sábado 3 de septiembre de 2011

Calabacines rellenos, crema de calbacines, salteado de calabacines...



Hubiera querido decirle a Noé que el cansancio que me provocaba su sonrisa baldía era un poco más del aburrimiento que me producía toda su conversación vacía acerca de ya no sabía qué. Hacía varios años que ya no escuchaba lo que Noé me decía. En cuanto abría la boca una música como de circo, muy alta, invadía mis oídos proveniente posiblemente de más allá de las esferas y sólo podía intentar leerle los labios. Tampoco me tomaba ese trabajo. Los labios de Noé estaban allí para otra cosa. No para que me hablara de su madre. En ese caso prefería la música de circo. Imaginarme que un tipo metía la cabeza en las fauces de un león con la esperanza vana de que el animal apretara de una vez los dientes, sonriendo a la cámara y acabando con tanto estúpido espectáculo de una vez por todas. O la sonrisa de un payaso, pintada en la cara más triste, con esa música horripilante de fondo. Tan horripilante que la prefería a la conversación de Noé. Ya sabía que la culpa era mía. Siempre callado. Siempre en mi mundo. Y la pobre Noé tratando de rellenar ese espantoso silencio con lo primero que se le venía a la boca. A veces encendía el televisor o la batidora. Cualquier ruido era mejor que mi silencio. ¿Si hubiera podido compartir con ella la música de circo? No le hubiera gustado y con eso hubiera tenido motivos para hablar largo y tendido de mis gustos musicales, en contraste con los de su madre. Pero ya no estaba para dar más oportunidades a ese amor al cansancio. Al fin y al cabo ella no era ninguna diosa, ni sirena como podría haberle parecido a cualquiera hace quince años y en cuanto a mí, si alguna vez logré engañarla y engañarme para que esperásemos algún futuro, todo se ha vuelto presente anodino con tufo creciente a pasado. Sus piernas flacas salían de su falda pantalón como las de la Olivia de Popeye. Una ternura infinita. Unas ganas enormes de abrazarla aunque sólo fuera para que dejara de hablar un rato de su madre. Aunque corriera el riesgo de que creyera que todavía la quería.

3 comentarios:

Calamardo dijo...

Cojonudo. Y cojonudamente elegido el título.

Riforfo Rex dijo...

Muy bueno. Sobre todo ese abrazo final de ternura, aunque solo sea para que deje de hablar de su madre, es el detalle que me llama la atención.

Rubén Benítez dijo...

A mí también, lo que más me ha llamado la atención es el título, que solo se entiende cuando has terminado de leer el relato.
En ese momento adquiere pleno sentido. Y, además, es muy evocador: alude al tema del relato pero sin destriparlo. Ese último detalle de las piernas como las de Olivia es el grano de ternura del relato, la guinda del pastel.
Breve pero intenso. Muy bueno. Historias de fracasos y de fracasados, en este caso, en el amor. Como aquel relato de Riforfo del mendigo en el parque. Creo que deberíamos dejar de leer a Onetti durante un tiempo. Nos estamos contagiando mucho de su pesimismo.