sábado, 3 de septiembre de 2011

Expiación




Mi vecino me espía. Se pasa horas detrás de una cortina por la que asoma uno de sus ojos, creo que el derecho, y me observa. Su ventana dista de la mía el ancho de la calle. He tomado la valiente medida de contraespionarle sin tapujos. He comprado un catalejo y un trípode con el que le observo sin ningún disimulo, sin cortinas, mientras él me observa. La potencia de mi óptica es tal que puedo distinguir su ojo con todo detalle. Sé si tiene el iris dilatado o la esclerótica irritada. Mi vecino, para mí, es un gran ojo que me observa mientras le observo. Cuando me voy, cuando me retiro, no sé bien si él se retira o se queda esperando a que yo vuelva.

Me cambio de ropa con frecuencia. Adopto posturas extrañas junto a mi catalejo o leo libros de los que dejo disimuladamente entrever las tapas para que mi vecino piense que soy un tipo culto, una mente vivaz, un elegante caballero que se cambia de ropa cada diez minutos o que practica alguna clase de meditación oriental. Quiero que sepa que sé que me mira con su único ojo. La cortina me impide saber si tiene dos. Es casi seguro, pero como nunca he visto su otro ojo, en verdad no lo puedo asegurar.

He colgado un bistec del borde de la ventana y lo he estado golpeando con un matamoscas. Mi objetivo no es otro que torturar a mi vecino con las incontestables preguntas que mis actos producen en su mente enferma. Desecho cualquier acto que tenga una fácil interpretación, como sacarme los mocos o apuntar con mi óptica a la luna. Quiero que se devane los sesos pensando el porqué de las cosas que hago. Es el justo castigo a su hostigamiento sicológico. Me despierto de noche con nuevas ideas de cosas que exponer ante su mirada infinita. Me acerco al catalejo y, si lo veo observando, esa misma noche consigo los elementos y se los muestro. Acabaré con él.