domingo, 22 de febrero de 2009

El Abrigo




Ernesto Galíndez Macho no perdió su abrigo gracias a un señor bajito que le llamó cuando salía del local y le advirtió que se lo estaba dejando olvidado. Ernesto Galíndez Macho pensó que el tipo era un imbécil que acababa de perder la oportunidad de quedarse con un buen abrigo. Así y todo, no fue capaz de dar las gracias de una manera clara sino que hizo un gesto y articuló un balbuceo que el otro interpretó como un agradecimiento. El señor bajito se llamaba Federico Gutiérrez Alba y vivía en una casa terrera y vieja en El Terrero, muy cerca de la magnífica Plaza de Cairasco. El bar, antiguo como la vida, era punto de encuentro de solitarios cincuentones de la zona, de trabajos planos, vidas en vía muerta, alguno de ellos cabezas de familia nunca empezada o sin terminar, la mayoría, solterones irredentos, como el mismo Gutiérrez Alba, que, sin embargo, tenía una biblioteca enorme y montaba barcos dentro de botellas. Su gran mérito, sin embargo, era el de mantener una línea independiente basada en la perseverancia y el orgullo, y también, en el inmovilismo, puesto que nunca salía del barrio de Vegueta. Hacía cuatro años que había empezado a perder lavista, y casi tres desde que la había perdido completamente. Todavía nadie se había dado cuenta. Desde que percibió la pérdida (no necesitó ningún médico) comenzó un arduo trabajo de mesura. El bar estaba a tantos pasos del semáforo. El semáforo a tantos pasos de la esquina de la plaza, y ésta a tantos de la puerta de la casa. Los materiales para los barcos se encontraban en los mismos estantes de la tienda que había medido desde los inicios de su paulatina ceguera. Sus amigos, dos, conservaban los mismos números de teléfono y la puta que frecuentaba se había quedado en el aspecto ya un poco ajado de hacía tres años. Sólo la puta sabía que había perdido la vista. Pero no le importaba nada. En realidad, no le importaba nada de lo que le pasara a cualquierade sus clientes.

Gutiérrez Alba se levantó sobresaltado al despertarse en la mañana del 21 de Abril. El cuarto devolvía a sus ojos muertos la luz que la cortina ocre filtraba del sol. Se sobresaltó porque sintió frío, el frío le recordó el abrigo de Ernesto Galíndez Macho. Y todo esto le permitió entender que quizá hubiera visto el abrigo sobre el respaldo de la silla. No recordaba haberlo tocado. Quizá llevaba viendo todo el tiempo, sin ver, o sin querer ver. ¿Recordaba haber visto la cara de Galíndez Macho, incapaz de articular un "gracias"? No la recordaba. Estaba ciego. Abrió los ojos como asombrado. Se acercó a la ventana, descorrió las cortinas y se plantó ante el calor. La piel reaccionó inmediatamente y seguía sin ver absolutamente nada. Se acercó a la cocina, tomó un vaso de agua clara y volvió a la cama más traquilo. A la luz, con las cortinas abiertas, durmió como un niño, un par de horas más. Era domingo.