martes, 20 de mayo de 2008

Pájaros en Aguas Verdes

De las asombrosas criaturas de la tierra de Fuerteventura no se ha escrito lo suficiente. Una de ellas es el pájaro burpegui, un ave del tamaño aproximado del mirlo y la esbeltez del vencejo. Este pájaro migra diariamente desde el lugar donde pasa la tarde, la noche y las primeras horas del día, en el sitio de Aguas Verdes, a la isla de Almácigo, distante unos 100 Km., donde se alimenta y pasa el resto del día.

Aguas Verdes, en la cara oriental de la isla de Fuerteventura, es un reducto de tranquilidad, poco frecuentado por los turistas, por varios motivos: la carretera está mal señalizada, es poco conocida, sinuosa, de firme muy deteriorado y peligrosísima, pues corre sobre despeñaderos elevados sin protecciones para los automovilistas. Tan poco transitada es que difícilmente se encontrará a otro coche en el recorrido por sus sesenta y pico kilómetros. El viento golpeará nuestro vehículo mientras avanza y al fondo del Desfiladero de las Cabras encontraremos restos de tres coches que en una espantosa curva corrieron la peor suerte. El paisaje desolado y árido, da cobijo a lagartos, ardillas, que en este caso no podremos asociar a los árboles, y las pequeñas cabras de la isla, que sin dejar de mascar las duras y escasas plantas que encuentran, levantarán la mirada a nuestro paso. Y es que las cabras tienen una curiosidad innata a su carácter.

Otro de los motivos de la soledad en la carretera es que en Aguas Verdes no hay más que unas doce casas y un complejo fantasmagórico de apartamentos que parece abandonado, pero que a poco que nos fijemos dará signos de vida cotidiana, nunca directos, pues no veremos figuras humanas, pero sí los indicios de que alguien lo habita. Quizá, entiendo yo, jubilados nórdicos que buscan el mayor aislamiento, paz y tranquilidad.

En Aguas Verdes no hay playa de arena, sí de piedras y se conforman unas piscinas naturales de diferentes formas y dimensiones según suben y bajan las mareas. Estas apacibles piscinas con marea baja se van transformando en arrebatados mares en la pleamar, con olas, corrientes y hasta un pequeño maelstrón. Las lapas se aferran a la roca en cuanto oyen al desconocido, como se ponen tiesas las orejas del perro alerta ante el peligro.

Otra extraña cosa en Aguas Verdes es que, antes de llegar a la costa por la carretera espantosa que antes describía, hay una loma extensa trazada por innumerables tramos de carretera de tierra que se entrecruzan formando un laberinto sin objeto. Es decir, la apenas docena de casas no parece merecer tan intrincado trazado. Tales calles de tierra están hechas apartando la tierra a los lados, dando lugar a camellones que nos impiden la toma de perspectiva y por tanto la orientación. Muchas de las ramas acaban abruptamente al borde de un acantilado sin que ninguna señal nos prevenga. Aguas Verdes es un paraíso apartado, tanto que quizá el demonio haya podido encontrar allí un lugar de descanso. Todas las precauciones son pocas.

Si estamos perdidos en el laberinto y es la hora de la tarde o la primera de la mañana sabremos el camino de la costa o el interior sin más que deducirlo de la diaria migración en bandadas del pájaro burpegui, que a esas horas nos sobrevolará.

Es mágico el producto de sus regurgitaciones. En la singular isla de Almácigo crece una planta tan parecida a la vid que la llaman bid, y que produce una suerte de baya tan parecida a la uva que la llaman uba, y de la que se alimenta el pájaro burpegui. Almácigo es una isla privada perteneciente al Conde de la Grande Vega que tiene destacado allí a un viejo guardabosques que no tiene bosque que guardar, sino las tales bides.

La isla es una torta de tierra acantilada donde crecen estas plantas silvestres sin más cuidado que las escasas lluvias y el abono que viene con la visita diaria del pájaro burpegui.

El Conde mantiene este patrimonio insular desde la distancia espacial y temporal. Nadie de la familia ha pisado la isla en tres generaciones.

Al empezar a caer la noche, el pájaro burpegui vuelve de Almácigo a Aguas Verdes y al cabo de estar posado un rato en su nido (localizado en las oquedades de las paredes naturales) regurgita de su buche un excelentísimo vino. El pájaro, tras esta maniobra queda extenuado, como una recién parida. Aquí los humanos tomamos provecho de todas estas singulares disposiciones de la naturaleza: de los misterios de Aguas Verdes, de la enigmática Isla de Almácigo, de la migración diaria del pájaro burpegui.

Ya entrada la noche, con una copa de vino en la mano, no podremos ni pretenderemos entender la naturaleza. El laberinto y la carretera acechan nuestra vuelta. Otros no han podido contarlo.