sábado, 12 de abril de 2008

Lisboa es un Confín

Lisboa es un confín. A Lisboa uno vuelve al cabo de los años y se da cuenta de que la ciudad es la misma, la misma de Pessoa, de Pereira y de Cardoso Pires. Que lo único que ha cambiado es uno mismo, y por eso nos entra un ataque de nostalgia y acabamos llorando por las esquinas mientras vemos transitar los mismos tranvías de madera de toda la vida, y observamos los reposapiés de los limpiabotas en los zaguanes. Descubrimos que somos nosotros quienes estamos más viejos, más arrugados y más desencantados y ni siquiera tenemos, como en Venecia, la musiquilla de Vivaldi en las plazas, para turistas, vivificando las piedras más viejas de Europa. En Lisboa el Imperio perdió las ganas de seguir expandiéndose porque se topó con la vastedad de un océano como Dios manda. Lisboa, por eso mismo, es el fin de la vanidad y la plenitud del ciudadano. Allí sólo cabía esperar que todo fuera a peor y se nos echaran encima los bárbaros. La palabra ciudad y la palabra ciudadano suenan en Lisboa a la consagración de una civilización. En posición excéntrica del imperio, el de siempre y el de ahora, que vienen siendo el mismo, se salva de la prisa diaria en persecución de ese magma indefinible y banal que nos espolea a todos cada día. Ojalá no nos la cambien. Si Lisboa cambiara, ya no se me ocurriría a dónde huir, o en dónde buscar refugio, habría que reunirse con Mário de Sá Carneiro .

Una Mirada al Puerto

Hay barcos flamantes que entran a diario en nuestro puerto. Ayer me llamó la atención uno realmente cochambroso. Viejo y oxidado, pequeño, debía tener como mucho treinta y cinco metros de eslora. Y no sabría decir qué era. No parecía un pesquero, ni un petrolero, ni un portacontenedores, ni un ferry…La cubierta estaba despejada desde la proa hasta el puente, situado en popa, ni demasiado grande ni demasiado elevado. Iba decidido hacia dentro del puerto levantando espuma en la proa mientras avanzaba. Y yo, pegado a la ventana de la guagua que me llevaba por la avenida de la ciudad, me preguntaba quién capitaneaba aquel barco, quiénes lo llevaban de un lado al otro del mundo llevando qué o haciendo qué. No se me ocurría que dentro de la cáscara de chatarra pudiera haber algo útil, algo por lo que alguien pagara un porte, tuviera interés, esperara al otro lado del mundo…Sé que las compañías navieras agotan al límite la vida de las naves. Ese límite, finalmente, se establece en la diferencia de flujo entre el agua que las bombas son capaces de achicar y la que entra por las vías abiertas en la agonía final, que puede producirse en cualquier confín del océano. Si la resta es desfavorable, se calcula el tiempo que durará a flote el navío, se avisa por radio y se espera. La tripulación se asignará completa o por parte a otros barcos y la chatarra se columpiará descendiendo hasta el fondo en un vaivén. Habrá una pequeña tragedia ecológica. El plomo de las baterías, el combustible…y un festín para los peces que se comerán todo lo orgánico, las provisiones, la pesca (si fuera un pesquero) como carroñeros del mar. Dependiendo de la profundidad donde al fin el pecio descanse, unas especies u otras harán nido en él y lo incorporarán a una vida nueva, esta vez, sedentaria y calmada. No sabrán más de él en Barcelona ni Estambul.