martes, 16 de diciembre de 2008

Paseo de Invierno

En invierno, y sólo en invierno, y no me pregunten por qué, me da por pasear por los barrios antiguos de mi ciudad, con un abrigo negro, cuando empieza a caer la noche, con la certeza de encontrarme en cualquier esquina con otro yo, que se ha bifurcado en un momento del tiempo y anda por ahí viviendo una vida paralela a la mía y siempre peor.

Imagino que al cruzarse conmigo, tan absorto va en las cosas que pienso, tan con la cabeza gacha y el cuello buscando la protección de las solapas levantadas, que no me ve. No se percata de que lo sigo por los bares a donde voy. Que me acodo no lejos de su trozo de barra y escucho lo que habla a los camareros habituales y que incluso le ofrezco fuego, cuando le veo sacar el último cigarro de su profundo bolsillo. Me gusta verle fumar. Yo no lo soporto, ni soporto el olor del tabaco, pero su imagen, tras la tenue cortina de humo, y los gestos lentos manipulando el pitillo, me resultan de una estética fascinante.

Estos bares de barrio que frecuenta están llenos de clientes habituales, adictos cada uno a su rutina de café, cerveza o ron y a las conversaciones trilladas, llenas de frases hechas que se repiten entre ellos como un rito, configurando una comunidad de perdidos. Esperan en los bares a que cambie la suerte y a que les ingresen el paro. Sin embargo, percibo que no acaba de creer que pertenece a esta cuadrilla porque le enseñaron a escribir sin muchas faltas de ortografía. Le miro. No habla demasiado. Casi siempre sólo cuando le preguntan. Y voy descubriendo que vive de alquiler, cruzando el Guiniguada, en una casa vieja de techos altos con humedad.

Sé que lleva todavía la foto de la chica en la cartera porque yo la llevé también. Mi copia se perdió, la suya sigue donde siempre. Averiguo que vive de alquiler porque ya no se habla con la familia, con la que yo convivo a diario. Sé que vendrá a mi oficina a solicitar un préstamo que será imposible conceder. Y también sé que teniéndome delante mismo es incapaz de identificarme porque cuando el camino se bifurcó la ruptura alteró sus córneas y su oído: no se reconoce en mi imagen ni en mi voz. Además, pierde peso de la misma manera que yo lo acumulo.

Cada vez más, me doy cuenta de que esto se parece a un cuento de Navidad. O más bien de fin de año. Y esto ha hecho que se me ocurra la idea peregrina de que otro yo, que vuelve de Barcelona por estas fechas, se dedica a seguirme por las calles de Vegueta. A observarme con curiosidad para saber qué hubiera sido de él si no hubiera dejado la maldita oficina del banco. Se me va entonces todo en mirar a todas partes y pierdo el sosiego. Me miro las córneas en el espejo del baño del bar. Parecen sanas y cristalinas. Detrás, el iris responde perfectamente a la abundancia de luz. Pero al salir sé, porque se me mueven solas las orejas, porque se me eriza el pelo del cogote, porque un escalofrío me recorre, que somos tres. Uno de aquellos clientes que disimula, también soy yo. No es difícil adivinar quién es. El único que lleva la camisa bien planchada, los zapatos brillantes y que está acompañado por una chica. No puedo continuar un minuto más allí. Pongo un billete de cinco sobre la barra y salgo sin esperar la vuelta. Giro rápidamente la primera esquina y miro hacia atrás. Estoy cansado. Imagino cosas que me aturden. Las vidas ni son ramas ni son ríos.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Escribir. Escribiendo. Escrito

Tiene más de siete primeros capítulos, tres segundos capítulos y cinco terceros capítulos, muchos de ellos intercambiables, es decir, usando las permutaciones conciliables, ha escrito mucho más que algunos autores publicados.

Todo el mundo está escribiendo una novela, porque amigo, no se es escritor hasta que no se escribe una novela. No valen cuentos, canciones, poemas, ensayos ni milongas. Una novela es un texto continuo, de un montón de páginas con un tema homogéneo, lo que hace sospechar que tiene una estructura, donde matan a alguien y otro averigua quién y lo más importante, por qué. Hay autores que sostienen que existen los escritores que no escriben pero es una artimaña para escribir, precisamente acerca de esto, miles de páginas, con lo cual caen en una contradicción. Esta contradicción es una coña, un guiño al lector y el pilar humorístico de esa imposibilidad: el escritor que no escribe.

Por otro lado los escritores no tienen escuela, ni pueden seguir un desarrollo curricular, ni asistir a otra cosa que no sean dudosos talleres de literatura. Tampoco se puede decir que sean autodidactos. En realidad en pocas actividades aprenden tanto unos de los otros llegando a la copia, muchas veces inconsciente. No es la primera vez que a un cualquiera, intentando escribir una nota de solapilla, le salen citas de Faulkner. Sin saberlo los escritores tienen oraciones concretas y literales que ni siquiera saben que recuerdan y que se les escapan cuando menos se lo esperan. Y no hablemos de situaciones, personajes, etc. En la combinación de palabras lo más importante es caer en la cuenta de que todas están ya explotadas. La originalidad recae ya sólo en el tono del lector. Cada lector tiene un timbre de voz peculiar y único. Esta huella personal es el fin del texto.

Hay presuntos escritores que se meten en una universidad y estudian alguna filología ¿No es cómo si alguien que quisiera ser puta estudiara sexología? ¿Y poner una tienda de libros? Tampoco es solución.

El escritor abusa siempre de sus amistades, a las que obliga a leer sus chorradas y a las que, mediante un método u otro, intenta sonsacarles una opinión. Una opinión que alimente su ego mastodóntico ¿Escribir? Escribir como si alguien tuviera tiempo para leer. Durante páginas y páginas, muchas veces cientos. ¿Y cuándo se ve el partido de fútbol o se saca a pasear al perro? ¿Para cuándo dejamos la visita al dentista, o la charla de cerveza con un amigo si nos dedicamos a leer? ¿Cómo demonios puede pretender nadie nuestra atención durante tanto tiempo? Todos tenemos una novela que estamos escribiendo pero, amigo, yo no sé quién demonios va a leer tantas palabras vanas, puestas en fila una detrás de otra.