sábado 23 de julio de 2011

Dando Testimonio

Cansado de ser Verbo, de vez en cuando me hago carne y bajo. Hace unos meses localicé una casa vacía con una tele de 42 pulgadas y la nevera repleta de cervezas. Fui a ver la final de la Copa del Rey y cuando estaban en la presentación de los equipos tocaron en la puerta. Sabía que no era el dueño de la casa. La omnisciencia es aburrida a veces. Eran unos testigos de Yehová con sus revistitas y su rollo. Yo estoy por encima de estas cosas, pero hecho carne, en fin, que me fijé en que eran dos muchachitas que no estaban nada mal. Rubitas, venidas de América y trastabillándose con el idioma. Me hice el idiota y las hice pasar. Bajé el sonido de la tele y las invité a unas cervezas. No quisieron. Lo intenté con un té y aceptaron. Busqué por la cocina y encontré unas galletas del príncipe de no sé dónde y se las llevé al salón. Estuve simpático, les tiré de la lengua. De reojo veía cómo no me estaba perdiendo gran cosa. El partido de fútbol era un festival de patadas.

Me contaban cosas que daban risa. Siempre sorprende cómo le ven a uno desde fuera, y todo lo que se ha líado a partir de una tonga de papeles viejos, mezclados, en cuevas de aquí y allá, mal traducidos y peor interpretados. Crucé las piernas y me importó un bledo que mi medio muslo peludo quedara al aire. Temía, aunque no mucho, parecerles un cuarentón rijoso, pero en contra de mis temores, una de las chicas, la que callaba, escapaba sus miradas a mis piernas, que por otro lado no están nada mal. Pudiendo elegir cuerpo no crean que me meto en cualquier cosa. Les dije que desde pequeño estaba interesado por la naturaleza de Dios y esas cosas, pero que por falta de tiempo siempre lo había aparcado. Ahora que había enviudado pensaba dedicarle tiempo a ese asunto. Había un portarretrato con la foto de una tía sobre la mesa. Lo cogí y se los enseñé al tiempo que hacía un pequeño panegírico de mi difunta esposa. No habíamos tenido sino un hijo varón, que este año se había ido a estudiar a Australia.

Me senté entre las dos y quedé encajonado. Pensé que iban a salir corriendo pero el contacto físico no les hizo retroceder ni un palmo. Dirigí mi mejor mirada a la que callaba y le pregunté cómo era posible que Dios me hubiera abandonado. Lloré. Derramé torrentes de lágrimas mientras la miraba y le cogía la mano. La tuve un rato en el aire mientras me contaba no sé qué. Logré apoyarla en su muslo sin que dejara de parlotear. Mi bata contenía a duras penas la humanidad de mi naturaleza. La otra chica apoyó entonces su cabeza en mi espalda, sollozando tímidamente. El Madrid marcó cuando parecía imposible, apenas mantenía la posesión de balón. Estaba donde me correspondía, en el Olimpo, y las hice conocer a Dios.

4 comentarios:

Riforfo Rex dijo...

¡Genial!. Sobre todo cuando marca el Madrid. ¡Genial!

Riforfo Rex dijo...

Lo vuelvo a leer y me vuelvo a mear de risa. Magnífico tío.

Juanjo Rodríguez dijo...

Pues se me ocurrió por leer tu última entrada. Creo que es bastante machista, pero ágil, y me gusta ese Dios cabroncete, como de Viejo Testamento.

Rubén Benítez dijo...

No sé si es un Dios de Viejo Testamento, pero desde luego sí que es bastante cabroncete. ¡Y salido!
Yo también me tronché de risa, y la idea de incluir a dos jóvenes testigos de Jehová tiene su puntillo morboso.
Lo del Madrid, tampoco tiene desperdicio.
Machista es seguro, pero su lado gracioso, sobre todo aquello de contener "a duras penas la humanidad de mi naturaleza".
Sin haber leído los comentarios me recordó el estilo y los temas de nuestro querido Riforfo.
Todo se pega, sobre todo, lo malo (je, je).
Saludos.
PD: aún estoy por esos mundos de Dios (nunca mejor dicho en esta entrada), pero pronto volveré al tajo. Saludos.