martes, 23 de marzo de 2010

André, una bolsa y un coletero

He tenido que leer El Inmoralista de André Gide, para poder volver mi mirada al espejo sin vergüenza.

El domingo secaba mi flamante nuevo cuchillo de cocina en mi piso de alquiler. La hoja se deslizó por accidente más allá del paño de cocina con el que lo secaba y cortó buena parte de la yema de uno de mis dedos de la mano derecha, mi mano útil. Un corte no demasiado grande, pero causante de una hemorragia incontenible. Después de luchar un rato con un rollo de papel higiénico me acerqué al centro de salud para que me lo vendaran y contuvieran la sangre. Volví a casa más inútil, con menos fuerzas y ganas para luchar contra el polvo y la calima que la había dejado tan sucia, y con el aparatoso vendaje que me impedía tantas cosas. Miré a mi mano izquierda como se mira a un hijo poco dotado, con pena casi. Me sirve en la medida de sus pobres posibilidades.

Me quería duchar pero sin mojar el vendaje. Pensé. Me acabo de mudar al piso y he ido consiguiendo las cosas más necesarias a medida que los usos cotidianos me revelaban su falta. De momento no tenía gasas, ni esparadrapo, ni guantes de fregar. Tenía unas bolsas de Hiperdino, con la imagen del dinosaurio tontorrón. En alguna parte había visto un coletero. Hice memoria. En el picaporte de la puerta de la solana, efectivamente, había un coletero, supongo que de alguna antigua inquilina del piso. Me desnudé, metí la mano en la bolsa de Hiperdino y ajusté el coletero a la muñeca. Fui para el baño, tan contento con la solución, y al pasar por el pasillo, me vi reflejado en el espejo. Me dio una mezcla de pena de mí mismo y vergüenza.

Me duché, apartando la mano herida, por desconfianza en la impermeabilización que había ideado. Y apartando también la mirada de cualquier espejo. Resultó más o menos. Entró algo de agua pero no llegó al vendaje.

Después de secarme con mi mano izquierda, mucho más lentamente que siempre, me senté a leer a André Gide. El norte de Africa se paseaba por mis ojos, y las alusiones a sus niños morenos y al amor demasiado tierno por Marcelina. Me estaba envolviendo un aire no intelectual, yo diría que intelectualista, y fui pasando páginas esperando qué era lo que Miguel tan necesitado estaba de contar a sus amigos. No parecía nada y era todo. No contaba nada al final, sino todo, mientras tanto. Pero de esa manera tan sordamente velada que hizo que André se tuviera que disculpar y explicar para evitar la confusión con Miguel. La lectura me recompuso. Me reconcilió conmigo mismo y pude recordar que unas cuantas horas antes me había descubierto en el espejo, tripón, desnudo, desconfiado de mi ingenio, con una bolsa de Hiperdino en la mano, sujeta por un coletero.