domingo, 30 de noviembre de 2008

Un Encargo

A alguna distancia de las ventanas del bar está mi mesa. Fuera, llueve. Por lo visto lleva todo el otoño lloviendo sobre esta condenada ciudad. Una capa de nubes grises la cubre desde que llegué y ya va para un mes. Me desespero y el arma se oxida. Limpio el alma del cañón cada día, repaso el percutor y engraso ligeramente el eje del tambor pero las armas son como los órganos de los seres vivos, si no se usan, se atrofian.

Esto no deja de ser un barrio de tercera categoría en una ciudad de segunda y la gente se hace preguntas: quién soy, de dónde vengo, de qué vivo…El tipo del bar no se cansa de servirme platos combinados y cervezas. Debe estar contento de tener un cliente nuevo, fiel como una esposa fea. Sin embargo yo me estoy empezando a hartar del bigote de este tipo y de sus preguntas. Me invento todo lo que le digo, así que tarde o temprano caeré en una contradicción, si no lo he hecho ya. A veces pienso que debería cargármelo a él. Si el tipo que me han encargado no llega con alguien tendré que entretenerme.

El tipo del bar me preguntó ayer si no me parecía que el pulpo está caro. Lo miré con una mueca hasta que recordé que le había dicho que me dedicaba a la importación de pescado de Mauritania, hasta que el chiringo se me vino abajo y que ahora ando esperando a un nuevo socio con el que he quedado en la ciudad. No debería anclarme de esta manera a ningún bar, ni hotel, ni restaurante, pero me va dando todo igual. Esta gente tan calva y tan ramplona me está quitando las ganas de todo.

…………………….

He decidido irme. Por fin ha llegado mi encargo y le he visto, el perfil tipo de mis víctimas: varón de mediana edad, casado, infiel, con dos hijos, un par de casas enormes con empleados también infieles, tres o cuatro lujosos coches sin blindar, una carrera fulgurante a costa de mi cliente y la confianza absoluta de que nada de lo que ha hecho es tan grave como para merecer un tiro en la frente. Pero me voy y lo dejo en paz. Lo he seguido hasta una cafetería del barrio dónde tiene sus negocios, y le he invitado a un café. Se ha sorprendido de que un desconocido con tan mala pinta lo haya invitado, pero lo ha aceptado y hemos hablado de gilipolleces. Un poco del tiempo y de fútbol. Por hablar de algo. No es tonto, bastante simpático y además guapo. Estoy seguro de que se le dan muy bien las mujeres. De hecho me ha dejado, disculpándose educadamente, cuando le ha reclamado una pava impresionante que estaba sentada en una mesa del fondo. He seguido con mi café observándolos. Que haya decidido irme sin acabar con él no supone demasiado. Como mucho un par de meses más de vida. Detrás de mi vendrá otro que haga mi trabajo. Todos los obreros tenemos sustituto, nadie es imprescindible.

Sucede que estoy cansado de cazar corderos y de las ciudades con caspa. No voy a devolver un duro de lo que ya he cobrado así que los hermanos Barrerini me mandarán un perro con un recado claro en el hocico. No va a ser cualquier cosa, será un dóberman o un rottweiler, con los dientes afilados y el olfato fino. Me esconderé en París o en Rávena. O en Getafe. Lo cierto es que cuando un plato combinado puede ser tu última comida, sabe mejor.

viernes, 14 de noviembre de 2008

La Impericia de Bulm

Demasiadas coincidencias. La chica de la guagua va leyéndolo y no me resulta difícil ver el título. En la radio alguien nombra lateralmente al autor mientras hablan de otra cosa y finalmente lo veo, lejos de los estantes de novedades, pero en un lugar bien visible de la librería: “La Impericia de Bulm”. He robado el libro. Me estoy acostumbrando a hacerlo. Me han vuelto a cortar la luz por falta de pago y me he adaptado a leer con la llama de una vela. Leo en la cama, algún día podría haber un incendio, como sucedía hace dos siglos. Por otro lado mi gato me mira con pena. Creo que se ha dado cuenta de que las cosas han cambiado, ya no tenemos qué comer. Le dejo la ventana abierta para que entre y salga y se busque la vida. A veces le leo a mi gato. Se sube a la cama y se enrosca por ahí. Le leo sabiendo que no me entiende pero creo notar que mi voz es un murmullo que lo adormila y proporciona compañía. No tengo una voz fea y me esfuerzo por darle cierta entonación a la lectura. A Bulm le iba todo bien hasta que perdió el don de adivinar cómo evolucionaban los valores de la bolsa. Es un libro estúpido, pero usa muchas palabras con b y uve y al leerlo suena bien. Nadie se puede creer que un tipo sepa analizar la bolsa durante años sin tener un método sino un don y que ese don, además, se pierda de la noche a la mañana y Bulm se convierta en un don nadie que pierde su trabajo. Que al perder su trabajo pierda a sus amigos y a su novia, y a su gato, que se va y no regresa más. Por supuesto a raíz de esto Bulm se descubre a sí mismo debajo de la falsa capa de relumbre social, pero esto tampoco hay quien se lo crea. El tipo recobra la conciencia y emprende un viaje al pueblo dónde nació, y se encuentra con los amigos de la infancia. Gente que ahora está media calva, con dos o tres hijos y que sigue hablando de lo mismo que hace quince años. Pero Bulm empieza a recordar las cosas que vivieron juntos y a quererlos y a olvidarse de su novia y del glamour de su antiguo trabajo. Sale a pescar al lago en una barcucha de su padre y vuelve con las manos absolutamente vacías. Ha pasado mucho frío para al final comer un plato de papas sancochadas con una lata de sardinas que le ha preparado su padre. Su dormitorio está igual que hace trece años. El papel pintado de las paredes se conserva estremecedoramente bien. Su padre está terriblemente viejo, y mantiene una dignidad y un orden y una limpieza en la casa que a Bulm le dan ganas de echarse a llorar. Hay una foto suya en blanco y negro, en brazos de su padre que sigue estando exactamente en el mismo sitio. La foto le encanta por un detalle maravilloso. Al fondo, sin que el fotográfo, que debió ser la madre, se lo hubiera propuesto, se ve aparcado el coche familiar, un SIMCA blanco. Aquel modesto vehículo era un Rocinante de la infancia.

Mi gato se ha dormido. Mi madre me ha invitado a comer mañana y aprovecho este tipo de economías que antes me parecían insignificantes, hasta que vuelva a encontrar trabajo. Me gusta el olor que deja la vela al apagarse.