viernes, 29 de agosto de 2008

Vagabundeces

Me he hecho vagabundo. La frase es tan corta que tiene una falsa apariencia de sencillez. Mi vagabundez tiene una complejidad polimórfica en sus consecuencias. Quizá pueda expresarme mejor si digo que de la sencillez de mi nueva vida se han derivado unas consecuencias inesperadas.

Trabajaba en un banco, usaba camisas de Pedro del Hierro y en verano, cuando iba a casa de mis suegros, llevaba unos náuticos sin calcetines que me hacían gallinas. Las facturas de móvil de mi mujer sumaban mensualmente más de 350 €; he llegado a pasear con ella durante más una hora sin que mediara palabra entre nosotros, y manteniendo ella conversaciones con alguien mediante el móvil. El golpe definitivo fue la ropa que le pusieron a mi hijo el día de su primera comunión. Sólo quedaba estallar. Alguno se hubiera divorciado, quizá un enérgico; otro hubiera entrado de lleno en el padecimiento de una depresión o un infarto, quizá un histérico; otro se hubiera suicidado, una forma más de histeria; otro hubiera matado a su mujer; otro hubiera huido con una amante al quinto pino, quizá un iluso; yo, me he hecho vagabundo. Renuncié a mis bienes, a mi vida anterior, a mi trabajo, a mis amistades y sólo me llevé de casa mi biblioteca. Tardé tres meses en llevar mis libros de los preciosos estantes dónde estaban en mi antigua casa a una cueva oscura de las que todavía quedan en esta ciudad, vestigio de la pasada guerra civil, que uno de los bandos usó como polvorín. Mi mujer, en todo ese tiempo, no los echó en falta. Fui rellenando los huecos con falsos libros de los que se usan en las tiendas de muebles y que me proporcionó un conocido.

Lo increíble es lo siguiente: primero, la adaptación a mi nueva vida, que ha resultado en lo operativo más fácil de lo que esperaba. Una casa religiosa de acogida me proporciona un desayuno exiguo pero suficiente (creo que suma más calorías que los que me estaba cobrando el Nature House) y la ducha matinal y diaria. Eso sí, no me afeito, por el deseo de anonimato y por respeto a mi nuevo estatus. Un vagabundo es un vagabundo, aquí y en Pekín. La ropa me la proporciona también una de estas instituciones y he de decir que la calidad es excelente, si bien terriblemente pasada de moda. Si a esto unimos mi esfuerzo de selección para que no combinen las piezas de ninguna manera, tenemos como resultado un tipo que externamente no se parece en nada a ese que fui.

¿Estoy en alguna lista de desaparecidos? ¿Ha habido alguna difusión de mi foto en un intento por localizarme? Pues no. No he visto mi foto en ninguna parte y no he sabido que mi familia (y estoy sólo pensando en la rama política, la de de mi mujer) haya difundido la noticia de mi desaparición en busca de ayuda. Quizá les importe un bledo que no esté, quizás sean pudorosos, quizá sufran en silencio, como dicen que se sufren las almorranas. Hasta aquí, todo anormal. Pero el colmo es lo que descubrí hace un par de meses. En mi vida anterior frecuentaba las terrazas del barrio antiguo, por donde vivía. Disfrutaba de buenos vinos (y no tan buenos, en esto, las pocas veces que iba sólo, no era muy exigente) y aceitunas en compañía de mi mujer y mis hijos, el más pequeño en su carrito. Muchas veces se nos añadían familiares suyos, normalmente mis suegros o alguno de mis cuñados, ocasión que yo siempre agradecía porque me dispensaba del trabajo de oírla o darle conversación, con lo que podía leer el libro que siempre llevaba en alguna parte. Esas terrazas son frecuentadas por vagabundos, normalmente adictos a alguna droga, que pasan pidiendo limosna. Yo soy un vagabundo en ciernes, pero no un drogadicto, y en cualquier caso soy “en cierres”, o bisoño, porque aún estoy tomando carrerilla para vagar por el mundo. Llevo unos tres meses de mi nueva vida y continúo en la misma ciudad, sin emprender aún el viaje infinito, el que me llevará mediante un desplazamiento físico al fin último, los confines de mí, el abismo de mi ser, un estatus flujo que hará ridícula mi biblioteca en una cueva, el más absurdo almacenaje de libros posible para un vagante como pretendo ser. Pero he interrumpido lo que venía a decir con respecto a las terrazas donde esta gente prueba fortuna. Lo digo así porque ciertamente es una cuestión de azar: pasan varias veces al día y de mil requieren limosna, sólo unos pocos la conceden. Entre estos, los que acceden, nunca estuve, ni estuvieron mis suegros, ni mi cuñados, y mucho menos mi mujer que siempre me discutió las propinas que daba a los camareros. Pero mi sorpresa estuvo cuando hace unos meses, como digo, pasaba por la Plaza de Cairrasco y vi a mi mujer y su madre. Me acerqué con cautela procurando no ser visto, oculto tras una de las palmeras. Quería oír la conversación que mantenían. Descubrí en mí una curiosidad que me sorprendió. Mi atuendo era espantoso, incluyendo una censurable gorra con la visera echada hacia atrás. Mi barba era larga y cana. De repente, mi suegro, que debía venir de mear, me sorprendió por la espalda y me miró fijamente. Me quedé helado. Me sentí descubierto y quedé tan paralizado que no supe decir nada.

- ¿Una ayudita? Por lo menos para que te afeites- Me dijo mi suegro.

Me quedé pensando ¿me lo dice porque me conoce o porque no me reconoce?

- Toma un euro y desaparece. Pero no te vayas lejos que mañana puede haber más…- me dijo mientras alargaba la moneda hasta mi mano, que le extendí.

- Gracias.- Balbuceé, y la alegría de no haberme sentido descubierto, provocó en mí un agradecimiento miserable y sumiso que se manifestó en una sonrisa idiota. A la limosna supe pagar con un gesto que denotaba el conocimiento exacto del orden social.

martes, 19 de agosto de 2008

Vida y Muerte en la Carretera

Ya no hay noches solitarias desde que enfrento la posibilidad real de no volver a despertar. Me acompañan en los sueños amigos perdidos, compañeros olvidados… Todos a los que nunca nos sobró tiempo que dedicarnos. ¿Quién ha ganado? Sudo en mi cama, padezco la fiebre y un dolor soportable. Me lamento de la vida que tuve en la oficina, del encierro sufrido. De lo que podía haber sido y no fue. Fuimos supermanes trabajando de administrativos o archiveros. Nuestro destino, quizás sea que con nuestro cráneo se haga un pisapapeles, con nuestra inteligencia una campaña de marketing y con nuestra vida toda, una pieza ramplona en una máquina rutinaria.

Las enfermeras van y vienen y yo veo la vida que me queda con el sosiego que gané desde que sé que no voy a ganar nada más, y de eso hace ya bastante tiempo. Por las ventanas entra la luz tenue de la luna llena. Veo pasar por lo alto de un muro la silueta de un gato, y recuerdo a mi amigo Riforfo, un gran forzudo de circo y amaestrador de leones que se quedó en profesor universitario; Baldomero, pintor surrealista, nacido con medio siglo de retraso, o Bernardo, Gran Inquisidor, nacido después del entierro de Dios. La historia no ha esperado por ninguno de nosotros. Nos ha pasado de largo y dejado tirados en la carretera polvorienta y soleada, con el pulgar estirado señalando a donde quisiéramos haber querido ir.

Un día decidimos que no había meta, que debíamos hacer vida en la carretera, disfrutar las pequeñas cosas y dormir al raso. Nos ayudó ver cómo los que nos adelantaban en flamantes coches eran los mismos cuyos cadáveres resecos veíamos meses después estrellados en las curvas de la carretera, más adelante. Descubrimos que llegamos todos más o menos al mismo sitio y más o menos de la misma manera.