domingo, 24 de enero de 2010

Autobiografía



No sé cómo se puede mirar a un niño al que quieren colar en tu casa como tu hijo. Tenía el borrador entre las manos. Lo miró con desconfianza. Le dio un par de vueltas antes de abrirlo, como si la encuadernación mereciera algún análisis. Doscientos treinta y dos folios unidos por una anilla. Por fuera aparecía el título y su nombre. Unos cuernos consentidos ponían al hijo bastardo entre sus manos. Se disponía a besarlo en la frente.
Su agente le había urgido a leerlo al menos tres veces antes de la presentación para que no hubiera brechas frente a las preguntas de la prensa. Lo puso sobre la mesa de noche. Pretendía echarle un vistazo antes de dormirse.
¿Cómo puede un libro contar recuerdos que él mismo había olvidado? ¿Cómo pueden aparecer nombres que él ni siquiera recordaba? Seguramente los había citado hacía años en alguna entrevista y aquel jodido negro que se escondía detrás de su propio nombre los había recuperado de alguna filmoteca o hemeroteca. Se sentía cansado y aturdido. Prefirió cerrar el borrador. El asunto no empezaba bien. No le hacía puñetera gracia que un tipo escribiera en su nombre sobre él mismo por mucho dinero que reportara.
Tenía que estar a las ocho en el plató y no podía andar dándole vueltas a la cabeza a aquella hora. Debía dormir. Abandonó la lectura con rabia e intriga a un mismo tiempo. ¿Qué había allí escrito sobre él?
A las tres se despertó. La mente, como el corazón, siempre trabaja. A la luz y en las tinieblas. Sin pausas. Quiere olvidar pero sólo arrincona recuerdos como muebles viejos. Y no hay noches de San Juan donde quemarlo todo para siempre. Le echó un vistazo a su infancia, aparentemente feliz. El jodido tipo le había dado una capa de barniz turbio en el que se pegaban las moscas. Lo que debía dar lustre retenía la porquería. Se preocupaba cada vez más. Estaba todo, a veces claramente, otras de una manera tan ambigua que podía pasar inadvertida al lector ajeno a los hechos. Para él, eran claras imágenes de una moviola.
Y apareció otra vez el Ford azul, el alcohol, la chica, su padre sacando las castañas del fuego, noches enteras de insomnio. ¡Y la matrícula! Sólo él la había visto. O eso había creído.
Cogió el teléfono para llamar a Jorge pero eran las cuatro de la mañana y tuvo que tragarse su furia. Volvió al tabaco. En algún lugar había dejado un paquete. Estaban secos pero no había otra cosa. Se abrigó y bajó a la calle desierta. Apareció un taxi y se fue a Vegueta. Estuvo paseando por las calles de sus primeras copas. Quería matar el tiempo hasta el amanecer con el tabaco que le había comprado al taxista.
A las ocho apareció en el estudio con una cara que dejó pasmada a la maquilladora. Se contuvo para no soltar un improperio. Era hora de llamar a Jorge. Que se acercara urgentemente y parara la publicación del libro fue todo lo que le dijo.
En el rodaje hubo que repetir y repetir. Pidió posponerlo para mañana pero sólo le concedieron aplazar las escenas más complicadas.
Al fin Jorge llegó.
-¿Tú has leído el borrador?
-Claro. ¿Por qué?
-Hay un capítulo con una accidente de coche!
-Sí, esa parte está muy bien. Es misteriosa, aunque algo embarullada.
-Hay que parar la publicación. No me deja nada bien.
-¡Te pone en los altares! Lo comprará toda la gente que te sigue. Yo lo veo muy bien. De bastante más calidad que los libros de su clase. Tiene frasecitas de peso, colocadas aquí y allá.
-Hay que cambiar cosas y quitar un capítulo entero.
-Tranquilízate. Se puede cambiar lo que quieras pero no hay mucho tiempo. Posiblemente le estás dando demasiada importancia a detalles que sólo tú has visto...
-¿Quiero entrevistarme con el autor? ¡Saber quién es!
-Eso no puede ser. Ni siquiera sé si es una sola persona o un equipo. Date cuenta que se lo encargamos a un agente al que le pasamos todo el material sobre ti. Le pagamos, y nos entrega el texto en mes y medio. Es todo limpio, sin nombres y sin rastro. Funciona así.
-¿Y ustedes no repasan el borrador?
-Completamente. José María y Pedro Macías lo tienen desde Navidad y sólo han tocado cuatro cosas.
-¡Pues no lo vais a poner en la calle si no hablo con el autor!
Jorge tardó un día más en darle otro no. Esperaba que se calmara pero sólo logró perder más tiempo. Finalmente le consiguió un teléfono móvil. Le hizo prometer que no intentaría establecer contacto en persona. Sólo telefónicamente.
Se fue a casa. Abrió las cortinas. Dejó que entrara toda la luz. Puso el papel con el número sobre la mesa, con el inalámbrico de pisapapeles. Se sirvió un güisqui. Encendió un cigarro. Se sentó. Cogió el inalámbrico y marcó. Pasaron unos segundos. Empezó a sonar su móvil. En la pantalla apareció su nombre.