martes, 21 de octubre de 2008

El Jardín de Mirto

Se desconoce, o desconoce la Historia, el momento exacto en que el profesor Moriarty fue visto por primera vez en Florencia. Se especula, a tenor de las investigaciones sobre las fichas aeroportuarias, con la fecha del 23 de Mayo de 2000. Las cancillerías europeas manejaban informes lustrosos sobre sus intenciones nefandas, si bien eran incapaces de determinar sin vaguedad sus siniestras intenciones. Yo tuve la ¿suerte? de visitarlo con Svetlana Gorodovnova en junio de ese mismo año. Se trataba de una entre un conjunto de entrevistas pergeñadas por la malforme imaginación de nuestro redactor jefe. Malforme porque los personajes de la lista no parecían tener entre sí demasiados aspectos comunes, si bien para mi compañera y para mí, supuso la excusa perfecta para vagar por medio mundo detrás de aquellos individuos, escapar de la rutina y convivir felizmente por hoteles como turistas de élite, gozando de aquella tan particular relación nuestra de la que nunca querremos saber que tal hubiera fermentado en un rutinario barril de roble.
Lo cierto es que el profesor Moriarty nos recibió en un palacete alquilado a no sé qué conde, a las afueras de la ciudad; alto sobre una colina, donde hasta los desconchados resultaban de un encanto absoluto. Disponía de una muralla mitad de piedra, mitad de hierro oscuro, que con la pereza de algunos pequeños derribos rodeaba un jardín algo descuidado, que transitaba un jardinero viejo, encorvado y lento, que unas cuantas veces vimos pasar de aquí para allá. Entre hierbas altas y cientos de mirtos apareció alguna que otra figura en mármol que uno pensaba que pudiera ser de unas décadas atrás o quizá de diez siglos atrás, y haberse oxidado con la respiración de Vespasiano.
Moriarty nos recibió con una espeluznante sonrisa debajo de su bigote. Yo no lo conocía más que de algunas fotos en blanco y negro y me sería imposible determinar su edad. Cierto que no era grueso, pero tampoco delgado. De estatura normal, sus rasgos verdaderamente característicos eran el oscuro profundo de sus ojos, las pobladas cejas y una nariz y unas orejas enormes. Recordé los rumores que lo relacionaron en un tiempo con el Conde de Saint Germain, con quien se dijo, o dijo él, medio en broma o quizás en serio, compartió los secretos de la inmortalidad. Algunos aventuraron que él mismo era el conde, que mudaba el nombre para ocultar su longevidad. Yo no lo creo. En todo momento me sentí en presencia de un mortal. Nos agasajó con un té con pastas que nos sirvieron en una mesa del jardín mientras él se cambiaba de traje a ropa de tomar té. En apenas tres minutos apareció de nuevo con una bata china de seda, de preciosísimos y vivos colores, donde dragones de impresionantes narices se escurrían por las mangas o flotaban por su pecho.
"Siento que debo dar a cada ocasión el atuendo que merece, sin que me tenga por un hombre afeminado, y mucho menos superficial o meramente interesado en la imagen..."
Ciertamente no era afeminado, pronto sentimos el interés que las formas de Svetlana despertaron en él. Ella, impertérrita y sonriente, preparaba la cámara y pronto empezaría su hermoso baile alrededor de nosotros disparando fotos, agachándose, levantándose, rodeándonos y pidiéndonos de vez en cuando alguna sonrisa o alguna postura intelectual, con la cabeza pesadamente repleta de ideas y de dudas, apoyada en una mano, a su vez acodada en el sillón de mimbre.
Comencé preguntándole que por qué creía que le entrevistábamos. Que por qué creía que despertaba el interés de tantas personas. Me contestó que a fuerza de comportarse con su natural excentricidad, había "caído a ser" el centro de unos focos que sin molestarle demasiado tampoco le eran cómodos. Y que, modestamente, sus paseos por el mundo y sus relaciones, no le eran desagradables a nadie puesto que se tenía por un hombre interesante, de agradable y completa conversación. No mencionó el crimen y tuve que hacerlo yo. "Me tiñe una fama criminal que soporto con educación. Sin que nunca se haya probado nada, se me relaciona con hechos luctuosos especialmente refinados. Sé que me espían las policías de varios estados, algunos servicios secretos y que cada uno piensa que vivo como mercenario de su opuesto, y que esto es lo que me permite llevar una vida tan desahogada sin que se me conozca ninguna actividad lucrativa, por lo que también llevo con paciencia, las inspecciones fiscales. Algunos han dicho incluso que falsifico moneda, que conozco las fórmulas de la transmutación del plomo en oro y mil sandeces más. En los aeropuertos controlan mi equipaje queriendo descubrir en él explosivos o cánulas capaces de atravesar sádicamente el pecho en busca de arterias o corazones"
"Acerca de Florencia he venido a lo que todos, téngame por un hombre cualquiera, a visitar esta ciudad, especialmente la catedral de Santa Maria del Fiore. Otras veces que estuve no pude disfrutarla." "¿Quizás las prisas?" pregunté. Sonrió adoptando una de aquellas posturas con la mano a medio tapar la boca que Svetlana aprovechó para fotografiar. "¿Quizás no estaba ella...?".
Apareció una chica desnuda entre las cortinas. Cogió una de ellas para taparse el pubis al saludarnos con una sonrisa y un gesto. Moriarty le cogió la mano y le comunicó que tardaría aún un buen rato, que si deseaba bajar a la ciudad no era necesario que esperara por él. Moriarty se levantó y nos invitó a pasear por el jardín, para lo cual volvería en unos minutos, después de cambiarse. Svetlana y yo nos sentamos en los escalones del pórtico, salpicada la piedra de musgo, que ya empezaba a secarse víctima del verano. Moriarty apareció de nuevo vestido enteramente con un traje blanco, de lino, y pertrechado con un cazamariposas. Svetlana se sonrió al verlo y Moriarty le dio un cariñoso toque en la espalda con el cazamariposas. "Ya sé, jovencita, que debo parecerle una pieza de museo, pero exhibo dotes de buen cazador cuando la pieza es bella". Y agitó el cazamariposas. Continuamos hablando mientras yo le daba la vuelta a la cinta de cassette. "Elegí esta casa”, nos explicaba,”no por lo aceptable de su conservación para lo que suele darse en este tipo de edificios olvidados, ni por la situación, que sin duda es envidiable, sino por el jardín de mirto. ¿Saben ustedes que es símbolo del amor eterno? Cuando lo supe averigüé el porqué de mi gusto por la planta. Y cuando supe que un viejo jardinero se ocupaba, aunque fuera tediosamente, del jardín de mirto de esta casa, le dije al administrador del conde, del duque o de lo que fuera que me lo quedaba. Que lo adecentara cuanto pudiera en tres días porque me venía a vivir por unas seis semanas, quizá alguna más" He tratado de recordar luego cual fue el motivo por el que la conversación volvió a Santa Maria del Fiore, y no he podido. No sé si fue él o yo o quizá Svetlana. La cinta al interrumpirse no registró nuestras voces. Lo cierto es que deambulamos por unos vericuetos arquitectónicos que nos llevaron a especular con un estudio macabro que nombró Moriarty. "Hay escritos sorprendentes sobre la catedral, incluidos los de las proporciones aúreas, los que la refieren hija del tratado de Vitrubio, pero este es mucho más reciente. Difundido clandestinamente, especula con la destrucción absoluta de la catedral. Resume en un par de planos la ubicación precisa de una carga explosiva que siendo pequeña no dejaría piedra sobre piedra, y lo complementa con un estudio estadístico de las visitas que recibe, para ubicar el momento de máximo apogeo de la muerte, en el mes de junio de un verano tan caluroso como éste, de un auge mundial como el de estos años." Apareció, detrás de un mirto, una columna erosionada de mármol, inclinada y revoloteada de dos mariposas enormes que encendieron la sonrisa de Moriarty. De un salto portentoso, con un meneo impresionante de la muñeca que me recordó los jugadores orientales de badmigton, el profesor atrapó a ambas mariposas en la red. Las observó cuidadosamente y elogió sus colores, determinando con precisión el nombre que tenían y valorando ampliamente el encontrar dos juntas. Mirando a Svetlana, a la que supongo que consideró preocupada por el destino de los insectos, los dejó marchar. "El mejor cazador de mariposas es el que nunca lleva una mariposa a casa. Y no es este precisamente el atuendo de cazar mariposas, pero por respeto a la señorita..." El sol se ponía, volvimos a la mesa del pórtico y nos temimos que se cambiara de nuevo. Nos invitó a cenar, para ello llamó primero, casi sin alzar la voz a un “metre”, que se llamaba Mateo, gordo, moreno y sudoroso, con un hermoso bigote, nos describió con un gracioso acento italiano el menú. Rechazamos la invitación, nos apetecía descansar en el hotel, repasar el material y despacharlo a ser posible ese mismo día, tomándonos unas cervezas.

Se publicó la entrevista aquel mismo fin de semana, en Crimen Perfecto. Desapercibida, suponemos, para el lector arquetípico de nuestra revista, y marchamos el lunes a Praga. Justo un mes después, de madrugada, hojeando las pruebas del suplemento en la redacción, leí la referencia minúscula a un crimen en Florencia. Un individuo pelirrojo, de origen desconocido había aparecido muerto en un piso de alquiler donde había unos pocos kilos de explosivos, en las cercanías del aereopuerto. Su corazón había sido atravesado por una cánula y su sangre contenía varios tipos de ponzoñas. Me fui a pedir permiso para viajar inmediatamente a Florencia. Mi jefe me miró como a un loco y por supuesto me lo negó. Salí desanimado, no por la negativa, sino por la seguridad de que si volviera al palacete de Moriarty lo encontraría solitario y vacío, otra vez olvidado. No sé por qué, me imaginé los mirtos arrancados del jardín y en su lugar sólo tristes hoyuelos.