformar con un cuento por autor para hacernos una idea de cada uno de ellos.


Hasta aquí la descripción del libro. Lo llamativo de la reunión fue la camaradería, el buen humor y la inteligencia que vibraba en cada una de las breves pero jugosísimas intervenciones de los ocho autores (de los doce, insisto) que pudieron estar presentes el viernes en la última planta de El Corte Inglés. Ocho autores que despertaron el interés por conocer qué han sido capaces de hacer hasta la fecha y qué podrán conseguir en el futuro. Ninguno de ellos, cada cual, según su estilo, dejó al público indiferente y contribuyó a constatar que, más allá de la mediocridad que suele asomar en la vida cotidiana de nuestras islas de la mano de la televisión y también de los titulares de la prensa escrita, existe la inteligencia, la amabilidad, la ponderación, el arte y el buen sentido. A constatar que además de gritos existen voces. Personas capaces, como dijo uno de ellos, de “llevar nubes en los bolsillos” y compartirlas con sus lectores.

domingo, 27 de febrero de 2011

En tierra de infieles


Leonardo Sciascia escribe en Tierra de Infieles un relato basado en hechos reales, recuperando el cruce de cartas entre la Iglesia y uno de sus obispos, el de Patti, Angelo Ficarra. Los problemas de este obispo habían empezado antes de la guerra, cuando no siendo obispo aún había prohibido la proyección de películas durante las fiestas religiosas de la localidad, es decir, cuando había hecho cumplir las normas de la Iglesia. Y, sin embargo, por la Iglesia fue recriminado porque se trataba de películas de ensalzamiento del régimen fascista. Había normas y normas.


Ya de obispo pasaron años y elecciones locales sin que ganara la Democracia Cristiana. Y ese fue su gran pecado. Todos ese tiempo es el que queda recogidos esencialmente en el relato de Sciascia con el magnífico cruce (es un decir y luego explicaré por qué) de correspondencia entre la Iglesia y su obispo. Esta historia da pie a Leonardo Sciascia a exponer su crítica a una Iglesia oficial claramente posicionada políticamente y que le resulta bastante más que antipática. El autor casi se lamenta de ejemplarizar la conducta del obispo con el objeto de poner de relieve los ataques de los que éste fue objeto desde la curia. El “cruce” de correspondencia apenas fue tal, desde mi punto de vista, porque la inmensa mayoría de las cartas expuestas, si la memoria no me falla, se produjo en un solo sentido, las dirigidas desde la Iglesia al obispo. Sciascia, o la realidad que así fue, describe a un obispo de “perfil bajo” como se dice ahora, que resiste pasivamente durante años los ataques de sus superiores. Puede tratarse de una estrategia del autor para mantener al obispo en un limbo de beatitud, dando a entender que si la Democracia Cristiana no ganaba las elecciones era debido a su falta de capacidad y no porque el obispo les apoyara o dejara de apoyarlos. En verdad, de este personaje sabremos poco. Entran en el relato una serie de cartas magníficas, con una redacción impecable, una formalidad intachable, un respeto aparentemente fuera de toda duda, donde, sin embargo, entre líneas se lee la fuerte crítica al obispo y el fastidio de la Iglesia por su resistencia a abandonar el puesto. Intentan presionarlo y hasta le inventan, unilateralmente y sin diagnóstico, una enfermedad para poder comprender su deseo de marcharse. Pero Angelo Ficarra, no se da por aludido. Continúa en su cargo. Le asignan un ayudante que no pide, que podrá tomar por él todas todas las decisiones para que el obispo pueda ocuparse mejor de cuidar esa enfermedad que no tiene. Pero Angelo Ficarra, aún con el ayudante, seguirá siendo quien tome las decisiones. La exquisita prosa de Leonardo Sciascia se prolonga durante este relato corto, entreverándose con las cartas. El origen común del castellano y el italiano produce el juego léxico por el diferente uso de las palabras en uno y otro idioma. Se cuelan expresiones, frases y palabras que no siendo de uso frecuente en español, existen. Son trasladadas (más que traducidas) del italiano con un efecto bellísimo y vivificante para nuestra lengua. Volviendo a la historia, después de muchos años, la Iglesia encuentra la manera de deshacerse del obispo. Cuando se encuentra de vacaciones en su pueblo, se le comunica sorprendentemente que ha sido elevado a un arzobispado. Ese acto final es la cumbre del doble lenguaje de la Iglesia, de su hipocresía, del arbitraje interesado entre lo humano y lo divino, entre la ética de Cristo y la real. La Iglesia promueve al Obispo Ficarra a una dignidad superior con el objeto de quitárselo de en medio, de una maldita vez.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Idea para un cuento


El cuento comienza con la recepción de una cena. De momento, tiene un desarrollo público, social. Todo se encuentra a la vista. Las dos viejas hermanas van recibiendo a los diferentes invitados. En la calle hace muchísimo frío. Eso justifica que uno de los invitados, sobrino de las anfitrionas, haya elegido pasar la noche en un hotel con su mujer, al acabar la cena, pues su casa se encuentra demasiado lejos. La camaradería y amabilidad se puede tocar, como el frío físico exterior. El baile se desarrolla con alegría. El sobrino debe trinchar el ganso. Sabe hacerlo y disfruta haciéndolo, ante el público. Ha preparado unas palabras en las que ensalza el papel de sus dos tías. El auditorio le aplaude.

El meollo interior se desvela al acabarse la cena. El sobrino, sinceramente enamorado de su mujer, no ve la hora de verse a solas con ella en el hotel. El amor y el deseo le dominan. Ya sabemos que la familia no había estado demasiado conforme con la elección de la esposa por considerarla de inferior categoría.


Ya marchándose, su marido la descubre emocionada, llorando porque la canción que ha entonado en solitario uno de los invitados le ha traído un recuerdo doloroso. Suben al salón del piano. El cantante se niega a continuar, se encuentra mal de la voz. Había cantado cuando se encontraba casi solo, con los demás invitados en la puerta.

El matrimonio se despide de sus tías y se va al hotel. Éste resulta frío y mal iluminado. Se despliega el mundo íntimo de la pareja. Él desea y ama a su mujer pero, ya en el cuarto y dadas las circunstancias, teme ser demasiado brusco. Indaga para saber qué recuerdo era el que le había devuelto a su esposa aquella canción. Ella le cuenta que antes de venir a casarse con él daba paseos con un joven que la adoraba. Era de naturaleza enfermiza. Una noche la sorprendió un ruido en la ventana. El joven, enfermo, en una noche endiabladamente fría estaba tirando piedrecitas a los cristales. Si ella se marchaba, moriría. Su marido quería saber si ella le correspondía y si su amigo había muerto finalmente.

Efectivamente, había muerto.

El marido se percibe a sí mismo como un idiota, capaz de trinchar gansos, de dirigir palabras a un concurrido comedor, de ser el brillante sobrino, de ocupar la cabecera de la mesa mientras su esposa y muchos de los demás invitados pasan desapercibidos. Pero un idiota, al fin. Ha perdido la escala en su vida íntima. En referencia a su mujer no sabe qué lugar ocupa. Quizá no sepa siquiera quién es.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Grandes Pequeñeces


Los minifundistas de la literatura nos sentimos una clase baja frente a los escritores de novelas. ¡Quién pudiera extenderse durante páginas y páginas y páginas hasta dejar frito al lector más contumaz! Pero te sientas y te salen cuatro cosas y en cuatro cosas cuentas lo que querías contar y sólo te queda ir a la nevera a buscar otra cerveza y releer el texto y corregir ese error que no viste y pasar por alto el que verás en la próxima lectura. Y así siempre. Escritor de pequeñeces. Nos queda el consuelo de los grandes cuentistas, pero pocos fueron únicamente grandes cuentistas. Borges. Tenemos a Borges en un pedestal y le besamos los pies todos los días. ¿Alguien se acordaría de Cortázar si no hubiera escrito Rayuela? ¡Yo que sé! ¡Cómo envidio a los latifundistas literarios! ¡John Steinbeck, por Dios! ¿Cómo puedes mantenerme atento durante 720 páginas! ¡Y Perec!

Pero quiero defender a los pequeños grandes textos desde este modesto blog. Hay obras pequeñitas y fabulosas, completas, redondas, totales e inextensibles. No les falta nada. Entre los “Algunos Textículos” de Alexis Ravelo encontramos esos bonsais, creciendo no ya en minifundio sino en pequeña maceta de un balcón de apartamento que ahora llaman loft y antes celda de castigo. Pequeño pero bello. Destaco “Imposturas”, pero hay otros. Varios. Buenos. Defiendo a los que tienen una literatura corta. Levanto el brazo y grito que el tamaño no importa.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Rebelión en la Granja


En el taller de literatura conocí la expresión “narrador eficaz”. Me chocó el maridaje entre estas dos palabras porque en mi mente situaba yo al narrador en una especie de Olimpo y la eficacia al ras del suelo de lo material. Hace muchos años leí 1984 de George Orwell. Quizá se puso de moda en 1984, precisamente, y mi lectura es de aquel tiempo. No recuerdo mucho. Pero no se trata de 1984 sino de Rebelión en la granja, que leí ayer. La prologuista destaca (edición de Austral, de Espasa) no pocas buenas cualidades de George Orwell y después de leerlo destacaría sobre todas ellas la “eficacia narrativa”. Revitaliza la fábula. Los personajes, animales, muy esquemáticos, tienen sin embargo una concordancia directa con lo humano, y el desarrollo de la trama simplifica años de historia de una manera ejemplar. Por cierto que la prologuista no le va a la zaga a George Orwell en redacción impecable y claridad expositiva. Pues bien, la obra no se completa, a mi manera de ver, sin un “prólogo póstumo” que figura como texto complementario en la edición de Austral. Al parecer lo encontraron en 1971 (Orwell murió en 1950) y reflexiona sobre la libertad de prensa. Impecable. Pleno de la honradez de un británico de izquierdas que denuncia la falta de crítica por parte de la intelectualidad, el Gobierno y los medios de su país contra un régimen soviético que ya se había convertido en monstruo no sólo para los invasores de Stalingrado sino para los propios rusos. Considerar las palabras de Orwell como la crítica a un régimen que ya no existe es lo que quisieran los dictadores actuales. Los totalitarismos no han muerto, se han vestido de seda. Enseñan sus dientes sólo después de comprobar que no han podido comprarnos con licores de tercera y ropa de marca. Orwell define la libertad, y no puedo ser literal, como “poder decirle a alguien lo que no quiere oír”. Félix de Azúa (otro buen texto complementario de la edición) distingue entre la palabra usada por Orwell: liberty, frente a freedom. Yo relaciono esa concepción de libertad con la “corrección política” que usamos hoy en día para no decir esas cosas que sabemos que los demás no quieren oír, y lo que es peor, que esperamos que los demás no digan para no tener que oír.

martes, 11 de mayo de 2010

Eça de Queiroz


Leí "Cuentos Completos" (Ediciones Siruela, traducción de María Tecla Portela Carreiro) de José Maria Eça de Queirós (1845-1900). Esta edición tiene en su portada una caricatura del autor, por Rafael Bordalo Pinheiro. Aparece vestido como se puede esperar de un cónsul (que lo fue) pero con la sonrisa y la postura de todo un vividor. Al margen de las consideraciones sobre esta imagen, los cuentos me parecen escritos con una tremenda seriedad. Entiéndaseme, el autor empeñó en su escritura todo el arte de que disponía, con voluntad y cordura. Estos cuentos están plenos de narrativa, en el sentido de que son auténticas historias donde "pasan cosas"; plenos de ambiente en tanto que las descripciones son precisas, utilizando un vocabulario riquísimo; plenos de personajes puesto que están ahí, respirando con nosotros; plenos de emoción (recuerdo especialmente ese evangelio apócrifo que es La Muerte de Jesús); de conocimientos culturales (en casi todos ellos); de conocimiento de lo humano (Excentricidades de una chica rubia); plenos de humor (en casi todos los cuentos, resalto el desenlace de Fray Ginebro); plenos de cintura para adaptarse a estilos y temas. Ataca tanto el estilo romántico (magnífico El difunto) hasta temas mitológicos (La perfección) y la crítica social (muy interesante La catástrofe aunque no fue terminado, y quizá el autor no hubiera consentido en publicarlo inacabado como está).
Sin embargo, leerlo no ha sido un camino de rosas. La prosa de Queirós, que nació en el siglo que nació, no es espuma. La densidad y longitud de los cuentos es decimonónica. No así el tono. Me parecería un error encuadrarlo, por estos cuentos, en la órbita de los escritores sesudos (es decir, pesados) dispuestos a echar páginas y páginas para exponer "su tema". Cierto es, que salvo "Alves y compañía", novela deliciosa y corta y "Las Cartas de Fadrique Mendes", que apenas recuerdo, no he leído más de José Maria Eça de Queirós. Es difícil disfrutar estas lecturas interrumpiéndolas constantemente, a lo que suele obligarnos el ritmo de nuestras vidas, dedicándoles los poquitos minutos que nos da el día desde que entramos en la cama hasta que nos quedamos dormidos. He tenido que esperar a las vacaciones, pero en verdad les digo que ha valido la pena.

martes, 27 de abril de 2010

Escribir por Escribir

Esta entrada puede ser un comentario a otra anterior en este blog, concretamente a la del día 13 de abril (Nuestro Sino). Moderándola, matizándola o rebatiéndola. ¿Escribir por escribir? Tampoco es eso.
En los últimos años he tenido que defenderme de los antivilamatasianos. El más feroz es uno que no ha necesitado leerlo para saber que no necesita leerlo, lo cual tiene sentido, porque sigue vivo. Con lo que ha leído sobre Vila-Matas en los blogs tiene argumentos suficiente para despreciarlo. Pero, yo lo sé, el principal motivo por el que lo detesta es porque yo lo elogio. La amistad tiene misterios insondables. Y con los años se puede convertir en una especie de matrimonio, con reproches. A lo que íbamos. Yo me defendía, entre otras formas, llevando El Viento Ligero en Parma de paseo por la ciudad, sin ningún recato (por cierto que éste lo perdí en un avión y lo recuperé en el Aeropuerto de Fuerteventura. Gracias Aena, que tan poco te quieren). O intercambiando con otro amigo "insurgente" Hijos sin Hijos por Doctor Pasavento a la vista de todos.
Pero, ¿qué quieren que les diga? Me he tropezado con la Dublinesca. Y a punto ha estado de hacerme caer. Hay que escribir, repito, como en mi entrada anterior, pero no escribir por escribir. Vila-Matas tiene arte sobrado para sacar literatura de su chistera con un chasquido de los dedos, pero esta vez se ha pasado. Con una frase suelta escuchada en una guagua inventa un cuento. Y si baraja ases del tipo de Walser, Gombrowicz y compañía acaba adivinando el naipe de Musil, pero esta vez se ha pasado. Con Riba no vamos a ninguna parte. Me recuerda al protagonista de El Viaje Vertical, pero no al de la novela, sino al de la película, que es lo peor. Quizá sea la naturaleza de Riba el no ir a ninguna parte porque ya está en la hoja roja. Esta sería una defensa de la Dublinesca. Hay unas cuantas (pero cuantas, cuantas) páginas centrales donde se siente un estancamiento desesperante. Después se pierde la esperanza de que pase nada y se acostumbra uno al ritmo divagante hasta que la novela se va extinguiendo y, por fin, se acaba.